Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

11 de abril de 2014

El Día del Rayo

Amaneció gris y lúgubre. Un aura sombría cubría al pueblo como una mortaja. Esa atmósfera, casi tétrica, me hizo suponer que no sería un día cualquiera. Pero jamás soñé siquiera que alcanzaría tan estrepitoso nivel de extrañísimo. Cuando supuse que sería un día diferente, me refería a esos típicos días en los que el sol no calienta, los ánimos se apagan, uno se la pasa triste y melancólico y a veces no dan deseos más que de estar echado en la cama. Y en efecto, al menos en un principio, parecía que el día estaba demarcado para seguir ese guión. Pero la naturaleza, la vida, el destino, Dios, El Demonio, o lo que fuera que desencadenó los sucesos que ocurrieron durante el resto del día, nos tenían preparada una sorpresa. ¡Una nada grata sorpresa!
En fin. Me levanté a eso de las ocho de la mañana. Era domingo, y no tenía sentido madrugar. Me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas. Esperaba un torrente de cegadora luz matinal, sin embargo, lo que vi fue gruesos nubarrones grises que cubrían por completo el cielo. En otro tiempo hubiera creído que se trataba de nubes augurando tormenta, pero tras cuarenta años de vida, supe que ese día no habría lluvia, sólo nubes grises y lugubridad.
Le resté importancia al cielo y me fui a la cocina para tomarme un café. Después de todo, no tenía pensado hacer otra cosa más que ver televisión, rascarme la barriga y quizá leer un libro mientras me tomaba un Brandy. Ilena estaba afanada preparando el desayuno.
—Quiero un café —ordené, tomando asiento junto a una mesita.
—¡Hasta que te levantas! —chistó, depositando frente a mí una humeante taza de café negro—. Podrías haberte levantado más temprano y acompañar a tu hija a su partido.
Ilena siempre tenía reclamos para mí, cuando me levantaba y cuando me acostaba. Que se había descompuesto la lavadora, que las puertas necesitaban pintura, que Harry se había peleado con otro chiquillo en la escuela, que Danie no hacía sus tareas, que necesitaba pasar más tiempo con mis hijos, que dejara de tomar, que no fuera tan holgazán… Hoy era lo del partido de Marlene. Mi hija mayor ya tenía quince años, podía ir a su partido de fútbol sin necesidad de un guardián.
—Lo que menos necesito hoy es ver un montón de picapiedras tirando patadas sin sentido —repliqué.
—¡Pero bien que ves los partidos por la tele! —continuó ella.
—Es diferente —me defendí, dándole un sorbo a mi amargo café, me gustaba así, bien cargado—. Ellos son profesionales, hija.
Ilena me miró con el ceño fruncido durante un segundo, hice caso omiso, después bufó, negó con la cabeza y volvió a sus quehaceres. Cuando me dio la espalda alcé la vista un instante. Ilena era, a sus treinta cinco años, una rolliza mujer, más bien baja y de eterno ceño fruncido. Nada que ver con la muchachita con quien me había casado hacía diecisiete años, poco después de su décimo dieciocho cumpleaños.
Después de mi matutina taza de café, fui a darme una ducha. Cuando salí, el desayuno ya estaba listo.
—Hoy comerás solo —me dijo mi mujer, siempre de mal humor—. Harry y Danie se fueron a casa de Brenda, a jugar con sus primos.
—Aún estás tú —le dije. Aunque suponía su respuesta.
—Yo no tengo hambre —una de las excusas que había supuesto.
Me sirvió el desayuno y se fue a meter quién sabe a dónde. De no conocerla, hacía tiempo habría supuesto que tenía un amante; no tenía más que reproches y mal humor para mí. Incluso las escasas noches que me animaba a tocarla, no me rechazaba, pero tampoco ponía nada de su parte. Tampoco es que yo me esforzara mucho por reavivar el amor. Ya no la quería, así que me importaba una nada su comportamiento hacía mí. Excepto cuando me exasperaba.
Después del desayuno me puse a ver televisión un rato. Poco más tarde, Ilena bajó por las escaleras vestida como para un entierro: iba para la iglesia.
—Que te diviertas —le dije con ironía. Había ido un par de ocasiones a la iglesia y sabía que pocas cosas en el mundo eran más aburridas que la Casa de Dios. Ella me contestó con una mirada furibunda.
—Deberías hacer un poco de ejercicio —fue su despedida.
Tras cerrar la puerta, me asomé a la ventana para verla marchar, algo que nunca había hecho con anterioridad, excepto cuando aún estaba enamorado de ella.
Afuera el día seguía gris, casi oscuro. Nubarrones negros se paseaban con parsimonia en las alturas y una brisa suave, lóbrega, agitaba las hojas de los arbustos y flores que había en nuestro pequeño jardín. Aquella estampa oprimía mi corazón de una rara manera y me hacía sentir remordimientos por algo sobre lo que yo no tenía la menor idea. Mi esposa, con su falda hasta la rodilla, su chaqueta gris, y su bolso colgando del hombro, en la que sin duda alguna llevaba una biblia, estaba de pie frente a la casa vecina, esperando a Madelyn, la esposa del vecino, para marcharse juntas a la iglesia. Entonces supe por qué me había asomado a la ventana, y extrañamente no me sentí culpable por ello, fue para echarle un vistazo a la joven y hermosa esposa de mi vecino. ¡Esa sí que era mujer! Con una esposa así, yo habría sido el esposo más feliz del mundo. Aunque supongo que mi Ilena no tenía nada que envidiarle en sus tiempos mozos. Entonces perdí un poco de interés por mi vecina, supe que dentro de unos diez años estaría por lo menos igual de desmejorada que mi esposa. Aún así me mantuve en la ventana.
Fue entonces cuando sucedió. Un rayo descomunal, surgido de alguna de aquellas nubes negras, hendió el aire con un haz de luz cegadora que debió abarcar todo el pueblo, seguido por un retumbo como de un millar de tambores. Imagino que el rayo alcanzó algún lugar cercano a mi ubicación porque la tierra tembló y por instantes temí que la casa se me echara encima. Afuera se oían gritos, voces y llantos. Al final de todo, que debió ser unos cinco segundos después, yo estaba temblando, echado sobre el felpudo y con la cabeza entre las piernas, gimiendo como un cachorro.
Permanecí algunos instantes más en el piso, trémulo, sudoroso, hasta que logré recuperar un poco la compostura. Cuando alcé la cabeza para asomarme por la ventana, lo que vi estuvo a punto de hacerme caer de culo y de gritar como un demente: una jauría de perros, de distintos tamaños y colores, pero todos rabiosos, habían formado un círculo en torno a mi esposa y Madelyn. La una gritaba mi nombre pidiendo ayuda y la otra gimoteaba horrendamente… No, no gimoteaba, gruñía… De alguna forma me di cuenta que mi vecina no era ella, sino algo diferente, como un espectro o un demonio. Quise gritar, pero los ruidos murieron en mi garganta cuando Madelyn envolvió con sus brazos a mi mujer y con la boca abierta de una manera inhumana le mordió la garganta. Los perros también se abalanzaron sobre ella. Con los ojos desorbitados miré como la mujer de mi vecino y al menos una docena de perros desgarraban a mi mujer cual si de un trapo sucio y podrido se tratase.
Estaba helado, sin aliento, anonadado completamente. Ni siquiera era capaz de mover un músculo. ¿Qué demonios había pasado? ¿Qué demonios estaba pasando?
Mientras en mi mente miles de ideas, absurdas y no tan absurdas, se enredaban como finos hilos, en la casa contigua a la de mi vecino, Bernard, un joven al que yo conocía sólo de vista, trepaba con la agilidad de un gato hasta alcanzar el techo de la vivienda. De pronto se lanzó hacia el concreto de la calle, como si lo que abajo le esperase fuese el agua de una honda piscina y no la dura carretera. El joven se estrelló en medio de un chasquido de carne aplastada y huesos rotos. ¡Se había suicidado!
En la otra casa contigua a la de Madelyn, don Jesús, un hombre rechoncho que estaba más cerca de los cincuenta años que de los cuarenta, abrió la puerta y empezó a gritar el nombre de su hija, una infante de seis años de edad.
—¡Sofía! ¡Sofía!
—¡Aquí estoy, papi! —respondió la niña, poniéndose de pie tras unos rosales.
—¡Qué alivio! —suspiró don Jesús—. ¡Entra, rápido! —apremió—. ¡Algo muy raro está pasando!
—¿Ah, sí? —el gesto interrogativo y a la vez burlón de la infante me hizo darme cuenta de que no era la hija de don Jesús, al menos no la hija que el viejo conocía.
—Sí, mi amor. Pero ven, rápido.
Con la claridad de quien lo ve desde afuera, de un observador que lo ve desde un lugar seguro, vi como los ojos de la niña se volvieron negros, el rostro se le agrietó y las uñas y los dientes se volvieron negros y largos. Con la agilidad de un felino corrió hasta su progenitor y empezó a morderlo y a desgarrarlo.
—¡Rayos! —me oí musitar, aterrado.
Frente a mí, mi vecina y los perros seguían dando cuenta de mi esposa.
Con la cabeza enterrada en las manos me acurruqué bajo la ventana. Estaba temblando y el terror absoluto me atenazaba las entrañas como dos brazas ardientes. ¿Qué estaba sucediendo? ¡Por todos los cielos! ¿Qué estaba sucediendo? Tenía ganas de gritar, de llorar, de gemir, de hacerme un ovillo, de revolcarme en el piso, pero sobre todo tenía ganas de gritar y llorar. Pensé en la posibilidad de que fuese un sueño, pero todo lo que había visto era tan real que descarté tal idea inmediatamente. ¿Una alucinación? No, en mi vida nunca había tenido una alucinación, y de alguna forma sabía que aquella no era la primera. ¿Entonces qué? ¿Qué demonios sucedía?
¡El relámpago!
La idea vino a mí de súbito y sin orden, pero ante lo poco que tenía para cogerme, y tras lo que había visto, no se me hacía una idea descabellada. ¿Un relámpago maligno?, si no me reí ante tal absurdez, fue por el terror que anidaba en todo mi cuerpo y porque, después de todo, no era tan absurdo. De alguna forma aquel relámpago, el temblor, la cegadora luz, los retumbos… algo de esto, o todo junto, había influido en la psique de mis vecinos… Sí, eso debía ser. Y también en sus genes porque las uñas y los dientes no le crecen a uno sólo porque sí. Porque la hija de don Jesús había sufrido una transformación, horrenda sí, pero transformación.
¡Oh!
¡Mis hijos!
Era increíble que hasta aquel momento no hubiese pensando en mis hijos. Marlene con su fútbol y Harry y Danie en casa de mi cuñada. Esperaba se encontraran bien. Tenía que ir por ellos. ¿Y si estaban bien? ¿Luego cómo les explicaba que su madre había muerto devorada por la vecina y una jauría de perros? Bueno, de momento eso no importaba. Primero tenía que ir por ellos y esperar que se encontrasen sanos y salvos.
Así lo decidí.
Primero Marlene, al norte, y luego Harry y Danie, al oeste.
¡Cielos, qué estén bien!

   Continuará…

2 comentarios:

  1. Nooooooooooooooooooooooo......... quiero toda la histooooriiaaaa!! porfa :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jaja, descuida, procuraré colgar la segunda parte este viernes, pero no prometo nada...

      Eliminar