Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

22 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 13

La Trampa del Lobo

Era alrededor de medio día cuando se separaron del conejo errante. Cuando Max partió de la cabaña de su abuelo nunca imaginó que iba a encontrar tantas cosas extrañas en su camino. Y eso que apenas llevaban cinco días de iniciado el viaje ¿Qué más cosas extrañas les esperaban en aquella travesía?
Caminaron largo rato, siempre silenciosos. La idea que de un momento a otro se encontraran con los gnomos los hacía sentirse inquietos. Trataban de caminar siempre silenciosos y sigilosos, pero sin aminorar el paso porque sabían que el tiempo les era muy valioso.
En los árboles se veía constantemente lagartijas de varios colores y diferentes tamaños, incluso vieron un camaleón. Cuando ellos lo vieron les costó trabajo distinguirlo porque se confundía con las hojas secas que estaban tiradas en el suelo. El canto de los pajarillos era cosa común y los roedores escurriéndose para ocultarse, nada del otro mundo. En realidad era un bosque muy animado. Ojalá y todo aquel movimiento no significara que también rondaban depredadores cerca.
Mediada la tarde llegaron a un pequeño acantilado. A este y oeste no se le veía fin, por lo que la única manera de salvarlo era descendiendo.
—Tendremos que descender —dijo Max después de cerciorarse que rodearlo no era posible.
—Si no hay de otra —aceptó Jennifer nada ilusionada ante la perspectiva.
Max se acercó a la orilla buscando el lugar menos vertical para el descenso. Después de buscar durante unos cinco minutos encontró la parte perfecta para bajar. Era una parte casi vertical, pero de cuya cara sobresalían muchas rocas en la que los niños podrían apoyarse para descender. Afortunadamente el acantilado no pasaba de los diez metros de altura.
—Este lugar me parece perfecto —dijo Max haciendo señas a Jennifer para que se acercara—. ¿Crees que puedas bajar? —preguntó.
—Lo intentaré —respondió Jennifer nerviosa.
—Bien.
—¿Si nos caemos?
—No nos vamos a caer —la tranquilizó Max tomándola de los hombros.
Jennifer asintió, nada convencida.
—Arrojemos primero nuestras mochilas —ideó Max—, así nos será más fácil mantener el equilibrio.
Así lo hicieron. Ambos niños arrojaron las dos mochilas. Jennifer también dejó caer su arco. Max mantuvo la espada a la espalda, tenerla allí le daba cierta sensación de seguridad.
—Voy primero —se ofreció Max.
Se frotó las manos y empezó a descender. Increíblemente fue más fácil de lo que había creído. Sólo era cuestión de cogerse bien de las rocas y asegurarse, con unos golpecitos, que las rocas donde ponía los pies resistieran su peso. Momentos después ya se encontraba en el fondo del acantilado. Notó que Jennifer tenía más dificultades, pero llegó abajo sana y sin ningún rasguño, a pesar de que había pisado una roca que al contacto de su pie se había desprendido, pero logró reponerse y llegar abajo sin más novedad.
Al lado del acantilado corría un pequeño río de tan sólo unas brazadas de ancho, no les costó trabajo vadearlo. Después bebieron hasta saciarse y repusieron el agua que habían tomado de sus cantimploras.
Unos cien metros a su izquierda había una pequeña playa que conectaba al bosque. Se dirigieron hacia ella.
Estando ya en la playa Max escuchó un ruido, uno de esos ruidos que hacen que uno empiece a ver para todos lados, con el temor de que algo está a punto de suceder. El ruido provenía del interior del bosque, Max no sabría decir de qué se trataba.
Con cautela empezó a caminar hacia el bosque, siguiendo la dirección del ruido, espada en mano. Se asomó a un árbol y vio que en un claro había un lobo, el cual mordía un hueso ya sin carne. El lobo gruñía a la vez que el hueso chirriaba a causa de las mordidas.
«Así que era eso»
—¿Qué pasa? —preguntó Jennifer llegando al lado de Max, pero no se cubrió en el árbol y el lobo la vio.
—¡Qué delicia! —exclamó el lobo viendo a la niña y remojándose los bigotes con su lengua. Luego empezó a caminar hacia ella.
Max, espada en mano, salió de su escondite y se colocó a un costado de Jennifer. La niña tomó el arco y colocó una flecha.
El lobo se detuvo y empezó a retroceder.
—Yo no quiero hacerles daño —dijo—. Sólo tengo hambre, no he comido en días.
—Pues consíguete otra comida —sentenció Max—. Que nosotros no lo seremos.
—¡Vaya! ¡Humanos que hablan mi lenguaje! ¡Esto es increíble! —exclamó sorprendido el lobo—. Quizá ustedes puedan conseguirme algo de comida con esas armas, porque aquí solo hay aves y roedores, y aunque lo he intentado aún no atrapo nada.
¿Cómo era posible que en un bosque no hubiera comida para un depredador? Pero bueno, a Max eso no le importaba.
—Lo siento —dijo Max—, tenemos prisa. No podemos ayudarte.
—Pídanme un favor, el que sea, a cambio quiero algo de comer —de verdad sonaba desesperado.
«¡Sí que debe tener hambre!» pensó Max. Viéndolo bien, podría no estar mintiendo. Max creyó que sí era posible que llevara varios días sin comer, porque el pobre estaba bien flacucho y demacrado.
De pronto Max vislumbró allí la posibilidad de un guía, el cual podría llevarlos por el bosque y mantenerlos alejados de la aldea de los gnomos y ellos le pagarían con algo de comida, siempre y cuando fuera posible.
—Bueno, en realidad sí hay algo que podríamos necesitar —dijo Max meditando en su idea, aún no estaba seguro si era buena o mala—. ¿Tú sabes dónde queda la aldea de los gnomos?
—Sí, sí, claro que sí —el lobo hablaba extrañamente rápido—. Son ellos y esa ave infernal los que han acabado con la comida de este lugar. Les gusta la carne y solo buscan los mejores ejemplares. Son unos odiosos, sólo se preocupan por ellos, sin pensar en los demás. Como me gustaría poder atraparlos…
—Lo que necesitamos es que nos guíes hacia el sur, pero manteniéndonos lo más lejos posible de los gnomos.
—¿Cuál será el pago?
—Comida. Es lo que quieres ¿No?
—Está bien, está bien —dijo el lobo de pronto emocionado—. Los guiaré hacia el sur, lejos de la aldea de los gnomos. Cuando hayamos dejado atrás la aldea de los gnomos allí terminará mi servicio y querré mi paga.
—De acuerdo.
—Entonces síganme, podremos dejar atrás la aldea de los gnomos antes del anochecer. Estoy ansioso por comer algo.
Con el lobo en la vanguardia, los chicos retomaron la marcha.
—Oye ¿Cómo te llamas? —preguntó Max mientras avanzaban.
—Me llamo Rolf, sí, sí, así me llamo, así me nombraron mis padres ¿Y ustedes?
—Soy Max.
—Y yo Jennifer.
—Bonitos nombres, muy bonitos nombres.
—¡Pero no nos dejes atrás! —dijo Max.
—Lo siento, lo siento, pero es que tengo mucha hambre —se disculpó aminorando el paso. 
Max se sintió un poco mal, ya que no estaba muy convencido de que fueran a pagarle al lobo. Ellos no eran cazadores, además no tenían tiempo para eso. Pero sí se presentaba la oportunidad para pagarle a Rolf, por supuesto que pagarían.      
—¿Desde cuándo hay escasez de comida? —preguntó Max.
—Hace muy pocos meses de ello —dijo Rolf—. No es que se hayan acabado toda la comida, pero han huido. Saben que esa ave infernal destruye a todo el que ve, por eso la mayoría de animales se han ido en busca de otro lugar para vivir. Sólo los más pequeños se han quedado, saben que esa ave nunca los atacará ya que no representan un buen botín para ella, desgraciadamente tampoco para mí.
—¿Y cuál es esa ave? —preguntó Jennifer.
Por un momento Max había creído que se refería a las águilas de los gnomos. Pero no fue lo que dijo Rolf.
—Se trata de un fénix, un poderoso fénix negro, de esos que no se ven todos los días, es más grande que cualquier otro y su poder, su poder es increíble.
—¿Un fénix? —volvió a preguntar Jennifer.
—Sí, un fénix —corroboró Rolf—. Pero es negro, de esos que les gusta la carne y matan hasta los más grandes animales. Pero éste es el peor de todos. Éste come más que una manada de leones. Todos los días viene a estos bosques a buscar comida, yo lo he visto, no tarda mucho tiempo en devorar a su presa. Lo único bueno que ha hecho es atacar a los gnomos, seguramente también le parecen apetitosos. Ojalá se los trague a todos y no deje ni uno solo.
—¿Al parecer alguien odia marcadamente a los gnomos? —inquirió Max.
—¿Y por qué no? —replicó Rolf—. Son criaturas abominables que se creen los reyes del bosque. Si alguien pisa terreno de ellos lo matan o lo aprisionan, por eso los odio. Además, la poca comida que había quedado ellos la han cogido y guardado en sus bodegas. Cómo los odio, me pone furioso sólo pensar en ellos.
—Si tú lo dices en verdad deben ser abominables —comentó Jennifer algo cohibida.
—Sí, lo son. Ni se imaginan lo que harían con ustedes si los llegaran a encontrar. Seguramente se darían un festín, sí, eso harían.
—Sabemos de lo que son capaces, por eso queremos que nos lleves por un camino seguro —intervino Max.
—Sí, eso haré. Saben, acabo de pensar en algo mejor, cuando llevemos la mitad del recorrido quiero la mitad de la paga porque no sé cuánto más pueda avanzar con ésta hambre que tengo.
—Está bien. Veremos que conseguimos para darte a comer —dijo Max, algo irritado.
—Así me gusta. Sí, sí, eso quiero, quiero comida… —siguió hablando en susurros, pero parecía que se lo decía a sí mismo por lo que Max no preguntó.
Momentos más tarde, por casualidad, vieron una ardilla en un árbol vecino.
«¡Como caída del cielo!» pensó Max. Inmediatamente le dijo a Jennifer que le disparara. Así mantendrían contento a Rolf para que los siguiera guiando.
Un minuto después el lobo devoraba la ardilla con apetito voraz.
—¿Ya terminaste? —preguntó Max unos minutos después, ansioso por continuar.
—Sí, sí, claro que sí. Al final del trayecto quiero dos más de éstas porque aún tengo mucha hambre.
—Está bien. Lo intentaremos. Mantendremos los ojos abiertos durante el resto del camino.        
Siguieron caminando largo rato. Max tenía puesta su confianza en ese lobo, tenía fe en que Rolf los mantendría lejos de la aldea de los gnomos. Luego ellos podrían continuar su camino sin preocuparse demasiado de tales criaturas.
—Ya llegamos —anunció Rolf horas más tarde.
—¿Ya dejamos atrás la aldea de los gnomos? —quiso asegurarse Max.
Observó el paisaje. Se encontraban frente a una cueva al pie de una colina, rodeados por una densa arboleda.
—No. Claro que no —respondió Rolf.
—¿Entonces? —dijo Max, de pronto invadido por el miedo y la desconfianza.
—Hemos llegado a la casa de mi familia —terminando de decir aquello estaba cuando empezaron a salir unos lobos del interior de la cueva, todos igual de flacos que Rolf, unos más grandes y otros más chicos.
—¡Era una trampa! —exclamó Jennifer horrorizada.
—¡Qué observadora! —se burló Rolf.
Max no lo podía creer. Todo el tiempo Rolf los había estado guiando hacia una trampa. Ahora frente a ellos tenían una manada de lobos, al menos quince, todos hambrientos y humedeciéndose los bigotes con la lengua.
¿Ahora qué iban hacer? Sin duda alguna no podían escapar corriendo, por naturaleza los lobos eran más rápidos que ellos. Tampoco podían pelear contra toda una manada. Ese era su fin, la travesía concluía allí, frente a aquella manada de lobos.

2 comentarios:

  1. jajajjaj , q lobo!!!! como siempre me kedo en la mejor parte , a esperar se ha dicho !!!!!

    ResponderEliminar