Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

8 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 11

La Caída del Trol

Llosty había crecido, pero aún era pequeño ante la gran mole del trol. Un velo de incredulidad se cernía sobre éste, pero desapareció en el instante mismo que el nuevo Llosty se lanzó sobre su fea cabezota.
 Llosty, mostrando sus garras amenazadoramente, se había lanzado sobre la cabeza del trol. Éste lo tomó en el aire con sus fuertes brazos y lo estrelló con estrépito en el suelo. Llosty rebotó como una pelota. Cuando volvió a tocar el suelo lo hizo con sus cuatro patas e inmediatamente replicó embistiendo al trol. Éste perdió el equilibrio ante el impacto y cayó, haciendo temblar la tierra, con Llosty sobre él.
Max se había quedado estupefacto. Lo único que pudo hacer fue correr con la flecha en la mano hacia donde estaba Jennifer y se la entregó. Como un acto reflejo, mientras observaba en dirección al trol, desenfundó la espada que llevaba en la espalda. Tan absorto en la pelea estaba que no se percató que había desenfundado la espada hasta que ya la tenía en las manos.
Llosty había caído sobre el voluminoso vientre del trol y con sus poderosas garras rasgaba el cuero de la panza y el pecho éste. Extrañamente ahora el trol sí sangraba, cosa que las flechas de Jennifer no habían conseguido.
Después de varios intentos el trol logró atrapar a Llosty con sus manos, lanzándolo después a un lado para conseguir un respiro. Pero no duró mucho porque el tigre rugió como una fiera y se lanzó sobre el trol nuevamente. Era tan rápido que el trol no pudo hacer nada para evitar que clavara sus dientes en uno de sus brazos. El trol se agitó como loco intentando desprender al tigre de su brazo, lo cual consiguió después de varios golpes. Cuando lo consiguió, de su grotesco brazo manaban hilillos de sangre.
Llosty sin perder tiempo, saltó primero a un árbol y después a la espalda del trol. Clavó sus garras en la espalda del monstruo, luego entre sus fauces atrapó el cuello del trol. Éste rugió de dolor e intentó alcanzar a Llosty con sus brazos para quitárselo, pero el tigre no se la ponía fácil. La sangre empezó a brotar a borbollones del cuello del trol. Poco a poco la gigantesca criatura fue debilitándose, hasta dejar de intentar zafarse de las fauces del tigre. Luego cayó. Llosty soltó a su presa para evitar ser aplastado por la enorme masa que era el trol.
¡Había muerto! ¡El trol había muerto! No había duda. Max estaba seguro que el trol había muerto, nadie sobreviviría a semejante mordida en la garganta. Además, el cuerpo del trol parecía totalmente inerte.
Llosty los observaba de pie, a un lado de su presa, con las garras y el hocico embarrado de sangre. Max sentía de pronto un gran respeto hacia aquel tigre, les había salvado la vida, y no solo a ellos, sino también a la aldea de los duendes.
A un costado de su salvador yacía el cuerpo del enorme trol, la sangre aún manaba de su cuello, tenía la piel del pecho y el vientre hecha jirones. La sangre era morada. Max se preguntaba por qué el trol sangraba ahora, ya que cuando Jennifer lo atacó no había pasado nada. Pero a Max ya nada le sorprendía.
—¡Le ganaste, Llosty! —dijo Max emocionado.
Pero Llosty no parecía nada contento. Sus ojos brillaban maliciosamente y los miraba de la misma forma que uno mira una rica comida.        
—¿Qué pasa, Max? —preguntó Jennifer con voz trémula, escasos metros atrás de él.
—No lo sé.
Llosty avanzó unos pasos hacia ellos, sin quitarles la vista de encima. Hilillos de babas se deslizaban en sus dos enormes incisivos.
Max presentía el peligro. En ningún momento había pensado que la transformación del tigre también lo convertiría en peligroso para ellos.
—¡Llosty, tranquilo! —el tigre seguía avanzando—. ¡Ya ganamos, seremos libres!
Pero el tigre no le prestó atención.
Entonces el tigre saltó. Max creyó que iba a caer sobre él, pero no fue así, el tigre lo salvó con gran facilidad. «¿Si no iba sobre él, entonces sobre quien iba?», con horror volvió la vista: Llosty se encontraba justo enfrente de Jennifer. Max corrió como nunca y se interpuso entre el tigre y la niña.
El tigre rugió y lanzó un golpe a su humanidad. Max logró interponer su espada, con ello evitó que la garra del tigre destrozara su cuerpo. El golpe fue tan violento que la espada salió volando varios metros. Max, ante el horror retrocedió un paso. Antes de retroceder otro, Llosty lo volvió atacar, ésta vez las garras del tigre rasgaron el pecho del niño. Max cayó a los pies de Jennifer, sangrando y con un ardor indescriptible en el pecho. Jennifer dejó escapar un gritito.
Llosty avanzó un paso, sin duda alguna quería darles muerte. Pero algo lo detuvo. Entonces se dio la vuelta furioso.
Max lo vio apenas borroso, de pie, frente a ellos, ya sin heridas visibles se encontraba el trol.
Llosty, furioso, se abalanzó nuevamente sobre el trol. Ambas fieras comenzaron una encarnizada pelea.
—¿Max, estás bien? —dijo Jennifer arrodillándose a su lado.
—No es nada, estoy bien —respondió forzadamente.
Estaba sangrando mucho, pero el dolor era leve, lo fuerte era un escozor tremendo, como si su piel estuviera ardiendo. Con gran esfuerzo se puso de pie y cogió nuevamente su espada.
—Tenemos que irnos —dijo, sabía que era la única posibilidad que tenían—. No importa quién gane de estos dos, ambos nos quieren muertos —concluyó.
—¿Vamos a dejar a Llosty?
—¿No ves que nos iba a matar? ¿Qué quieres que hagamos?
—Lo sé, pero entiende, debe ser por esa transformación.
—Transformación o no, qué importa. Lo cierto es que nos quiso matar y seguramente aunque gane siempre querrá que seamos sus bocadillos. Debemos aprovechar que se matan entre ambos y huir de este lugar.
—Está bien —aceptó Jennifer, resignada.
Antes de empezar a correr, Max le quitó la Flecha Roja a Jennifer. Mientras escapaban a la aldea de los duendes había planeado intercambiar constantemente la Flecha, por alguna razón ésta debilitaba a su poseedor. Así conseguirían avanzar sin que uno de los dos se debilitara completamente como había ocurrido con él.  
Ya no volvió la vista para ver que sucedía con el trol y Llosty, simplemente corrió en dirección a la aldea de los duendes. Jennifer iba un par de pasos tras él. Max sentía el escozor en el pecho, pero aquello no evitaba que dejara de correr cada vez con más ahínco.
Corrieron durante casi una hora, sin detenerse siquiera a respirar, intercambiando constantemente la flecha. Afortunadamente ni el trol ni el tigre parecían ir tras ellos.
Momentos más tarde, empezaron a oír sonidos huecos tras ellos, no había duda, eran los pasos del trol. Seguramente había ganado la pelea y ahora iba en su persecución. Afortunadamente ellos ya estaban cerca del gigantesco árbol que marcaba la ubicación de la aldea. Ojalá llegaran a tiempo para darle la flecha al arquero que probaría suerte con la vida de aquella bestia.
Corrían lo más rápido que sus piernas les permitían. Los pasos del trol se escuchaban cada vez más cerca. Mientras corrían, Max pensaba en que los duendes seguramente ya habían escuchado al trol, probablemente no había nadie a la vista, quizá todos se habían escondido, si así era no encontrarían ni refugio ni a quien darle la flecha.
Por fin divisaron las casas de los duendes, una sensación de alivio invadió el interior de Max. Pero antes de entrar en la aldea algo se les interpuso, era el trol quien había saltado sobre ellos, cortándoles el paso.
—Dame esa flecha —gritó furioso a Jennifer, quien en aquellos momentos llevaba la flecha.
Jennifer, jadeante, miraba horrorizada al trol. Max volvió a sacar su espada, aunque sabía que no le iba a servir de mucho. El trol estaba furioso y cubierto de sangre, pero sin ninguna herida visible. ¿Qué iban hacer? ¿Cómo iban a salir de semejante problema? ¿Habría matado a Llosty?
El trol acortó la distancia entre él y Max, luego le lanzó un golpe. Max, como acto reflejo, intentó detener el golpe con la espada, pero de nada sirvió. La espada se escapó de sus manos ante la fuerza del golpe, que todavía le alcanzó en el rostro. Max voló un par de metros antes de arrastrarse por el suelo. El dolor era muy fuerte, nunca había sentido tanta fuerza, sentía como si todos los huesos del rostro estuvieran rotos.
Con piernas temblorosas y una mano en el adolorido rostro, Max se puso de pie.
El trol empezó a dar pequeños pasos hacia Jennifer. Jennifer hacía lo mismo pero en dirección contraria a la del trol.
El trol se paró frente a la niña. Max venía venir un tremendo golpe sobre la humanidad de la chiquilla, o bien podría atraparla con sus manos y resquebrajarla como a un insecto. Max no podía permitir que aquello sucediera. Ese monstruo iba a terminar con la vida de Jennifer, él tenía que hacer algo para impedirlo.
Entonces Max se armó de valor, tomó la espada con fuerza y corrió hacia el trol. Cuando lo alcanzó sembró con todas sus fuerzas la espada en la pierna del trol, que era lo más alto que podía llegar. Increíblemente el trol lanzó un grito de dolor y la pierna empezó a sangrar. Al parecer las cosas extrañas seguían sucediendo.
Pero Max no se detuvo allí, con gran esfuerzo retiró la espada de la pierna del trol e intentó volvérsela  clavar en la pierna. Pero nuevamente un golpe lo hizo volar, esta vez el golpe fue en el pecho, haciendo que le doliera más porque allí tenía marcadas las garras de Llosty.
Max se arrastró varios metros antes de detenerse. El dolor y el escozor hacían que mirara de forma borrosa, temía desmayarse de un momento a otro. También constató que ya no tenía la espada en la mano.
De forma borrosa vio que el trol se acercó nuevamente a Jennifer, con una mano la tomó y la levantó como una muñequita, con toda la paciencia del mundo le quitó la flecha que tenía en la mano.
Max no supo como lo hizo pero corrió a coger la espada y luego corrió sobre el trol a pesar de lo maltrecho que se encontraba, pero es que no podía quedarse sin hacer nada sabiendo que su amiga estaba a punto de sufrir una dolorosa muerte. Esta vez fue una herida larga la que hizo en la pierna del trol, trató de hacerla profunda. El trol dio un gemido y dejó caer a Jennifer, no así la Flecha Roja. Jennifer se puso de pie y se alejó varios metros del trol mientras buscaba colocar una flecha en el arco.
Max intentó atacar nuevamente al trol, pero éste lo tomó con una mano y lo alzó, al tiempo que lo oprimía con su gigantesca mano. No pudo evitar gritar de dolor. Se encontraba pronto a perder el conocimiento cuando una flecha de Jennifer se sembró en la garganta del trol. Pero no fue la única, ya que decenas de flechas más pequeñas fueron a clavarse en el cuerpo del monstruo. Éste lanzó un gemido seco y soltó lo que tenía en sus manos, Max y la Flecha Roja.
Max intentó ponerse de pie, pero sus débiles y temblorosas piernas no se lo permitieron. A dos metros de su posición el trol se debatía como loco en su intento por evitar las flechas de los duendes. Max temió ser pisado por el trol, así que tomó la Flecha Roja entre sus dedos y trató de alejarse, arrastras, porque no podía ponerse de pie. Momentos después, unas pequeñas manos lo ayudaron a incorporarse.
El trol, a escasos cinco metros de su posición, estaba cubierto por cientos de pequeñas flechas, pero de ninguna herida causada por esas flechas fluía sangre.
—Niño, entrégame la flecha —solicitó el duende que lo había ayudado a ponerse de pie.
Max así lo hizo.
El duende colocó la flecha en el arco y apuntó al pecho del trol. Éste al ver la Flecha Roja en el arco del duende se puso como loco y corrió sobre él. Max corrió a ocultarse a un árbol, no quería que el trol lo pisara. El duende no lo hizo, no se apartó, continuó de pie, apuntando al pecho del trol. Por alguna razón no disparó, lo que el trol aprovechó para apresarlo en una de sus manos. El arco y la flecha cayeron y se quedaron en el suelo.
De pronto Max tuvo una idea. Débil y adolorido como estaba, corrió a coger la Flecha Roja, luego corrió hacia donde se encontraba Jennifer.
—Dispárale —dijo entregando la flecha a Jennifer.
La flecha roja era más pequeña que las que usaba Jennifer, pero Max creía que sí la podía usar.
—¿Tú crees? —dudó la niña.
—Sí.
¿Quién más lo haría sino ella? Quizá toda la aldea estuviera atacando al trol con sus pequeñas flechas, pero nadie, aparte del duende que estaba siendo estrujado por el trol en aquellos momentos, se dignaba a salir de su escondite.
—Está bien, lo haré —asintió la niña después de un instante de duda.
Jennifer tomó la flecha, la colocó en el arco y buscó situarse frente al trol. Max, un paso tras ella, hizo lo mismo, a lo mejor su presencia la armaba del coraje suficiente para disparar.
—En el corazón. En el corazón. Es la única forma de que muera —gritó el duende que estaba siendo estrujado por el trol. Instantes después le salía sangre por la boca y nariz.
Jennifer apuntó al corazón del trol.
El monstruo dejó caer el cuerpo sin vida del duende y corrió hacia Jennifer con el fin de que esa flecha no saliera del arco. Pero no llegó a tiempo, la flecha salió volando en dirección al trol, en su vuelo brillaba como un diamante. El trol, que corría hacia ellos, al ver la flecha intentó detenerse y apartarse de su trayectoria, pero no lo consiguió y la flecha se clavó en su pecho, donde tenía el corazón. La flecha desapareció en el pecho del trol y los borbollones de sangre no tardaron en salir. La sangre no sólo salió de su pecho sino también de su boca. El trol se tambaleó antes de caer, cuando lo hizo, la tierra tembló.
Max contuvo la respiración durante varios segundos, temiendo que de un momento a otro la criatura se pusiera de pie nuevamente. Pero la enorme mole que era el trol no se movió más.
Poco a poco los duendes empezaron a salir de sus escondites, primero muy silenciosos, luego, al constatar que efectivamente el trol había muerto, todos empezaron a celebrar.
Max no consiguió mantenerse más tiempo de pie, estaba agotado. Y no era para menos, aquel día había recibido más castigo que en toda su vida. Primero sus rodillas se doblaron, luego todo empezó a dar vueltas a su alrededor, por último, se desplomó en el suelo.
—¡Max! —fue lo último que escuchó.
Cuando despertó, lo primero que vio fue la silueta de Jennifer que lo miraba desde arriba.
—Ya despertó —anunció la chiquilla emocionada.
Con la ayuda de Jennifer logró incorporarse para reconocer el lugar en el que estaba. Se encontraba en el centro mismo de la aldea. Una gran multitud de duendes se congregaba a su alrededor. Casi se desmaya de nuevo al ver tantos duendes juntos. Frente a él se paró el jefe de los duendes. Pero hubo algo que lo inquietó. Se revisó las heridas y no tenía nada, se tocó el rostro y no le dolía, lo habían curado.
—¿Qué pasó? —preguntó aún examinándose el cuerpo.
—Uno de nuestros magos te curó —respondió el jefe.
 Un duende con vestimenta extraña lo saludó levantando la mano. Max le sonrió tímidamente.
 —¿Qué pasó con el trol? —preguntó poniéndose de pie, lo último que había visto fue que había caído, pero no estaba seguro si había muerto.
—Murió —respondió el duende—. También murió uno de los nuestros —agregó.
—Lo siento —dijo Max, no sabía qué decir.
—La pequeña ya me contó lo que sucedió con el tigre. Lamento que hayan tenido que pasar por esto. Ya les retiré el hechizo al igual que al tigre por si todavía está con vida —informó.
—Ahora debe cumplir su parte del trato —dijo Max. Miró al cielo, aún no era muy tarde, así que todavía podían avanzar un buen trecho.
—Por supuesto —confirmó el jefe de los duendes—. Pero soy de la opinión que deben esperar hasta mañana. Deben descansar un rato, además, hay que celebrar la caída del trol.
—¡Sí! ¡Hay que celebrar! —gritaron al unísono todos los duendes.
Max se lo pensó bien antes de contestar. Ya llevaban cuatro días de haber iniciado la travesía, lo que significaba que a su abuelo le quedaban alrededor de ocho días de vida, y aún no estaban ni cerca de dar con el fénix dorado. Aunque su mente le decía que debían continuar, su cuerpo le decía contrario, se encontraba exhausto.
—Está bien —dijo al fin. No estaba para fiestas, pero creyó que era necesario un buen descanso después de todo lo que habían pasado ese día.

2 comentarios:

  1. esta muy buena cada espera vale la pena

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    1. Gracias Raul... espero que ni un capítulo de los faltantes os decepcione...

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