Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

15 de marzo de 2014

El Monstruo del Lago

John siempre se había sentido atraído por el lago. Le gustaba sentarse a la sombra de los olmos, alisos, amates y abedules que lo circundaban. Le gustaba sentir la suave brisa sobre su rostro mientras admiraba la singular belleza del lago. Le gustaba ver las ondas concéntricas que provocaban los peces al asomarse a la superficie, el chapoteo de las gaviotas cuando intentaban atrapar su comida, y sobre todo le gustaba aquella sensación de calma que le producía todo el conjunto.
Pero por supuesto, no todos eran de su misma opinión, ni mucho menos.
El lago tenía una muy mala reputación frente al resto del pueblo. Muchos no se asomaban a un kilómetro de él, ni con compañía, mucho menos solos. En todos los rincones del pueblo se contaban historias terroríficas acerca del lago, cada cual más descabellada que la anterior. La opinión general era que estaba embrujado y que un monstruo habitaba sus profundidades. John ya estaba suficientemente crecidito para considerar tales tonterías. Además, siempre había visitado el lago, nunca había visto nada fuera de lo normal.
Las versiones de la historia del monstruo del lago eran tan numerosas como personas creían en ello. Un monstruo de diez tentáculos era lo que había visto Marlon, el hijo del carnicero; el padre desmintió la historia del hijo, sólo para contar su versión: en  ella el monstruo tenía cincuenta y siete tentáculos. Jenny, la de los tres novios, contó que en una ocasión fue a bañarse al lago (en su versión iba sola, pero todos suponían que no era así) y por poco no fue devorada por un cocodrilo del al menos siete metros. Joaquincito, el niño que repartía el periódico contó que lo que había en el lago no era un monstruo, sino una sirena. Al siguiente día avisó a su madre que iría al lago para ver a la sirena y ya no regresó.
Como Joaquincito, eran varias las personas que habían desaparecido en los derredores del lago, lo que no ayudaba precisamente a mejorar su reputación. Tres años atrás habían encontrado a don Jorge muerto en el lago, dicen que tenía el cuerpo destrozado, como si una fiera lo hubiera atacado. Seis meses después, una pareja que andaba de visita fue atacada, la mujer murió y el hombre fue llevado a un psiquiátrico debido a que lo único que sabía decir eran incoherencias. Después fue una niña, luego Joaquincito, ninguno de los cuerpos había sido hallado. Durante el último año se habían reportado hasta cuatro desapariciones. La gente relacionaba todas las desapariciones con el lago, pero John opinaba que sólo lo hacían por miedo. Además de don Jorge y la otra mujer, no habían encontrado más muertos en el lago, sólo lo tachaban a él como culpable, a John le parecía una injusticia.
Por eso John era uno de los pocos que aún visitaban el lago. A él ninguna de las tontas historias lo mantendría alejado de su lugar predilecto. Acostumbraba visitarlo una vez por semana, sábados o domingos, principalmente. En ocasiones se llevaba sus cuadernos para estudiar, otras veces su reproductor de MP3, y en otras, como en esa ocasión, se llevaba una caña para pescar.
A John le gustaba pescar. Le gustaba recostarse sobre un tronco podrido que había a la orilla y desde allí lanzar el anzuelo. Le gustaba cuando un pez picaba la carnada y daba pequeños tironcitos a la cuerda. Le gustaba la sensación de halar la cuerda poco a poco hasta atrapar al pez, aunque no siempre se tenía un final feliz. Le gustaba sostener a la presa en sus manos, abrirle las agallas y pasarle el pedazo de cordel que siempre llevaba para que no se fuera. Lo que no le gustaba mucho, pero lo soportaba, era el rapapolvo que  su madre le daba por ir sólo a ese lugar tan peligroso.
Ese día aún no había atrapado nada, y eso que ya llevaba cerca de una hora recostado en el viejo y mugriento tronco. Lo más raro era que ni un pez había mordido la carnada, eso lo verificaba cuando sacaba la cuerda del lago para inmediatamente volver a lanzarla. Era como si definitivamente ese día no hubiesen peces. Pero no le preocupaba demasiado, aún era temprano, por lo que aún había tiempo para seguir intentándolo.
Las enormes ondas concéntricas que surgieron bajo las ramas de amates, cincuenta metros a su derecha, lo pusieron en tensión. Eran demasiado grandes para ser de un pez. John fijó la vista en ellas, sin moverse del tronco, hasta que se diluyeron. Se encogió de hombros en un gesto de desinterés y volvió a concentrarse en la cuerda.
Un minuto después, las ondas concéntricas volvieron a aparecer, siempre bajo las ramas de amates. John clavó la vista nuevamente en ellas. De pronto, en el centro, afloró un sombrero de copa, negro, como esos que usan los magos. Más que temor, lo que John experimentó fue curiosidad. ¿Qué hacía un sombrero de ese tipo en el lago? O mejor aún, ¿A quién podría pertenecer?
Lentamente el sombrero empezó a deslizarse en la superficie del lago, arrastrado por el viento en la dirección que John se encontraba. A John le pareció un bonito sombrero, muy bonito para ser sincero, podría recuperarlo y ponérselo para presumir frente a sus amigos. Sí, eso haría.
Puesto que el sombrero, aún con la ayuda del viento, pasaría unos veinte metros lago adentro, John tuvo que decidir si entrar para recuperarlo u olvidarse de él. Decidió recuperarlo. De manera que se puso de pie y se zafó rápidamente la ropa y los zapatos. Ya en calzoncillos se lanzó al agua. Estaba helada, pero dejaba un regusto cálido.
Ya en tierra, se enorgulleció de no ser un cobarde. Cualquier otro habría renunciado al sombrero. Él en cambio era un valiente. El sombrero estaba en perfectas condiciones, mojado sí, pero nada que un buen día de sol no arreglase.
Dejó el sombrero sobre unas rocas, para que recibiese un poco de sol, y volvió a sentarse junto al viejo tronco, ni siquiera se molestó en ponerse nuevamente la ropa.
Un repentino burbujeo bajo las ramas de amates lo hizo ponerse de pie de un salto momentos más tarde ¡Aquello se estaba tornando extraño! Una chaqueta de mangas largas, negra y de botones brillantes surgió de aquel burbujeo. Al principio sintió temor, por primera vez desde que visitaba el lago, pero al constatar que la chaqueta hacía juego con el sombrero se puso feliz. ¡Era una chaqueta de mago! ¡Genial! No lo pensó dos veces para abalanzarse al lago y recuperar la chaqueta. Era pequeña, sin duda le sentaría muy bien.
Cuando el burbujeo volvió a repetirse minutos más tarde, empezó a sentir verdadero temor. Cuando de éste brotó un pantalón negro, con un cincho plateado entre los ojales, pensó que aquello era lo más extraño que le había pasado en la vida. ¿Cómo era posible que del lago brotasen prendas de ropa, las que parecían ser el uniforme de un mago? No, aquello no tenía sentido.
Por primera vez consideró la posibilidad del lago embrujado. Pero después rió. Eso definitivamente no era posible. Los lagos embrujados no existían. O al menos su lago no era uno de ellos. Debía haber una explicación más plausible sobre lo que allí estaba ocurriendo. Pero ya se ocuparía de ese detalle más tarde. Por lo pronto, lo primordial era recuperar el pantalón para completar su disfraz. Imaginando la cara que pondrían sus amiguitos cuando lo viesen disfrazado de un gran mago, se volvió a meter en las frías aguas del lago.
Alcanzó la prenda a veinte metros de la orilla. Curiosamente cuando la sujetó algo tiró de ella hacia abajo. John se sobresaltó, pero no soltó su presa. Con los pies y una mano, en la otra llevaba el pantalón, nadó hacia la orilla, John era un buen nadador pese a su corta edad. Nadie volvió a tirar de la prenda, probablemente sólo se había enganchado a algo allá adentro.
John colocó el pantalón junto a la chaqueta y el sombrero, maravillado lo observó todo. No había pescado nada, pero aquel estupendo disfraz valía mucho más. Suspiró con júbilo y se giró para volver al tronco, quién sabe ¿tal vez ahora saldrían las botas?
Una respiración, lenta y pesada, lo detuvo. John se volvió deprisa, el temor enroscándose en sus entrañas como una serpiente. Palideció ante la visión, retrocedió, tropezó y cayó. La chaqueta subía y bajaba al ritmo de aquella misteriosa respiración, era como si emanase de ella. En un momento dado la chaqueta se infló tras un largo suspiro, pero ya no volvió a descender. A continuación se inflaron los pantalones. Luego, algo negro, sucio, viscoso, comenzó a tomar forma en el interior de las prendas. Bajo el sombrero se formó una cabeza inhumana, totalmente asquerosa, negra y putrefacta.
Hasta que por fin el monstruo se materializó frente a John. Era pequeño, como de su estatura, pero estratosféricamente más asqueroso y repugnante. Sus ojos eran grandes como huevos, verdes y lechosos. Su cabello, lo poco que el sombrero de copa dejaba ver, era semejante al musgo. Y su piel, su piel parecía una mezcla de basura y asquerosidades, de la cual caían gotas de una sustancia viscosa, hedionda y nauseabunda. Curiosamente estaba perfectamente embutido en el trajecito de mago.
El monstruo del lago avanzó hacia John. El muchacho estaba petrificado, su garganta ni siquiera era capaz de proferir un gemido. Cuando recobró la hegemonía de su cuerpo ya era demasiado tarde, el monstruo ya estaba encima de él.
Y John gritó.    

2 comentarios:

  1. es ess genial muy genial me gustoo jamas pense q tal cosa fuerA el misteriio de ese terrible lagoo aunq seria bueno q el logre escapar y cuente al pueblo q es el monstruoo y q al final la historia d un giro asi como q el monstruo en realidad es el jaja o q el monstruo se lo comio y luego se hizo pasar por el jajaha no se algo asi att kary

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    1. Jaja, gran imaginación Kary. Quizá la continúe un día, pero de momento la considero cerrada.

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