Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de marzo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 9

La Historia del Trol y la Flecha Roja 
Cuando Max despertó se encontraba en una celda, cuyo piso, techo y tres lados eran tierra, sólo el lado en el que se encontraba la puerta era de metal. En frente y a los costados había más celdas, esto lo constató cuando asomó la cabeza por los barrotes. Los únicos prisioneros que había eran él, Jennifer y un tigre que estaba en la celda de enfrente. Esto le sorprendió muchísimo ya que nunca había imaginado encontrarse a un tigre como compañero de encierro.
Jennifer estaba dormida, recostada en una tosca cama (unas tablas sobre un par de caballetes y un par de mantas de lana), misma cama en la que él yacía cuando despertó. No sabía si Jennifer dormía por cuenta propia o producto de un dardo, así como lo habían adormecido a él.
Mientras yacía allí, parado frente a los barrotes de la celda, una ola de frustración lo invadió. Había decepcionado a su abuelo al ser atrapado por los duendes. Sin duda alguna su abuelo iba morir, él no podía hacer nada. Yacía allí, atrapado en una celda, sin sus armas y sin sus mochilas, sin ninguna posibilidad de escapar. Ver a Jennifer dormir tiernamente, era lo único que le hacía sentir un cierto vigor por vivir. Había arrastrado a Jennifer con él a aquella tonta aventura ¡Qué estúpido había sido al creer que todo sería fácil!
Tenía que pensar en algo para salir de allí, si no por su abuelo, siquiera por Jennifer.
Momentos más tarde, Jennifer despertó.
—¡Ya despertaste! —dijo mientras se incorporaba.
—Hace un rato —le informó Max.
En aquellos momentos el tigre se acercó a la luz de las antorchas y Max lo pudo observar mejor. Desde la noche anterior había reparado en que ya no tenía la visión nocturna de la que había disfrutado cuando asaltaron la cueva del dragón junto al mago Sam.
Max examinó con más detenimiento al tigre, el cual estaba muy flaco, si se lo hubiera propuesto hubiera podido contarle las costillas. Una cicatriz muy fea le cruzaba la cara.
—¿Por qué crees que lo tengan? —curioseó Jennifer acercándose a  Max.
—No lo sé —dijo Max—. Supongo que lo atraparon por invadir sus dominios —concluyó con una mota de sorna.
Jennifer río con tristeza.
—Nunca pierdes el sentido del humor, Max —comentó.
—Es lo único que no me pueden quitar —puntualizó con nostalgia.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí, Max? —preguntó la niña, como si Max supiera la respuesta— ¡Tengo Miedo!
—Yo también. Pero no te preocupes, saldremos de ésta —afirmó mientras abrazaba a la niña y depositaba un cálido beso en su frente. La niña abrazó con fuerza a Max y se recostó sobre su hombro.
—¡Tengo muchísimo miedo, Max! —confesó Jennifer sollozando.
—Lo sé, lo sé. Pero saldremos de aquí, te lo prometo —intentó tranquilizarla Max mientras la abrazaba y acariciaba su cabello—. Lamento haberte metido en esto, Jennifer.
—¡Pero qué tonterías dices! Yo quise venir contigo ¿Recuerdas? No tienes nada que lamentar —dijo Jennifer sin dejar de llorar sobre el hombro de Max.
—Pero yo debí oponerme a que vinieras. Fui un egoísta, en lugar de decirte que no vinieras me puse feliz con tu decisión, pero fue porque creí que no tendríamos que pasar cosas como éstas.
—¡Oh, el amor! —dijo una voz ronca no exenta de sarcasmo.
Max y Jennifer se volvieron hacia el lugar del que había salido la voz. Era el tigre quien había hablado. La cicatriz que tenía en el rostro brillaba a la luz de las antorchas.
—Nunca imaginé ver humanos en una jaula. Pero qué bueno que lo veo, ahora ya puedo morir en paz —dijo el tigre asomando el hocico por entre los barrotes.
—Yo tampoco imaginé encontrarme a un tigre como compañero de celda —dijo Max, mirando fijamente al tigre.
—¿Así que me puedes entender? —la voz del tigre era pausada y, a pesar del encierro, llena de arrogancia.
—Todo indica que sí —respondió Max.
—¡Vaya! —se sorprendió el tigre— Me alegro de tener compañía, creí que sería el único en pasar toda mi vida en estas jaulas.
—¿Cuánto tiempo tiene de estar aquí, señor tigre? —preguntó Jennifer secándose las últimas lágrimas.
—No lo sé —fue la respuesta de éste—. Semanas, meses, quizá años —aventuró—. Cuando estás en una jaula a la que nunca llegan los rayos del sol no te das cuenta de cuánto tiempo has pasado en ella. La única forma de contar los días es mediante la comida, pero ya perdí la cuenta.
—¿Por qué lo capturaron? —se interesó Max.
—¡Esos malditos duendes! —profanó con furia el tigre—. ¡Cómo los odio! Si un día logro salir juro que esta vez si me voy a comer a uno de ellos, ojalá sea el jefe.
—Entonces te atraparon por querer comerte a uno de ellos —adivinó Max.
—Eso creo. Tenía hambre, caminaba cerca de aquí, vi un duende y lo perseguí. No sé cuánto lo corrí, pero cuando me di cuenta había llegado a la aldea, se lanzaron todos sobre mí y me pincharon con algo. Cuando desperté me encontraba en esta jaula.
Max pensó que lo tenía bien merecido, no era nada noble perseguir un duende para devorarlo. No obstante, no pudo evitar sentir lástima.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Max.
—Llosty.
—Yo soy Max y ella Jennifer.
—Alguien viene —advirtió Jennifer.
Max escuchó suaves pisadas. Se quedó allí parado, junto a los barrotes, mientras Llosty se arrinconó en la oscuridad, con un destello de miedo en sus ávidos ojos.
Por el pasillo se acercaba el jefe de sus captores, con su cetro dorado en las manos. Tras él venían tres duendes más.
El jefe se detuvo frente a los chicos.
—Veo que despertaste, pequeño —observó el jefe—. ¡Qué bueno! Porque tengo un trato que proponerte.
—Lo escucho —dijo Max, era lo que debía decir.
—He de decirles que es algo peligroso. Pero si tienen éxito me comprometo a encaminarlos hasta la mitad de su recorrido.
—¿Qué es lo que hay que hacer? —preguntó Max. No confiaba nada en aquella pequeña criatura, pero la oferta se oía interesante.
—Bueno, para que tengan una noción clara de la situación, les contaré una pequeña historia.
—Adelante.
—Todo comenzó con esto —dijo el jefe sacando de su túnica un diamante.
Max lo reconoció al instante. Era un Diamante de Hezlem. No podía ser otro. La forma era idéntica al diamante que le habían robado al dragón, larguirucho y claro.
—Este diamante ha estado en nuestra aldea desde tiempos remotos —relató el duende—. Casi desde que fue creado por el poderoso Hezlem. Hace un par de meses caminaba yo por el campo, con cuatro de mis guardias. Me gusta como brilla el diamante a la luz del sol, por ello me paseaba con él en la mano. Entonces percibimos los enormes pasos de un trol que vive en las montañas. No me alarmé, ya que creí que no sería capaz de atacarnos y seguí apreciando el diamante. Entonces el trol salió de unos árboles como bestia enfurecida, abalanzándose abruptamente sobre mí. Mis guardias intentaron alejarlo, pero él los destruyó en un instante y me robó el diamante, yo sobreviví de milagro. Intentamos recuperar el diamante. Pero esas montañas tienen un hechizo que no permite que ningún duende o gnomo entre en ellas.
»Un día, mientras vigilábamos la montaña, se aventuró fuera de ella. Entonces lo atacamos. Grande fue nuestra sorpresa cuando descubrimos que estaba empezando a utilizar el diamante, podía hablar, era inteligente y se había vuelto casi inmortal. Intentamos darle muerte con nuestras armas, pero nos fue imposible, el trol ni siquiera sangraba ante nuestros ataques. No obstante, lo perturbamos tanto que logramos recuperar el diamante. Ahora él ataca constantemente nuestra aldea intentando recuperar el diamante. Nosotros nos escondemos, y no salimos hasta que se marcha. Al no encontrarnos saca su furia atacando nuestras viviendas. Aún conserva los poderes adquiridos del diamante, por ello no podemos presentarle batalla. Además, ninguno de nosotros se atreve a utilizar los poderes del diamante para detenerlo, todos tenemos miedo.
»Hemos intentando destruirlo, matarlo. Pero nuestras flechas, espadas, lanzas, e incluso nuestra magia no tiene efecto en él. Lo único que podemos hacer es escondernos.
—¿Y quiere que nosotros lo matemos? —inquirió Max.
—No precisamente. ¡Imagínense! ¡Si no podemos nosotros, menos podrían dos niños! —dijo el jefe con una mota de sorna en la voz.
—¿Entonces qué quiere que hagamos nosotros?
—Dejen que termine.
—Lo siento. Continué.
—Desde que empezaron a ocurrir las desventuras con el trol, empezamos a pensar en la forma de eliminarlo, y la descubrimos. Entonces fabricamos La Flecha Roja, con madera antigua del bosque, magia de los duendes y un fragmento del Diamante de Hezlem en la punta. Era perfecta, sin duda ella serviría para eliminar al trol, sólo teníamos que dar en el corazón.
—¿Y qué pasó? —preguntó Max.
—Fuimos a vigilarlo, cuando salió del campo protegido intentamos darle muerte con la Flecha Roja, pero fallamos. El trol cogió la flecha y se la llevó consigo al interior de la cueva.
—Entonces ¿Cuál es nuestra parte en todo esto? —preguntó Max.
—Ir a la cueva del trol y recuperar la Flecha Roja —dijo el jefe de los duendes con bastante calma, como si les hubiera dicho que fueran a la tienda a comprar caramelos—. Los duendes no podemos entrar a esa montaña, pero lo humanos sí —concluyó.
—¿No creen que el trol ya pudo haber destruido esa flecha? —inquirió Jennifer.
—La flecha es indestructible gracias al fragmento del diamante que lleva incrustado. Por lo tanto la debe de tener escondida en su cueva, a sabiendas de que somos incapaces de penetrar en sus dominios gracias al campo mágico que rodea la montaña.
—¿Está seguro que podremos pasar la barrera mágica? —preguntó Max.
—Sí. Sólo los duendes y gnomos no podemos franquearla, aunque desconozco la razón de eso.
—¿Cómo encontramos la cueva del trol? —dijo Max.
—Buscándola. En estos casos es lo más efectivo —dijo el duende—. Podrían empezar por la montaña más alta, me parece que por allí se escabulle siempre.
—Si recuperamos la Flecha Roja nos ayudarán ¿Verdad?
—Si recuperan la Flecha Roja salvarán nuestra aldea, no fallaremos dos veces. Y como recompensa nos encargaremos de acortarles el camino hasta la mitad.
—Si recuperamos la Flecha Roja ¿No valdría eso lo suficiente como para que nos lleven directamente hasta el fénix dorado? —aventuró Max.
—Lo vale, sé que lo vale —admitió el duende—. En eso estoy de acuerdo. Pero hay dos inconvenientes: en primer lugar no conocemos con exactitud en donde vive el fénix dorado; y en segundo lugar, hacia el sur queda el territorio de los gnomos, y si nos internamos en él, detectarán nuestra presencia y se podría desatar una guerra entre los dos pueblos.
Max siempre había pensado que duendes y gnomos eran la misma cosa, pero por lo visto había estado equivocado. Y no le pareció educado preguntar a su interlocutor si los gnomos se parecían a ellos o eran especies totalmente diferentes.
—Piénselo niños. Regresaremos más tarde por su respuesta —concluyó el duende.
Max los vio desaparecer por el pasillo.
¡Era una gran propuesta! Si se quedaban en esa jaula podrían llegar a morir de viejos y su abuelo moriría por el veneno del escorpión de fuego. Si decidían arriesgarse era posible morir, pero también podían salir ganando mucho. Se percató rápido de que no tenían muchas opciones, era quedarse a morir en una jaula bajo la tierra o aventurarse a unas montañas habitadas por un trol. Por supuesto, era mejor la segunda. Aunque encontrar la cueva podría convertirse en un verdadero problema.
De repente se le ocurrió algo.
—¡Oye! —le gritó al tigre que seguía agazapado en la parte oscura de la celda.
—¿Qué quieres? —dijo éste desde la oscuridad.
—¿Escuchaste nuestra conversación? —preguntó.
—Sí, no estoy sordo.
—¿Conoces la cueva del trol?
—Claro que sí —contestó Llosty mientras se acercaba a la parte iluminada por las antorchas—. Muchas veces le robaba comida a ese trol cuando simplemente era un tonto —relató—. Siempre intentaba cogerme pero yo era demasiado listo y rápido para él. Hasta que un día entré a la cueva y esa bola de manteca me habló como hablan ustedes los humanos. No sentí miedo, pero cuando trate de burlarlo como siempre, me sorprendí al ver lo rápido que se había vuelto. Tuve mucha suerte al escapar sólo con esta herida en la cara. Me hirió con algo brillante, una especie de piedra, afortunadamente en lugar de atacarme nuevamente corrió a coger el objeto que me había lanzado, gracias a esa distracción pude escapar. Me llevó más de un mes sanar completamente. Hasta ahora que escuché la plática que mantuviste con el duende comprendo por qué tanto cambio en él.
—¿Estarías dispuesto a guiarnos hasta la cueva? —preguntó Max.
—No lo creo. En primer lugar: no te creerían que puedas hablar conmigo. En segundo: no estoy dispuesto a ir a esa cueva nuevamente. En tercero ¿Por qué crees que te querría ayudar?
—Porque ningún duende nos vigilaría. Entonces nos vamos cada quien por su rumbo sin nadie quien nos detenga —dijo Max.
—Los duendes no son tontos. Nos hechizarán para que nos alejemos mucho de la aldea. Luego nos bucarán y esta vez si nos darán muerte.
—Puedo negociar tú libertad con el jefe de los duendes.
—Esa idea me gusta más —sonrió Llosty.
—¿Entonces tenemos un trato? —preguntó Max.
—Ya lo creo. Si me hubieras dicho eso desde el principio no hubiera gastado tantas palabras.
Más tarde regresó el jefe, esta vez solo era acompañado por dos guardias.
—¿Ya pensaron en la oferta? —preguntó.
—Aceptamos. Pero con una condición.
—¿Y se puede saber cuál es esa condición?
—Que el tigre sea nuestro guía —dijo Max—. Él conoce la ubicación de la cueva y nos llevará hasta ella, siempre y cuando ustedes lo dejen en libertad a la hora de recuperar la Flecha Roja.
—¿En serio? —preguntó divertido el duende, como si Max le hubiera contado un chiste— ¿Y cómo sabes eso?
—Ya hablé con él.
—¿Entonces puedes hablar con los animales?
—Sí.
El duende lo miró incrédulo, luego ya con tono formal dijo:
—Sí es la única forma de que el trabajo se haga efectivo, acepto el trato.
Max sonrió
—Salen mañana al amanecer —informó.
—De acuerdo —dijo Max.
 —Más tarde los trasladarán a una cómoda habitación —dijo, Max se sorprendió—. También se les dará comida. Tómenlo como un regalo de buena fe.
Luego se marchó.
Más tarde llegaron unos duendes para escoltarlos a la habitación, armados con lanzas del doble de su tamaño. Otros llevaban listas las cerbatanas por si intentaban escapar.
—Prepárate para mañana —dijo Max a Llosty cuando se marchaba.
—De acuerdo —asintió el tigre.
—Nos comentaron que podían hablar con animales —dijo uno de los duendes armados con lanza—, no lo creía. Ahora ya sé que decían la verdad.
—¿Puedo hacerles una pregunta? —dijo Jennifer con tono respetuoso.
—Puedes preguntar lo que quieras, pequeña —concedió el duende, al parecer era el que llevaba la voz cantante.
Max notó que los duendes empezaban a comportarse más respetuosos, como si de pronto ya no los vieran como abominables criaturas.
—¿Hace cuánto atraparon el tigre? —Jennifer siempre había sido curiosa.
—Hace una semana —le contestó el duende.
Max había llegado a pensar que Llosty llevaba mucho más tiempo encerrado, en especial por lo flaco que estaba. Aunque, viéndolo bien, para un tigre siete días debía de ser una eternidad, aún más cuando se estaba encerrado en una celda subterránea.
Los llevaron a una habitación en la que apenas cabían de pie, siempre en el subsuelo. Había dos pequeñas camas en las que, cuando Max se recostó en una de ellas, le quedaban en el aire los pies, y si subía los pies a la cama, lo que quedaba flotando era su cabeza. También había una pequeña mesa con dos sillas, también pequeñas. A pesar de ello, Max pensó que habían buscado el mobiliario más grande que tenían.
—Es perfecta para ustedes —dijo uno de los duendes, refiriéndose a la habitación.
Max lo dudaba, pero no dijo nada.
—Luego les traerán comida —concluyó mientras cerraba con llave la puerta.
—Me parece que no nos tienen confianza —dijo con sarcasmo Max cuando los dejaron solos.
La chiquilla sonrió.
Más tarde les llevaron comida. Carne, Max no supo de qué era, frutas con azúcar y una jarra de limonada. Max y Jennifer lo devoraron todo con avidez.
—¿Ya le dieron comida a Llosty? —preguntó Max cuando llegaron a recoger los platos.
—¿Quién es Llosty? —preguntó extrañado uno de los duendes.
—Perdón, quiero decir si le llevaron comida al tigre.
—Por supuesto —le respondió su interlocutor—. Pero el pobre no come. Nuestra intención era engordarlo para darnos banquete, pero al parecer sospecha de nuestras intenciones. El pobre prefiere morirse de hambre que alimentarnos a nosotros. Con eso de que será su guía, tal vez sea lo mejor. No se puede preparar un banquete con algo tan flaco.
Max quiso vomitar en aquellos momentos. Si eran capaces de comerse a un tigre, bien podía ser que la carne que les llevaron fuera incluso de serpiente.
Después de cenar, incluso los dejaron tomar un baño, con agua sacada de los pozos subterráneos fabricados por los duendes.
Mientras conciliaba el sueño, Max se percató de que ya estaba acostumbrándose a estar en peligro. Ahora iría a una nueva aventura nada exenta de riesgos. Apenas hacía tres días habían abandonado Narlez, y ya había tenido más aventuras que en toda su vida.

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