Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

11 de marzo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 7

La Habilidad de Hablar con los Animales

—¿Por qué explotó el dragón? —preguntó Max, después de caminar por un largo rato.
—No lo sé —contestó el anciano—. Procura guardar silencio, aún estamos en el bosque y no sabemos qué criaturas podamos encontrar.
—Lo siento —se disculpó Max. De pronto se sentía agotadísimo.
Tardaron más de una hora (o al menos fue lo que calculó Max) en regresar a la cabaña. Durante ese tiempo trató por todos los medios quitarse de encima los desechos que le habían caído cuando explotó el dragón, pero solo había logrado quitarse, a lo mucho, la mitad. Mientras que Sam, que también se había embarrado, ni siquiera lo había intentado.
Mientras caminaban en silencio, Max meditaba sobre lo sucedido. Le dio mil vueltas al asunto en su cabeza, pero no se explicaba cómo había sido capaz de hacer volar en mil pedazos a un dragón. No encontró respuesta. Lo único que se pudo responder fue que no había sido él, sino que el dragón había explotado por causas ajenas a él, muy extrañas por cierto.
Por fin llegaron a la cabaña. Recostada en el marco de la puerta estaba Jennifer.
—¡Volvieron! —exclamó al verlos aparecer.
—Sí, así parece —dijo Max.
—Puaj, qué asco ¿Qué es lo que traen encima?
—Restos de dragón —respondió Max.
—¿En serio?
Max asintió.
Entraron en la cabaña. Unas velas iluminaban el pequeño recinto.
—Voy a tomarme un baño —les gritó Sam desde afuera.
—¿Consiguieron el diamante? —preguntó Jennifer a Max.
—¿Tú qué crees? —dijo Max con una sonrisa.
—No sé.
—¡Claro que sí! —sonrió Max—. Por poco nos cuesta la vida, pero lo conseguimos. Espero nos sirva para encontrar al fénix dorado.
—¿Lo tienes allí?
—No. Lo tiene Sam.
Después siguió una larga conversación en la que Max contó todo lo que había sucedido, desde que partieron de la cabaña, hasta que el dragón explotó. Jennifer escuchaba maravillada, bastante incrédula ante la asombrosa aventura que Max relataba.
—¿En serio tú hiciste eso? —preguntó cuando Max le contó lo sucedido con el dragón.
—Bueno… no sé si yo lo hice, sólo sé lo que vi.
Después que Sam regresó de bañarse, Max hizo lo mismo. Luego se acostaron a dormir, todos estaban muy cansados. Max y Jennifer tuvieron que conformarse con el duro suelo y una única manta que les tocó compartir para no pasar frío. Increíblemente hasta esos momentos se dio cuenta Max que no llevaban mantas ni nada para pasar la noche.
A un lado de ellos se echó Samy, el perro que hablaba con Sam.
El siguiente día llegó muy pronto, o al menos fue lo que le pareció a Max, un rato estaba durmiendo y un rato después el sol ya se asomaba por la ventana.
Cuando los chicos se levantaron, la cama de Sam ya se encontraba vacía. Se asearon un poco y luego salieron al patio. Allí parado viendo al sol se encontraba Sam, al lado de éste paseaba Samy, caminando de un lado a otro.
—¿Están listos, chicos? —preguntó el anciano.
—Sí —dijo Max.
Sam se encontraba en el centro de un círculo, formado por muchas líneas que lo cruzaban en diferentes ángulos. Era imposible distinguir figuras concretas entre tantas líneas.
—¿Qué es este círculo? —preguntó Max, que estaba seguro que dicho círculo no se encontraba allí el día anterior.
—Es un círculo —respondió Sam—. Me servirá para realizar el hechizo con el diamante. Si no lo usara ustedes adquirirían todos los poderes del diamante y les aseguro que no les gustaría para nada. Ahora colóquense dentro del círculo.
Max y Jennifer hicieron lo que les indicó Sam, se colocaron en el centro del círculo. Luego, entre ambos, Sam colocó el diamante por el que la noche anterior habían arriesgado la vida.
—Uno frente al otro, con el diamante entre ambos —indicó el mago.
Después de unos pocos segundos, Sam extendió los brazos hacia el cielo, con el bastón en la mano derecha. Una cálida brisa empezó a correr en el patio. Max cerró los ojos, fue la última indicación que escuchó del mago, después los oídos se le apagaron. No sabía si Sam estaba hablando o no, apenas escuchaba murmullos, aunque quizá era el viento. Sintió que sus pies dejaban el suelo, como si hubiera sido trasladado a otro lado, ya que empezó a sentir calor y frío, una mezcla muy rara para él. Algo que no sabría describir, sintió entrar en su cuerpo, algo así como una corriente cálida. Estaba empezando a sentir miedo, no sabía qué iba a pasar a continuación.
De repente todo cesó. Abrió los ojos y se sorprendió a sí mismo flotando un metro por encima del suelo, idéntica situación sucedía con Jennifer. Pausadamente sus pies regresaron a la tierra. Se encontraba mareado, el rostro de Jennifer se veía borroso. Poco a poco todo a su alrededor fue tomando claridad. Se puso de pie, y después de de lo que le pareció una eternidad volvió a su estado normal.
—¿Funcionó? —preguntó el mago.
Max se encogió de hombros.
—Escuchen al perro, así lo sabremos —dijo Sam.
Max aún no se recuperaba por completo. Estaba de pie al lado de Jennifer. Entonces observó al perro, siguiendo las instrucciones del mago. Pero el canino no decía nada, simplemente lo miraba con rostro imperturbable ¿O era él quien no podía escuchar nada?
—¡No escucho nada! —dijo Max.
—¡Es porque no había hablado, niño tonto! —dijo el perro.
Max se asustó y retrocedió un paso. Jennifer parecía aterrorizada y a la vez maravillada.
—Ya…ya… lo… escuché —tartamudeó Max
—Que niño tan tonto tenemos aquí —dijo el perro, quien parecía un completo amargado.
—Ya basta, Samy —ordenó Sam.
El perro obedeció y se alejó trotando hacia el bosque.
—¡Esto es increíble! —exclamó Jennifer.
—Sí, lo es —dijo el mago.
—¿Entonces esta habilidad nos ayudará a encontrar al fénix dorado? —preguntó Max.
—Yo no dije eso —dijo a modo de defensa el anciano—. Lo que dije fue que los animales podían ser de ayuda. Nunca afirmé nada.
—Entonces ¿Peleamos contra un dragón por algo que no sabemos si nos va a servir? —dijo Max.
—Si crees que te va a servir, te servirá; si no lo crees así, pues no lo hará —dijo Sam, con tono filosófico.
—Entiendo —dijo Max, aunque en realidad no estaba seguro.
—De todas formas es un don maravilloso —apuntó Jennifer
—En eso tienes razón —dijo Max—. Bueno, creo que ya debemos irnos —agregó.
—Ya lo creo. Si su abuelo fue mordido por un escorpión de fuego, no va a vivir mucho, así que deben darse prisa. Pero antes los invito a desayunar —dijo el anciano.
Los chicos aceptaron la oferta del anciano, así que se quedaron otro momento para desayunar. Max tenía mucha hambre. Es más, desde anoche tenía hambre, pero si no se levantó a media noche en busca de comida fue por respeto a lo ajeno.
Después del desayuno, Sam al reparar que los chicos no tenían nada para pasar la noche, les obsequió una pequeña tienda de campaña. También les obsequió la manta que le sobraba. Además de eso, también les obsequió unas tiras de carne seca.
—La compré hace un par de meses, cuando me quedaba al lado de mis girasoles para protegerlas de los cuervos —explicó Sam cuando les entregó la tienda de campaña—. No obstante, creo que ahora ustedes la necesitan más.
Después de eso, Max acomodó las cosas bien en su mochila. La tienda, como era de suponer, no cupo, pero con una cuerda la sujetó a la mochila.
Agradecieron efusivamente al anciano, luego se despidieron cariñosamente de él. Después se pusieron en marcha. Todavía era muy de mañana cuando retomaron el viaje. Dejaron al anciano parado en el patio, observándolos mientras se alejaban. A las orillas del bosque vieron a Samy, mirándolos fijamente.
—Ven, Samy ¡Que iremos a sembrar más girasoles! —fueron las últimas palabras que Max escuchó del viejo Sam.
El perro apartó la vista de ellos y corrió hacia su amo.
Caminaron durante varias horas. La caminata estuvo entretenida porque Max aclaró algunas dudas que Jennifer tenía sobre lo que había pasado la noche anterior.
Cercano el medio día ya habían visto varios animales, roedores, aves y una serpiente que se les cruzó por el camino. Pero ninguno lo suficientemente cerca para poner a prueba su nueva habilidad.
Nada había cambiado en Max, se sentía igual, no había en él algo extraño que le hiciera sentir que ahora podía hablar con los animales. Aún le costaba creer que entendiera el lenguaje animal. Una ligera duda se asomó en su mente: por el momento no había escuchado más que al perro de Sam, y nadie le aseguraba que el perro no estaba hechizado por el mismo Sam para que hablara el lenguaje humano. Sacudió la cabeza y alejó esa tonta idea de su cabeza, el mago no los podría engañar.
Alrededor del medio día se detuvieron a comer algo de lo que llevaban, cortesía de Sam.
Después del almuerzo, meditó Max, tendrían que andar alertas para divisar alguna fuente de alimentos, de preferencia vegetal. Ya que si en realidad podían hablar con los animales, estaba seguro que no iban a tratar de atrapar uno para comerlo, no se imaginaba asando su comida mientras ésta le gritaba suplicándole que no le hiciera daño.
Nadie dijo nada mientras masticaban las tiras de carne dura. Después bebieron agua y prosiguieron su marcha. Antes, Max se aseguró de que seguían la dirección correcta, no querría enterarse más tarde que iban de regreso, hacia el norte.
Mediada la tarde llegaron a una planicie en donde los árboles cedían paso al pasto, el cual de a poco empezaba a sustituir el bosque. Se trataba de una sabana atestada de vida silvestre. Max nunca había visto tantos animales juntos, no es que fuera un gran número, pero sí los suficientes para impresionar a Max y a Jennifer. 
Max sintió una pizca de preocupación, tantos animales lo ponían nervioso. A eso había que sumar que hasta el momento no habían encontrado ningún árbol frutal. Lo único que tenía a la vista eran mamíferos de toda clase comiendo hierba y unas cuantas jirafas alcanzando con su largo cuello las hojas de los árboles. No quería que Jennifer usara su arco para cazar algo.
—Tenemos que pasar desapercibidos —dijo Max.
—¿Crees que es posible? —preguntó Jennifer.
—No lo sé. Es más, ni siquiera sé si hay que temerles, pero por las dudas hay que escondernos.
Max y Jennifer empezaron a caminar, escondiéndose detrás de los árboles. Conforme avanzaban los árboles eran cada vez más ralos. En el centro, como a medio kilómetro de donde caminaban ahora, había una gruesa franja sin ningún árbol en ella. Lo malo de aquello era que la tenían que cruzar si querían continuar hacia el sur. No podían rodearla, ya que ni a este u oeste se le veía fin a la sabana. Lo que sí se veía al oeste era un pequeño río, el cual probablemente tendrían que visitar porque el agua de sus cantimploras de a poco se les estaba terminando.
Siempre escabulléndose entre los árboles continuaron avanzando. Todo indicaba que no los habían visto ¿O eran animales pacíficos y no los querían atacar?
Momentos después avanzaban muy cerca de las jirafas que hace rato habían divisado, a escasas decenas de metros. Sin darse cuenta se acercaron más de la cuenta a ellas ¿O fueron ellas quienes se habían acercado?, no lo supo, pero lo cierto fue que ahora estaban a escasos metros de ellas.
—¡Humanos! —exclamó una de ellas al ver a Max y a Jennifer. Lo hizo con voz débil, pero daba la impresión de que se preparaba para gritar. Fue por eso que Max se apresuró a decir:
—No, no, por favor no nos delates.
Eran tres jirafas y las tres vieron a los chicos extrañadas.
—¿Crees que nos entienda? —dijo la jirafa que estaba en el centro.
—No lo sé, aunque parece que sí —dijo la que estaba a la izquierda. Por sus tonos de voz Max se dio cuenta de que eran machos.
—Sí, claro que los escucho, pero…
—¡Te lo dije! —exclamó el que estaba a la izquierda mientras se reía tontamente.
—¡Guau! ¡Esto sí es increíble! Nunca imaginé encontrar un humano superdotado —dijo el que estaba a la derecha. El tono de éste era más grave que el de los otros dos. A Max le dio la impresión de que hablaba con sarcasmo. 
—¡Y yo los vi primero! —presumió la jirafa del centro.
—Pero no entiendo —dijo el de la derecha, tornando su tono de voz un poco más grave— ¿Qué hacen dos humanos pequeños por estos lugares?
—Bien dicho ¿Qué hacen dos humanos pequeños en estos lugares? —repitió el que estaba en el centro.
—Sólo queremos cruzar —dijo Max.
—¿Y para qué quieren cruzar? —preguntó el de la derecha sin cambiar su tono grave.
—Es que…es que…por allá queda nuestra casa —dijo Max.
—Ah sí… ¿Acaso son niños del bosque? ¿O será que son familiares de los duendes? —dijo el de la izquierda.
—¿Por qué lo dicen? —preguntó Max, preocupado ante la mención de los duendes.
—Porque en la dirección que ustedes van no hay humanos, sólo la aldea de los duendes.
—¿Duendes? —dijo Max.
—Sí ¡Duendes! —respondió con énfasis la jirafa.
Max ya había escuchado hablar de los duendes. Siempre supo que existían, pero nunca los imaginó tan cerca. Se decía que los duendes eran criaturas pequeñas y malvadas. No obstante, cuando uno se ganaba su confianza se volvían las criaturas más dulces que en la vida uno pueda conocer, o al menos era lo que se decía.
—¿Y Bien…? ¿Aún viven al otro lado? —preguntó el que estaba a la derecha.
—Bueno…es que… en realidad buscamos algo —dijo Max.
—¿Y qué es lo que buscan? —preguntó el que estaba en el centro.
—¿De casualidad han visto un fénix dorado? —dijo Max.
—Oh sí, sí, yo le he visto, vuela por estos rumbos una vez al año. Decían que era un mito, pero lleva tres años seguidos que pasa siempre por aquí. Decían que ya no existía, incluso había algunos parientes míos que creían que nunca habían existido, pero no es cierto, sí existen, yo lo vi y también vi al otro… también vi al oscuro, el terror de las aves… eso fue tan solo ayer, todavía se me ponen las plumas de punta —era el del centro quien había hablado.
—Tú no tienes plumas —le reprendió uno de sus compañeros.
—Oh sí, es cierto.
—¿Y a dónde van? —preguntó Max excitado.
—Yo he visto que van hacia allá —dijo el del centro mientras señalaba en dirección sur. Max sintió un cosquilleo en su cuerpo—. Pero por lo que yo sé y por lo que me dicen mis contactos, ellos viven por allá —agregó señalando hacia el norte
—¡¿Qué?! —dijo Max, sorprendido— ¿Dices que los has visto pasar hacia allá… pero por lo que te han dicho sabes que viven por allá? —preguntó, señalando primero al sur y luego al norte.
—Sí. Eso fue lo que dije. Dicen que ellos viven en el sur, por eso digo que viven por allá —dijo señalando hacia el norte.
—No seas estúpido  —lo regañó el que estaba a la derecha—. Te dijeron que viven en el sur, no te dijeron que vivían por allá.
—Pero como allá es el sur… entonces viven por allá —dijo nuevamente el del centro.
—Allá no es el sur, jirafa tonta —dijo el de la derecha algo molesto—. Ya te he dicho mil veces que allá es el norte y que el sur es allá.
—Es que se me olvida. Pero hoy será el día, y recuérdalo, hoy es el día en que Gregorio la jirafa conoció a dos humanos superdotados y además aprendió donde queda el sur y el norte —alegó el del centro con convicción.
—¡No has aprendido nada! —adujo el de la izquierda.
—¿Por qué no?
—Porque Gregorio es mi nombre, y si no has aprendido ni tu nombre, dudo mucho que aprendas algo más —dijo furioso el de la izquierda.
—¿Gregorio es tú nombre? —dudó el del centro.
—¿Saben dónde vive el fénix dorado? —preguntó Max interrumpiendo la discusión que estaban iniciando las jirafas.
—No, no. Solamente sé que viven en el sur, pero no sé donde —dijo el del centro.
—¿Buscas al fénix dorado, muchacho? —preguntó el de la derecha
—Sí —contestó Max con toda sinceridad—. Mi abuelo está enfermo. Necesito unos polvos que solo el fénix dorado posee para poder curarlo.
—¡Vaya! ¡Esas si son agallas muchacho!
—Gracias. A mí abuelo no le queda mucho tiempo de vida, así que agradecería cualquier información que puedan proporcionarme sobre el fénix dorado.
—Mira muchacho, nosotros no sabemos en dónde vive ese fénix dorado, pero si te arriesgas y vas con los duendes a lo mejor ellos te pueden ayudar —observó el de la derecha.
—¿En dónde viven los duendes? —preguntó Jennifer, que no había participado todavía en la conversación.
—Viven más adelante, también hacia el sur ¿Ven aquel árbol? —preguntó mientras señalaba con la cabeza hacia el sur. La copa de un gigantesco árbol se asomaba allá donde la tierra se fundía con el cielo. Max asintió— Pues allí viven. Sus casas están arriba de los árboles, en el suelo o incluso en cuevas que han hecho bajo la tierra. Eso lo sé porque ya lo vi con mis propios ojos. Por poco me cogen para su cena, pero tenga muy buenas patas para correr —contó el de la derecha.
—Los duendes son peligrosos. Yo, Lucas, les aconsejo que no vayan —dijo el que estaba en el centro—. Porque si me llamo Lucas ¿Verdad? ¿O me vas a decir que te llamas Gregorio Lucas o Lucas Gregorio?
—No, yo solo soy Gregorio —dijo el de la izquierda.
—Eso quiere decir que sí me llamo Lucas.
—Tú no te llamas Lucas, porque Lucas soy yo —rugió el de la derecha—. Tú te llamas Camilo ¡Y que se te grave en esa cabezota sin cerebro!
—¡Huy! ¡Qué miedo! ¡Qué enojado! Ya casi te salen rayos de los ojos —dijo Camilo.
—¿Qué dicen chicos? ¿Se arriesgan a ir con los duendes? —preguntó el que decía llamarse Lucas, haciendo caso omiso a Camilo.
Max lo pensó un momento, luego dijo que sí.
—No alcanzarán llegar hoy, ya es tarde —dijo Lucas, que era el de la derecha—. Pero se pueden quedar con nosotros e irse mañana al alba… o cuando quieran. Además, muy cerca de donde dormimos hay comida en abundancia.
Max miró a Jennifer como esperando una opinión.
Jennifer se encogió de hombros
—Está bien, nos quedaremos con ustedes —dijo Max después de un momento de meditación.
—¡Qué bien! Tendré durmiendo a dos niños superdotados al lado mío —dijo con alegría Camilo.
—Crucemos al otro lado, que allá se encuentra nuestro lindo lugar de descanso —dijo Lucas—. Deben esconderse, no creo que a los demás les parezca la idea de que caminemos con humanos… quizá hasta piensen que nos han raptado.
Camilo se empezó a reír como tonto.
—¡Raptados! ¡Qué tonterías! Jamás seremos raptados, a pesar de que continuamente vienen los humanos a cazarnos.
—¿Vienen humanos? —preguntó Jennifer.
—Y muchos. Lo único bueno que han hecho ha sido acabar con los depredadores —dijo Lucas—. Aunque también muchos inocentes han caído.
Max se sintió apenado por las acciones de sus compañeros humanos.
—Escóndanse en los árboles, pero no se queden atrás —dijo Gregorio, que era el que hace rato había estado a la izquierda.
Max y Jennifer hicieron lo que les dijeron, hasta que llegaron al otro lado del bosque, para cuando eso, ya casi anochecía.

2 comentarios:

  1. ya estamos martes =( , esperando el capitulo 8 , plissssssssssssssss

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    1. Hola marilu, disculpa la tardanza pero es que he pasado algunos altibajos personales además de que me quedé sin internet alrededor de una semana. Pero como leí en un libro: "si tiene solución no te preocupes, si no la tiene, no te preocupes, para qué? Así que ya stoy de vuelta y aquí traigo el capítulo 8.

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