Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

1 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 10

En Busca de la Flecha Roja

El siguiente día los levantaron muy temprano. Medio adormitados los llevaron a un pequeña sala. Allí los esperaba un duende muy viejo, decaído, es más, incluso daba la impresión de estar muerto. Éste viejo, extrañamente ágil para su aspecto, puso sobre ellos un hechizo, el cual servía para que no se alejaran más allá de donde tenían que ir a buscar al trol. Y que además, según les explicó el anciano, él podría sentir su presencia, lo cual serviría para dar con ellos en caso de que decidieran no regresar. A menos que murieran claro. En otras palabras, los chicos sólo tenían una opción para ser libres: encontrar la Flecha Roja. A Llosty también le aplicaron el mismo hechizo.
Después los llevaron a un comedor donde ya habían servido un suculento desayuno. Sin importar que carne fuera, los chicos comieron con apetito voraz. Tomando en cuenta, que en los días futuros, no habría muchas posibilidades de que fueran a disfrutar una comida tan deliciosa como aquella. También llevaron con ellos a Llosty que, para sorpresa de Max y los duendes, también comió ávido.
Después del desayuno les regresaron sus armas y les dieron una bolsa con provisiones. Max se trabó la espada en la espalda. Jennifer hizo lo mismo con su arco y un pequeño carcaj con sus flechas, cortesía de los duendes. Los cuales también le ofrecieron más municiones para su arco, pero al notar la diferencia entre el arco de la niña y el tamaño de sus flechas, algo avergonzados, desistieron en su oferta.
Cuando salieron a la superficie el sol apenas asomaba la mitad de su circunferencia por el horizonte. Gran cantidad de duendes iban de un lado para otro, sumergidos en sus quehaceres cotidianos. Quién sabe cuáles eran esos quehaceres. A lo mejor reparar sus casas-árbol era uno de ellos.
Llosty salió tras ellos. Llevaba puesta una correa, la cual era sujetada por varios duendes. Tras éstos, y al último, venía el jefe de los duendes.
Cuando Llosty salió a la superficie, todos los duendes se sobresaltaron, unos incluso corrieron a ocultarse. A pesar del flacucho aspecto del tigre, aún los intimidaba.
Los guardias prepararon sus cerbatanas por si alguien, ya fuera el tigre o los chicos, intentaba hacer algo estúpido.
—¡Esto es humillante! —se quejó Llosty al llegar al lado de Max.
—No lo dudo —admitió Max con una leve sonrisa.
—No te rías, que no es gracioso —reprendió el tigre—. Me gustaría ver si sonríes con una correa en el pescuezo.
—Tienen todo el día y la noche para llevar a cabo la misión —informó el jefe de los duendes—. De no regresar antes del alba de mañana, se procederá a buscarlos. Y más les vale que tengan una buena excusa si eso llega a suceder —concluyó, amenazante.
—Haremos todo lo posible por concluir la misión en el tiempo estipulado —prometió Max.
—Que así sea.
Inmediatamente se pusieron en marcha, con el sol ya casi mostrando toda su circunferencia en el horizonte. Antes le habían retirado la correa al tigre, logrando con ello que otros duendes corrieran a ocultarse.
No muy lejos, al norte, se veía la montaña a la que se dirigían. Desde su posición era imposible ver las colinas más pequeñas. En dichas montañas tenían que entrar en la cueva de un trol, buscar una flecha roja y regresar sanos y salvos. Era la única condición para que los duendes los liberaran y ayudaran.
Caminar al norte, cuando desde que partieron de Narlez lo habían hecho hacia el sur, produjo una sensación de desconcierto en Max.
Tardaron al menos tres horas en llegar a las montañas. En el centro se encontraba la montaña más alta, alrededor de ésta había varias de diferentes tamaños. Todas cubiertas por una extensa vegetación.
Llegados al pie de las primeras colinas, fue Llosty quien se adelantó para hacer de guía. Empezaron a adentrarse a través del paso que había entre dos pequeños cerros.
Recién adentrados en el paso, Max se percató en el cambio del ambiente. El aire era más pesado y sombrío. Un aroma, más bien fétido, inundaba el lugar. Un escalofrío recorrió el cuerpo del muchacho al recordar lo que le habían dicho un día antes sus amigos Jirafas: «Cosas muy malas pasan en ese lugar» y; «Los humanos que han puesto un pie allí jamás han salido con vida».
En su interior, Max rezaba para que pudieran cambiar eso.
—¡Son unos humanos muy valientes! —dijo Llosty mientras avanzaba sigiloso.
—Eso dicen —dijo Jennifer.
—Pero no entiendo ¿Por qué humanos pequeños llegan a estos lugares en los que muy pocas veces se ve a los de su clase?
—Buscamos algo, algo que nos ayudará mucho —dijo Max, limitándose a no decir lo que buscaban.
Después de un buen rato de caminata, al menos una hora, por fin Llosty dijo que estaban cerca de la cueva, y que había que ser más sigilosos y escurridizos. Trataron de caminar lo más sigiloso y despacio que pudieron. Lo cual no fue suficiente porque cuando se disponían a iniciar el ascenso a la montaña más alta fueron descubiertos, pero no fue por el trol sino que por un león.
—¡Vaya, pero miren que tenemos aquí! —dijo con voz pausada y tranquila el león—. Nada más y nada menos que a mi viejo amigo Llosty y a dos humanos.
Max no dudó, se llevó las manos al pomo de la espada y la desenfundó, listo para defenderse por si aquello no era cosa de amigos.
—¡Leo! —exclamó Llosty con voz trémula mientras retrocedía un paso.
—¿Qué pasa Llosty? —preguntó Max— ¿Es tú amigo? —aunque por la expresión de Llosty creía que no.
El tigre no respondió, guardaba silencio, fruto de un miedo al que Max no hallaba explicación. Ni él sentía tanto miedo, y eso que sólo era un niño. Jennifer a su lado ya tenía lista una flecha en el arco.
—Llosty te propongo un trato —dijo el león acercándose al tigre.
Max se crispó y empuño con fuerza su espada.
—Déjame a esos dos humanos —continuó el león—, y la deuda queda cancelada. Luego te buscas otra comida. Aunque por tu aspecto veo que la necesitas más que yo —se mofó—. ¡Hace mucho que no pruebo un bocadillo tan exquisito! —concluyó en un suspiro.
—Lo siento, Leo —dijo Llosty recuperando el habla—, pero tengo un trabajo que hacer. Fui apresado por los duendes y junto a estos dos humanos buscamos recuperar algo para que nos dejen en libertad.
—¡Interesante! —dijo pensativo el león— Pero eres un poco tonto ¿No crees? Simplemente vete, déjame a los humanos y huye. Yo no te voy acusar —concluyó con ironía.
—Eso no es posible —dijo Llosty—. Estoy bajo un hechizo, el cual no me deja alejarme más allá de estas montañas.
—Entonces recupera lo que buscas, tú solo. Los humanos se quedan conmigo —decretó el león perdiendo la paciencia—.  Tengo esposa y dos hijos que mantener. Ya imagino cómo se les iluminará el rostro cuando llegue con semejante banquete.
—Ya te dije, estos humanos me ayudarán. Así que apártate de mi camino —rugió Llosty, recuperando completamente la voz y la dignidad.
Max observaba atento la escena mientras empuñaba con fuerza la espada, parecía que muy pronto iniciaría una pelea entre los felinos más grandes del bosque. Un encuentro entre un tigre y un león no podía terminar bien, seguramente habría problemas.
—Si no quieres a las buenas, tendrá que ser a las malas —rugió Leo y dando un rugido ensordecedor se abalanzó sobre Llosty.
Max sabía muy bien que Llosty llevaba las de perder. El tigre estaba flacucho, el león robusto; el león rebosaba confianza, el tigre no tanto. Supo de inmediato que tenía que ayudar al tigre.
Antes de que Max o Jennifer pudieran intervenir, sucedió algo que los dejó boquiabiertos: Cuando Leo caía sobre Llosty, éste, con gran agilidad se hizo a un lado para luego saltar, aún más rápido, si se puede, sobre la espalda del León. Llosty hundió sus garras en la espina dorsal de Leo al mismo tiempo que con sus poderosas fauces sujetaba el cuello del León. Ambas fieras rodaron por el suelo unos momentos. Por último, el tigre se puso de pie, a un costado yacía sin vida el cuerpo del León.
—Hay que proseguir la marcha —dijo, henchido de orgullo.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Max, aún boquiabierto.
—No lo sé —fue la respuesta del tigre—. Solo lo hice. Aunque ahora que lo mencionas desde hace algunos días me siento más fuerte y rápido.
«Pues no lo pareces», pensó Max.
Siguieron ascendiendo por la ladera de la montaña. Tras ellos quedó el cuerpo sin vida de Leo para que los cuervos se dieran un banquete con él.
—¿Qué deuda tenías con ese león, Llosty? —curioseó Jennifer, caminando al lado de éste.
—Nada relevante —respondió Llosty—. Simplemente mi manada y yo robamos su comida, era una hermosa cebra. Y vaya si le costó trabajo atraparla. Pero éramos más y tuvo que ceder. Nosotros los depredadores así somos, si tenemos oportunidad la aprovechamos.
Max opinaba que aquello había sido desleal. Pero en fin, él no era de la selva, por lo tanto él no sabía nada de la forma en que ésta se regía.
El sol ya se había levantado bien alto. El cielo estaba salpicado de pequeñas nubes níveas, que a ratos se interponían entre el sol y la tierra, proyectando pequeñas sombras en el bosque.
Max ya hacía rato había reparado en el silencio sepulcral que imperaba en aquellas montañas. Además de Leo no habían visto otra forma de vida, ni siquiera un roedor, ni pájaros. Las montañas parecían completamente desiertas en cuanto a fauna se refiere.
—Todos los animales han huido —informó Llosty cuando Max hizo un comentario al respecto—. Antes, cuando el trol era simplemente otro habitante de las montañas, nadie le temía, pero ahora que se convirtió en un ser diferente, listo, rápido, poderoso y malévolo, todas las criaturas que vivían en estas colinas se han marchado.
—Eso lo explica todo —observó Jennifer.
En aquellos momentos avanzaban despacio, sigilosos, en la parte más tupida de la flora imperante. Así, pensaban, evitarían ser detectados por el trol.
—Esa es su casa —informó Llosty agazapado en un arbusto.
Max observó la cueva detenidamente. Era muy similar a la cueva del dragón, tal vez un poco más pequeña. Se encontraba en la cintura de la montaña. Gruesos árboles hacían guardia cerca de la entrada, lo que evitaba que la cueva fuera vista desde lejos.
Se habían detenido a unos quince metros de la cueva. Los tres observaban expectantes, obligándose a respirar sólo cuando era necesario. Max aguzó el oído lo más que pudo. El silencio reinaba sobre todo lo demás. Supuso que no se encontraba en casa o bien reposaba lánguidamente.
—Creo que no está —aventuró Llosty—. Si vamos a entrar hay que hacerlo ahora.
Era la segunda vez que Max entraría en la casa de una criatura salvaje. Daba la casualidad de que los dos habían adquirido poderes de un Diamante de Hezlem.
Ésta vez se encontraba más nervioso que la vez anterior. Pero hay que tomar en cuenta que, aunque la primera vez la criatura era más feroz, él iba acompañado por un mago, en cambio ésta vez sólo lo acompañaban una niña y un tigre flacucho.
—Bueno, hagámoslo —dijo Max respirando profundamente—. Entremos.
Mientras acortaban la distancia entre la  cueva y ellos, siguieron ocultándose entre los árboles y arbustos hasta que, a cinco metros de la cueva, éstos se terminaron. El último tramo lo cubrieron corriendo.
La cueva estaba en penumbras. Ahora le hubiera resultado útil la visión nocturna que poseía cuando asaltó la cueva del dragón. Seguramente el único con buena visión era Llosty. 
Max caminó con Jennifer, uno al lado del otro, pegados a la pared. La pared tenía pequeñas púas que rasgaban sus manos al deslizarlas con mucha fuerza sobre la tosca pared. Poco a poco la vista se les fue acostumbrando a la oscuridad y empezaron a divisar los contornos del interior de la cueva. No se veía por ningún lado la gigantesca silueta del trol. Max respiró aliviado, significaba que estaban solos.
Llosty caminaba un metro delante de los chicos, siempre sigiloso.
Siguieron avanzando cueva adentro, donde a cada paso todo se volvía más oscuro. A unos diez metros de la entrada la cueva dibujaba una curva hacia la derecha, eso no se lo esperaba Max.
—Aquí hay una vela —anunció en un susurro Llosty.
—¿Un trol usa vela? —se sorprendió Max en un tono demasiado alto para la situación.
—¿A poco crees que no necesita ver en su cueva? —replicó Llosty—. También hay un pedernal.
Max se acercó paso a paso, a tientas, con mucho temor, ya que a esa altura casi no veía nada. Lo primero que tocó fue la cola de Llosty, que por descuido apretó mucho. Éste respondió con un gruñido. Max tuvo la sensación de que le mostraba los colmillos
—Lo siento —dijo.
Un par de pasos más y se encontró palpando una mesa de piedra.
—Un poco a la izquierda —lo guió Llosty mientras Max hurgaba en busca de la vela.
Por fin la encontró, a un lado de ésta estaba el pedernal. Max lo manipuló con ambas manos hasta que logró sacar chispas. La tercera vez que sacó chispas logró encender la vela, la cual era muy enorme y hecha de forma rústica. Cualquiera diría que el trol se fabricaba sus propias velas.
La estancia se iluminó inmediatamente con una luz amarillenta.
—Busquen en donde sea —indicó Llosty—. Y que sea rápido.
Ahora que ya podían ver, los chicos se pusieron a mover todo cuanto había en la cueva. Bueno, todo cuanto podían, porque no todo estaba al alcance de sus fuerzas. Buscaron la Flecha Roja por todos lados, y ésta no aparecía. El único objeto en que no habían buscado aún era la cama. Max se subió sobre ella, mientras Jennifer buscaba por abajo. La cama era bastante alta, quizá del tamaño de Max. Buscó en las sábanas y bajo la almohada, rústico todo por cierto, pero la Flecha Roja tampoco estaba allí.
Max empezaba a decepcionarse, más aún, cuando Jennifer anunció que debajo de la cama tampoco había nada. La idea de que el trol llevaba consigo la flecha o la había tirado se acrecentaba cada vez más en la mente del chico. Ya habían buscado por todo cuanto pudieron, pero no aparecía nada.
Entonces una idea repentina vino a su mente, al principio le pareció absurda, pero cuanto más lo pensaba más probable le parecía. La cama era de paja, se le había metido en la mente que la flecha podía estar dentro de ésta. Así que puso manos a la obra, primero quitó la piel que envolvía la paja, después empezó a hurgar en ésta. Después de unos minutos de esparcir la paja en búsqueda de la flecha, porque Jennifer se había quedado de pie observándolo como si de repente su hubiera vuelto loco, allí debajo, junto a las tablas que sostenían la paja, había una flecha. Una hermosa flecha roja, más bien era como café, la punta de acero brillaba a pesar de la luz amarillenta. Max la levantó triunfal.
—¡La encontraste! —exclamó Jennifer emocionada.
La flecha era de tamaño mediano, más grande que las que los duendes habían ofrecido a Jennifer, pero más pequeña que las que utilizaba la chiquilla.
—Bien hecho, chico —agregó Llosty.
—Ya la tenemos. Hay que irnos de aquí, no quiero toparme con esa bestia —se apresuró a decir Max.
—Te apoyo —estuvo de acuerdo Llosty—. Así más luego obtendré mi libertad.
Jennifer y Llosty se adelantaron mientras Max apagaba la vela. Ojalá y no anduviera el trol cerca. Pero para su mala suerte, en el momento que la vela dejaba de dar luz, unos enormes pasos se escucharon, aunque todavía un poco distantes. No había duda, era el trol quien se acercaba. Corrió hacia la salida, Jennifer y Llosty lo esperaban en ella.
—Ya viene —informó Llosty—. Démonos prisa.
Los tres empezaron el descenso por la ladera de la colina, en dirección a la aldea de los duendes. Para su fortuna, los enormes pasos de la monstruosa criatura se escuchaban en la otra dirección, aunque no tan distantes como al principio.
Cuando salieron a un pequeño claro, ya al pie de la montaña, Jennifer tropezó y cayó. Lo que alertó al trol no fue el golpe de la caída sino el gritito que soltó la niña. Max retrocedió para ayudarla a ponerse de pie. Pero el trol, muy cerca de su cueva, asomó la cabeza por unas ramas y vislumbró a los dos humanos y al flacucho tigre. Además, en la mano del chiquillo vio la flecha que tan bien había tenido guardada.
Un rugido gutural lleno de cólera resonó en el bosque. El Trol inició un rápido descenso en persecución de los ladrones.
—¡Nos persigue! —alertó Max a los otros.
Los tres iniciaron una carrera loca para escapar de la criatura. Bueno, al menos ellos dos, porque Llosty más bien parecía que daba saltitos.
Sería medio día cuando eso.
Los enormes pasos del trol se escuchaban cada vez más cerca de ellos, no tardaría mucho en darles alcance. Tampoco podían buscar un escondite seguro, porque corrían en medio de dos pequeñas colinas. Lo único que podían hacer era seguir corriendo, lo más rápido que sus piernas les permitieran.
Max de pronto se sintió invadido por un frío terrible, empezó a sudar y no de miedo, sino de cansancio, iba a la cola y le costaba mantener el ritmo.
Max no podía más, estaba perdiendo velocidad ¿Pero cómo? Si no habían corrido mucho. Jennifer y Llosty lo estaban dejando atrás, pensando de seguro que él les pisaba los talones. ¿Pero por qué le estaba pasando aquello? Si no era la primera vez que corría como loco. Era como si el cansancio de los últimos tres días se hubiera aglutinado en su cuerpo de golpe. El corazón le palpitaba cada vez más fuerte. Al final ya no pudo más, trastrabilló, perdió el equilibrio y se fue al suelo. Todo en la cabeza le daba vueltas, intentó ponerse en pie pero fue un esfuerzo fútil.
—¡Oh rayos! —escuchó exclamar a lo lejos a Llosty— El chico se nos está quedando.
En forma borrosa vio que la silueta de Llosty corría hacia él. Jennifer lo miraba preocupada, pero sin moverse.
Entonces Jennifer cambió su expresión por una de absoluto terror. Max ya sabía por qué aquel cambio de expresión. Tras él la tierra vibraba a cada paso del trol, lo tenía a su espalda.
—¡Max! ¡Corre! —gritó aterrada la niña.
Llosty llegó a su lado, y con los dientes quitó la flecha de sus manos. También trató de halar a Max mordiéndolo en la playera, pero antes de que pudiera siquiera moverlo, un enorme puño lo golpeó, haciéndolo arrastrarse varios metros.
En el momento que la flecha dejó de estar en sus manos, sintió que un gran peso se le quitó de encima. No había duda, había sido la flecha la que lo había estado debilitando, aunque no imaginaba por qué.
Se volvió para ver la enorme criatura que tenía atrás. Lo que vio no le pareció nada grato. Calculó que el monstruo medía más de tres metros. Tenía la piel arrugada y grisácea. Sus dientes eran como hachas amarillas y la barriga le guindaba casi al nivel de las rodillas. Se vestía con pieles viejas y mugrientas. Despedía un olor nauseabundo, que Max no supo si provenía del propio trol o de los harapos que vestía. Los enormes pies, como troncos podridos, estaban a escaso medio metro de Max, si se proponía pisarlo lo haría puré.
Después de golpear a Llosty, el trol bajó la vista para escrutar a Max. Un suspiro después, levantó su enorme brazo, como tronco de árbol, para golpearlo. Max intentó moverse pero aún se encontraba muy débil, los brazos y piernas se le aflojaron cuando intentó ponerse de pie. Creyó que había llegado su fin.
 En el instante que el puño del trol descendía hacia su pequeño cuerpo, una flecha penetró en el vientre de la bestia. El golpe de la criatura se detuvo para observar la flecha en su enorme panza, por su expresión no parecía haber sufrido más que cosquillas. Jennifer, a unos quince metros del trol, se ocupaba en colocar otra flecha en el arco.
Con toda la tranquilidad del mundo, y apenas con la ayuda de dos dedos sacó la flecha de su vientre, ni siquiera salió una gota de sangre, es más, la herida se cerró en el acto.
Aquello fue suficiente para que Max se pusiera de pie. Corrió hacia donde se encontraba Llosty, quien después del golpe del trol yacía en el suelo sin moverse, con la flecha roja entre sus fauces. Otra flecha salió disparada del arco de Jennifer, ésta vez Max no tuvo tiempo para ver si había acertado o no.
El cuerpo de Llosty yacía inmóvil, Max no sabía si muerto o inconsciente. Lo zarandeó para despertarlo, pero el tigre no reaccionó. Tomó la flecha de sus fauces y se puso de pie.
Cuando volvió la vista hacia el trol, increíblemente vio que éste tenía una flecha en uno de sus ojos. La imagen era algo cómica, cualquiera hubiera gritado de dolor, pero el trol no lo había hecho y con toda la calma del mundo se estaba retirando la flecha del ojo. Ahora entendía por qué los duendes habían dicho que aquella criatura solamente podía morir gracias a la Flecha Roja, todo lo demás no le causaba ningún daño. El hueco causado en el ojo del trol se cerró inmediatamente.
El zarandeo, después de todo, parecía haber surtido efecto porque, mientras el trol se retiraba la flecha del ojo, Llosty despertó y se puso de pie de un salto. El tigre mostraba amenazadoramente los incisivos mientras un burbujeo ronco reverberaba en su garganta. Después se abalanzó sobre el abominable trol.
—No, no lo hagas —gritó Max, pero fue en vano.
Un segundo después Llosty caía cerca de sus pies cortesía de un buen golpe del trol.
—Animal estúpido —bufó el trol enseñando sus dientes como hachas.
Era la primera vez que Max lo escuchaba hablar, y su voz era hueca, odiosa y engreída.
Por un momento Max creyó ver visiones, hubiera jurado que Llosty crecía y cambiaba el color de su pelaje.
Llosty se puso de pie al instante y se lanzó nuevamente sobre el trol. Éste respondió con un golpe sobre Llosty, el tigre lo esquivó y con sus fauces abiertas se prendió del monstruoso brazo de la bestia. Un momento después Llosty se arrastraba por el suelo producto de otro buen golpe del brazo libre del trol.
Esta vez sí no había duda, Llosty estaba cambiando. Había caído a pocos metros de donde estaba Max. Esta vez ya no se abalanzó sobre el trol, pero estaba de pie, cabizbajo y temblando, como si un escalofrío continuo recorriera su cuerpo.
Max sintió una corriente de aire frió que le sacudía hasta los vellos.
Atónito observó como el tigre estaba creciendo y el color de su pelaje cambiaba. Sus extremidades se hacían más grandes y gruesas, ni qué decir de su cabeza. A cada segundo crecía varios centímetros, pareció detenerse cuando alcanzó por lo menos el doble de su tamaño original. Su pelaje se volvió oscuro y las motas que adornaban éste, negras como la noche sin luna. Sus incisivos habían multiplicado varias veces su tamaño original y sobresalían amenazadoramente de sus mandíbulas. Llosty tenía un aspecto severo y hasta aterrador.
Todos se habían quedado de pie, sin mover un solo músculo, observando aquella extraña metamorfosis, incluso el trol.
Al parecer, las cosas raras no dejaban de suceder en aquella extraña travesía de Max y su amiga Jennifer.
Llosty, rugiendo ensordecedoramente, se lanzó sobre el trol…

4 comentarios:

  1. muy bueno e leido casi todos tus cuentos m quede enganchado con este es bastante enteresante cuantos capitulos tiene ??digo para saber cuando podre terminar de leerlo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tiene 22 capítulos, amig@. De manera que vamos o menos por la mitad.

      Eliminar