Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

29 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 14

Llosty

Todos los lobos empezaron a acercarse a ellos, babeando y con la lengua saliendo a remojar sus bigotes. Los más grandes al frente y los más pequeños atrás. A pesar de que solamente eran lobos, Max sentía tanto miedo como cuando estuvo enfrente del trol o como cuando el dragón lo atacó junto al anciano Sam.
—Buen trabajo, Rolf —alabó un lobo al culpable de todo aquello.
—No tienes por qué agradecer —dijo Rolf—. Es nuestro trabajo traer comida a la manada siempre que sea posible.
Max sentía rabia, tanto hacia él por tonto, como hacia Rolf por haberlos llevado hacia una trampa ¿Cómo había sido tan tonto para caer en una trampa como aquella? Si era lógico que no se podía confiar en un lobo, y ellos, los dos, habían confiado ciegamente en Rolf.
Max empuñaba con furia la espada entre sus manos. Aquella espada ya había demostrado ser de gran utilidad, esperaba que en aquella oportunidad le pudiera servir igual o más que en las otras ocasiones. De reojo miró a Jennifer, la niña ya tenía una flecha en el arco, las otras sobresalían de la mochila listas para ser usadas.
De improvisto todos los lobos se fueron encima de ellos.
Max no sabía qué hacer. El miedo lo invadió y sintió en su interior que de aquella sí era imposible salir airosos. Cerró los ojos ante la terrorífica visión y colocó la espada en forma horizontal frente a él, sin saber que pasaría después. Al principio sintió el pesor de los cuerpos de los lobos que chocaban contra la espada, después sintió como las pequeñas garras de aquellas bestias desgarraban su ropa y piel. Un segundo después trastrabilló y cayó de espaldas, la mochila en su espalda amortiguó la caída.
 Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fueron las fauces abiertas de un lobo a escasos centímetros de su rostro. Aquella visión y el escozor que le provocaban las heridas recientes lo hicieron recuperar el brío y el coraje. Con rápida reacción movió la mano en la que sostenía la espada y logró golpear a su agresor con el pomo de la espada, que perdió el equilibrio y cayó, pero en un instante ya estaba de pie. Max también se puso de pie rápidamente y retrocedió un par de pasos para distanciarse de su agresor.
Inmediatamente vino a su mente Jennifer, pensó con horror que, probablemente la niña estaba siendo devorada por los lobos en aquellos instantes. Volvió la vista en busca su amiga, ella estaba de pie, unos pasos tras él, con el arco tensado y una flecha lista para disparar. Frente a ella un lobo agonizaba con una flecha en el pecho, otros más la miraban expectantes y parados frente a ella rugiendo de coraje, pero no se atrevían a avanzar porque ya habían visto lo que le había pasado a su compañero. Frente a Max estaban el resto de la manada, algunos tenían heridas en las piernas y en el pecho, sufridas probablemente cuando en su momento de terror él cerró los ojos y sólo sostuvo la espada frente a las bestias. Rolf, hasta atrás, miraba fascinado todo lo que sucedía, seguramente pensaba en el banquete que se iba a dar.
—¿Estás bien? —preguntó a Jennifer sin apartar la vista de los lobos que tenía enfrente.
—Creo que sí.
Max asintió.

26 de abril de 2014

La Maestra Suplente

La noticia de que la sra. Celia había cogido tremendas fiebres que la tendrían en cama durante algunos días causó más alegría que tristeza a los alumnos. En especial a los tercer año; más concretamente a Dylan. La sra. Celia era una mujerona que rondaba la cincuentena de años, tenía el cabello más gris que negro, y su más grande pasión parecía ser torturar a los chicos con cuantiosas e interminables tareas. Fue por eso que los chicos sintieron más alegría que pena cuando el director les anunció que la profesora titular de matemáticas no llegaría al colegio durante una o dos semanas.
Algunos ingenuos creyeron que disfrutarían de ratos libres hasta que la sra. Celia volviera. Pero estaban equivocados. Inmediatamente el director les comunicó que había contratado a la srita. Emily para que supliera a la sra. Celia hasta que se encontrase en condiciones de volver. Como es normal, hubo gestos, frases y hasta silbidos de desaprobación; los chicos querían sus períodos libres. Todo esto se acalló en cuanto el director invitó a pasar a la srita. Emily. Todo mundo quedó boquiabierto, en especial los muchachos; y más que todos, Dylan. La srita. Emily era una despampanante joven que no tendría más de veintitrés años, su cabello castaño le caía en cascadas sobre los hombros, sus labios rojos invitaban al delirio y si éstos no lo lograban, su escultural cuerpo desde luego que sí.
—Ella es la señorita Emily —la presentó el director—. Impartirá las clases de matemáticas hasta que la señora Celia esté de vuelta.
—Buenas tardes, jóvenes —saludó la profesora, su sonrisa dejó entrever dos blanquísimas hileras de dientes.
Dylan pensó que mujeres como ella eran las que los poetas retrataban en sus composiciones.
—Buenas tardes, señorita Emily —dijeron los alumnos casi al unísono.
Dylan la miraba embobado. Era, sin lugar a dudas, la criatura más hermosa sobre la que jamás había posado los ojos alguna vez. Mientras la contemplaba, la srita. Emily debió percibir su mirada porque dirigió los ojos, avellanados y brillantes, a su rostro. Dylan se sintió turbado. La srita. Emily le sonrió tímidamente y, habría jurado que también con coquetería, Dylan supo que la amaba.
Esa tarde cuando salió del colegio junto a tres amigos, Dylan y los otros no podían hacer otra cosa más que hablar de las virtudes de la maestra suplente. Inclusive no les había dejado ninguna tarea. Ésa sí que era una maestra que reunía las cualidades que a ellos interesaban.
—¡Dios! —exclamó Bryan—. ¡Miren, allí está!
Los otros tres alzaron la vista unánimemente, enfrascados como estaban alabando las virtudes de la srita. Emily, no se habían dado cuenta que la guapísima profesora caminaba con un bolso al hombro una media manzana delante de ellos.

23 de abril de 2014

El Día del Rayo (3)

Tenía ganas de llorar, tirarme de los pelos, maldecir a lo que fuera o a quienquiera que hubiera causado todo aquel desenfreno, pero la vorágine de acontecimientos que acaecían a mí alrededor no me lo permitían. Todo en derredor era caos, muerte, destrucción, peleas encarnizadas, sucesos horrorosos y extraordinarios… si me detenía, si perdía la concentración, si utilizaba un minuto en lamentarme y me olvidaba de mi entorno, era muy probable que al segundo siguiente estuviera muerto. Sin embargo, también era posible que al igual que el resto del mundo yo volviera a la vida, pero era algo que no estaba dispuesto a comprobar voluntariamente. De manera que tenía que mantener mis sentidos aguzados, mis nervios calmos y mi mente serena.
Mi preocupación inmediata eran mis dos hijos, Harry y Danie. Por Marlene poco o nada podía hacer. Atrapada en un círculo como en el que estaba, no veía cómo ayudarla. Así que me concentré en mis dos hijos de los cuales aún no sabía nada. Aún era probable que ellos estuvieran bien. Si así era aún podía ponerlos a salvo. Los metería al coche y los llevaría lejos del endemoniado pueblo.
Del campo de fútbol a la casa de Brenda, la hermana de mi mujer, donde debían estar los niños, había alrededor de un kilómetro de distancia. Un kilómetro de recorrido igual de demencial que el que había realizado de casa al campo, cuando no más. Los horrores y sucesos extraordinarios ocurrían allí donde posara la vista.
Vi a un conductor estrellar un coche contra la pared de una casa, después se bajó y buscó otro coche para repetir la maniobra. Me llamaba poderosamente la atención que la gente reviviera y las heridas sanaran y que sin embargo lo material sí sufriera cambios permanentes. Coches estrellados, muros caídos, verjas rotas, techos y paredes derrumbadas, todo permanecía igual y mucha de aquella gente no parecía darse cuenta. Pero había muchos que sí, aquellos que como yo no habían sufrido ningún tipo de trastorno, al menos no del tipo psicópata como el de la mayoría.
Me llevó mucho más tiempo del imaginado llegar a casa de mi cuñada. Un auto por aquí, por allá un camión, escombros por este lado, jaurías de perros rabiosos por este otro, hicieron que me detuviera y buscara calles alternas para llegar a mi destino. Grupos de personas de aspectos demoníacos, con garrotes, machetes, patas de muebles o cualquier cosa que sirviera para hacer daño, intentaron atacarme en tres ocasiones. La primera vez me les escurrí por una calle lateral. La segunda caminé en reversa una manzana hasta doblar en una esquina. Mientras la tercera vez tuve que acelerar a fondo para abrirme paso a través de ellos. Golpeaban ferozmente el coche aún cuando tenían las ruedas de mi coche encima. Escapé de ellos por un pelo, con los vidrios rotos y abolladuras por doquier.

22 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 13

La Trampa del Lobo

Era alrededor de medio día cuando se separaron del conejo errante. Cuando Max partió de la cabaña de su abuelo nunca imaginó que iba a encontrar tantas cosas extrañas en su camino. Y eso que apenas llevaban cinco días de iniciado el viaje ¿Qué más cosas extrañas les esperaban en aquella travesía?
Caminaron largo rato, siempre silenciosos. La idea que de un momento a otro se encontraran con los gnomos los hacía sentirse inquietos. Trataban de caminar siempre silenciosos y sigilosos, pero sin aminorar el paso porque sabían que el tiempo les era muy valioso.
En los árboles se veía constantemente lagartijas de varios colores y diferentes tamaños, incluso vieron un camaleón. Cuando ellos lo vieron les costó trabajo distinguirlo porque se confundía con las hojas secas que estaban tiradas en el suelo. El canto de los pajarillos era cosa común y los roedores escurriéndose para ocultarse, nada del otro mundo. En realidad era un bosque muy animado. Ojalá y todo aquel movimiento no significara que también rondaban depredadores cerca.
Mediada la tarde llegaron a un pequeño acantilado. A este y oeste no se le veía fin, por lo que la única manera de salvarlo era descendiendo.
—Tendremos que descender —dijo Max después de cerciorarse que rodearlo no era posible.
—Si no hay de otra —aceptó Jennifer nada ilusionada ante la perspectiva.
Max se acercó a la orilla buscando el lugar menos vertical para el descenso. Después de buscar durante unos cinco minutos encontró la parte perfecta para bajar. Era una parte casi vertical, pero de cuya cara sobresalían muchas rocas en la que los niños podrían apoyarse para descender. Afortunadamente el acantilado no pasaba de los diez metros de altura.
—Este lugar me parece perfecto —dijo Max haciendo señas a Jennifer para que se acercara—. ¿Crees que puedas bajar? —preguntó.
—Lo intentaré —respondió Jennifer nerviosa.
—Bien.
—¿Si nos caemos?
—No nos vamos a caer —la tranquilizó Max tomándola de los hombros.
Jennifer asintió, nada convencida.

18 de abril de 2014

El Día del Rayo (2)

Trémulo, me puse de pie y me deslicé con la sutileza de un ladrón hasta mi habitación en el segundo piso. Mientras ascendía por las escaleras, llegaban a mí los ruidos de la calle: perros gruñendo, ladrando y desgarrando; personas gimoteando y pidiendo ayuda; gritos, llantos y exclamaciones de todo tipo; incluso oí el zumbido del motor de un automóvil, oí como derrapaba y se estrellaba contra algún sólido muro.
Ya en mi habitación busqué deprisa un par de vaqueros, así como una camisa y un par de zapatos. Me vestí deprisa y por último abrí el cajón de abajo del guardarropa. Allí estaba el revólver que mi padre me había regalado hacía diez años. Solo lo había utilizado en un par de ocasiones, y siempre para disparar al aire. No estaba seguro de para qué me podría servir ese día, pero intuí conveniente llevármelo.
Bajé sigiloso y me escurrí hasta la cochera. Presioné el botón para que la compuerta empezara a alzarse y, mientras ésta se alzaba, me metí en el auto, guardé el revólver en la guantera y puse el motor en marcha. Mientras esperaba a que la compuerta terminara de alzarse tuve un panorama sobrecogedor de lo que acaecía frente a mi casa. Al principio no lo creí posible, todo era aún más raro y horroroso de lo que había presenciado al comienzo, pero tras un segundo tuve que hacerme a la idea de que era real. Don Jesús, el vecino que había sido desgarrado por su hijita, estaba de pie, como si nada le hubiese sucedido, y, en un momento dado, empezó a correr hacia donde se encontraba mi esposa, quien también estaba de pie, gritando, pidiendo auxilio, sin daño aparente y tratando de salir del círculo formado por la jauría de perros y Madelyn, la vecina. Sofía, la hija de don Jesús, aún con aspecto demoníaco, lo observó correr un instante, luego se abalanzó sobre él nuevamente. Al instante siguiente, mi mujer y don Jesús eran despedazados de nuevo, con la diferencia de que don Jesús había logrado llegar hasta mi esposa y era atacado también por un buen número de perros. En la otra casa, Bernard se puso de pie, aparentemente ileso, pero la sangre allí donde se había estrellado me confirmaba que necesariamente sí se había lanzado desde el techo de su casa. En cuanto lo vieron los perros, varios de ellos se lanzaron sobre él y Bernard empezó a trepar con la agilidad de una araña por la pared de la casa.
Estupefacto, sin poder creer lo que veía, puse en marcha el automóvil y salí a la calle. Si por un instante pensé en prestar socorro a mi esposa y a don Jesús, cambié de idea cuando Sofía y unos perros miraron mi coche con ojos febriles y hambrientos. Corrieron hacia el coche en el momento en que yo pisé el acelerador a fondo y salí pitando de allí. Por el retrovisor vi que mis perseguidores dieron media vuelta y fueron a seguir la carnicería con don Jesús y mi esposa. Al fondo vi la silueta de Bernard estrellarse nuevamente contra el cemento de la carretera.

15 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 12

La Charla con el Conejo Errante

Los duendes hicieron una fiesta, muy diferente a lo que Max había imaginado. Todos los duendes hicieron la mayor parte del tiempo, juegos que a Max le parecían para niños, pero que ellos disfrutaban como si fueran lo más especial y divertido del mundo.
La dichosa fiesta no estuvo aburrida, pero tampoco fue la gran cosa. Quizá hubiera sido mejor dormir, pero no lo pudieron hacer porque él y Jennifer eran los personajes especiales en la fiesta. Muchos duendes se acercaban y les besaban las manos y les daban mil gracias por haberlos salvado del trol. Max no creía que fuera para tanto, pero los duendes sí que pensaban de esa forma.
Los duendes se divirtieron como nunca. Prepararon un vino, que fue muy grato al paladar de Max, pero cuidó de no beber más de una copa, mientras que algunos duendes no escatimaron en darse gusto. También hicieron rica comida, acompañada de ensalada de verduras, manzanas con azúcar, exquisitos dulces y muchas cosas más. Después de asegurarse de que la carne era de ciervo, los chicos comieron como nunca, casi hasta reventar.
La fiesta terminó muy entrada la noche. Los duendes que se excedieron en la bebida empezaron a quedarse dormidos en el suelo. Otros, aunque tambaleantes, buscaban sus casas.
Max y Jennifer se encontraban sentados en la mesa principal, junto al líder. Los dos niños parecían gigantes en medio de las pequeñas criaturas.
—Disculpe ¿Cómo hacen para hacer sus casas en los árboles sin que éstos se sequen? —había preguntado Max con curiosidad.
—Utilizamos fórmulas especiales, desarrolladas por nuestro pueblo por cierto. Rociamos con estas pociones constantemente los árboles para que siempre se mantengan verdes. Además, a los árboles jóvenes los hace engrosar muy rápidamente.
Algo similar había imaginado Max. Ya que no creía muy posible que los duendes hubieran tenido la fortuna de encontrarse por casualidad con una población de árboles mágicos.
—¿Por qué al trol no le salía sangre? —continuó haciendo preguntas Max, sabiendo que quizá sería la única oportunidad que tendría para saciar su curiosidad.
—No tengo una respuesta concreta para eso —dijo el duende—. Pero creo que se debía al Diamante de Hezlem, éste le daba cierta invulnerabilidad a ciertos ataques, aunque no a todos. Creo que otro que también poseyera ciertas habilidades adquiridas de un Diamante de Hezlem sí podía causarle daño.
—Entonces… Llosty nos mencionó…
—¿Quién es Llosty? —interrumpió el jefe.
—El tigre que nos guió a la cueva del trol.
—Entiendo.
—Él nos dijo que la herida que tenía en la cara había sido producto de un ataque del trol —refirió Max—. Dijo que el trol le había lanzado una cosa brillante, pero que después el trol en lugar de atacarlo corrió a recoger esa cosa. Ahora caigo en la cuenta que esa cosa brillante era el Diamante de Hezlem, eso explicaría la transformación de Llosty y el hecho de que haya podido hacerle daño al trol.
—¿Transformación? —inquirió el duende.

11 de abril de 2014

El Día del Rayo

Amaneció gris y lúgubre. Un aura sombría cubría al pueblo como una mortaja. Esa atmósfera, casi tétrica, me hizo suponer que no sería un día cualquiera. Pero jamás soñé siquiera que alcanzaría tan estrepitoso nivel de extrañísimo. Cuando supuse que sería un día diferente, me refería a esos típicos días en los que el sol no calienta, los ánimos se apagan, uno se la pasa triste y melancólico y a veces no dan deseos más que de estar echado en la cama. Y en efecto, al menos en un principio, parecía que el día estaba demarcado para seguir ese guión. Pero la naturaleza, la vida, el destino, Dios, El Demonio, o lo que fuera que desencadenó los sucesos que ocurrieron durante el resto del día, nos tenían preparada una sorpresa. ¡Una nada grata sorpresa!
En fin. Me levanté a eso de las ocho de la mañana. Era domingo, y no tenía sentido madrugar. Me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas. Esperaba un torrente de cegadora luz matinal, sin embargo, lo que vi fue gruesos nubarrones grises que cubrían por completo el cielo. En otro tiempo hubiera creído que se trataba de nubes augurando tormenta, pero tras cuarenta años de vida, supe que ese día no habría lluvia, sólo nubes grises y lugubridad.
Le resté importancia al cielo y me fui a la cocina para tomarme un café. Después de todo, no tenía pensado hacer otra cosa más que ver televisión, rascarme la barriga y quizá leer un libro mientras me tomaba un Brandy. Ilena estaba afanada preparando el desayuno.
—Quiero un café —ordené, tomando asiento junto a una mesita.
—¡Hasta que te levantas! —chistó, depositando frente a mí una humeante taza de café negro—. Podrías haberte levantado más temprano y acompañar a tu hija a su partido.
Ilena siempre tenía reclamos para mí, cuando me levantaba y cuando me acostaba. Que se había descompuesto la lavadora, que las puertas necesitaban pintura, que Harry se había peleado con otro chiquillo en la escuela, que Danie no hacía sus tareas, que necesitaba pasar más tiempo con mis hijos, que dejara de tomar, que no fuera tan holgazán… Hoy era lo del partido de Marlene. Mi hija mayor ya tenía quince años, podía ir a su partido de fútbol sin necesidad de un guardián.

8 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 11

La Caída del Trol

Llosty había crecido, pero aún era pequeño ante la gran mole del trol. Un velo de incredulidad se cernía sobre éste, pero desapareció en el instante mismo que el nuevo Llosty se lanzó sobre su fea cabezota.
 Llosty, mostrando sus garras amenazadoramente, se había lanzado sobre la cabeza del trol. Éste lo tomó en el aire con sus fuertes brazos y lo estrelló con estrépito en el suelo. Llosty rebotó como una pelota. Cuando volvió a tocar el suelo lo hizo con sus cuatro patas e inmediatamente replicó embistiendo al trol. Éste perdió el equilibrio ante el impacto y cayó, haciendo temblar la tierra, con Llosty sobre él.
Max se había quedado estupefacto. Lo único que pudo hacer fue correr con la flecha en la mano hacia donde estaba Jennifer y se la entregó. Como un acto reflejo, mientras observaba en dirección al trol, desenfundó la espada que llevaba en la espalda. Tan absorto en la pelea estaba que no se percató que había desenfundado la espada hasta que ya la tenía en las manos.
Llosty había caído sobre el voluminoso vientre del trol y con sus poderosas garras rasgaba el cuero de la panza y el pecho éste. Extrañamente ahora el trol sí sangraba, cosa que las flechas de Jennifer no habían conseguido.
Después de varios intentos el trol logró atrapar a Llosty con sus manos, lanzándolo después a un lado para conseguir un respiro. Pero no duró mucho porque el tigre rugió como una fiera y se lanzó sobre el trol nuevamente. Era tan rápido que el trol no pudo hacer nada para evitar que clavara sus dientes en uno de sus brazos. El trol se agitó como loco intentando desprender al tigre de su brazo, lo cual consiguió después de varios golpes. Cuando lo consiguió, de su grotesco brazo manaban hilillos de sangre.
Llosty sin perder tiempo, saltó primero a un árbol y después a la espalda del trol. Clavó sus garras en la espalda del monstruo, luego entre sus fauces atrapó el cuello del trol. Éste rugió de dolor e intentó alcanzar a Llosty con sus brazos para quitárselo, pero el tigre no se la ponía fácil. La sangre empezó a brotar a borbollones del cuello del trol. Poco a poco la gigantesca criatura fue debilitándose, hasta dejar de intentar zafarse de las fauces del tigre. Luego cayó. Llosty soltó a su presa para evitar ser aplastado por la enorme masa que era el trol.
¡Había muerto! ¡El trol había muerto! No había duda. Max estaba seguro que el trol había muerto, nadie sobreviviría a semejante mordida en la garganta. Además, el cuerpo del trol parecía totalmente inerte.

4 de abril de 2014

La Desaparición de Mary

La desaparición de Mariela Rivas, conocida en su vecindario como Mary, fue un hecho muy comentado en la ciudad. Quizá no todos en la ciudad, y esto era lo más seguro, sabían quién era Mariela Rivas, pero al escuchar el nombre y el apellido en boca de los vecinos, rápidamente la relacionaron con la familia Rivas Martínez, una prominente estirpe de la ciudad. Mariela Rivas era hija del cabeza de familia, don Diego. A sus diecisiete años era una encantadora muchacha de cabello color arena, según las fotografías, ojos castaños y un cuerpo que llamaba la atención donde quiera que pasase.   
Sobre su desaparición se habían alzado diferentes teorías. La primera de éstas era que se había fugado con su novio, William, un gallardo joven perteneciente a su mismo nivel social. Pero esta teoría fue descartada al día siguiente de su desaparición, cuando el joven en cuestión se presentó en la mansión de los Rivas y negó siquiera haber pensado en semejante absurdo. La policía lo investigó, aún lo sigue investigando, pero efectivamente parece ser que el joven no tiene nada que ver con la desaparición de Mary.
—Se casarían cuando Mary cumpliera los dieciocho —dijo don Diego a un periodista—. Lo decidimos juntos, hace una semana, por lo que considero absurdo que la gente ande comentando que mi hija se fugó con su novio.
Otra de las teorías alude a un posible secuestro. Pero tras un mes de la desaparición de la joven, nadie se ha puesto en contacto con la familia para pedir un rescate. Aunque es posible que tras el secuestro algo haya salido mal y resolvieran matarla, abandonando su cuerpo o enterrándolo en algún lugar inhóspito. Pero la policía y los detectives contratados por los Rivas se han desvivido en sus investigaciones y aún no han encontrado ninguna pista que confirme o niegue esta teoría.
También circula la teoría de que algún maniático la cogió en una de sus salidas a los centros comerciales, la violó y la mantiene encerrada en su sótano, o que bien la asesinó y que ahora mismo los restos de Mary se pudren en algún rincón oscuro de los miles de sótanos de la ciudad.
Pero hay más teorías, muchas más, cada cual más absurda que la anterior. ¿Que los extraterrestres vinieron y por ser tan bella la secuestraron? ¡Absurdo! ¡Ridículamente absurdo! ¿Que se suicidó y se lanzó al mar porque los padres le habían elegido a su futuro esposo? ¡Pero si la ciudad está cien millas tierra adentro! ¿Qué se fugó con otro hombre y ahora vive en un pueblito en un país del tercer mundo? ¿Qué los padres la mantienen cautiva quién sabe por qué razón?

2 de abril de 2014

Relato de un Condenado

Me encuentro encerrado en la celda más oscura que se pueda imaginar. Oscura creo que es una palabra que se queda corta. En realidad es negra, completamente negrísima. Agito mis pecadoras manos frente a mi rostro, siento el aire que se agita con su paso, pero no veo nada. A veces, en mi casa, cuando se iba la energía eléctrica y todo se quedaba oscuro, bastaba con quedarme sentado un rato, esperando que los ojos se acostumbraran a la falta de luz, luego era posible distinguir las siluetas de lo que me rodeaba. Pero aquí no es posible eso. Llevo muchas horas acá, arrebujado contra la pared de mi prisión, pero todo sigue igual, tan negro como los crímenes que me trajeron acá.
Porque soy un criminal. Lo soy. También un pecador. Aunque creo que ambas cosas son lo mismo. Lo que hice pudo haber sido obra de la locura. Si me hubiese dejado atrapar, y hubiera confesado estar loco, probablemente me hubieran creído, y mi castigo habría sido un par de años en un manicomio. Pero los hubiera no existen, o al menos eso escuché alguna vez, allá, en el mundo de los hombres.  Y lo que hice, lo hice en pleno poder de mis facultades mentales. Por eso es que estoy aquí.
Aquí, en la negrura de mi celda, rememoro lo que hice en el mundo de arriba, en el mundo de los humanos. Mi sentido del tiempo me dice que llevo en esta celda horas, un día cuando mucho. Apenas he abandonado el mundo de los humanos, de los hombres, sin embargo lo siento como algo lejano, como algo que jamás volveré a ver ni tocar. Corazonadas que presiento no están del todo desencaminadas.   
Recuerdo que allá era un hombre solitario, hosco y resentido con la vida. Casado hasta hacía tres años, pero que las golpizas que le propinaba a mi esposa después de cada borrachera, hicieron que el matrimonio se disolviera poco a poco hasta concluir en divorcio. Lo que más me dolió del divorcio fue la pérdida de mis dos pequeñines, Mike contaba con cinco años en el momento de la separación, y Carina solamente contaba con tres añitos de edad.
Hacía un par de años que había dejado de amar a mi esposa, más concretamente; ex esposa. Más sin embargo, cuando me enteré que tenía un amante, fue como una bofetada, como un mazazo en mi decaído corazón. Días después me enteré que su amante no era nadie más que Ben, mi mejor amigo. ¡Oh dolor tan atroz! Cómo el corazón humano puede sufrir tanto y no sucumbir instantáneamente. Me sentí traicionado (y que pocas son las emociones que hacen sufrir tanto como el sentirse traicionado), no sólo por mi mujer, sino también por mi mejor amigo. Yo sabía que tarde o temprano mi mujer tendría que rehacer su vida, pero lo que no esperaba es que pensase rehacerla con mi mejor amigo. Ex mejor amigo.
De manera que resolví matarlo. Que rehiciera su vida con quien quisiera, menos con un amigo.

1 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 10

En Busca de la Flecha Roja

El siguiente día los levantaron muy temprano. Medio adormitados los llevaron a un pequeña sala. Allí los esperaba un duende muy viejo, decaído, es más, incluso daba la impresión de estar muerto. Éste viejo, extrañamente ágil para su aspecto, puso sobre ellos un hechizo, el cual servía para que no se alejaran más allá de donde tenían que ir a buscar al trol. Y que además, según les explicó el anciano, él podría sentir su presencia, lo cual serviría para dar con ellos en caso de que decidieran no regresar. A menos que murieran claro. En otras palabras, los chicos sólo tenían una opción para ser libres: encontrar la Flecha Roja. A Llosty también le aplicaron el mismo hechizo.
Después los llevaron a un comedor donde ya habían servido un suculento desayuno. Sin importar que carne fuera, los chicos comieron con apetito voraz. Tomando en cuenta, que en los días futuros, no habría muchas posibilidades de que fueran a disfrutar una comida tan deliciosa como aquella. También llevaron con ellos a Llosty que, para sorpresa de Max y los duendes, también comió ávido.
Después del desayuno les regresaron sus armas y les dieron una bolsa con provisiones. Max se trabó la espada en la espalda. Jennifer hizo lo mismo con su arco y un pequeño carcaj con sus flechas, cortesía de los duendes. Los cuales también le ofrecieron más municiones para su arco, pero al notar la diferencia entre el arco de la niña y el tamaño de sus flechas, algo avergonzados, desistieron en su oferta.
Cuando salieron a la superficie el sol apenas asomaba la mitad de su circunferencia por el horizonte. Gran cantidad de duendes iban de un lado para otro, sumergidos en sus quehaceres cotidianos. Quién sabe cuáles eran esos quehaceres. A lo mejor reparar sus casas-árbol era uno de ellos.
Llosty salió tras ellos. Llevaba puesta una correa, la cual era sujetada por varios duendes. Tras éstos, y al último, venía el jefe de los duendes.
Cuando Llosty salió a la superficie, todos los duendes se sobresaltaron, unos incluso corrieron a ocultarse. A pesar del flacucho aspecto del tigre, aún los intimidaba.