Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

15 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 12

La Charla con el Conejo Errante

Los duendes hicieron una fiesta, muy diferente a lo que Max había imaginado. Todos los duendes hicieron la mayor parte del tiempo, juegos que a Max le parecían para niños, pero que ellos disfrutaban como si fueran lo más especial y divertido del mundo.
La dichosa fiesta no estuvo aburrida, pero tampoco fue la gran cosa. Quizá hubiera sido mejor dormir, pero no lo pudieron hacer porque él y Jennifer eran los personajes especiales en la fiesta. Muchos duendes se acercaban y les besaban las manos y les daban mil gracias por haberlos salvado del trol. Max no creía que fuera para tanto, pero los duendes sí que pensaban de esa forma.
Los duendes se divirtieron como nunca. Prepararon un vino, que fue muy grato al paladar de Max, pero cuidó de no beber más de una copa, mientras que algunos duendes no escatimaron en darse gusto. También hicieron rica comida, acompañada de ensalada de verduras, manzanas con azúcar, exquisitos dulces y muchas cosas más. Después de asegurarse de que la carne era de ciervo, los chicos comieron como nunca, casi hasta reventar.
La fiesta terminó muy entrada la noche. Los duendes que se excedieron en la bebida empezaron a quedarse dormidos en el suelo. Otros, aunque tambaleantes, buscaban sus casas.
Max y Jennifer se encontraban sentados en la mesa principal, junto al líder. Los dos niños parecían gigantes en medio de las pequeñas criaturas.
—Disculpe ¿Cómo hacen para hacer sus casas en los árboles sin que éstos se sequen? —había preguntado Max con curiosidad.
—Utilizamos fórmulas especiales, desarrolladas por nuestro pueblo por cierto. Rociamos con estas pociones constantemente los árboles para que siempre se mantengan verdes. Además, a los árboles jóvenes los hace engrosar muy rápidamente.
Algo similar había imaginado Max. Ya que no creía muy posible que los duendes hubieran tenido la fortuna de encontrarse por casualidad con una población de árboles mágicos.
—¿Por qué al trol no le salía sangre? —continuó haciendo preguntas Max, sabiendo que quizá sería la única oportunidad que tendría para saciar su curiosidad.
—No tengo una respuesta concreta para eso —dijo el duende—. Pero creo que se debía al Diamante de Hezlem, éste le daba cierta invulnerabilidad a ciertos ataques, aunque no a todos. Creo que otro que también poseyera ciertas habilidades adquiridas de un Diamante de Hezlem sí podía causarle daño.
—Entonces… Llosty nos mencionó…
—¿Quién es Llosty? —interrumpió el jefe.
—El tigre que nos guió a la cueva del trol.
—Entiendo.
—Él nos dijo que la herida que tenía en la cara había sido producto de un ataque del trol —refirió Max—. Dijo que el trol le había lanzado una cosa brillante, pero que después el trol en lugar de atacarlo corrió a recoger esa cosa. Ahora caigo en la cuenta que esa cosa brillante era el Diamante de Hezlem, eso explicaría la transformación de Llosty y el hecho de que haya podido hacerle daño al trol.
—¿Transformación? —inquirió el duende.
Max recordó que aún no habían contado todo lo que había sucedido con el trol. Así que le contó todo al jefe de los duendes, incluyendo la pelea de Llosty con Leo, la transformación sufrida por el tigre y la gran batalla que había librado con el trol. No omitió detalle, ni siquiera el hecho que Llosty intentó asesinarlos y que sólo la mágica recuperación del trol los había salvado.
—Entonces es muy posible tu hipótesis —meditó el duende después de oír el relato de Max—. Es factible que el Diamante de Hezlem haya sido el culpable de la transformación del tigre y todo lo relacionado con él.
—También recuerdo que cuando manteníamos la posesión de la Flecha Roja por varios minutos, ésta nos debilitaba y teníamos que intercambiarla a menudo para no quedarnos sin fuerzas.
—Eso si no lo entiendo —dijo después de un instante—. A menos que ustedes posean habilidades de algún Diamante de Hezlem ¿Las tienen? —preguntó después de ver la expresión en Max.
—Sí. Por eso podemos hablar con los animales.
—Entonces eso lo explica todo. No puedes tener habilidades de un Diamante de Hezlem y luego tener en tus manos aunque sea un fragmento de otro Diamante, eso causa un choque de poderes, debilitando al individuo. Y recuerden que la Flecha Roja poseía en la punta un fragmento de un Diamante de Hezlem ¡Ustedes sí que están llenos de sorpresas, pequeños! —concluyó.
Max tenía mil preguntas más que hacer, pero creyó que ya era suficiente. La noche se encontraba muy avanzada y era mejor dormir, había que recuperar energías.
Esa noche durmieron en la misma habitación que les habían asignado la noche anterior. Max se durmió al instante. Se encontraba tan cansado que durante la noche ni siquiera tuvo pesadillas.
Max agradeció que por la mañana los fueran a despertar, se encontraba todavía tan cansado que hubiera dormido todo el día.
Cuando salieron a la superficie el sol ya se alzaba sobre las copas de los árboles. Ambos chicos llevaban sus armas a la espalda y las mochilas con suficiente comida para varios días. Quien los iba a transportar era un anciano de piel arrugadísima y barba espesa y nívea.
Antes de marcharse tuvieron que esperar que una gran cantidad de duendes besara nuevamente sus manos y agradecieran todo el bien que habían hecho a la aldea.
—Sujétense de las manos y no se suelten —indicó el anciano.
Así lo hicieron. Con una mano Max sujetó la diminuta mano del duende y con la otra sujetó la suave y juvenil mano de Jennifer.
Instantes después de sujetarse de las manos, Max sintió que sus pies dejaban la tierra. Todo empezó a dar vueltas y sintió marearse. Un torbellino de viento los envolvió y él se sujetó fuertemente de las manos de sus acompañantes, tanto así que temía lastimarlos. Después todo se volvió borroso, sentía un efecto que no podía describir, ganas de vomitar, dolor de cabeza y un montón de raras sensaciones que no sabría definirlas.
De súbito sus pies tocaron suelo, sufrió un leve golpe y se cayó. Se puso de pie ligeramente y observó dónde se encontraban. Temía que se encontraran en el mismo lugar, pero la imagen que veía le decía lo contrario. De los gruesos árboles que servían de casa a los duendes no había ni huella y enfrente tenía una vasta llanura. Era una imagen hermosa, pocos árboles entorpecían el paisaje. Al otro lado, allá por el horizonte se veía que daba comienzo un bosque, tras ellos el bosque se encontraba mucho más cerca.
Max se emocionó un poco al imaginarse recorriendo aquella extensa llanura, entonces pensó en algo.
—¿Hacia dónde es el sur? —preguntó al duende anciano.
—Allá —respondió el anciano señalando el lado en el que el bosque se encontraba más cercano.
«Menos mal que pregunté», pensó Max. En su fuero interior había creído que la extensa llanura era el sur.
—Este bosque ya es tierra de los gnomos —informó el duende—. Nosotros no queremos problemas con ellos, por eso sólo los pude traer hasta aquí. Les recomiendo que no se dejen ver por los gnomos, no son nada amistosos.
—¿Algún consejo para evitarlos? —indagó Max.
—Procuren mantenerse en línea recta hacia el sur, si se desvían háganlo al este —indicó el duende—. Las aldeas de los gnomos se encuentran hacia el oeste, eviten tomar esa dirección y sus posibilidades de pasar inadvertidos por los gnomos se acrecentarán.
Después de aquellas palabras, un remolino de viento envolvió al duende y unos instantes después ya no estaba junto a ellos.
—Gracias —susurró Max.
Los dos, sin perder tiempo iniciaron la caminata hacia el interior del bosque. Conforme se adentraban en éste, los árboles se apretujaban y sus ramajes tupidos evitaban el paso de la luz solar, por lo que el suelo se encontraba libre de maleza y los chicos podían avanzar sin demasiados contratiempos.
Avanzaron silenciosos durante algunas horas. De pronto Max se detuvo, creía escuchar algo, pero no era el ruido común en un bosque, sino más bien era como un pequeño rugido. Escuchó con más atención, al hacerlo el ruido ya no le pareció un pequeño rugido sino más bien un pequeño ronquido o la respiración acompasada de alguien. No sabía de qué se trataba pero se escuchaba bastante cerca.
—¿Escuchas? —preguntó en un susurro a Jennifer.
La niña asintió.
Max empezó a avanzar en dirección al ruido, todo cautela. Conforme se acercaba escuchaba claramente el ruido y podía asegurar que se trataba de un ronquido. El ruido provenía de un grueso árbol. Max siguió acercándose cauteloso, con la mano derecha en el pomo de la espada por si llegaba a necesitarla. Max temía que se tratara de un gnomo espía o algo similar.
Asomó la cabeza para ver la fuente de aquel ronquido. Lo que vio lo tranquilizó bastante, solamente se trataba de un conejo. Max suspiró aliviado. Entonces el conejo se despertó y soltó un grito de terror cuando vio a Max y salió corriendo a ocultarse a un árbol cercano.
¡Aquello sí que sorprendió a Max! Se frotó los ojos con las manos ante el desconcierto. No lo podía creer, el conejo había caminado sin usar en ningún momento sus manos, había corrido en dos piernas como cualquier persona.
Jennifer llegó a su lado.
—¿Qué fue, Max? —preguntó.
—E…eso —dijo Max señalando el árbol en el que se había escondido el conejo
Primero apareció una pequeña mano por el borde del árbol, luego le siguió la cabeza. El conejo miraba a los dos extraños con ojos de espanto o quizá de admiración.
—¡Un conejito! —exclamó Jennifer—. Ven, ven pequeño.
El conejo se descubrió completamente, sorprendentemente parado en dos patas. Inclusive era más grande que un conejo normal, por lo menos el doble de grande.
—No me hables así, que es ridículo —dijo indignado el conejo, con voz demasiado grave para algo tan pequeño.
—Lo siento —se disculpó Jennifer.
—¿No se van a espantar? —preguntó sorprendido el conejo.
—¿Por qué deberíamos hacerlo? —replicó Max.
—¡Soy un conejo que habla y camina en dos piernas! ¿No es suficiente con eso?
—Caminar en dos piernas sí es algo sorprendente. Pero tú no puedes hablar, nosotros somos quienes podemos hablar con los animales —dijo Jennifer.
—Ustedes están locos. Yo he hablado con muchos humanos y la mayoría sale huyendo. Por eso es que yo puedo hablar con los humanos y no ustedes con los animales —dijo el conejo, aún con voz indignada.
—O bien puede ser que ambos tengamos habilidades especiales —dijo Max—. No eres el primer animal con el que hablamos.
—Bueno, puede que tengan razón —dijo el conejo, bajándole por fin a su tono de voz.
Max observó al conejo detenidamente, su pelaje era gris y brillante. Sus pies y sus manos no eran iguales a las de un conejo normal, su piernas eran rectas, más parecidas a las de un humano que a las de un conejo, lo mismo sucedía con sus brazos.
—Disculpen la curiosidad pero ¿Qué hacen dos mocosos por estos rumbos? —dijo el conejo.
—Buscamos al fénix dorado —informó Max—. ¿De casualidad tú sabes dónde vive?
—¿Buscan al fénix dorado? Sí y yo ando buscando el fin del mundo —se burló el conejo.
—No es ninguna broma —se defendió Max— ¿Por qué más creerías que andamos tan lejos de la civilización?
—Está bien. Entonces, suponiendo que de verdad lo buscan ¿Para qué se supone que lo buscan?
—Necesitamos que nos brinde su ayuda.
—Quieren sus polvos ¿No?
—¿Cómo lo supiste?
—Mucha gente busca al fénix dorado por sus polvos. Su poder es capaz de curar cualquier enfermedad, sin importar que el enfermo se esté muriendo en ese preciso instante. Lo único que no pueden hacer es revivir a los muertos. Como ven, no es difícil imaginar por qué lo buscan.
—¿Entonces sí sabe a lo que me refiero?
—Por supuesto que sí. Y si de verdad lo buscan deben seguir en línea recta. Yo soy un gran amigo de él.
—¡¿En serio?! —dijo Jennifer emocionado.
—Claro que no, niña tonta. Los fénix dorados no tienen amigos.
El conejo caminó hacia el tronco bajo el cobijo del cual lo habían encontrado. Allí había sujeto en una varita un pequeño fardo, parecía ser el equipaje del conejo.
—Sí quieren mi consejo —dijo el conejo mientras cogía el fardo—, sigan en línea recta y no vayan a desviarse mucho al oeste porque podrían encontrarse con la aldea de los gnomos. Estoy seguro que no les gustaría eso, ni a ellos ni a ustedes. Mientras ustedes se van yo voy a desayunar, ya que ustedes me despertaron bruscamente y necesito reponer mis energías para seguir con mi viaje.
—¿A dónde se dirige? —curioseó Max, mientras se quitaba la mochila de la espalda y se sentaba en el suelo cubierto de hojarasca. Jennifer lo imitó. Ya era hora de almorzar y creyó que hacerlo en compañía de tan única criatura era una oportunidad que no se presentaba todos los días.
—No voy a ningún lado en particular. Soy un aventurero, viajo por el mundo sin rumbo fijo.
—¿Por qué lo hace? —preguntó Jennifer.
—No lo sé con certeza. Sólo recuerdo que lo hago desde que me quedé sin familia y adquirí esta extraña habilidad. Las dos cosas me sucedieron al mismo tiempo por lo que no sé cuál es la causante de que me hayan dado ganas de recorrer el mundo.
Los chicos sacaron un poco de comida y se pusieron a almorzar.
—¿Y no le da miedo? —preguntó Jennifer— Me refiero a andar sólo por estos lugares.
—¿Miedo? El miedo es para los cobardes. Nunca me he asustado ante nada ni nadie, y eso que me enfrentado a las cosas más peligrosas que ustedes puedan imaginar. Una vez logré vencer a un lobo que me perseguía hambriento, pero yo demostré mis habilidades y lo derroté. Hice que se pusiera de rodillas y me pidiera perdón, incluso lo obligué que me dijera dónde podía encontrar comida para mí.
—Debe haber sido difícil —observó Max.
—¡Bah! —bufó el conejo— Para alguien como yo nada es difícil, es más, hasta creo que me divertí.
 Del pequeño fardo el conejo sacó unas legumbres y empezó a devorarlas.
 —Corto comida siempre que se me presenta la oportunidad —comentó—, ya que no en todos partes se consigue comida deliciosa.
En el mismo fardo también llevaba un pequeño recipiente con agua.
—Díganme, niños ¿Por qué buscan al fénix dorado? Se ven tan decididos que ya les creí.
—Por mi abuelo, fue mordido por un escorpión de fuego y se encuentra al borde la muerte —informó Max.
—¿Y creen que encontrarán al fénix, obtendrán los polvos y volverán antes de que su abuelo muera? —aventuró el conejo—. Por lo que yo sé esos animales son muy venenosos y todas sus víctimas mueren.
—Mi abuelo será la excepción —replicó Max con decisión—. Encontraremos ese fénix muy pronto y regresaremos a tiempo para salvarlo.
—No importa lo que digas muchacho. Lo que cuentan son los hechos, pero te daré el beneficio de la duda.
—Lo voy a lograr, sin importar lo que los demás digan.
—¡Los humanos son tan estúpidos! —murmuró el conejo mientras guardaba las legumbres sobrantes en el fardo.
—Perdón ¿Qué dijo? —pregunto Max.
—¡Que los humanos son tan estupendos! —Max no estaba seguro de que hubiera dicho eso al principio, pero no replicó.
—¿Podría decirnos por qué le sucedió eso? —preguntó Jennifer.
—¡Un mago! Un mago me capturó a mí y a toda mi familia, nos utilizaba como ratas de laboratorio para practicar sus deficientes hechizos —relató—. Uno por uno se fue deshaciendo de los miembros de mi familia, hasta que llegó mi turno, no sé que me hizo pero cuando me percaté sabía hablar el lenguaje de los humanos y mis patas habían cambiado. Al parecer el mago había logrado lo que quería. Mientras bailaba y bebía vino celebrando, escapé, de eso ya hace un año. Desde entonces viajo por el mundo. Es muy divertido, deberían intentarlo.
—¿Siempre duerme en el suelo? ¿No tiene miedo de que algún depredador lo atrape mientras duerme? —preguntó Max.
—Duermo en las ramas de los árboles.
—Pero lo encontramos…
—Seguramente me caí —interrumpió a Max.
«¡Pues debió de estar bien dormido!», pensó Max.
—¿Hace cuánto buscan al fénix dorado? —preguntó el conejo, de pronto interesado.
—Cinco días —respondió Max.
—No quiero ser aguafiestas ¿Pero creen que su abuelo aún viva?
—El mago que lo cuida dijo que gracias al medicamento que le estaba aplicando viviría unos doce días. Yo le creo.
—¡Sí ustedes lo dicen!
En aquellos momentos pasó volando un águila, casi por sobre sus cabezas. Era un águila enorme, similar a la de Mynor el mago.
—Es una de las águilas de los gnomos —informó el conejo—. Siempre andan vigilando sus territorios, en busca de intrusos.
Max de pronto sintió miedo. No sabía si el águila los había visto, si así era no pasaría mucho tiempo para que tuvieran una pandilla de gnomos tras ellos.
Hubo un largo silencio mientras el águila se alejaba. Silencio que Max aprovechó para pensar que ya era hora de proseguir la marcha. Ya habían almorzado y conversado un rato con aquel extraño conejo. Aunque a decir verdad, ellos no se quedaban atrás, ya que también eran unos niños raros.
—¿Cómo es que han sobrevivido dos niños por cinco días en los bosques? —preguntó el conejo.
—Un poco de suerte —dijo Max poniéndose de pie, con la intención de proseguir la marcha—. Y nos las hemos arreglado para salir de algunos aprietos
—¿Aprietos? ¿Qué tipos de aprietos?
—No lo creería si se lo contamos.
—Estoy seguro de ello, seguramente le incrementarían mucho a la realidad. Quizá lo único que se han encontrado en el camino ha sido un ciervo o algún gatito.
—Sí, algo parecido —asintió Max, sin ánimos de contradecir.
—Bueno, no sé ustedes, pero yo proseguiré mi marcha. Puede que en un par de años más logre recorrer el mundo, lo cual no conseguiré si me quedo todo el día hablando con dos humanos tan extraños.
—Nosotros también haremos lo mismo —dijo Max, ya listo para continuar.
—Ha sido un placer conocerlos. Nunca imaginé encontrarme con humanos como ustedes y menos en estos lugares tan insólitos —dijo el conejo, su voz sonaba entre triste y alegre.
—Para nosotros también ha sido un placer conocerlo —dijo Max—. Aunque nunca nos dijo su nombre.
—Y no creo que lo lleguen a saber —concluyó el conejo y empezó a caminar en dirección norte, justo la dirección contraria a la que tomarían Max y Jennifer.
Los dos chicos se quedaron de pie observando alejarse a aquel extraño conejo que caminaba y hablaba como ellos.
—Nosotros también debemos continuar —dijo Max a Jennifer.
La niña asintió.
Ambos se pusieron en marcha.

2 comentarios:

  1. vale la pena la espera , muy buen cuento , ahora esperar al prox capitulo , ojala y sea mas largo que este !!!!!!!!!!!

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    1. Gracias Marilu por comentar siempre... y en cuanto la longitud del siguiente capítulo: mmm, ya veremos...

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