Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de abril de 2014

El Día del Rayo (3)

Tenía ganas de llorar, tirarme de los pelos, maldecir a lo que fuera o a quienquiera que hubiera causado todo aquel desenfreno, pero la vorágine de acontecimientos que acaecían a mí alrededor no me lo permitían. Todo en derredor era caos, muerte, destrucción, peleas encarnizadas, sucesos horrorosos y extraordinarios… si me detenía, si perdía la concentración, si utilizaba un minuto en lamentarme y me olvidaba de mi entorno, era muy probable que al segundo siguiente estuviera muerto. Sin embargo, también era posible que al igual que el resto del mundo yo volviera a la vida, pero era algo que no estaba dispuesto a comprobar voluntariamente. De manera que tenía que mantener mis sentidos aguzados, mis nervios calmos y mi mente serena.
Mi preocupación inmediata eran mis dos hijos, Harry y Danie. Por Marlene poco o nada podía hacer. Atrapada en un círculo como en el que estaba, no veía cómo ayudarla. Así que me concentré en mis dos hijos de los cuales aún no sabía nada. Aún era probable que ellos estuvieran bien. Si así era aún podía ponerlos a salvo. Los metería al coche y los llevaría lejos del endemoniado pueblo.
Del campo de fútbol a la casa de Brenda, la hermana de mi mujer, donde debían estar los niños, había alrededor de un kilómetro de distancia. Un kilómetro de recorrido igual de demencial que el que había realizado de casa al campo, cuando no más. Los horrores y sucesos extraordinarios ocurrían allí donde posara la vista.
Vi a un conductor estrellar un coche contra la pared de una casa, después se bajó y buscó otro coche para repetir la maniobra. Me llamaba poderosamente la atención que la gente reviviera y las heridas sanaran y que sin embargo lo material sí sufriera cambios permanentes. Coches estrellados, muros caídos, verjas rotas, techos y paredes derrumbadas, todo permanecía igual y mucha de aquella gente no parecía darse cuenta. Pero había muchos que sí, aquellos que como yo no habían sufrido ningún tipo de trastorno, al menos no del tipo psicópata como el de la mayoría.
Me llevó mucho más tiempo del imaginado llegar a casa de mi cuñada. Un auto por aquí, por allá un camión, escombros por este lado, jaurías de perros rabiosos por este otro, hicieron que me detuviera y buscara calles alternas para llegar a mi destino. Grupos de personas de aspectos demoníacos, con garrotes, machetes, patas de muebles o cualquier cosa que sirviera para hacer daño, intentaron atacarme en tres ocasiones. La primera vez me les escurrí por una calle lateral. La segunda caminé en reversa una manzana hasta doblar en una esquina. Mientras la tercera vez tuve que acelerar a fondo para abrirme paso a través de ellos. Golpeaban ferozmente el coche aún cuando tenían las ruedas de mi coche encima. Escapé de ellos por un pelo, con los vidrios rotos y abolladuras por doquier.
Poco antes de llegar a casa de mi cuñada, tope con un grupo de policías. Salieron de improvisto de un pequeño callejón y apuntaron sus armas directamente a mi cabeza. Halaron de los gatillos inmediatamente. Creí que era el fin. Pero no hubo sonido de ningún tipo. Supongo que ya habían utilizado las municiones contra otras personas.
La casa de mi cuñada parecía intacta a primera vista, como si estuviera fuera de la locura general. Frente a los muros de la parte delantera, un anciano con un bastón, supuse que era ciego por la torpeza de sus movimientos, caminaba dando tumbos en la calle. Las ropas raídas y manchadas de sangre lo identificaban como alguien que ya había sido víctima de muchos ataques. En cuanto oyó el sonido del coche empezó a correr en la dirección contraria a la mía. No tardó en tropezar y rodar por el suelo. No sé de dónde salió, pero al instante siguiente, una señora de mediana edad lo descuartizaba con un cuchillo. Cuando vi que le extrajo el corazón y se lo llevaba a la boca para darle una mordida, aceleré el auto y la atropellé varias veces hasta convencerme de que estaba bien muerta.
Después me aparqué frente al portón de la casa de Brenda, me metí el revólver dentro del pantalón y bajé para tocar el timbre, no sin antes cerciorarme de que no había peligro por allí cerca. Llamé cerca de medio minuto sin obtener respuesta. Viendo que no me quedaba otra alternativa, encendí el auto nuevamente, lo subí a la acera y lo pegué al muro. El ciego y la señora del cuchillo habían vuelto a la vida; el ciego huía y la señora perseguía. Pero como no me prestaban atención bajé del coche y lo utilicé de apoyo para saltar el muro.
Dentro todo era paz y tranquilidad. La mansión de mi cuñada, más concretamente de su esposo, era una de las más grandes y lujosas del pueblo, y a primera vista no percibí marcas de lo que ocurría en todo el pueblo. Era probable que allí nadie hubiera salido afectado y tras darse cuenta de lo que ocurría en el interior habían tomado la sabia decisión de quedarse pertrechados en el inmueble. Por un instante tuve la sensación de que todo saldría bien, que pronto tendría a mis hijos, sanos y salvos, entre mis brazos.
Me acerqué a la puerta principal y, en lugar de utilizar el timbre, llamé con los nudillos. Estaba a punto de buscar una ventana abierta para colarme cuando oí suaves pisadas acercándose a la puerta. De pronto sentí miedo, pero me mantuve allí, de pie. La cabeza de Harry asomó tras la puerta.
—¡Papá! —exclamó. Su voz y su risa fue lo más lindo que yo había oído en mi vida. Se abalanzó sobre mí y me estrechó en un fuerte abrazo—. ¡Danie, ven aquí! —gritó—. ¿A qué no sabes quién ha llegado?
Mi pequeña niña apareció corriendo por el pasillo. Su lacio cabello se mecía al ritmo de sus pequeñas zancadas y su sonrisa era más brillante que el sol. Cuando enrolló sus brazos alrededor de mi cuello, sólo tenía ganas de llorar. ¡Mis pequeños estaban bien!
—¿Dónde están vuestros tíos? —les pregunté, un minuto después, cuando el nudo de mi garganta había desaparecido.
—Arriba, en su habitación —contestó Harry, adelantándose a Danie.
—¿Y mis sobrinos?
—También —respondió Danie.
—En su habitación —abundó Harry.
—Excelente. Vamos con ellos.
—Están durmiendo —dijo Harry—. No deberíamos molestarlos.
—Sí —ratificó Danie—. Mejor miremos tele un rato.
—Vayan ustedes a ver la televisión —les dije—. Necesito hablar con ellos.
Mientras me alejaba por el pasillo volví la vista para ver otra vez a mis dos hijos, de no estar tan feliz por haberlos encontrado sanos y salvos habría jurado que se dirigían una mirada cómplice.
Ya había visitado en ocasiones anteriores los aposentos de mis cuñados, en la tercera planta, de manera que no me costó dar con la habitación. Empecé llamando con breves y suaves golpecitos, pero al ver que no respondían, golpeé más fuerte. Debían dormir profundamente. Se me ocurrió que quizá la puerta no tuviera seguro, de manera que giré la manecilla. La puerta se abrió en silencio. Primero asomé la cabeza, para no pecar de indiscreción, pero al ver la cama manchada de sangre y como si hubiese estado en medio de una pelea de osos, empujé la puerta y esta se abrió de par en par. 
La habitación era un desastre. Había sangre por doquier y los muebles y los frescos de las paredes tenían marcas de garras como si, efectivamente, allí hubiera habido una pelea de osos salvajes. Pero lo que hizo que me llevara las manos a la cara para ahogar un grito de horror fue las partes de mis cuñados, esparcidas y sujetas con cuerdas y coreas a los muebles. La cabeza de Brenda estaba amarrada a la cabecera de la cama, junto a la de su marido. Brazos y piernas estaban amarrados a las patas de la misma, los torsos sujetos a dos fuertes roperos, y los demás brazos y piernas estaban adheridas a una mesa y un par de sillas.
—Es la única forma de que no vuelvan a la vida —el susurro infantil a mi espalda me provocó un susto de muerte. Era Danie, mi dulce pequeña, sólo que de dulce ya no tenía nada, se había convertido en un ser horrible de dientes y garras largas y filosas, ojos negros y rostro agrietado. Junto a ella estaba Harry no menos horrible y monstruoso que mi hija.
—¿Quieres ver a tus sobrinos o prefieres morir ya? —la sonrisa burlona y perturbada de Harry era ancha y sus dientes largos y filosos formaban dos hileras amarillas y sanguinolentas que presagiaban la muerte.
Corrí al interior de la habitación e intenté cerrar la puerta, las garras de Harry la detuvieron y la empujaron hacia atrás. Caí e inmediatamente quise ponerme de pie, pero Danie ya estaba a horcajadas sobre mí. Sus negras y afiladas garras acariciaron mi rostro y se alzaron amenazadoramente. De alguna forma había llevado mi mano derecha a mis pantalones y había logrado extraer el revólver. No dude en utilizarlo. El restallido del disparo resonó como un rayo en la inmensidad de la mansión. Los sesos de Danie cayeron en el piso y parte de mi pecho. Me la quité de encima y me arrastré hasta ponerme de pie.
Harry miraba indiferente el cuerpo de su hermana. Alzó la vista, mostró los dientes y corrió hacia mí. El restallido del revólver volvió a resonar en la mansión. El primer disparo le dio en el pecho y el segundo en el rostro. Su cuerpo sin vida cayó junto al de Danie. Ni siquiera se me ocurrió pensar en el hecho de que había asesinado a mis hijos. Lo que hice fue salir pitando de allí, antes de que volvieran a la vida y esta vez sí me asesinaran. No tenía estómago para hacer lo que ellos habían hecho con mis cuñados.
De regreso en mi coche me dediqué a buscar el camino más corto para salir del pueblo. Cuando había personas que se atravesaban en mi camino les pasaba encima. Lo único que quería era salir del pueblo, dejar aquel infierno o despertar de la pesadilla.
Cuando por fin salí del pueblo era ya media tarde, lo supe por mi reloj, ya que el cielo seguía tan gris como en la mañana, cuando no más.
A unos cien metros de la última casa del pueblo vi un montón de vehículos aparcados y un sinnúmero de personas; todas parecían normales. Me congratulé por encontrar un grupo así. Aparqué a unos cincuenta metros de ellos, bajé del coche y empecé a hacer el resto del camino a pie.
Había allí bomberos, policías, miembros del ejército, prensa, radio, televisión y un grupo de personas con aspecto de científicos que apuntaban aparatos de extrañas formas al pueblo. Lo más raro de todo es que nadie se había dignado dirigirme la mirada, como si yo no estuviera casi frente a sus narices.
—Hola —saludé.
Me sentí como tonto al no obtener respuesta. Seguí caminando para mezclarme con ellos pero algo me detuvo: algo sólido, duro e infranqueable. Caminé hacia un lado y hacia otro, pero el muro invisible seguía allí. Retrocedí, tome vuelo y corrí hacia adelante, reboté en el muro y caí de espaldas. Nadie se había percatado de lo que yo hacía. Era como si fuese invisible. Ellos charlaban, gritaban, tomaban fotos, gravaban videos, exclamaban horrorizados, pero nada que tuviera que ver conmigo. Entonces oí el fragmento de una conversación.
—…todo el pueblo ha desaparecido.
—¿Pero cómo es posible que se haya hecho este gran agujero justo donde estaba el pueblo? —expuso otro.
—No lo sé.
«No me ven —concluí—. Lo único que ven es un enorme agujero».
Entonces lo vi yo también, no en el pueblo, sino en el monitor de la camioneta de una cadena de televisión. La pantalla mostraba un agujero de dimensiones inconmensurables, allí, donde antes había existido un pueblo.
«¡El Rayo!» El rayo que oí en la mañana, que hizo temblar el pueblo, que cegó de luz a todos nosotros, ese que me hizo tirarme sobre el felpudo y sollozar como un niño, ese era el que había causado todo aquello. No había otra explicación. Estábamos muertos o quizá atrapados en otra dimensión. Después de ver lo que había pasado con el pueblo, ya no me sorprendía la locura que se había apoderado de la mayoría de las personas ni que volvieran a la vida.
Me resigné. Di media vuelta y empecé a caminar hacia el pueblo. Que pasara lo que tuviera que pasar. 

    Fin.
    

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