Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de marzo de 2014

La Mujer del Diablo

Ramiro José llegó al pueblo una noche de invierno. Una ligera llovizna caía desde la mañana. Estaba completamente empapado y el frío le calaba hasta los huesos. Marina, su yegua colorada no parecía encontrarse mejor que él. Las crines empapadas le caían enredadas sobre el largo cuello. Su andar cadencioso y cansado eran resultado del ánimo del animal y del clima.
Ramiro José juró por lo bajo y por lo alto, por lo útil y lo inútil, que se detendría ante la primera casa que encontrara para pasar la noche. También rezó para que los propietarios de la casa fueran personas de trato afable a las que se les pudiera hacer entender que era un pobre viajero que necesitaba un lugar donde pasar la noche.
La lluvia empezaba a arreciar y las ráfagas de viento parecían a punto de tumbarle, ya fuera a él o a Marina, cuando a la distancia vislumbró una débil luz. El corazón le dio un vuelco de alegría, y, habría jurado que Marina también la percibió y sabía lo que significaba porque la montura alzó el cuello y produjo un ruido como de agrado.
—¿Ya la viste eh, preciosa? —dijo Ramiro José—. Ahora acelera el paso para llegar pronto a cobijo.
Marina, entendida como era, aceleró el paso y ni la tormenta ni los fuertes vientos hicieron que redujera la marcha hasta llegar a la casa de donde provenía la luz. Sin que Ramiro José hiciera movimiento alguno, Marina se detuvo frente a las rejas de una casa de dos plantas, vieja, pero que sin embargo parecía acogedora. El olor a guiso y la parpadeante luz del interior, lo que hacía suponer una fogata en la chimenea, la hacían más atractiva aún.
Ramiro bajó de Marina, abrió la reja y llegó hasta la puerta de la vivienda. Tuvo que llamar tres veces para que alguien le atendiera.
—¿Quién? —preguntó una voz femenina en el interior.
—Un simple viajante que busca un lugar donde pasar la noche y algo que llevar a su boca —manifestó Ramiro.
Escuchó el chirrido de los pasadores al ser retirados, luego; la puerta se abrió dejando a la vista a la más hermosa mujer que Ramiro José había visto. Era alta, esbelta, de cabello largo, negro, liso y sedoso, tenía el rostro en forma de corazón, cuyos labios gruesos y rosados parecían hechos para ser besados. ¡Por todos los Dioses, les juro que Ramiro solo deseaba besarlos!
—Sed bienvenido, buen hombre —saludó la encantadora dama.
—Me encuentro empapado, hambriento y agotado, sólo quiero sentarme junto a vuestra chimenea, comer algo y tener un montón de paja donde pasar la noche —solicitó Ramiro—. También necesito algo para mi compañera —continuó, acariciándole el cuello a Marina—, os lo pagaré.
—Tenéis aspecto de ser persona honrada…
—Lo soy —se adelantó Ramiro.
La esbelta dama sonrió.
—De acuerdo. Siendo así tenéis permiso para pasar a mi casa —concedió la bella dama—. Atrás encontrareis el establo y heno para vuestra yegua.
Ni qué decir que Ramiro José no esperó a que se lo dijeran dos veces. Alumbrando el camino con una lámpara proporcionada por su anfitriona guió a Marina al establo. Cuando entró a la vieja casa para calentarse junto a la chimenea, su yegua se encontraba calentita y comiendo una gran bala de heno.
—Bebed —dijo la anfitriona, ofreciéndole una humeante taza de café. Ramiro la aceptó—. Dentro de un momento estará la cena.
—Muchas gracias —era el mejor café que Ramiro había probado en su vida. No pudo evitar que una sonrisa de satisfacción aflorara a su rostro. La dama le respondió con otra igual de cálida—. Disculpe que no me haya presentado, soy Ramiro José —dijo tendiéndole la mano libre.
—Es un placer, Ramiro —saludó la dama estrechándole la mano que le ofrecía. Su tacto era tan suave y tan cálido que Ramiro deseaba no soltarla jamás—. Podéis llamarme Darinia.
—El placer es mío Darinia —muy a su pesar tuvo que soltarle la mano.
Ramiro se quedó a solas en el salón mientras la anfitriona retornaba a la cocina para terminar el guiso que tan delicioso aroma irradiaba. Las tripas de Ramiro rugían exigiendo alimentación inmediata. El salón, amueblado con mobiliario antiquísimo era cálido y acogedor. En el centro había dos amplios sillones. Además de éstos había una mesita, un librero con viejos y gruesos volúmenes, un par de maceteros, algunos cuadros en los que aparecían mujeres y hombres de gesto adusto (Ramiro supuso que eran parientes de Darinia, muertos o quizá no) y algunas sillas de respaldo alto (una de las cuales Ramiro ocupaba y que había acercado a la chimenea).
—Muy bonito —dijo para sí, con gesto apreciativo—. En verdad muy bonito.
El guisado le supo a exquisitez. Con algo de pena pidió un segundo plato, y al ver que su bella anfitriona le servía sonriente y le animaba a pedirse más, pidió un tercero y un cuarto. Al final se encontró con la barriga casi a punto de reventar.
Algo que le había llamado seriamente la atención era el hecho de que en la casa parecía no vivir nadie más ¿Es que la hermosa dama vivía sola? La idea dio qué pensar a Ramiro. En su fuero interior se decía que no le molestaría olvidar su viaje y quedarse en aquella casa por un largo tiempo, quizá para siempre.
—¿Es que vivís sola, Darinia? —inquirió cuando ya sin mucho apetito buscaba terminar su cuarto plato—. Perdona si soy indiscreto pero es que me ha llamado poderosamente la atención el no ver a nadie más en la casa —el delicioso café, la amabilidad y familiaridad de Darinia al servirle la cena había hecho que empezara a tutearla.
—Sus razonamientos no son equivocados, Ramiro —concedió Darinia—. Hace tres años que enviudé, quedándome a vivir sola en esta casa.
No ahondaré en detalles, me limitaré a decir que esa noche Ramiro José no durmió sólo ni en un colchón de paja. Desde esa noche se olvidó de su viaje y con el consentimiento de la viuda pasó a ser el señor de la casa. Pero no todo era perfecto. Darinia le había hecho prometer que todos los viernes tendría que ausentarse de casa, y no volver hasta la mañana del sábado. Un emocionado Ramiro José lo había prometido en nombre del Dios Omnipotente (que es un juramento inviolable), siempre y cuando los otros seis días con sus noches pudiese pasarlos junto a ella.
Fue así como Ramiro José se estableció en aquella población y más concretamente en la casa de Darinia. Llegó así el primer viernes. Darinia despidió desde muy temprano a Ramiro, no sin antes hacerle entrega de algún dinerito para que pudiese hospedarse en algún hostal de la población. Ramiro sentía gran intriga del por qué su amada le pedía que la dejara sola los viernes, pero como parte del convenio era no hacer preguntas al respecto, se tuvo que conformar con dejar allí el asunto y encaminarse con Marina al pueblo que no estaba a más de medio kilómetro de la casa.
Puesto que no tenía presencia de ánimos para nada más que para extrañar a su amante, se dirigió a un hostal llamado El Roble Frondoso, pagó una habitación y se refugió en ella. Al medio día apenas bajó para almorzar e hizo otro tanto igual por la noche. Muy temprano, con los primeros cantos del gallo, se levantó de un salto, se vistió a prisa, fue a por Marina y casi galopó de regreso a casa. Encontró a la hermosa Darinia preparando el desayuno y silbando una alegre melodía.
—Pasa, querido —le dijo ésta cuando salió a franquearle la puerta—, te estaba esperando.
Ramiro José no notó nada extraño ni en su nueva mujer ni en la casa misma. Todo parecía normal. Así que dejó de darle vueltas al asunto, besó en la boca a Darinia y la acompañó a la cocina.
Pasaron así dos meses, meses que fueron los más dichosos en la vida de Ramiro José. Pasaba de sábado a jueves junto a su bella Darinia, quien extrañamente cada día estaba más hermosa y radiante, y los viernes cabalgaba junto a Marina al Roble Frondoso, y se pasaba todo el día encerrado en su cubil sin apenas salir.
Ramiro José pudo haber pasado años y años así (siendo como era en aquellos días el más feliz del mundo) pero su constante presencia en El Roble Frondoso, casualmente siempre los viernes, empezó a llamar la atención de algunos lugareños, y más concretamente la del gordo Jerry, el propietario del hostal. Varios empezaron a preguntarse de dónde venía, qué iba hacer allí y por qué se pasaba todo el día encerrado en su habitación.
Un mes más tarde, tres meses desde que Ramiro José se había establecido en casa de Darinia, muchos ya habían averiguado que salía de casa de Darinia, la mujer del diablo. Como era de suponer, y más teniendo en cuenta que todos los vecinos del pueblo eran buenos vecinos, el gordo Jerry el que más, empezaron a preocuparse por él. Todos temían lo peor para el pobre Ramiro. Todos en el pueblo conocían la historia de Darinia, y se preocupaban por el pobre desdichado de Ramiro que había caído en las garras de semejante arpía. Fue así como conferenciaron para discernir el mejor método de ayudarlo, porque no dejarían que aquella mujer hiciera lo que quisiera con él, no señor, ellos no permitirían semejante cosa. Al final decidieron que le contarían toda la verdad a Ramiro, que él decidiera qué hacer a continuación, ellos cumplirían no dejándolo en la ignorancia. El gordo Jerry, quien era el que más conocía a Ramiro, fue el designado.
—Amigo, venid, sentaos junto a mí —lo llamó la noche de un viernes—. Bebeos una copa conmigo.
—Será un placer —aceptó Ramiro, que se jactaba de nunca haber rechazado un trago.
—¿Es usted novio de la señora Darinia? —preguntó Jerry cuando Ramiro habíase sentado.
—En efecto —respondió Ramiro, algo sorprendido en un principio—. Pero… aunque no estemos casados me considero su esposo, y no es señora, sino señorita —aclaró.
El gordo Jerry asintió.
—Sé que no es de mi incumbencia, y usted ya está bastante grandecito para saber lo que hace —dijo Jerry, empezando a contar lo que de verdad le atañía—, pero hay algo sobre la señorita Darinia que considero usted debería saber.
—Adelante —invitó Ramiro, presintiendo que algo malo venía.
—Antes prométame que me escuchará hasta el final y que no se molestará por lo que pueda decir de  ella —solicitó, Jerry no era tonto y sabía que muchos lo molerían a golpes al escuchar tan sólo la mitad de lo que él tenía que decir si era sobre la mujer amada.
—No se preocupe, prometo escucharle y mantenerme impasible.
—Bien. La señorita Darinia es una embustera y una embaucadora —por supuesto que Ramiro José sintió el impulso de darle un puñetazo en su bocaza de cerdo, pero había hecho una promesa, así que se aguantó—. Aquí en el pueblo todos la conocemos. Acostumbra enamorar hombres y despojarlos de sus riquezas para luego compartirlas con un amante misterioso que la viene a ver todos los viernes. No son pocos los que han caído en sus garras. Aquí ya atrapó a dos terratenientes, a los cuales dejó sin nada, y que para colmo jamás se les volvió a ver en el pueblo. Pero no fueron los únicos. El resto han sido todos foráneos. De manera que si usted aún no ha caído en el error de cederle todos sus bienes, aún está a tiempo de alejarse de ella y regresar a su casa.
Ramiro José estuvo a punto de estallar en carcajadas. «Todos sus bienes», pero si él no tenía más que a su querida Marina.
—Entiendo —dijo, solemne—. ¿Lo que usted trata de decirme es que en estos momentos Darinia se encuentra con su amante?
—Me temo que sí. Lo que yo le sugiero es que pase la noche aquí, mañana monte su yegua y se aleje de ella para siempre. ¿Sabe cómo lo llaman en el pueblo?
—No, ni me interesa —Ramiro apuró su copa y se levantó para ir a por Marina y regresar a su nueva casa. La duda ya se había apoderado de él.
—La llaman la mujer del diablo —dijo Jerry, como si no hubiese escuchado su respuesta—. Muchos dicen que su amante es el diablo en persona y que…
Ramiro ya no escuchó más. Salió a grandes zancadas y fue a por su montura. Cinco minutos después cabalgaba en busca de Darinia.
Cuando descabalgó frente a la casa lo primero que vio fueron las luces en los amplios ventanales del segundo piso; luces en la habitación principal.
Ramiro llegó hasta la puerta y milagrosamente ésta se abrió cuando giró la manija. Corrió más que caminar hasta el segundo piso y entró hecho una tromba en la habitación. Efectivamente Darinia compartía el lecho con otro hombre.
—¿Qué has hecho? —chilló la mujer al verlo de pie en el umbral—. ¿Es que no era suficiente tenerme seis días a la semana? Él sólo viene a mí los viernes, y no le molesta que esté con otro los restantes días, pero parte del trato es que nadie nos moleste ese único día.
—Jamás te volverá a visitar —dijo Ramiro, que no entendía del todo la perorata de la mujer, sólo sabía que tenía que matar a aquel imbécil y puede que también a ella— porque yo lo mato.
—¿Por qué todos sois igual de estúpidos? —pero no le hablaba a él, sino que se lo decía a sí misma mientras con las manos se cubría los sollozos.
El hombre que compartía el lecho de Darinia se levantó. Pero no era un hombre, era el diablo en el cuerpo de un hombre, sólo los ojos, rojos como brazas ardientes lo señalaban como tal.
El diablo rugió, rugió tan fuerte que su rugido debió oírse al otro lado del mundo.
El valor y la furia de Ramiro José cedieron paso al miedo. Cuando el diablo avanzó hacia él, un líquido cálido empezó a empaparle los pantalones.
Abajo, una yegua relinchó y huyó al galope. 

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