Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

31 de marzo de 2014

El Muerto de la Carretera

Era noche cerrada. La mortecina luz de la luna cubría la tierra con un manto amarillento. David consultó la hora en su teléfono celular; las doce y cinco. Ya era lunes. Los faros del coche iluminaban la desierta carretera mientras conducía a la ciudad. Había ido a visitar a sus padres durante el fin de semana. Siempre acostumbraba ir a verlos al menos una vez al mes. Lo normal era que se quedase a pasar la noche con ellos y se levantase a las cinco de la mañana para regresar temprano a la ciudad. Pero aquel día había reunión a las cinco de la mañana en las instalaciones de la empresa para la que trabajaba, por lo que tras la cena y una larga charla con sus progenitores había optado por regresar esa misma noche.
Conducía a velocidad moderada y una canción romántica sonaba en el estéreo cuando las luces iluminaron la silueta de un coche, fuera de la carretera. El coche se había salido de la carretera y se había estampado contra un árbol. Su primer pensamiento fue continuar su camino, pero la curiosidad pudo más que la prudencia. Así fue como estacionó su coche en la orilla y bajó a dar un vistazo. No tenía lámpara a la mano pero la luz de la luna permitía ver con cierta claridad después de que los ojos se hubieron acostumbrado a ella. Se trataba de una camioneta, algo pasada de moda, negra y de vidrios oscuros. Había caucho allí donde los neumáticos habían derrapado. El árbol contra el que chocó estaba inclinado, como si el golpe hubiese estado a punto de derribarlo. La parte delantera de la camioneta estaba aplastada, tenía el capote levantado y encogido y los vidrios de las ventanillas rotos.
David se acercó cautelosamente a la camioneta. Con la luz de la pantalla del celular iluminó el asiento del conductor. No había nadie. David retrocedió impresionado, había esperado encontrar al desafortunado conductor hecho un desastre y sin vida, más sin embargo no había nadie. Luego reparó en la sangre que había en los bordes del vidrió de la ventanilla delantera, el hombre había salido por allí. Con creciente horror, pero igual curiosidad, avanzó hacia adelante. Encontró al conductor recostado contra el tronco de un árbol diez metros más adelante. El rastro de sangre de sangre señalaba que se había arrastrado y que él mismo se había puesto en aquella posición. David observó horrorizado y maravillado la escena. El hombre tenía cortes en el rostro, los brazos y el tórax. Las piernas las tenía dobladas en un ángulo tan grotesco que alguien con menos estómago habría vomitado allí mismo. David se maravillaba que el hombre hubiese tenido aliento para arrastrarse hasta allí.
Estaba muerto.
Los pantalones negros estaban rotos y manchados de sangre. La playera, con la imagen de una calavera en la parte frontal, también estaba rasgada allí donde los vidrios le habían desgarrado la carne. Tenía la cabeza apoyada contra el árbol y los párpados cerrados. De pronto los ojos se abrieron. Dos ojos blancos y grandes.
David retrocedió, y por poco cae de culo.
—¡A-a-a-yu-da! —gimió el hombre mientras extendía una mano hacia él.
David retrocedió un par de pasos, dio media vuelta y corrió despavorido hasta su coche. Puso el motor en marcha y condujo para alejarse de allí. Más tarde se reprendería por haber reaccionado así. Había sido por temor, sí, eso era. Durante una fracción de segundo había tenido la terrible sensación de que el hombre estaba muerto y que le pedía ayuda desde el más allá, desde el mundo de los no vivos. Su mente racional le decía que eso no era posible. Pero una parte de su ser le decía lo contrario.
Llegó a su casa cerca de la una de la madrugada y se echó a dormir inmediatamente. Le costó un mundo conciliar el sueño. En la pantalla de su mente veía desfilar una y otra vez aquellos ojos enormes y blancos. Si no eran los ojos era el cuerpo entero. Veía los arañazos, los desgarrones en su piel, sus piernas atrofiadas. Y cuando no era lo uno ni lo otro, en el fondo de su mente oía la palabra «¡A-a-a-yu-da!», tal cual la había pronunciado el muerto, débil, susurrante, cargada de dolor y miedo.
Después, mucho después de haberse acostado, y tras medio centenar de vueltas en la cama, se sumergió en un sueño liviano e intranquilo. Cosa nada rara, soñó con el muerto de la carretera. Lo soñó tal cual lo había visto, con el pantalón negro y desgarrado, con la playera de la calavera en la parte delantera manchada de sangre, con las piernas en un ángulo repulsivo. Y él estaba allí, de pie. Entonces el hombre abrió aquellos ojos inhumanos y con su último aliento extendió la mano hacia él y suplicó su ayuda. Despertó jadeante y sudoroso. Aterrorizado escudriñó la oscuridad de su habitación, tenía la sensación de que algo o alguien oscuro y maligno lo vigilaba. Pero no había nadie, sólo estaba él, su entrecortada respiración y su sudor.
—Sólo fue una pesadilla —trató de consolarse en un susurro.
Se arrebujó en las sábanas y volvió a intentar conciliar el sueño.
Cuando llegó la mañana, David apenas si había podido dormir. No recordaba las veces que se despertó sobresaltado al soñar una y otra vez con el mismo individuo, la misma pesadilla. Siempre se despertaba cuando el hombre extendía su mano y suplicaba ayuda.
«Debí haberlo ayudado —pensó—. No debí huir como cobarde. Es mi propia conciencia quien me atormenta».
Afortunadamente la ducha matutina le ayudó a despejar su mente y el trabajo mantiene lo suficientemente ocupada su cabeza como para preocuparse de un hombre muerto en un accidente de carretera y en las pesadillas derivadas de su visión.
Hasta la noche.
Comía una ensalada de carne en el sofá, cuando en el noticiero informaron sobre la muerte de un tal Björn Sorensen. Su camioneta se salió de la carretera y se estampó contra un árbol. La autopsia reveló que murió alrededor de las cuatro de la madrugada, si alguien lo hubiese auxiliado era probable que viviera. David mira anonadado una fotografía del fallecido, es el mismo tipo del que huyó la noche anterior.
«Si alguien lo hubiera auxiliado hubiera vivido», piensa.
Esa noche las pesadillas lo vuelven a acosar. Solo que ahora han sufrido una variación. Björn ya no se limita solamente a pedirle ayuda sino que dice algo más:
—¿Por qué no me ayudaste?
En el sueño David se echa a correr como loco. Pero no corre hacia el auto como lo hizo en la realidad, porque no hay auto, sino que lo hace hacia la negrura que es el bosque. De reojo ve que el hombre empieza a ponerse de pie y su sonrisa maquiavélica deja entrever que piensa perseguirlo.
David despertó con tal pavor que su único deseo es no volver a dormir. Tras la pesadilla se levantó y fue a prepararse una taza de café. Mientras se la toma en la cocina no deja de mover los ojos nerviosamente, tiene miedo, un profundo miedo de que algo lo está acechando. El espectro de Björn Sorensen tal vez.
Tras una segunda taza de café logra calmarse y analizar su situación. Es la culpa, piensa, es la culpa la que lo atormenta. Trata de apaciguar su conciencia explicándole que él creyó que el hombre ya estaba muerto, y que por eso no lo ayudó. Si logra convencer a su fuero interior de que él no tiene la culpa de que el tal Björn haya muerto, entonces todo cesará, el miedo y las pesadillas.
Por supuesto, él está convencido de que no es su culpa. Después de todo, él no causó el accidente. Pero las pesadillas siguen, siguen y siguen. Esa noche sigue teniendo el mismo sueño, en el que se despierta tras echarse a correr hacia la negrura del bosque. La siguiente noche el sueño sufre una nueva variación. Tras echarse a correr hacia el bosque, ve como Björn se pone de pie y empieza a perseguirlo. Verlo correr con las piernas dobladas en aquel ángulo tan grotesco resulta más perturbador que cualquier cosa en el mundo, aún en el mundo de los sueños. Sin embargo corre más rápido que él y pronto le da alcance. Cuando Björn alarga la mano para cogerlo por la chaqueta, David despierta llorando como un bebé.
Ese día las ojeras de David semejaban dos bolsas negras. No faltó en el trabajo quien le preguntara si se encontraba bien, a lo que David respondió que solo había tenido una mala noche. Incluso la señora Marta, la dueña del piso que alquilaba, le preguntó por su salud.
Lo cierto era que David estaba al límite. Apenas si dormía y cuando lo hacía era para ser acosado por aquellas terribles pesadillas. No hallaba qué hacer. Si seguía así pronto enfermaría por falta de sueño. Incluso estaba empezando a pensar que lo que le sucedía no era algo natural. Al principio había creído que todo era producto de su subconsciente, de su sentido moral, de su conciencia. Pero aquella culpa, más concretamente las pesadillas que no lo dejaban dormir, lo estaban matando. Hasta el momento no había escuchado de alguien a quien la culpa lo atormentase de tal forma que terminase enfermando y muriendo. Si todo seguía así, era muy probable que él fuese el primero.
Esa noche se tomó dos pastillas somníferas muy potentes. Estaba dispuesto a dormir sí o sí, aquella situación ya se había prolongado durante demasiado tiempo según su parecer. Apenas se acostó en la cama, quedó dormido de inmediato.
David detuvo el coche a la orilla de la carretera. Se bajó y se acercó a la escena del accidente con mucha cautela. Después de revisar un rato encontró el cuerpo del hombre recostado en el tronco de un árbol. Tenía la sensación de que aquella escena ya la había vivido varias veces. El hombre estaba hecho un desastre. Los ojos se abrieron súbitamente y lo miraron. La mano del hombre se extendió y susurró pidiendo ayuda. David se echó a correr. Buscó su auto pero no lo encontró. ¡Había desaparecido! ¿Cómo era eso posible?
Mientras buscaba el auto vio que el hombre del accidente se ponía de pie.
—¿Por qué no me ayudaste? —le dijo.
David echó a correr cual si el mismo diablo lo espolease. El hombre, con las piernas atrofiadas, se echó a correr tras él. David volvía de vez en cuando la vista para verlo, parecía una araña con las piernas abiertas de aquel modo. Y como una araña corría, pronto le daría alcance.
—¿Por qué no me ayudaste? —preguntaba tras él su perseguidor.
Pronto tuvo al hombre encima. Lo cogió de un brazo. David se retorció y logró zafarse, pero pronto el individuo lo había cogido de nuevo. Tropezó y los dos hombres rodaron en el suelo. Al final, el hombre quedó sobre él a horcajadas. David vio el rostro de Björn, no sabía cómo se había enterado pero sabía que así se llamaba, ensangrentado y llenos de cortes.
—¡Debisteis haberme ayudado! —dijo y una mano como garra descendió furiosamente hacia su garganta.
David despertó más sobresaltado que nunca. Instintivamente se llevó las manos a la garganta. Había sido sólo un sueño, pero todo había sido tan real… No tenía nada en la garganta, estaba bien. Maldijo por la bajo, se levantó y se metió al baño para buscar otro par de pastillas. Aquella noche dormía porque dormía. Prendió la luz y por poco se le para el corazón cuando vio su reflejo en el espejo, tenía varios desgarrones en el pijama, y, aunque no sentía dolor alguno, estaba embarrado en sangre.
De pronto Björn estaba allí.
—¡Debisteis haberme ayudado! —dijo.
Y se abalanzó sobre él.

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