Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de abril de 2014

El Día del Rayo (2)

Trémulo, me puse de pie y me deslicé con la sutileza de un ladrón hasta mi habitación en el segundo piso. Mientras ascendía por las escaleras, llegaban a mí los ruidos de la calle: perros gruñendo, ladrando y desgarrando; personas gimoteando y pidiendo ayuda; gritos, llantos y exclamaciones de todo tipo; incluso oí el zumbido del motor de un automóvil, oí como derrapaba y se estrellaba contra algún sólido muro.
Ya en mi habitación busqué deprisa un par de vaqueros, así como una camisa y un par de zapatos. Me vestí deprisa y por último abrí el cajón de abajo del guardarropa. Allí estaba el revólver que mi padre me había regalado hacía diez años. Solo lo había utilizado en un par de ocasiones, y siempre para disparar al aire. No estaba seguro de para qué me podría servir ese día, pero intuí conveniente llevármelo.
Bajé sigiloso y me escurrí hasta la cochera. Presioné el botón para que la compuerta empezara a alzarse y, mientras ésta se alzaba, me metí en el auto, guardé el revólver en la guantera y puse el motor en marcha. Mientras esperaba a que la compuerta terminara de alzarse tuve un panorama sobrecogedor de lo que acaecía frente a mi casa. Al principio no lo creí posible, todo era aún más raro y horroroso de lo que había presenciado al comienzo, pero tras un segundo tuve que hacerme a la idea de que era real. Don Jesús, el vecino que había sido desgarrado por su hijita, estaba de pie, como si nada le hubiese sucedido, y, en un momento dado, empezó a correr hacia donde se encontraba mi esposa, quien también estaba de pie, gritando, pidiendo auxilio, sin daño aparente y tratando de salir del círculo formado por la jauría de perros y Madelyn, la vecina. Sofía, la hija de don Jesús, aún con aspecto demoníaco, lo observó correr un instante, luego se abalanzó sobre él nuevamente. Al instante siguiente, mi mujer y don Jesús eran despedazados de nuevo, con la diferencia de que don Jesús había logrado llegar hasta mi esposa y era atacado también por un buen número de perros. En la otra casa, Bernard se puso de pie, aparentemente ileso, pero la sangre allí donde se había estrellado me confirmaba que necesariamente sí se había lanzado desde el techo de su casa. En cuanto lo vieron los perros, varios de ellos se lanzaron sobre él y Bernard empezó a trepar con la agilidad de una araña por la pared de la casa.
Estupefacto, sin poder creer lo que veía, puse en marcha el automóvil y salí a la calle. Si por un instante pensé en prestar socorro a mi esposa y a don Jesús, cambié de idea cuando Sofía y unos perros miraron mi coche con ojos febriles y hambrientos. Corrieron hacia el coche en el momento en que yo pisé el acelerador a fondo y salí pitando de allí. Por el retrovisor vi que mis perseguidores dieron media vuelta y fueron a seguir la carnicería con don Jesús y mi esposa. Al fondo vi la silueta de Bernard estrellarse nuevamente contra el cemento de la carretera.
Estupefacto, anonadado, aterrorizado, son las únicas palabras que se me ocurren para describir el cúmulo de sentimientos, emociones y pensamientos que se arremolinaban en mi interior. Que unos perros y mi vecina atacaran a mi esposa, que una niña sufriera una monstruosa metamorfosis y que un joven se lanzara del techo de su vivienda, desafiaban con creces las leyes de lo que yo creía normalidad. Pero que tras unos pocos minutos esas mismas personas que yo vi ser asesinadas se levantasen como si nada hubiese sucedido, para luego ser atacadas de nuevo, y que el individuo que se suicidó se pusiese de pie para suicidarse de nuevo, eso era algo que no recuerdo haber visto siquiera en películas. Eso desafiaba aún más las leyes de lo posible y lo imposible.
Desafortunadamente no tuve demasiado tiempo para cuestionarme sobre algo a lo que evidentemente no le iba a encontrar una explicación lógica. Apenas aceleré el coche me di cuenta de que los extraños sucesos no ocurrían solamente frente a mi casa, sino en todo el barrio, posiblemente en todo el pueblo.
Solamente había avanzado una manzana cuando vi a un grupo de niños, ninguno sería mayor de ocho años, atacando a una jovencita. En cuanto oyeron el ruido del auto volvieron la vista a éste, pero yo pasé de largo, y atropellé al único que logró ponerse frente al coche. No sentí ningún remordimiento por el niño, sabía que no era humano.
—¡Mi nieto! —exclamó una anciana al ver salir volando al chiquillo. Abrió la puerta de su casa y corrió a auxiliar al pequeño. No había dado ni cinco pasos cuando el resto de chiquillos ya estaban sobre ella, mordiendo y desgarrando.
Mi camino hasta el campo de fútbol donde debía encontrarse Marlene fue todo un espectáculo, horroroso y de locos sí, pero espectáculo. También fue una carrera, una carrera por mi vida y por la esperanza de encontrar a mis hijos sanos y salvos.
Después de lo de los chiquillos pasé frente a una farmacia donde los dependientes se estaban agarrando a golpes y utilizaban todo lo que estuviera a su alcance para atacarse. Los escaparates de cristal estaban hechos añicos y la sangre por doquier me revelaba que hacía ratos estaban con aquello. Quizá incluso ya se habían asesinado y habían revivido (en ausencia de una palabra mejor) para seguir con el pleito.
Más adelante, un señor perseguía, machete en mano, a un joven que no tendría más de quince años. El joven gritaba pidiendo ayuda. De alguna manera me hizo pensar en Marlene. Mi hija debía tener la misma edad que él, quizá incluso fuesen amigos. Puesto que el joven corría en la misma dirección que yo, me propuse ayudarlo. A punto de detenerse se encontraba el auto cuando el machete abandonó las manos de su perseguidor y fue a clavarse en la nuca del joven. Desistí en mi intento y volví a acelerar. ¡Justo a tiempo! Preocupado por el muchacho no me había dado cuenta de las tres personas que habían salido de una cerca y como animales furiosos se acercaban a mi coche. Maldije por lo bajo y juré que a partir de ese momento solo me preocuparía por mí y mis hijos.
Todo a mí alrededor era una locura absoluta. No había lugar donde posar la vista sin que viera una escena escalofriante y extraordinaria. Parecía que todos los perros se habían convertido en bestias asesinas. Caminaban por la calle y atacaban al primero que vieran, exceptuando aquellos con instintos asesinos y bestiales como ellos. Debían tener una especie de sexto sentido para captar la diferencia entre los unos y los otros. Vi a un cura tirarse desde el campanario de la iglesia. Vi a un bebé que era amamantado arrancarle las tetas a una señora. Vi a dos hombres con escopeta volarse los sesos mutuamente. Un grupo de carniceros, con sus delantales blancos, se habían unido y perseguían con sus cuchillos a todo aquel que su pusiera a su alcance. Cuando vieron mi coche hicieron ademán de querer perseguirme, pero en cuanto los dejé atrás perdieron todo interés.
Después de lo que me pareció una eternidad, una demente eternidad, llegué al campo de fútbol donde debía encontrarse Marlene. Me aparqué bajo una frondosa ceiba, oculto entre otros coches, para mantenerme oculto de todo lo extraño que me rodeaba.
El campo de fútbol era rodeado por una malla de dos metros de alto y a ambos costados, al otro lado de la malla, tenía unas pocas gradas de madera para que la gente pudiera sentarse y disfrutar del deporte. Lo que vi me produjo un súbito alivio y sin pensarlo, me encontré dando gracias a Dios. Dos equipos de féminas se encontraban jugando, y alrededor de unas cien personas, en ambos graderíos, las observaban con marcado silencio.
Me bajé del coche y me acerqué a la malla. Después de un instante distinguí a mi hija. Me emocioné mucho al verla correr sin más preocupación que un balón de cuero. Buscaba con la vista la puerta de acceso al recinto cuando una voz me detuvo.
—Por su bien, le aconsejo que no intente entrar ahí —dijo la voz.
Me sobresalté y giré el cuello para encontrar a mi interlocutor. Era un señor de más o menos mi edad, se encontraba sentado en una de las raíces de la ceiba, junto al tronco. Al parecer llevaba allí mucho tiempo.
—¿A qué se refiere? —pregunté.
—Siéntese unos momentos y ya verá —dijo.
—Tengo que ir por mi hija —me excusé—. Su madre está muerta, tiene que saberlo.
—¿Asesinada por algún loco o por un animal? —inquirió el hombre entre divertido.
—Algo así —respondí, desconfiado.
El hombre sonrió, con amargura.
—No está muerta —dijo—. Hoy he visto morir a mucha gente. Pero al rato regresan a la vida, y algunos vuelven a morir —sonrió con amargura otra vez—. A mí me mató mi esposa. Pero cuando resucité la asesiné y escapé de la casa antes de que regresara para esta vez asesinarme ella a mí.
—¿En serio? —me oí decir mientras retrocedía un par de pasos.
—Pero no tema —trató de calmarme él—. La asesiné porque era la única opción para escapar de casa. Descuide, no soy de los perturbados que sólo piensan en matar, de lo contrario, hace rato que me habría abalanzado sobre usted.
En eso llevaba la razón. Aún así, no me descuidé.
—Al parecer la gran mayoría sufrió algún tipo de trastorno —continuó—. Solo unos pocos, como usted y yo, nos libramos por azar. Pero mire, nos encontramos en un mundo desquiciado. Con lo que nos sirve.
—¿Qué me dice de ellos? —pregunté, señalando a las jugadoras y a la afición en las gradas de madera.
—Espere y verá —fue todo lo que dijo.
Me puse a observar el partido de fútbol entre los dos equipos de féminas, pero sin darle la espalda por completo al hombre sentado en la raíz de la ceiba. En un momento dado el equipo en el que jugaba Marlene armó un contragolpe letal que acabó en gol. Todas las jugadoras corrieron a abrazarse para celebrarlo y parte de la afición estalló en gritos y aplausos de júbilo. Un instante después, las del otro equipo llegaron hasta las primeras y empezaron a discutir. En un abrir y cerrar de ojos estaban peleando todas contra todas. Un segundo más tarde se unieron las de las bancas y, sólo un momento más tarde, también los aficionados.
—¡Tenemos que intervenir! —dije al otro sujeto.
Mi interlocutor negó con la cabeza.
—Yo si voy —anuncié y corrí con intenciones de saltar la cerca.
Una especie de sacudida eléctrica me recibió cuando toqué la malla.
—Es imposible —explicó el hombre—. Cree que yo no lo he intentado —no era una pregunta—. Nada ni nadie puede entrar ahí. Descuide, sólo se matarán unos a otros como animales rabiosos. Cuando quede sólo uno o ninguno con vida, milagrosamente se pondrán de pie, los aficionados regresarán a las gradas y las chicas seguirán jugando. Cuando uno de los dos equipos anote otro gol empezará todo de nuevo.
—¡¿Qué?! —me oí decir.
—A mí no me mire —se excusó el hombre encogiéndose de hombros, con gesto inocente y a la vez indiferente—. Yo comprendo esto tan poco como usted.
Mi interlocutor tenía razón. Me quedé allí de pie, mirando como jovencitas, niños, mujeres y hombres se mataban como bestias sin control. Vi a mi hija morder la yugular de una chica rubia, mientras una morena con garras negras le desgarraba el pecho y el vientre. Muchos sufrieron transformaciones, similares a la de Sofía, la hija de don Jesús, éstos mataban con más facilidad y eran más difíciles de matar. El resto permanecía sin mutaciones, pero mataban con uñas y dientes, piedras y palos o cualquier cosa que encontraran a mano.
Fue la escena más sangrienta que vi en mi vida. Después de mil eternidades, aunque según mi reloj apenas habían transcurrido cinco minutos, sólo quedó un joven de pie, estaba mal herido, pero vivo. De pronto cayó al suelo, inmóvil. Un minuto después, todos se pusieron de pie, las heridas sanadas y las mutaciones desaparecidas. Las jugadoras volvieron al centro del campo, las suplentes a las bancas y los aficionados a las gradas, aparentemente como si nada hubiese sucedido. Las ropas rasgadas, unos ya semidesnudos, y charcos de sangre por doquier parecían ser invisibles para ellos.
—¡Lo ve! —señaló el sujeto sentado en la raíz.
—Lo veo —dije, amargado.
Regresé a mi auto cuando uno de los equipos hizo otra anotación y todo volvía a empezar.
—Iré a ver si tengo más suerte con el resto de mis hijos —dije a modo de despedida.
—La necesitará —fue la respuesta del otro hombre.
Arranqué el coche y me alejé de allí.

    Continuará…

    

2 comentarios:

  1. Otra veeeeeezzzz..... al menos cumpliste ! :) espero por mas!

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    1. Jaja, descuida, la siguiente es la última. Lo prometo.

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