Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de marzo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 8

La Aldea de los Duendes

Max se impresionó muchísimo con la estancia en la que dormían sus nuevos amigos. Había imaginado que sería un lugar simple, tan simple que sólo había esperado encontrar un poco de tierra en el cual descansar. Pero aquello era diferente, el lugar de descanso de sus amigos jirafas era un círculo de más de cinco metros de diámetro, rodeado de árboles cuya ramazón se unía de tal forma que, a diez metros del suelo, formaba un techo natural casi impenetrable. En el suelo había un gran colchón de paja seca.
—¿Esto lo hicieron ustedes? —preguntó Jennifer mientras admiraba minuciosamente el lugar.
—No, este es un regalo que me dejó mi tío abuelo —dijo Camilo, por mucho, el más tonto de los tres.
—Sólo por esto es que te soportamos —comentó Gregorio.
Los chicos encontraron unos árboles de manzanas y unos de bananas muy cerca de allí. Max nunca había imaginado encontrar bananas en ese lugar. Las cuales le supieron deliciosas, un poco verdes y picoteadas por las aves, pero deliciosas.
Después se fueron al río a darse un baño, el cual no quedaba muy lejos del dormitorio de las jirafas. Eso porque sus amigos les dijeron que allí no había depredadores y que el resto de animales eran bastante pacíficos. Aún así tomaron muchas precauciones.
Regresaron al refugio ya entrada la noche. Por suerte ya la luna empezaba a mostrar un esquinita de su faz. En un par de días ya alumbraría por completo el bosque.
Después de regresar del río se echaron a dormir.
Mientras intentaba conciliar el sueño, Max meditaba sobre el futuro inmediato ¿Qué iba a pasar? Se suponía que iba a buscar a los duendes, tal vez ellos le podían ser de ayuda, pero no estaba del todo seguro. El concepto que tenía de tales criaturas no lo hacía sentirse tranquilo. Es más, hasta Lucas había dicho que él ya había tenido que huir de los duendes. Quizá después de todo era una locura tratar de ir al lugar en donde vivían los duendes. «No hay de otra, mi abuelo vale todos los riesgos», pensó después, con ese pensamiento se quedó dormido.
Aquella noche Max durmió como nunca, excepto por los constantes gases de las jirafas, lo cual fue una sorpresa ya que no había pensado que los animales también hiciesen eso. Quitando eso, la noche fue muy buena. Incluso durmió mejor que en la casa de Sam el mago. Allá habían tenido que dormir en el suelo, en cambió allí durmieron sobre suave paja. Sólo había sacado la manta para tenderla por bajo, ya que de seguro si se acostaban sobre la paja, sin nada entre ésta y ellos, les iba a dar una picazón infernal.
Cuando despertó al día siguiente el sol estaba ya alto. Se levantó de un salto, molesto consigo mismo por no haberse despertado más temprano. Sin mucha ternura despertó a Jennifer.
—¿Qué pasa? —preguntó ella adormitada.
—Nos tenemos que ir —contestó él—. Ya es tarde, mira —le dijo señalando hacia el sol.
De mala gana la niña se puso de pie.
Las jirafas aún dormían. Dejaron a éstas con sus ronquidos y se fueron al río a lavarse el rostro y aprovisionarse de agua para continuar el viaje.
En el río encontraron varios animales, en uno y otro lado, bebiendo agua. No obstante, en el lado opuesto del río, que tenía unos cincuenta metros de ancho, estaba una manada de leones, dos adultos y varios jóvenes.
—¿No habían dicho que no había depredadores? —inquirió Max mientras se lavaba el rostro, sin despegar la vista de las fieras.
—Por lo menos no veo ni uno de este lado del río —dijo Jennifer.
Max seguía sin quitar la vista de los leones. Temía que se tirasen al agua y cruzaran el río para darse un banquete con ellos. Afortunadamente nada de eso sucedió, es más, los leones ni siquiera repararon en su presencia.
Luego de proveerse de agua regresaron al refugio. Cuando regresaron sus amigos las jirafas ya se habían despertado y comían hojas de unos árboles vecinos.
—¿Si aquí tienen comida por qué van allá a comer? —les preguntó Jennifer.
—Nos gusta sentir el calor del sol. Además, nos gusta tener compañía, allá se reúnen los demás de nuestra especie. Puede que un día incluso encuentre pareja —dijo Gregorio.
—Dijeron que no habían depredadores en estos lugares y en el río vimos a un manada al otro lado —acusó Max.
—Ellos no nos preocupan. El río es muy ancho, por lo que nunca llegarán hasta nosotros —respondió Lucas.
—Entiendo.
Los chicos empezaron a preparar sus cosas para partir.
—¿Hay algún camino para llegar con los duendes? —preguntó Max mientras guardaba la manta en la mochila.
—Más o menos —contestó Lucas—. Lo que tienen que hacer es seguir la dirección del cerro que está adelante. Pero cuiden de no ir a él directamente porque cosas muy malas pasan en ese lugar. Desde allí ya podrán divisar sin inconvenientes el árbol gigante que les mostré ayer. Como ya les dije, los duendes son peligrosos. Que conste que nosotros no los hemos obligado a nada.
—De acuerdo —dijo Max.
—¿Qué es lo que pasa en esa montaña? —preguntó Jennifer refiriéndose a una colina visible desde donde se encontraban, la misma que Lucas les dijo usaran como referencia.
—No lo sabemos con precisión. Las aves que pasan por allí dicen que en esa montaña suceden las cosas más terribles que uno pueda imaginar, y que los humanos que han puesto un pie allí jamás han salido con vida.
Max y Jennifer intercambiaron miradas atemorizadas.
—Pero no se preocupen, sólo procuren no acercarse demasiado.
Antes de irse los chicos agradecieron a sus amigos lo que habían hecho por ellos. Después cortaron todas las manzanas que pudieron y llenaron las mochilas, aunque ya no había espacio para mucho, por lo que Max metió varias en las bolsas de su pantalón.
La montaña que debían seguir se veía bastante cercana. Desde su posición, el gigantesco árbol que supuestamente marcaba la aldea de los duendes no era visible. Max esperaba dar ese mismo día con los duendes, y ojalá no fueran tan peligrosos como se decía o iban a estar en grave peligro.
Horas después de reiniciada la marcha, y tras terminarse las manzanas que Max había guardado en sus bolsillos, observaron que la colina se alzaba imponente ante ellos, a escaso medio kilómetro de distancia, por lo que iniciaron a torcer la dirección para rodearla. Efectivamente, cuando la colina quedó a un costado, apareció ante ellos la imagen del enorme árbol al cual se dirigían.
La montaña a su costado era muy alta. Pero no era sólo una colina. Había una mucho más grande sí, la que se veía desde lejos, pero alrededor de ésta había otras más pequeñas. La idea de un dragón vino a la mente de Max.
Horas después, la imagen del gigantesco árbol se había agrandado ante sus ojos. Ya estaban muy cerca, por lo que los chicos empezaron a caminar con más sigilo, no fuera ser que los duendes los sorprendieran sin ni siquiera darles la oportunidad de explicarles el motivo de su presencia.
Mientras avanzaban sigilosamente una duda vino a la mente de Max: ¿Qué lenguaje hablaban los duendes? ¿Serían capaces de comunicarse con ellos? Sam el mago les había dado la habilidad para hablar con animales. Pero nunca dijo nada de duendes.
Continuaron caminando sigilosos durante casi una hora, el gigantesco árbol se veía cercano, pero no lo estaba ya que aún no llegaban a él. Max avanzaba con la vista fija en el gigantesco árbol, Jennifer temerosa, volvía la vista hacia todos lados.
Por fin llegaron al pie del enorme árbol ¡Sí que era enorme! Era al menos tres veces más alto que cualquier otro árbol y diez veces más ancho.
De repente algo pasó silbando cerca de sus oídos. Max volvió la vista hacia todos lados, en el enorme árbol había quedado algo sembrado.
—¡Es un dardo! —dijo Max, percatándose de que los estaban atacando.
En aquellos momentos fueron varios dardos los que volaron sobre sus cabezas.
—¡Corre! —dijo Max tomando a Jennifer de la mano y obligándola a correr con él.
—¿Crees que sean los duendes? —preguntó Jennifer mientras corrían buscando un refugio.
 —No puedo pensar en alguien más —dijo Max, jadeante—. Pero eso no importa ¡No ves que nos quieren matar! —agregó mientras esquivaban arbustos en su carrera. Varios dardos más pasaron volando sobre sus cabezas.
Mientras corría, la mano de Jennifer se deslizó de la de él. Volvió la vista, Jennifer se había caído, lo peor de todo, tenía un dardo clavado en su cuello. Max se acercó para quitárselo, pero sintió un piquete en la pierna. Todo empezó a oscurecerse ante su vista, después sintió que daba vueltas, al final todo se quedó oscuro.
Cuando Max despertó se encontró en una jaula de madera. Jennifer, a su lado, también empezaba a despertarse.
Eran transportados por pequeñas criaturas de un metro de alto y orejas puntiagudas. Entre cuatro cargaban la pequeña jaula en la que iban él y Jennifer.
Mientras se despertaba completamente pensó en lo que podía haber pasado. Lo último que recordaba era un dardo en el cuello de Jennifer y uno en su pierna, luego todo se había vuelto borroso. Seguramente los habían adormecido con alguna sustancia puesta en los dardos, luego los habían encerrado en aquella jaula y ahora los llevaban quién sabe a dónde.
Además de los cuatro que cargaban la jaula, adelante iba un quinto duende guiando a los otros. Éste era más pequeño que los otros, vestía prendas de vistosos colores, también usaba un sombrero cónico color verde adornado con una pluma rojiza, colgada en la espalda llevaba una cerbatana. Los otros, los que cargaban la jaula, vestían ropas menos vistosas, pero también llevaban cerbatanas a la espalda. No llevaban sombrero, por lo que les veía el cabello café oscuro y las orejas peludas. A los dos de atrás les pudo ver el rostro, tenían una enorme nariz, los ojos grandes y maliciosos, la boca ancha como de sapo y dientes finos como una sierra. No usaban calzado, los pies eran grandes, planos y de piel gruesa.
—¿A dónde nos llevan? —preguntó Max, deseando que hablaran su lenguaje.
El duende que llevaba sombrero se detuvo y lo miró detenidamente, como con repugnancia.
—Con el jefe —contestó con voz chillona.
—¿Qué van hacer con nosotros? —preguntó Jennifer con voz trémula.
—¿Que qué vamos hacer con ustedes? —dijo en tono burlón uno de los que llevaban la jaula.
—¡Por supuesto que los vamos a comer! ¡Puede que un caldo o quizá un asado! —dijo con malicia otro.
—Pero se supone que ustedes no comen humanos —dijo Jennifer.
—Por supuesto que no —dijo el que tenía sombrero—. Ese tonto simplemente les estaba jugando una broma.
Max sintió un cierto alivio. Pero que no los fueran a cocinar no quería decir que los iban a dejar libres.
—¿Entonces que nos van hacer? —preguntó Max.
—No lo sé. Eso el jefe lo decide —contestó con voz dura el del sombrero—. Mejor cállense, no vaya ser que me impaciente.
—¿Pero por qué nos han cogido? —preguntó Max—. No hacíamos nada malo.
—Estaban en nuestros dominios —respondió el duende, dejando ver claramente que eso era suficiente incluso para asesinarlos—. Si los dejamos ir seguro van a traer más humanos, luego más, hasta que nos tomen a todos como un animal cualquiera.
—Nosotros no pensamos hacer nada de eso —se defendió Jennifer.
—Ella dice la verdad. Solo querríamos saber si ustedes saben dónde vive el fénix dorado —apuntó Max.
—¡Sí, claro! Mejor consíganse otra excusa —dijo el duende con acento de que no les creía nada—. Pero no me la digan a mí, sino que a nuestro jefe, porque ya llegamos.
Habían llegado a un lugar de gruesos árboles. En los troncos de éstos había pequeñas puertas, apenas visibles «Así que aquí es donde viven», pensó Max. Por curiosidad alzó la vista a las copas de los árboles pensando que vería pequeñas casas en las copas, pero no vio nada. Una de las jirafas había dicho que vivían en las copas de los árboles, pero al parecer lo hacían en los troncos, no en las copas. También sorprendió a Max el hecho de que los árboles, a pesar de tener huecos en los troncos, se vieran tan verdes como cualquier otro.
—Llama al jefe —ordenó el del sombrero a uno de los que cargaban la jaula—. Dile que encontramos humanos.
Con poco cuidado depositaron la jaula en el suelo. El que recibió la orden se escabulló a cumplirla. Max no vio que se hizo, estaba absorto admirando la residencia de los duendes.
Se encontraban en un lugar que reunía los árboles más gruesos del mundo, el más delgado medía tres metros de lado a lado, todos tenían marcadas pequeñas puertas en su corteza. El gigantesco árbol que habían divisado desde el día anterior había quedado muy atrás, todo indicaba que no formaba parte de la aldea.
Algo que también llamó la atención de Max fue el hecho de que uno de esos gruesos árboles estaba tirado en el suelo, otros parecían a punto de caer, el resto estaban rasgados y con las ramas desvencijadas, cualquiera diría que un huracán los había atacado. Igual de raro era el hecho de que él fenómeno parecía haber ocurrido únicamente en los árboles-vivienda de los duendes.
—¡Este lugar es increíble! —exclamó Max.
—Estoy de acuerdo contigo. Solo aprecia esas casas ¡Son maravillosas! —observó Jennifer.
En aquellos momentos, a un par de metros de donde se encontraban ellos, se abrió el suelo. No, no fue el suelo el que se abrió, fue una compuerta. Ahora Max comprendía porque Lucas les había dicho que vivían en cuevas debajo de la tierra.
De la compuerta abierta salieron cuatro duendes cargando un palanquín. De éste salió un duende aún más pequeño que los demás, en su mano llevaba un pequeño cetro de oro brillante. Max supuso que era el jefe.
—¡Humanos! —exclamó.
—Buena tarde, mi señor —dijo con vos grave y respetuosa el del sombrero, solo que ahora se lo había quitado para hacer una reverencia—. A estos los encontramos merodeando por nuestros territorios —informó.
—Merodeando ¿Eh? ¿Se puede saber qué hacen dos crías de humanos en mis dominios? —preguntó el jefe acercándose a Max.
—Tenga cuidado, señor. Pueden ser peligrosos —advirtió el del sombrero.
—¡No seas tonto, Zora! ¿No vez la inocencia en sus ojos? ¡Son solo niños! No nos harán nada. Los grandes son a los que hay que temer. Aunque debo admitir que éstos un día serán grandes y cuando vean a uno de nosotros correrán tras él.
—Nosotros no…
—Insisto en que se aleje de ellos, puede que ya sean como los grandes. Mire esto —dijo mostrando la espada y el arco de los chicos—, puede que anden de cacería.
—No te preocupes. No importa que arma anden, los grandes son los únicos malos. Aún recuerdo aquel día cuando vinieron a nuestra aldea y casi lo destruyeron todo —recordó melancólicamente el jefe.
—¿Entonces por eso está todo destruido? —inquirió Max.
—No. La vez que vinieron los humanos fue hace unos cinco años. Lo que vez en estos momentos pasa constantemente —dijo el jefe—. Lo que quiero saber es ¿Qué hacen dos niños tan lejos de la civilización?
—Buscamos al fénix dorado —dijo Max.
—Lo ve mi señor, son unos mentirosos —acusó Zora—. Lo más seguro es que anden en una misión de vigilancia para luego traer más humanos.
—Te ordeno que ya no habrás la boca —dijo el jefe irritado. Zora palideció— ¿Para qué buscan al fénix dorado?
—Mi abuelo fue picado por un escorpión de fuego, lo único que lo puede salvar son los polvos mágicos de un fénix dorado.
—Estoy de acuerdo en eso, los polvos de los fénix dorados curan todo. Tendrían mucha suerte si logran encontrarlo, aunque dudo mucho que los ayude.
—¿Por qué lo dice?
—Les voy a decir algo, pequeños: los fénix dorados son conocidos por su bondad, siempre han ayudado a quien los necesita. Mis vasallos han recolectado información sobre este fénix dorado, todos concluyen en que no ayuda a nadie, algo contradictorio con su historia, si les interesa mi opinión. Aunque tal vez guarde relación con lo sucedido hace no mucho, mis informantes dicen que ayudó a un fénix negro salvándole de la muerte, pero fue traicionado por éste, el cual le robó lo más preciado, aunque nadie sabe con certeza qué es eso que le era muy preciado. Desde entonces se niega ayudar a nadie.
Max escuchó al duende cada vez más atemorizado, cuando éste terminó un aire frío recorría su cuerpo.
—Nosotros lo convenceremos para que nos ayude —dijo Max.
—No veo cómo —dijo el jefe de los duendes—, ya que aunque sean unos pequeños muy hermosos los tendremos que encerrar, nadie viene acá y se va, nuestra ubicación es secreta para los humanos. Ponedlos en una celda —ordenó al del sombrero puntiagudo.
—¡No! ¡Nos pueden encerrar! ¡Déjennos marchar o mi abuelo morirá! ¡Tengo que buscar al fénix dorado! —suplicaba Max mientras tiraba con fuerza de los barrotes de la jaula.
Cuatro duendes levantaron la jaula listos para conducirlos quién sabe a dónde.
—Un humano menos, fiesta para el mundo —dijo en forma filosófica el del sombrero.
—No nos pueden hacer esto, déjennos marchar —seguía suplicando Max. A su lado, Jennifer lloraba.
Los condujeron a través de la compuerta abierta en el suelo.
Max seguía gritando mientras tiraba con fuerza de los barrotes de la jaula.
Muchos duendes asomaron la cabeza para ver al culpable de aquel escándalo.
—Siléncialo —ordenó el del sombrero cónico.
Un dardo se ensartó en su el cuello del niño.        
—¡Max! —gritó Jennifer entre sollozos.
Fue lo último que Max escuchó antes de caer en un sueño profundo. 

1 comentario:

  1. WoO ...... siempre me quedo en lo mas interesante , espero q tus problemas swe hayan solucionado y puedas publcar mañana martes la continuacion del cuento =)

    ResponderEliminar