Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

13 de marzo de 2014

La Aventura de Edd

La Rueda del Molino era una construcción de madera, vieja y desvencijada. Sus dos plantas se inclinaban hacia el costado derecho de tal manera que parecía que pronto se vendría abajo. Edd sabía que no era así. Desde que tenía uso de razón la posada siempre había sido así, y así seguiría durante mucho tiempo, quizá incluso después de su muerte, aunque confiaba que para esto último faltasen muchas décadas.
Edd guió a su jamelgo colorado, Cielo, hacia los establos. El sol era un medio disco de cobre en poniente.
—¿Traéis algo interesante que contar? —preguntó Tommy, apenas cruzó las puertas del establo. Edd negó con la cabeza—. Pues yo sí tengo algo, ¿adivina quiénes están en la posada?
Edd negó con los hombros.
—Clientes, supongo —respondió indiferente. Había visto al menos media docena de caballos frente a la posada, algunos de ellos de buena cepa.  
—Sí, pero son más que eso —exclamó Tommy. Tommy era su hermanito menor, tenía once años, seis menos que él. Siempre veía al mundo de colores brillantes, por lo que casi todo le parecía interesante. Edd quizá había sido así de chico, aunque lo dudaba, he haber sido risueño como su hermano lo recordaría—. ¡Son caballeros!
—Es cierto que no se ven muchos caballeros por estos rumbos —reconoció Edd—, pero no es como para celebrar en volandas. Espero que madre no les regale la comida, ni el alojamiento —meditó mientras desmontaba—. Ocúpate de Cielo, iré a verlos en persona.
Era cierto, o al menos tenían el aspecto de caballeros. Eran tres y ocupaban la mesa más grande y mejor barnizada de la posada. A la mesa tenían lo mejor de la cocina de su madre: Pato asado con ciruelas y salsa picante, chuletas de cerdo ahumadas, nabos, guisantes, zanahorias y cebollas cocidas al rescoldo, y una jarra del mejor vino de La Rueda del Molino. Esperaba que su madre tuviese el sentido común de no estar agasajándoles gratuitamente. Su progenitora tenía la costumbre de festejar, sin motivo aparente, a los caballeros que pasaban por allí. Y si no les ofrecía algo más, era porque la muerte de su esposo aún no quedaba muy lejana.
En una mesa más pequeña, en uno de los rincones, había cinco viandantes más. Al principio Edd no relacionó ambos grupos, pero tras una segunda ojeada cambió de parecer. El mismo polvo en sus ropas, los mismos rostros cansinos y anhelantes de una fiesta o un buen descanso. Solo que mientras los tres de la mesa principal usaban cota de mallas bajo el jubón, tenían los yelmos a un lado y las espadas colgadas al cinturón, los otros vestían ropas viejas y raídas y a su mesa no había más que sopa de cebada, cordero del día anterior y una jarra de cerveza. Edd supuso que eran los sirvientes de los caballeros.
Edd entró a la sala y se sentó en uno de los rincones, donde la luz era más opaca. Sentía curiosidad por aquellos personajes, por otro lado tenía hambre.
Su madre lo vio llegar e inmediatamente mandó a Lizzi a que se ocupara de él. La muchacha asintió y caminó hasta la mesa que había ocupado él. Edd observó molesto como los tres caballeros miraban lujuriosamente a su hermanita menor.
—Buenas tardes, hermano —saludó—. No sabíamos que habías llegado.
—Tommy me contó que había caballeros en la sala, sentí curiosidad, por lo que vine directo acá.
—¿Tienes hambre?
—Sí, un poco —admitió—. Tráeme lo que puedas conseguirme —sabía que era inútil pedir algo del banquete con el que los caballeros se agasajaban. Probablemente su madre lo había preparado exclusivamente para ellos. Sólo esperaba que no lo estuviera regalando, con lo mal que andaban las cosas…
Su hermana asintió y se dirigió a la cocina.
Lizzi era una bonita muchachita de quince años. Siempre llevaba su negro cabello suelto, cayéndole en bucles sobre los hombros. Tenía los ojos verdes, al igual que Edd, y el rostro ovalado, precioso como el atardecer. Sus gruesos y sonrosados labios eran el sueño de muchos. Era alta y de anchas caderas. En conjunto, una hermosa muchacha, y no lo decía porque fuese su hermana. Lo mejor de todo es que era de trato fácil y por ello caía bien a todo el mundo. Aunque en aquellos momentos deseó que no le agradase a aquellos tres tipos.
Los tres caballeros la desnudaron con la vista mientras iba a la cocina. La sangre le subió a la cabeza a Edd, tanto así que sintió el impulso de gritarles que dejaran de ver de esa forma a su hermana. Afortunadamente reprimió el impulso antes de que cobrara forma.
Lizzi volvió después de un rato, con un humeante guiso y un vaso de limonada. Lo puso frente a él y ocupó otra de las sillas.
—¿Qué tal el pueblo? —preguntó.
Lizzi daba por sentado que La Rueda del Molino ya no formaba parte del Canto Dorado, el pueblo que estaba un kilómetro río abajo. De manera que cuando él o su madre iban al pueblo, siempre se interesaba por cualquier noticia que pudieran traer de él. Por un lado Edd la comprendía, ella y Tommy raramente salían de la posada, excepto para bañarse en el Rueda Rueda que discurría atrás de La Rueda del Molino, o para ocuparse de los cultivos que cosechaban en la parcela que tenían frente a la posada. Por otra parte, cualquier novedad que pudiera haber, era bastante probable que ella ya estuviese al tanto, muchos jóvenes del pueblo subían a la posada para tomarse una cerveza y para tratar de ganar su corazón y, entre lo uno y lo otro, llevaban noticias del pueblo o de cualquier otra cosa que hayan escuchado aunque fuera de pasada.
—Como siempre —respondió Edd con voz átona—. Aunque pensándolo bien, creo que está un poco lúgubre —probó un poco del guisado y le supo a gloria.
—¿Lúgubre?
—Sí. Ya sabes, la helada. No fuimos los únicos que perdimos gran parte de nuestros cultivos, muchos lo perdieron todo. Al menos nosotros tenemos la posada, podemos sobrevivir… ¿pero ellos?, muchos no tenían otra cosa.
—Malas noticias —lamentó Lizzi. Era una chica de buen corazón.
—De acuerdo —asintió Edd—. Lo peor de todo es que no encontré a nadie que pudiera venderme semillas para volver a plantar. Tal parece ser que tendré que ir a la ciudad para proveerme.
Los ojos de Lizzi se abrieron como platos.
—¡La ciudad! —exclamó—. ¡Oh, Edd, tienes que llevarme! Billy dice que dentro de una semana habrá un torneo, quizá podríamos quedarnos para verlo. Nunca he visto uno —Billy era uno de los muchachos que llegaban a la posada para atiborrarse con un buen guiso y pasarse una buena tarra de cerveza, aunque Edd sabía que no lo hacía solo por eso.
—Lo siento, Lizzi, pero esto no será un viaje de placer —dijo Edd—. Tampoco tenemos dinero para hospedarnos en la ciudad. Además tienes que ayudar a mamá. Hablando de mamá ¿sabes si está cobrando a los caballeros?
—No lo sé —dijo Lizzi, encogiéndose de hombros, apática.
—Vamos, Lizzi, no lo tomes a mal. Te prometo que un día te llevaré a la ciudad para ver un torneo. Más adelante, cuando todo esté bien —aclaró.
—¿Y cuándo será eso?
—Pronto.
Su hermana se levantó molesta y fue hacia la cocina. Los tres caballeros la devoraron con la vista mientras desfilaba frente a ellos. Curiosamente los otros cinco comensales ni siquiera le dirigieron una ojeada. Edd sospechó que sus señores les tenían tajantemente prohibido ver a las mujeres que ellos miraban. Aquello de alguna manera lo puso más furioso. ¿Quiénes se creían aquellos tipos para impedir que alguien mirara a su hermana sólo porque ellos así lo querían? Aunque por supuesto, lo que menos quería era que los otros cinco individuos encendieran su lascivia gracias a ella.
Uno de los caballeros, el más alto, el más gallardo y robusto, en cuya pechera llevaba bordado un escorpión rojo, asomó la lengua entre los labios y la deslizó con parsimonia sobre cada uno de ellos.
—Creo que me están dando ganas de pasar la noche aquí —comentó con una sonrisa, una sonrisa libidinosa. Edd supo que no lo decía porque de pronto se hubiese sentido cansado y su cuerpo anhelara una cama. No, nada de eso.
—Creo que bien merece una moneda de plata —dijo otro, de espeso bigote negro y más bajo que el primero pero más alto que el tercero, en el pecho lucía como emblema una serpiente plateada.
—Si es virgen podemos pagar una de oro —agregó el tercero, era el más viejo y feo de los tres. Además de pequeño y regordete, un ojo estrambótico y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, no ayudaban en nada a mejorar su aspecto. Sobre el jubón llevaba bordado una araña negra.
Por sus aspectos y por sus enseñas Edd supuso que eran caballeros errantes, sí es que lo eran. De esos que no tienen familia ni hogar, y cuyo único medio de vida son los torneos, rencillas entre lores y el pillaje. Si sus figuraciones eran ciertas, era harto probable que la alusión a las monedas fuera mucho más que eso.
—De todas maneras pronto llegaremos a Fuerte Gris —dijo el del espeso bigote negro—. Lo que menos falta allí son las jodidas putas.
—Para eso todavía faltan al menos tres jornadas de marcha —mencionó el más alto—. No nos vendría mal algo de diversión antes de llegar.
Los otros dos caballeros rieron mostrando su acuerdo.
—¡Hey, muchacha! ¡Ven aquí! —gritó el de la enseña del escorpión.
Edd se puso de pie de un salto. Aquello auguraba problemas.
Lizzi se acercó, temerosa. No había escuchado lo que los caballeros hablaron, pero su semblante serio y receloso presentía algo malo.
—¿En qué puedo serviros? —preguntó educadamente.
—¿Eres virgen? —preguntó rudamente el más feo de los tres.
Lizzi palideció y retrocedió un paso.
—¡Ya basta! —dijo Edd—. ¿Qué clase de preguntas son esas? Lizzi, regresa con mamá —agregó.
Lizzi hizo ademán de obedecer pero el brazo del caballero de bigote negro la detuvo.
—Mi amigo te hizo una pregunta, responde —matizó, ignorando por completo a Edd.
Edd llegó hasta su hermana de tres zancadas y la apartó de aquellos tipos.
—Tranquilo, Edd —dijo su hermana, temblorosa—. Sólo es una pregunta, puedo responderles.
—¿Y bien? —inquirió el caballero de la enseña del escorpión, cruzándose de piernas y enarcando una ceja. La intervención de Edd en lugar de molestarles parecía divertirles.
—Sí, lo soy —respondió Lizzi con la vista clavada en el suelo de madera.
—Un Milenium de oro por vuestra virginidad —dijo el caballero de más estatura.
—¿Qué? —los ojos de Lizzi se abrieron como platos aterrados.
—¿Qué demonios sucede aquí? —rugió su madre acercándose a ellos.
Los otros cinco comensales apenas si desviaban la vista de su mesa. Lo que allí estuviera sucediendo les traía sin cuidado.
—Quiero a tú mesera —dijo el caballero del escorpión—. Te pagaré un Milenium por ella.
—No es mi mesera, es mi hija —matizó la robusta matrona—. Y no está en venta.
Los tres caballeros rieron a labio partido.
Edd sentía como la sangre se le agolpaba en la cabeza. No pensaba permitir que aquellos tipejos se burlaran de su familia, menos que desprestigiaran a su dulce hermanita. Lo único que quería en aquellos instantes era coger el banco que estaba un paso tras él y romperlo en sus cabezotas, pero dudaba ser lo suficientemente rápido para lograrlo. Después de todo ellos eran caballeros, ungidos ante los dioses, aunque solo de nombre; él no era más que un campesino, hijo de otro campesino y una posadera. Para salir de aquella tenía que usar la cabeza.
—También es mi hermana —adujo, con más calma de la que sentía—. Lamento deciros, caballeros, que ella no está en venta.
Los caballeros volvieron a prorrumpir en carcajadas, como si fuese lo más gracioso que hubiesen escuchado en años.
—Lamento decirte, niño —empezó el del espeso bigote negro, mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos—, y esto también va para vosotras, zorras, que en ningún momento hemos pedido vuestra autorización.
—¿Qué demonios queréis decir? —rugió Edd, olvidado ya todo rastro de calma en su voz.
—Que haríais mejor en aceptar nuestra oferta que obligarnos a tomar lo que queremos a la fuerza —aclaró el caballero del escorpión rojo, ya recuperada la seriedad en su semblante—. Y sentíos agradecidos de que no os pidamos cambio.
—¡Mi hija no es ninguna zorra, gilipollas! —vociferó su madre, al tiempo que tomaba a su hija por el codo y trataba de alejarla de aquellos patanes.
Lo siguiente sucedió tan deprisa que hasta un aguzado ojo habría tenido dificultades para saber con certeza lo que allí ocurrió. El caballero del mostacho negro, que era quien más cerca de su madre se encontraba, se levantó de un salto y le asestó una sonora bofetada a la matrona. Su madre cayó al suelo y el caballero cogió del brazo a su hermana. Sin detenerse siquiera a pensar, Edd tomó el banco que había tras él, de buena caoba, y lo estrelló en la nuca del caballero. Acto seguido se abalanzó sobre el más alto de los caballeros, pero antes de llegar a él, el otro individuó le dio un puñetazo en la cabeza, haciéndole caer.
Un segundo después Edd se encontraba debajo del achaparrado caballero recibiendo una severa tunda, mientras su hermana gritaba y suplicaba. Los otros cinco viandantes seguían sin moverse de su mesa, apenas si habían girado la cabeza para ver el espectáculo. Edd los odió más que a los que lo golpeaban. En aquellos momentos irrumpió Tommy, con un garrote en la mano. Al ver lo que sucedía se abalanzó sobre el tipo que lo golpeaba, pero un pescozazo del caballero del escorpión rojo bastó para dejarlo inconsciente.
Por fin, después de lo que pareció una eternidad, los golpes sobre el rostro de Edd cesaron. No se podía ver pero tenía la completa seguridad de que tenía el rostro hecho un desastre, sentía la sangre recorrer a cantaros su rostro.
—¡Malditos! —balbució.
El caballero de la cicatriz se puso de pie con una gran sonrisa en el rostro.
Si tan sólo pudiera ponerse de pie y llegar hasta su habitación… en ella estaban su arco y el carcaj repleto de flechas. Edd era un buen tirador con arco. En el último concurso celebrado en Canto Rodado se había llevado el tercer lugar… si tan sólo pudiera llegar hasta allá. Una flecha en la garganta de cada uno… si tan sólo pudiera.
Intentó ponerse de pie pero fue inútil. Entonces se puso boca abajo y se sostuvo con los codos hasta que logró ponerse a cuatro patas. Se impulsó para terminar la faena, pero antes de lograrlo una patada en el vientre lo hizo volver al suelo.  
Edd gimió. Era todo lo que de sus labios podía salir. Gemidos y sangre.
Otra patada en las costillas lo hizo revolcarse en el suelo, hasta quedar boca arriba.
Con ojos de moribundo logró percibir algo de su alrededor. Los cinco viandantes de la mesa de la esquina observaban impávidos la escena, dos de ellos sostenían sus jarras de cerveza cerca de los labios. Tommy, su hermano menor, yacía sin conocimiento a cuatro pasos de su posición. Su madre, con lágrimas en los ojos y una mano en el rostro, estaba acurrucada junto a una mesa. Lizzi, su dulce hermana, lloraba desconsoladamente junto a su cabeza. Los tres caballeros, el de mostacho negro ya repuesto aunque sobándose la nuca, miraban jubilosos lo que habían causado.
El caballero del escorpión rojo avanzó una zancada y con uno de sus musculosos brazos levantó bruscamente a Lizzi.
—¡No! —fue lo único que logró mascullar.
El caballero la atrajo hacia sí y de un tirón le arrancó la falda.
Con lo último de sus fuerzas Edd trató de incorporarse. Una fuerte patada en la cabeza, de alguno de los caballeros, lo hizo desistir de su esfuerzo. Lo último que vio antes de sumergirse en una negrura absoluta, fue a su hermana siendo alzada en vilo y tirada a la mesa. El caballero alto y que lucía el emblema de un escorpión rojo le desgarró la ropa interior y empezó a desatarse los pantalones… lo último que oyó fue los sollozos de su progenitora y de Lizzi y la risa, la risa de aquellos monstruos.
Después todo fue oscuridad.

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