Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

4 de marzo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 6

En la Cueva del Dragón

El interior del bosque estaba aún más oscuro, pero gracias al hechizo del viejo Sam, Max podía avanzar sin demasiadas dificultades. El bullicio de las aves nocturnas buscando su comida se le hacía tenebroso, los roedores se escabullían a sus pasos y siempre había una brisa helada que le acariciaba el rostro y agitaba sus cabellos. Enfrente avanzaba Sam, el mago anciano. El anciano avanzaba siempre sigiloso, rápido pero silencioso.
Max temía que de un momento a otro apareciera alguna criatura extraña justo en frente de él, una fiera, un felino hambriento o una serpiente tan grande como la que se habían encontrado aquel día, o quizá alguna otra cosa que jamás hubiera visto, porque se creía que no había nadie que conociera todas las clases de criaturas que habitaban el mundo. Y mucho menos él.
—No te quedes atrás, muchacho —susurró el anciano media hora después de salir de la cabaña.
Max no contestó, sino solamente se limitó a apresurar el paso. A aquellas alturas ya se sentía un poco más tranquilo. A su alrededor, monstruosos árboles se alzaban imponentes. Pequeños ojillos los miraban pasar para luego desaparecer tan súbitamente como aparecían. En silencio, prosiguieron la marcha sin detenerse ni un momento.
Así caminaron largo rato, en completo silencio. Max llegó a perder el sentido del tiempo y a impacientarse, parecía que no llegarían nunca a la cueva del dragón. Hasta que por fin habló el mago.
—Ya estamos cerca, Max —dijo.
—¿En serio?
—¿Vez aquella colina? —dijo el anciano señalando una colina que se alzaba enfrente de ellos.
—Sí —respondió Max.
—Allí tiene su cueva el dragón. Venga, vamos. Y hay que rezar para que el dragón no se encuentre en casa.
—¿Es grande?
—No, no mucho, pero es peligroso, muy peligroso.
Nuevamente guardaron silencio. No cruzaron más palabras mientras recorrían el trecho que los separaba de la colina.
Max observó la colina, que no era muy alta. Cuando estuvieron ya más cerca, Max se sorprendió que en la colina hubiera muchos árboles, lo que era muy raro por tener un dragón viviendo en ella. Nadie sospecharía que allí vivía un dragón, se veía tan normal que simplemente parecía un cerro como cualquier otro. Incluso Max tuvo la ligera sospecha que podrían haber más dragones en los alrededores, pero que al vivir en lugares tan bien camuflados era muy difícil encontrarlos.
Por fin llegaron a la falda de la colina, empezaron a rodearla para dar con la entrada. Los dos avanzaban con mucha cautela, pero aún así, las hojas secas crujían cuando las pisaban, haciendo pensar a Max que de un momento a otro el dragón podría saltar sobre ellos, echando fuego por la boca o lanzado un zarpazo con sus enormes garras.
—Esa es la cueva —señaló el anciano, mientras se refugiaban en un árbol.
La cueva era enorme y oscura.
—No vayas hablar, intentaré escuchar si hay algún ruido dentro —dijo el anciano.
Max obedeció y se quedó inmóvil. Mientras, el anciano escuchaba con atención, con el bastón bien sujeto a su mano y clavado al suelo.
—No. No hay ruido, seguramente ya salió a cazar —dijo el anciano—. Es nuestra oportunidad de actuar.
El anciano empezó a avanzar a paso rápido hacia la cueva, Max tuvo que correr por unos momentos para poder alcanzarlo. En menos de un minuto estuvieron frente a la cueva. Desde allí ya se podía apreciar mejor el interior. Las paredes eran toscas y en algunas partes saltaban unas piedras puntiagudas. Un olor a podredumbre salía del interior de la misma.
Siguieron avanzando, en el interior de la cueva ya lo hacían a paso lento y silencioso. Avanzaron un poco y llegaron a una estancia más amplia, ese era el hogar del dragón. Y sí, en el centro de la estancia se veía una piedra brillante.
—¡El Diamante de Hezlem! —exclamó el anciano y corrió hacia el diamante, deteniéndose junto a éste para admirarlo un momento.
Max también se acercó. El diamante estaba sobre un tabernáculo de piedra toscamente labrado. El diamante era larguirucho y de un hermoso color azul. En uno de sus extremos faltaba una esquirla, Max supuso que era el fragmento que había llevado el cuervo gigante.
El anciano empezó a acercar suavemente su mano al diamante, como si tuviera miedo de cogerlo.
—¡Ah! —se quejó el anciano retirando la mano de forma rápida.
Otras dos veces intentó el anciano coger el diamante, otras dos veces fracasó. Entonces lo intentó Max, pero su mano chocó con una especie de escudo mágico que protegía al diamante.
—¿Qué es esto? —preguntó Max.
—¡Un escudo de energía! —respondió atónito el mago—. Pero ¿Cómo hizo un dragón para hacer un escudo de energía como éste? —la última pregunta parecía que se la hacía a sí mismo.
El anciano caviló durante un minuto. Max también hizo lo mismo, durante el cual se preguntó cómo había hecho un dragón para crear un campo de energía, no sabía que los dragones pudieran realizar magia. Pero aquel día ya nada le sorprendía.
—Aléjate de allí, Max, voy a intentar romper ese hechizo. Si lo hizo un dragón no creo que se tan fuerte.
Max obedeció y dio espacio para que el anciano realizara su hechizo.
Del bastón del mago salió una especie de llama blanca, chocó contra la barrera (la barrera apenas cubría la piedra en la que se encontraba el diamante), luego la empezó a cubrir, en aquellos momentos la barrera se hizo visible, Max la podía ver claramente. Aquellos dos hechizos se habían fundido, parecía que estaban batallando. Después de casi un minuto, la especie de llama que había lanzado Sam salió disparada hacia atrás, chocó contra la pared y desapareció.
—Lo intentaré de nuevo —dijo el anciano.
Esta vez la llama que salió del callado del mago era más grande. La lucha entre los dos hechizos se repitió. Sucedió lo mismo que la vez anterior, la energía de aquel hechizo salió volando hacia la pared, chocó y luego desapareció.
—¿Qué es eso? —preguntó de pronto Max. Había visto un cuerpo mucho más al fondo de la cueva, era el cuerpo de un hombre. Sam también lo vio y avanzó al cuerpo que estaba recostado en la tosca pared.
Max lo miró con detenimiento, efectivamente se trataba de un hombre. El cuerpo estaba maltrecho y tenía la ropa mugrienta y destrozada. No había duda, estaba muerto.
—¡Era un mago! —dijo Sam.
—¿Qué?
—Posiblemente fue quien hizo este campo de energía —dijo el anciano pensativamente.
—¿Pero cómo?  —preguntó Max.
—No lo sé con certeza. Pero es muy probable que tenga razón cuando digo que de alguna forma el dragón lo obligó a hacer este campo y luego lo asesinó
—¡No te equivocas! —dijo una voz ronca y áspera. La voz provenía de la entrada de la cueva.
Max se volteó rápidamente, sospechaba de quién se trataba. Una oleada de frío atacó su cuerpo. Desde donde estaban no podían ver la entrada de la cueva, ni al dueño de aquella áspera voz. Ambos, anciano y niño, se quedaron inmóviles, como petrificados, mientras escuchaban el resonar de unos enormes pies. Segundos después, la cabeza del dragón se asomó, luego el resto del cuerpo. Era un animal horrendo, seguramente intentaría darles muerte y eso lo hacía más horrendo aún.
El dragón levantó la vista al techo, luego dio un soplido e inmediatamente se encendió un candelabro que estaba varios metros por encima de sus cabezas.
En aquellos momentos Max miró de forma clara, ya sin el reflejo verdusco provocado por el hechizo que Sam había hecho en su vista. Pudo ver claramente la cueva, la cual era enorme, a su lado estaba Sam y también el cuerpo sin vida de un desconocido. Pero a nadie le podía dedicar mucha atención, porque aquel dragón que tenía en frente la acaparaba toda.
El dragón era de color escarlata, en la punta de la cabeza tenía un cuerno y en la punta de la cola otro mucho más grande, esto lo supo porque el dragón no dejaba de agitar su cola para todos lados. La criatura medía varios metros de largo, era difícil calcularlos con exactitud. De alto, a la altura de la espalda, medía lo de dos hombres. Sus cuatro patas estaban armadas con unas enormes garras negras, los dientes eran como rocas afiladas y los ojos rojos como el fuego.
—Sabía que vendrías nuevamente, anciano —dijo la voz áspera del dragón.
—¿Cómo es que puedes hablar? —preguntó impresionado Sam, echando una pequeña mirada al mago que estaba tirado a su lado.
—He aprendido a usar el diamante —informó—, pero no te preocupes que aún no lo puedo usar por completo. Aún así he adquirido grandes poderes de esa joya, es mi tesoro. Por eso te voy a aniquilar para que no vuelvas a intentar quitármelo —hizo una larga pausa—. Veo que has traído carne joven, no soy muy bueno para comer carne humana, pero ese niño se ve delicioso.
—¿Tú hiciste ese escudo mágico? —preguntó el anciano, señalando el diamante con un gesto.
—Claro que no, tampoco soy un mago. Pero como ya te habrás dado cuenta, él sí que lo era. Lo obligué a que hiciera el mejor escudo mágico que pudiera, para que ningún estúpido pueda quitarme mi tesoro. Tampoco iba a permitir que luego viniera a arrebatármelo, él es el único que sabía cómo desaparecer el campo, por lo que tuve que deshacerme de él —el dragón, por su voz, disfrutaba hablar sobre lo que había hecho.
—Si el mago que mataste era el único que sabía como quitar el campo ¿Cómo le vas hacer para poder usarlo? —dijo Sam con tono sarcástico.
—El campo fue hecho para que cualquier dragón lo traspase. Y como en un radio de cientos de kilómetros soy el único dragón, no creo que un día lo pueda perder.
—Imagino que no quieres el diamante solamente como tesoro ¿o sí? —dijo el anciano.
—Eres muy perspicaz —observó el monstruo—. Ese diamante me dará muchos poderes. Estoy pensando en atacar algunas aldeas cuando sea más poderoso, y cuando por fin logre agregar el diamante a mi cuerpo, me reuniré con los demás dragones e iniciaremos un ataque al mundo. No habrá mago ni humano capaz de detenernos, todo el mundo sucumbirá ante nuestra fuerza. Desde estos momentos todo está acabado para los humanos —la voz del dragón dejaba muy claro que disfrutaría hacer algo como aquello, y hablaba en serio.
—No lo creo —dijo el mago, colocando el bastón en frente de él.
Max sabía que algo estaba a punto de suceder, por lo que sacó su espada y la tomó con todas sus fuerzas. El miedo había desaparecido, ahora sólo sentía odio y asco por la criatura que tenían enfrente.
—¡Que payasos! creen que pueden derrotarme —se burló el dragón.
Max pasaba la vista del dragón a Sam y de Sam al dragón, allí estaba sucediendo algo que él no comprendía. Sam y el dragón se veían directamente a los ojos. Él se sentía fuera de lugar.
De repente el dragón abrió la boca y lanzó una llamarada de fuego.
—No te muevas —ordenó el anciano a Max, que ya empezaba a correr hacia el otro lado de la cueva, pero se detuvo a la orden del anciano.
El anciano movió su bastón, antes de que las llamas hicieran contacto con ellos para convertirlos en chicharrones, apareció una barrera mágica, el fuego se estrelló en ésta. Cuando las llamas desaparecieron, el dragón ya estaba justo en frente de ellos, lanzó un ataque con sus garras y la barrera de energía que había creado Sam se hizo añicos. El mago voló varios metros ante la fuerza del impacto.
El dragón parecía que realmente disfrutaba aquello, una especie de risa llena de delirio le adornaba el feo rostro.
Max se encontraba a escasamente un metro del monstruo. El cual acercó su garra a Max intentando sujetarlo, éste empezó a lanzar estocadas con su espada hacia todos lados. En una de ellas acertó en una de las garras del dragón, logrando que sangrara, pero el dragón ni siquiera pareció notarlo.
  Mientras el dragón se ocupaba de Max, Sam hizo un hechizo. Unas llamas moradas salieron de su bastón e impactaron contra el cuerpo del dragón, éste quedó aturdido y tambaleándose. Max se arrastró hacia donde estaba Sam.
Entonces el dragón cayó y se pasó llevando el tabernáculo de piedra en el que estaba el Diamante de Hezlem, el cual rodó por la cueva. Max no lo dudó ni un momento y corrió a recoger el diamante, aprovechando que se había salido del campo que lo protegía.
—¿Lo tienes? —le preguntó el anciano.
—Sí —respondió Max entregándoselo al anciano, éste lo guardó en el bolsillo.
—Vámonos de este lugar —dijo Sam a Max.
—Max asintió.
Inmediatamente salieron corriendo de la cueva. Mientras lo hacían el dragón buscaba ponerse de pie. Obviamente no iba dejar que le robaran su tesoro sin oponer resistencia.
Cuando salieron de la parte iluminada por las velas, Max volvió a ver todo de color verdusco.
Apenas se habían alejado unos metros de la cueva cuando el dragón salió disparado, lanzando llamaradas a diestra y siniestra. Max y Sam corrieron despavoridos colina abajo, tratando de escapar de las llamas de la bestia.
Estaban en verdaderos problemas. Las llamas pasaban sobre sus cabezas o caían a escasos metros de ellos, prendiendo fuego a todo lo que tocaban. En un desesperado intento por escapar de las llamas se refugiaron en un grueso árbol, al pie de la colina.
Max vio como el dragón bajaba y se detenía a una decena de metros de su posición.
—Vamos viejo, sal de tú escondite —rugió—. Nadie puede escapar del gran Zanel, y tú no serás la excepción. Te encontraré. Si no te encuentro prenderé fuego a todo el bosque ¿Te gustaría eso anciano?  —amenazó la criatura mientras giraba su cabeza en busca de los ladrones.
—Tenemos que intentar escabullirnos —dijo Sam en un leve susurro.
—De acuerdo.
—A mi señal corres hacia aquellos árboles, luego voy yo —indicó Sam estirando el cuello por el tronco.
—Entendido.
Un par de segundos después, Sam dio la señal a Max. Éste empezó a correr, Sam le siguió un segundo después
¡Qué mala suerte! Max tropezó con un vieja raíz. El ruido que hizo al caer resonó como un tambor en el silencio del bosque, alertando al dragón. Mientras Sam lo ayudaba a ponerse de pie, el dragón voló hacia ellos. Corrieron, pero las llamas del dragón cayeron justo enfrente. Ambos se detuvieron de golpe para no terminar siendo carne asada para el dragón.
El dragón empezó a reír al detenerse frente a ellos.
—Ya lo dije anciano: de mi nadie escapa —dijo con sorna.
El dragón volvió abrir la boca, pero esta vez no fue para hablar, sino para dejar salir una llamarada de fuego. Sam tuvo que actuar muy rápido para crear un campo de energía, el fuego chocó contra la barrera. El impacto de las dos fuerzas al chocar hizo que Max volara hacia atrás, fue aterrizar a escaso medio paso de un arbusto en llamas.
Mientras Max intentaba ponerse de pie, el escudo que protegía a Sam se rompió, una llamarada envolvió al mago.
—¡No! —se oyó gritar Max.
Pero muy pronto se quedo sin voz, temblando. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Tomó la espada con coraje y corrió hacia el dragón, este estaba tan concentrado asando al anciano que no se dio cuenta que el chico se acercaba. Max sembró con todas sus fuerzas la espada en la pierna izquierda del dragón, que fue lo primero que se le puso enfrente.
La bestia lanzó un agudo grito de dolor que pareció resonar en todo el bosque. Max casi le había hundido toda la espada. Sacó la espada, listo para otro ataque, pero antes de hacerlo, una enorme garra lo golpeó y lo hizo salir volando varios metros.
Se arrastró un par de metros más antes de detenerse. A pesar del golpe no soltó la espada, sabía que le iba a ser de ayuda. Mientras yacía en el suelo, incrédulo vio que Sam se levantó. Una luz brillante cubría al mago, no estaba chamuscado como había imaginado. El dragón volvió la vista con furia hacia Sam, justo cuando éste le lanzaba una gran bola de fuego. Ésta vez le dio en el pecho, el dragón retrocedió y cayó ante el impacto.
Max, como motivado por alguna fuerza extraña, se levantó y con espada en mano corrió hacia el dragón. Impresionado vio que de pronto su espada brillaba. Se detuvo frente al dragón, éste intentaba levantarse, pero Max sembró con todas sus fuerzas la espada en el estómago de la bestia. Un grave grito resonó en el bosque, aún más fuerte que el primero.
Increíble e inexplicablemente la espada brilló más, de pronto el cuerpo del dragón también brillaba. Temerosa e instintivamente Max retrocedió, mientras lo hacía algo aún más raro pasó: el dragón explotó. Producto de la explosión Max tambaleó y cayó de espaldas. Cuando se puso de pie estaba bañado de los asquerosos restos del dragón.
—¡Lo hiciste, muchacho! —exclamó el anciano con una sonrisa— ¡Eres increíble!
—Max miró al anciano sorprendido. Por supuesto que no había sido él, pero de momento no importaba eso, lo único que importaba era que el peligro había pasado.
—Recoge tú espada y larguémonos de aquí.
—Sí —estuvo de acuerdo Max que aún no entendía lo que había pasado.
Claramente vio cuando el dragón estaba quemando a Sam, ahora éste estaba sano. Bueno, había que tomar en cuenta que Sam era un mago y que no debía sorprenderle mucho. Pero lo que realmente no se explicaba era el por qué el dragón había volado en miles de pedazos. Se atrevió a creer que la espada sí era poderosa, justo como le había dicho Mynor.
De allí retomaron la dirección hacia la cabaña de Sam. En el bolsillo de la túnica del mago iba el Diamante de Hezlem, por el que habían pasado por todas aquellas dificultades. 

2 comentarios:

  1. Noooooooooooooo, siempre se queda en la parte mas interesante!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! ya no aguanto mas , xq no publicas todo el cuento de una vez porfavor , o mandamelo x correo aunque sea plissssssssssssssssss

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    1. Jaja, lo siento Marilu. El inconveniente es que aunque ya está todo escrito, aún reviso los capítulos semalmente...

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