Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de marzo de 2014

La Aventura de Edd (Continuación)

Lo primero que vio al abrir los ojos fue un halo de luz alrededor de la cabeza de su progenitora. Su madre se levantó presurosa del banco que ocupaba y se acercó a su cama.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con dulzura.
—Bien —respondió Edd—. Me duele la cabeza pero… ¿Qué pasó? —preguntó de pronto.
Tras su pregunta se agolparon en su mente las imágenes de todo lo que había sucedido. Los tres caballeros; uno de ellos golpeando a su madre, otro aporreándole la cabeza a él, Tommy inconsciente y lo último… ¡Lizzi! Lizzi siendo arrojada sobre la mesa y el hombre desatándose los calzones…
—¡Lizzi! ¿Qué ocurrió con Lizzi?
Su madre parecía a punto de echarse a llorar. De pronto se había vuelto vieja y cansada.
—Descansa, querido, duerme, después te contaré lo que sucedió con tú hermana.
—¡No! —vociferó Edd incorporándose en la cama, le costó un mundo hacerlo pero lo logró—. Necesito saber qué ocurrió con mi hermana.
Su madre no lo soportó más y se echo a llorar.
—¡La violaron, Edd! —dijo entre lágrimas—. ¡Los tres! Primero el más alto y fornido, luego el del bigote negro y por último el de la fea cicatriz. ¡Es lo más horrible que he pasado en la vida!
—¿Dónde está Lizzi, mamá? —preguntó. Le dolía lo que su madre le contó, pero lo había esperado, no era una sorpresa. Su madre le rehuyó la vista—. ¿Dónde está Lizzi? —rugió nuevamente.
—¡Se la llevaron, Edd! ¡Se llevaron a tu hermana! —Y se echó a sus brazos.
Aquello sí que fue una sorpresa. ¡Se habían llevado a su hermana! No conformes con haberla ultrajado, se la llevaban para… para… para su puta. Le dolió un mar pensar aquella palabra. No pudo evitar llorar sobre los hombros su madre. 
De pronto Edd tomó una decisión.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó.
—Unas seis horas. Ahora mismo es de madrugada.
—¿Tú estás bien? —preguntó— ¿Y Tommy?
—Nosotros estamos bien, cariño. Tommy duerme ahora mismo en su habitación. El golpe que recibió no causó mayores dificultades. Y yo estoy aquí, contigo.
—Bien —asintió Edd—. Levanta a Tommy y dile que ensille a Cielo.
Su madre lo miró de hito en hito.
—¿No estarás pensando…?
—Sí mamá, es lo que estoy pensando. Voy por mi hermana.
—¿Pero qué locuras estás diciendo? ¡Apenas si puedes sentarte en la cama!
—Entonces lo haré yo mismo —dijo, no estaba de humor para discutir.
Cinco minutos más tarde descendía torpemente los escalones de la posada. Su madre venía tras él suplicándole que desistiera de tal tontería, sólo conseguiría que lo mataran. Tommy había despertado ante los ecos de las súplicas de la madre. Edd lo había mandado ensillar a Cielo.
El exterior aún estaba sumido en penumbras. Una débil media luna se alzaba en el cielo, rodeaba de pocas y diminutas estrellas. Al este, una luz amarillenta asomaba en el horizonte, denotando que el alba no estaba lejos.
Tommy se acercó a Edd sosteniendo en una mano las riendas de Cielo. Edd amarró la alforja y el pellejo de agua a la silla. Colgó el carcaj repleto de flechas en la perilla y se montó torpemente, dejando el largo arco listo para utilizar. Cazaría a esos tres imbéciles como liebres.
Su madre seguía suplicando cuando Edd espoleó a su montura. Guió a Cielo hacia el noreste, siguiendo la margen izquierda del Rueda Rueda, hacia Fuerte Gris.
Los primeros rayos del sol lo alcanzaron una hora más tarde. Se había detenido junto al río para dar de beber a Cielo y recuperar algo de aliento. Además, aprovechó la ocasión para dilucidar un plan de acción. Cinco minutos más tarde ya tenía uno: Cabalgaría hasta alcanzar a los raptores y los acribillaría a flechas antes de que pudieran reaccionar. No era un gran plan, pero había oído por allí que a veces los planes más sencillos eran los más efectivos.
Montó de nuevo a Cielo, pinchó sus costados y salió pitando en pos de los caballeros. Cedros, castaños, olmos y alisos, pasaban a su lado como formas borrosas. Bandadas de cuervos se apartaban de su camino al escuchar la trápala de su jamelgo. Cada vara recorrida era una punzada de dolor para su maltrecho cuerpo. Le dolía el vientre, las costillas, la cabeza, el rostro, incluso el cabello, cosa rara. Pero no importaba, su hermanita era para él lo más importante del mundo, tenía que traerla de vuelta y cobrar venganza por los agravios percibidos por su persona.
A media mañana llegó al Rueda Brillo, un pueblo gris y vecino más cercano de Canto Dorado. Las casas de bálago y adobe aún mostraban escarchas blancas de la nieve caída la noche anterior. Pocos peatones ocupaban las calles de tierra endurecida por el paso de generaciones de pueblerinos, comerciantes y viajantes. Edd decidió que tenía que entrar con cuidado. Su hermana y sus captores podrían encontrarse allí.
Guió a Cielo entre las estrechas callejas a paso lento. Unos niños jugaban a las espadas frente a una panadería, cuando lo vieron se asustaron y retrocedieron un par de pasos hasta marcar una distancia prudente. Dos jovencitas, de siluetas bastante llamativas por cierto, regresaban del pozo público con dos cántaros de agua, lo miraron con desconfianza y empezaron a cuchichear nerviosamente entre sí. Edd las saludó con la cabeza para demostrarles que no era ningún bandido o algún violador. Las muchachas le sonrieron tímidamente.
Se detuvo junto al mostrador de la panadería, rebuscó en sus bolsillos y pidió una hogaza de pan. No tenía hambre, y si la tuviera llevaba algo de comer en la alforja, pero necesitaba preguntarle algo al panadero.
—Tiene muy mal aspecto, joven —dijo el panadero haciendo entrega de su pedido—. ¿Una pelea de taberna?
—Más o menos —respondió Edd—. Disculpadme señor, pero me gustaría haceros una pregunta.
—Adelante.
—¿Habéis visto pasar un séquito de unos ocho hombres y una joven?
—¿Vais con ellos?
—Sí.
—Mmm —el hombre se encogió de hombros—. Llegaron por la mañana. Lo más probable es que ya se hayan marchado. Aunque también es posible que estén en una de las posadas.
—Gracias —dijo, haciéndole entrega de la moneda de cobre.
—De verdad necesita descansar. Parece un muerto que camina… o cabalga.
—Gracias, lo tendré en cuenta.
De manera que ya habían pasado por allí, no hace mucho si confiaba en el testimonio del panadero. Y hasta era posible que aún estuvieran en el pueblo. De pronto se sintió nervioso y descubierto. Deseó haberse traído su capa, la que tenía capucha, así podría recorrer el pueblo de incognito. Pero puesto que desear imposibles era de necios, decidió que simplemente tenía que andarse con cuidado. Si lo descubrían antes de tiempo tras sus pasos estaría todo perdido.
La primera posada, La Trucha Azul, se encontraba un par de manzanas delante de la panadería. El corazón empezó a coger velocidad mientras guiaba a Cielo hasta ella. Se acercó sigilosamente a la puerta y echó un vistazo: había dos clientes, pero ni rastro de los caballeros. La siguiente posada, El Ardor de la Rueda, se encontraba al otro lado de la calle, cincuenta metros más adelante. Cuando se acercaba a la puerta de ésta escuchó una estrepitosa risa, era una risa que ya había oído hacía unas cuantas horas, no sabía a cuál de los tres caballeros pertenecía, pero se jugaría la vida a que pertenecía a uno de ellos.
Detuvo a Cielo instantáneamente. Su primer impulso fue entrar hecho una tromba, coger su arco y tomarla contra los caballeros, pero en cambio decidió respirar profundo y barajar sus posibilidades. Si entraba a la posada sus posibilidades de éxito serían mínimas, era posible que lograra asestar un proyectil a uno, quizá incluso a dos, pero a los tres era una utopía. Además estaban los sirvientes, que aunque la noche anterior no habían intervenido, no se atrevía a asegurar que harían lo mismo en cuanto vieran que atacaban a sus patrones. Y aunque no interviniesen, y él lograra deshacerse de los tres caballeros, faena casi imposible, medio pueblo lo reconocería, y en cuanto las autoridades buscaran un culpable, él sería presa fácil. No, tenía que ser más inteligente, su venganza tenía que ser perfecta. De manera que decidió optar por otra alternativa.
Espoleó a Cielo y pasó hecho un rayo frente a la puerta de la posada. De reojo logró vislumbrar la silueta de dos de los tres caballeros, pero nadie lo había visto. Cruzó el resto del pueblo sin aminorar la marcha. Ya fuera de éste llevó a Cielo a beber un poco de agua al río, mientras él mordisqueó la hogaza de pan y buscó con la vista un lugar apropiado para tender una emboscada. Tarde temprano los violadores pasarían por ese camino y él los estaría esperando.
No encontró ninguno de su agrado allí cerca. Así que subió nuevamente sobre Cielo y continuó recorriendo el camino en busca del lugar idóneo. Lo encontró una media hora más tarde, a poco más de una milla del Rueda Brillo. Se trataba de un altozano, ubicado al lado izquierdo del camino, y circundado por unos cuantos robles y un par de castaños, todos muy jóvenes.
Condujo a Cielo unos trescientos metros fuera del camino y amarró las riendas en la rama baja de un enorme cedro. Después regresó al lugar escogido para esperar y allí se apostó. Sacó todas las flechas del carcaj, dieciséis en total, y las sembró en la tierra formando dos hileras. Cogió el arco y lo tensó para probar su resistencia, sonrió complacido. Se arrimó a un roble, desde donde tenía una vista envidiable del camino, y esperó expectante.
Los minutos empezaron a transcurrir lenta y pesadamente, el camino seguía imperturbable. Suaves brisas, el trino de los pájaros y el graznido de uno que otro cuervo aliviaban de vez en cuando la monotonía de la espera. De vez en cuando pasaban viajantes en el camino, siempre en parejas o grupos, viajar sólo por los caminos no era nada recomendable.
Transcurrida una hora Edd empezó a impacientarse, ni rastros de los secuestradores de Lizzi. ¿Es qué tanto comían esos tipos? Ó ¿Estaban ocupando la posada para seguir saciando sus sucios apetitos con el cuerpo de su hermana? Ese pensamiento hizo que le subiera la sangre a la cabeza y tensara el arco sin motivo alguno. Deseó que aparecieran ya. Antes de que los nervios lo acosaran de tal manera que sintiera ganas de salir huyendo.
Lo que no había esperado era ver a tres jóvenes de Canto Dorado. Los reconoció apenas estuvieron a su vista. Bill, Caesan y Dorian, curiosamente los tres eran enamorados de su hermana, y de media docena de chicas más por supuesto, pero Lizzi parecía ser la favorita. Bill, el más grande y fornido avanzaba en el centro, un arco largo le cruzaba la espalda. Caesan y Dorian iban a los lados, también con arcos, sólo que más cortos. Los tres llevaban los carcajes amarrados a la perilla de la silla. Pero no iban armados únicamente con los arcos. Bill, gracias a que su padre era un mercader más o menos próspero, llevaba a la cintura una espada, se decía que la usaba muy bien y que más temprano que tarde sería nombrado caballero por el lord de la región. Caesan, hijo de campesinos, llevaba un hacha herrumbrosa y de mango corto, sujeta a la perilla. Dorian era de los tres, él único que parecía no llevar armas extras. «¿A dónde se dirigen esos imbéciles?», se preguntó.
Los tres llevaban sus monturas al paso. Ninguno de los tres mantenía la cabeza quieta, ora miraban a la izquierda, luego a la derecha, después atrás. Parecía que buscaban algo, o temían a algo. Pero entonces oyó su nombre.
—Edd —llamaba Bill.
El corazón de Edd dio un vuelco de felicidad. Lo buscaban a él. Y sólo podía ser por una razón. Abandonó su escondrijo y, arco en mano, salió al camino.
—¡Caramba! ¡Allí está! —exclamó a voz en grito Caesan. Los tres espolearon a sus monturas hasta llegar donde él los esperaba.
—¡Qué alegría encontrarte! —dijo Bill.
—¿Qué hacéis aquí? —replicó Edd.
—Venimos a recuperar a mi novia —afirmó Dorian.
—¡Ya quisieras! —puyó Caesan.
—Después de que salisteis de la posada —empezó a contar Bill—, tú madre se quedó muy preocupada y mandó a Tommy a buscar ayuda. Tommy fue a mí casa y me contó a grandes rasgos lo que había sucedido. Cuando comprendí la gravedad del asunto fui a por este par de idiotas para que acudiésemos en tú ayuda.
—¡Hey! Más respeto —dijo Dorian.
—En Rueda Brillo vimos a Lizzi y quienes estaban con ellos no pueden ser otros más que sus captores —dijo Bill, lanzando una mirada furibunda a Dorian—. Lizzi nos reconoció pero nos la arreglamos para que fingiera no conocernos. En estos momentos ya deben haber salido del pueblo. Será mejor que nos ocultemos y nos preparemos para practicar tiro al blanco de caballeros.
Edd tenía tantas cosas que decir y tantas preguntas que hacer, pero se las tragó y se puso a lo más importante. Cinco minutos más tarde los cuatro jóvenes ya habían tomado posiciones ventajosas. Él se quedó junto a Dorian, en el sitio que había escogido desde el principio. Bill y Caesan se apostaron del otro lado del camino, tras un olmo de tupido ramaje.
En efecto, la comitiva que había raptado a su hermana no tardó en aparecer. Dos de los sirvientes abrían la marcha, los caballeros iban al centro, y los otros tres criados la cerraban, uno de los cuales tiraba de las riendas de una bestia que halaba una carreta cubierta con lona negra. Edd los examinó minuciosamente en busca de armas. Se contentó al ver que solo los caballeros portaban espadas, y sólo uno de ellos llevaba además un arco. Lo mejor de todo, no usaban armaduras ni tenían escudos a la mano, supuso que estos enseres viajaban en la carreta.
Lizzi iba sentada a horcajadas en el caballo del caballero más alto, el de la enseña del escorpión. El caballero la llevaba adelante. La chica llevaba la cara hacia abajo y sus ropas se veían sucias y raídas. El hombre la rodeaba con un brazo, que continuamente le acariciaba los pechos y que luego descendía a su entrepierna para regresar nuevamente a los senos. Lizzi parecía ajena a ello.
El odio y la furia se apodaron de Edd. De reojo vio que Dorian miraba la escena con la boca abierta y con el rostro ligeramente colorado. Edd trató de calmarse. Si no se calmaba podría convertir el rescate en un desastre.
—Tranquilo, Dorian —susurró. Su amigo asintió—. Tú apunta al de la derecha, yo haré lo mismo con el de la izquierda. —Al otro caballero era imposible apuntarle ya que su hermana le servía de escudo.
Edd tensó el arco con la flecha ya colocada y esperó a que los caballeros cruzaran la línea imaginaria que habían trazado. Dorian hizo otro tanto.
Cuando los caballeros estuvieron a menos de quince metros, cuatro flechas silbaron. Dos se clavaron en el caballero de la fea cicatriz y otras dos en el caballero del mostacho negro. Se oyeron gritos de dolor tras los impactos, exclamaciones y gritos de terror provenientes de los sirvientes, una maldición salió de los labios del único caballero que permanecía indemne y varios caballos se encabritaron, tirando al suelo a sus jinetes. Excepto uno. Pero Lizzi aprovechó la confusión, inteligente como era, mordió la mano de su opresor y se tiró del caballo. El caballero se olvidó de ella y sacó su espada. Los otros dos hicieron lo mismo, uno en el suelo y otro todavía sobre su montura, pero estaban tan mal heridos que era poco probable que pudiesen luchar, lo hacían como un último acto de valentía.
La segunda flecha de Edd se clavó en la garganta del caballero de la enseña del escorpión. El caballero se llevó la mano al cuello, y se desplomó, pero antes de tocar el suelo otras dos flechas habían hecho blanco con él. Las siguientes flechas sirvieron para rematar a los tres.
Edd salió de su escondite a por su hermana. Cuando eso, los tres caballeros yacían en el suelo, muertos, y tenían tan aspecto de caballeros como de puercoespines. De los sirvientes no había ni rastros. Tres habían huido en los caballos, y los otros, al echarse a correr éstos, también habían corrido como si uno de los dioses los persiguiera.
—¡Lizzi! —dijo Edd abrazando a su querida hermana. Tenía moretones en el rostro y las ropas más rotas que las de un pordiosero. Pero estaba bien, eso era lo importante.
Lo había logrado. Recuperó a su hermana sana y salva. Sin saber por qué, y a pesar de que tenía todo el cuerpo magullado, en lugar de llorar se echó a reír como un loco.

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