Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

31 de marzo de 2014

El Muerto de la Carretera

Era noche cerrada. La mortecina luz de la luna cubría la tierra con un manto amarillento. David consultó la hora en su teléfono celular; las doce y cinco. Ya era lunes. Los faros del coche iluminaban la desierta carretera mientras conducía a la ciudad. Había ido a visitar a sus padres durante el fin de semana. Siempre acostumbraba ir a verlos al menos una vez al mes. Lo normal era que se quedase a pasar la noche con ellos y se levantase a las cinco de la mañana para regresar temprano a la ciudad. Pero aquel día había reunión a las cinco de la mañana en las instalaciones de la empresa para la que trabajaba, por lo que tras la cena y una larga charla con sus progenitores había optado por regresar esa misma noche.
Conducía a velocidad moderada y una canción romántica sonaba en el estéreo cuando las luces iluminaron la silueta de un coche, fuera de la carretera. El coche se había salido de la carretera y se había estampado contra un árbol. Su primer pensamiento fue continuar su camino, pero la curiosidad pudo más que la prudencia. Así fue como estacionó su coche en la orilla y bajó a dar un vistazo. No tenía lámpara a la mano pero la luz de la luna permitía ver con cierta claridad después de que los ojos se hubieron acostumbrado a ella. Se trataba de una camioneta, algo pasada de moda, negra y de vidrios oscuros. Había caucho allí donde los neumáticos habían derrapado. El árbol contra el que chocó estaba inclinado, como si el golpe hubiese estado a punto de derribarlo. La parte delantera de la camioneta estaba aplastada, tenía el capote levantado y encogido y los vidrios de las ventanillas rotos.
David se acercó cautelosamente a la camioneta. Con la luz de la pantalla del celular iluminó el asiento del conductor. No había nadie. David retrocedió impresionado, había esperado encontrar al desafortunado conductor hecho un desastre y sin vida, más sin embargo no había nadie. Luego reparó en la sangre que había en los bordes del vidrió de la ventanilla delantera, el hombre había salido por allí. Con creciente horror, pero igual curiosidad, avanzó hacia adelante. Encontró al conductor recostado contra el tronco de un árbol diez metros más adelante. El rastro de sangre de sangre señalaba que se había arrastrado y que él mismo se había puesto en aquella posición. David observó horrorizado y maravillado la escena. El hombre tenía cortes en el rostro, los brazos y el tórax. Las piernas las tenía dobladas en un ángulo tan grotesco que alguien con menos estómago habría vomitado allí mismo. David se maravillaba que el hombre hubiese tenido aliento para arrastrarse hasta allí.
Estaba muerto.

28 de marzo de 2014

La Aventura de Edd (Continuación)

Lo primero que vio al abrir los ojos fue un halo de luz alrededor de la cabeza de su progenitora. Su madre se levantó presurosa del banco que ocupaba y se acercó a su cama.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con dulzura.
—Bien —respondió Edd—. Me duele la cabeza pero… ¿Qué pasó? —preguntó de pronto.
Tras su pregunta se agolparon en su mente las imágenes de todo lo que había sucedido. Los tres caballeros; uno de ellos golpeando a su madre, otro aporreándole la cabeza a él, Tommy inconsciente y lo último… ¡Lizzi! Lizzi siendo arrojada sobre la mesa y el hombre desatándose los calzones…
—¡Lizzi! ¿Qué ocurrió con Lizzi?
Su madre parecía a punto de echarse a llorar. De pronto se había vuelto vieja y cansada.
—Descansa, querido, duerme, después te contaré lo que sucedió con tú hermana.
—¡No! —vociferó Edd incorporándose en la cama, le costó un mundo hacerlo pero lo logró—. Necesito saber qué ocurrió con mi hermana.
Su madre no lo soportó más y se echo a llorar.
—¡La violaron, Edd! —dijo entre lágrimas—. ¡Los tres! Primero el más alto y fornido, luego el del bigote negro y por último el de la fea cicatriz. ¡Es lo más horrible que he pasado en la vida!
—¿Dónde está Lizzi, mamá? —preguntó. Le dolía lo que su madre le contó, pero lo había esperado, no era una sorpresa. Su madre le rehuyó la vista—. ¿Dónde está Lizzi? —rugió nuevamente.
—¡Se la llevaron, Edd! ¡Se llevaron a tu hermana! —Y se echó a sus brazos.
Aquello sí que fue una sorpresa. ¡Se habían llevado a su hermana! No conformes con haberla ultrajado, se la llevaban para… para… para su puta. Le dolió un mar pensar aquella palabra. No pudo evitar llorar sobre los hombros su madre. 
De pronto Edd tomó una decisión.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó.
—Unas seis horas. Ahora mismo es de madrugada.
—¿Tú estás bien? —preguntó— ¿Y Tommy?
—Nosotros estamos bien, cariño. Tommy duerme ahora mismo en su habitación. El golpe que recibió no causó mayores dificultades. Y yo estoy aquí, contigo.
—Bien —asintió Edd—. Levanta a Tommy y dile que ensille a Cielo.
Su madre lo miró de hito en hito.
—¿No estarás pensando…?
—Sí mamá, es lo que estoy pensando. Voy por mi hermana.

26 de marzo de 2014

El Atajo

Ricardo había conducido mil veces por la misma carretera. Conocía cada curva, cada señalización vial, cada bache, incluso se atrevía a asegurar que conocía cada árbol apostado en los márgenes de la carretera. Conducía todos los días por allí. A las siete de la mañana para llegar al pueblo donde se desempeñaba laboralmente y a las siete de la noche cuando regresaba a casa. Aún se preguntaba por qué demonios prefería conducir ochenta kilómetros de ida y vuelta en lugar de alquilar una casa en el pueblo y asentarse definitivamente allí. Muchas veces había considerado seriamente esa posibilidad, pero por una u otra razón siempre terminaba descartándola. Los treinta años de su vida los había pasado en su aldea natal, sentía tanto aprecio por ella que se negaba a abandonarla. Ésta le había dado tantas cosas buenas…
Sin embargo un día tendría que abandonarla, si quería superarse profesionalmente tendría que salir definitivamente de ella. Pero es que…
Los faros de su automóvil iluminaron un pequeño rótulo. Éste indicaba la presencia de un antiguo caminito, empedrado y antiguo. Antaño había sido la ruta que comunicaba al pueblo con su aldea, pero tras la realización de la autopista éste había caído en desuso hasta ser relegado casi al olvido. Hacía al menos un lustro que Ricardo no pasaba por allí. Sin siquiera saber por qué, Ricardo maniobró el volante y llevó su auto al camino. Quiso convencerse que lo hacía porque esa noche había prometido a su esposa que llegaría a tiempo para ir a cenar con sus padres y que ese camino le ahorraría tiempo, pero no lo logró, tiempo tenía de sobra.
El atajo estaba oscuro y tétrico. Los faros iluminaban cien metros adelante, dejando ver lo apretujados que crecían allí los árboles y el mal estado en que se encontraba el camino. Durante una fracción de segundo sintió el impulso de retroceder y volver a la autopista, pero lo reprimió y siguió conduciendo.
Un perro negro estaba parado en el centro de la carretera.

25 de marzo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 9

La Historia del Trol y la Flecha Roja 
Cuando Max despertó se encontraba en una celda, cuyo piso, techo y tres lados eran tierra, sólo el lado en el que se encontraba la puerta era de metal. En frente y a los costados había más celdas, esto lo constató cuando asomó la cabeza por los barrotes. Los únicos prisioneros que había eran él, Jennifer y un tigre que estaba en la celda de enfrente. Esto le sorprendió muchísimo ya que nunca había imaginado encontrarse a un tigre como compañero de encierro.
Jennifer estaba dormida, recostada en una tosca cama (unas tablas sobre un par de caballetes y un par de mantas de lana), misma cama en la que él yacía cuando despertó. No sabía si Jennifer dormía por cuenta propia o producto de un dardo, así como lo habían adormecido a él.
Mientras yacía allí, parado frente a los barrotes de la celda, una ola de frustración lo invadió. Había decepcionado a su abuelo al ser atrapado por los duendes. Sin duda alguna su abuelo iba morir, él no podía hacer nada. Yacía allí, atrapado en una celda, sin sus armas y sin sus mochilas, sin ninguna posibilidad de escapar. Ver a Jennifer dormir tiernamente, era lo único que le hacía sentir un cierto vigor por vivir. Había arrastrado a Jennifer con él a aquella tonta aventura ¡Qué estúpido había sido al creer que todo sería fácil!
Tenía que pensar en algo para salir de allí, si no por su abuelo, siquiera por Jennifer.
Momentos más tarde, Jennifer despertó.
—¡Ya despertaste! —dijo mientras se incorporaba.
—Hace un rato —le informó Max.
En aquellos momentos el tigre se acercó a la luz de las antorchas y Max lo pudo observar mejor. Desde la noche anterior había reparado en que ya no tenía la visión nocturna de la que había disfrutado cuando asaltaron la cueva del dragón junto al mago Sam.
Max examinó con más detenimiento al tigre, el cual estaba muy flaco, si se lo hubiera propuesto hubiera podido contarle las costillas. Una cicatriz muy fea le cruzaba la cara.
—¿Por qué crees que lo tengan? —curioseó Jennifer acercándose a  Max.
—No lo sé —dijo Max—. Supongo que lo atraparon por invadir sus dominios —concluyó con una mota de sorna.
Jennifer río con tristeza.

21 de marzo de 2014

La Mujer del Diablo

Ramiro José llegó al pueblo una noche de invierno. Una ligera llovizna caía desde la mañana. Estaba completamente empapado y el frío le calaba hasta los huesos. Marina, su yegua colorada no parecía encontrarse mejor que él. Las crines empapadas le caían enredadas sobre el largo cuello. Su andar cadencioso y cansado eran resultado del ánimo del animal y del clima.
Ramiro José juró por lo bajo y por lo alto, por lo útil y lo inútil, que se detendría ante la primera casa que encontrara para pasar la noche. También rezó para que los propietarios de la casa fueran personas de trato afable a las que se les pudiera hacer entender que era un pobre viajero que necesitaba un lugar donde pasar la noche.
La lluvia empezaba a arreciar y las ráfagas de viento parecían a punto de tumbarle, ya fuera a él o a Marina, cuando a la distancia vislumbró una débil luz. El corazón le dio un vuelco de alegría, y, habría jurado que Marina también la percibió y sabía lo que significaba porque la montura alzó el cuello y produjo un ruido como de agrado.
—¿Ya la viste eh, preciosa? —dijo Ramiro José—. Ahora acelera el paso para llegar pronto a cobijo.
Marina, entendida como era, aceleró el paso y ni la tormenta ni los fuertes vientos hicieron que redujera la marcha hasta llegar a la casa de donde provenía la luz. Sin que Ramiro José hiciera movimiento alguno, Marina se detuvo frente a las rejas de una casa de dos plantas, vieja, pero que sin embargo parecía acogedora. El olor a guiso y la parpadeante luz del interior, lo que hacía suponer una fogata en la chimenea, la hacían más atractiva aún.
Ramiro bajó de Marina, abrió la reja y llegó hasta la puerta de la vivienda. Tuvo que llamar tres veces para que alguien le atendiera.
—¿Quién? —preguntó una voz femenina en el interior.
—Un simple viajante que busca un lugar donde pasar la noche y algo que llevar a su boca —manifestó Ramiro.

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 8

La Aldea de los Duendes

Max se impresionó muchísimo con la estancia en la que dormían sus nuevos amigos. Había imaginado que sería un lugar simple, tan simple que sólo había esperado encontrar un poco de tierra en el cual descansar. Pero aquello era diferente, el lugar de descanso de sus amigos jirafas era un círculo de más de cinco metros de diámetro, rodeado de árboles cuya ramazón se unía de tal forma que, a diez metros del suelo, formaba un techo natural casi impenetrable. En el suelo había un gran colchón de paja seca.
—¿Esto lo hicieron ustedes? —preguntó Jennifer mientras admiraba minuciosamente el lugar.
—No, este es un regalo que me dejó mi tío abuelo —dijo Camilo, por mucho, el más tonto de los tres.
—Sólo por esto es que te soportamos —comentó Gregorio.
Los chicos encontraron unos árboles de manzanas y unos de bananas muy cerca de allí. Max nunca había imaginado encontrar bananas en ese lugar. Las cuales le supieron deliciosas, un poco verdes y picoteadas por las aves, pero deliciosas.
Después se fueron al río a darse un baño, el cual no quedaba muy lejos del dormitorio de las jirafas. Eso porque sus amigos les dijeron que allí no había depredadores y que el resto de animales eran bastante pacíficos. Aún así tomaron muchas precauciones.
Regresaron al refugio ya entrada la noche. Por suerte ya la luna empezaba a mostrar un esquinita de su faz. En un par de días ya alumbraría por completo el bosque.
Después de regresar del río se echaron a dormir.
Mientras intentaba conciliar el sueño, Max meditaba sobre el futuro inmediato ¿Qué iba a pasar? Se suponía que iba a buscar a los duendes, tal vez ellos le podían ser de ayuda, pero no estaba del todo seguro. El concepto que tenía de tales criaturas no lo hacía sentirse tranquilo. Es más, hasta Lucas había dicho que él ya había tenido que huir de los duendes. Quizá después de todo era una locura tratar de ir al lugar en donde vivían los duendes. «No hay de otra, mi abuelo vale todos los riesgos», pensó después, con ese pensamiento se quedó dormido.

15 de marzo de 2014

El Monstruo del Lago

John siempre se había sentido atraído por el lago. Le gustaba sentarse a la sombra de los olmos, alisos, amates y abedules que lo circundaban. Le gustaba sentir la suave brisa sobre su rostro mientras admiraba la singular belleza del lago. Le gustaba ver las ondas concéntricas que provocaban los peces al asomarse a la superficie, el chapoteo de las gaviotas cuando intentaban atrapar su comida, y sobre todo le gustaba aquella sensación de calma que le producía todo el conjunto.
Pero por supuesto, no todos eran de su misma opinión, ni mucho menos.
El lago tenía una muy mala reputación frente al resto del pueblo. Muchos no se asomaban a un kilómetro de él, ni con compañía, mucho menos solos. En todos los rincones del pueblo se contaban historias terroríficas acerca del lago, cada cual más descabellada que la anterior. La opinión general era que estaba embrujado y que un monstruo habitaba sus profundidades. John ya estaba suficientemente crecidito para considerar tales tonterías. Además, siempre había visitado el lago, nunca había visto nada fuera de lo normal.
Las versiones de la historia del monstruo del lago eran tan numerosas como personas creían en ello. Un monstruo de diez tentáculos era lo que había visto Marlon, el hijo del carnicero; el padre desmintió la historia del hijo, sólo para contar su versión: en  ella el monstruo tenía cincuenta y siete tentáculos. Jenny, la de los tres novios, contó que en una ocasión fue a bañarse al lago (en su versión iba sola, pero todos suponían que no era así) y por poco no fue devorada por un cocodrilo del al menos siete metros. Joaquincito, el niño que repartía el periódico contó que lo que había en el lago no era un monstruo, sino una sirena. Al siguiente día avisó a su madre que iría al lago para ver a la sirena y ya no regresó.

13 de marzo de 2014

La Aventura de Edd

La Rueda del Molino era una construcción de madera, vieja y desvencijada. Sus dos plantas se inclinaban hacia el costado derecho de tal manera que parecía que pronto se vendría abajo. Edd sabía que no era así. Desde que tenía uso de razón la posada siempre había sido así, y así seguiría durante mucho tiempo, quizá incluso después de su muerte, aunque confiaba que para esto último faltasen muchas décadas.
Edd guió a su jamelgo colorado, Cielo, hacia los establos. El sol era un medio disco de cobre en poniente.
—¿Traéis algo interesante que contar? —preguntó Tommy, apenas cruzó las puertas del establo. Edd negó con la cabeza—. Pues yo sí tengo algo, ¿adivina quiénes están en la posada?
Edd negó con los hombros.
—Clientes, supongo —respondió indiferente. Había visto al menos media docena de caballos frente a la posada, algunos de ellos de buena cepa.  
—Sí, pero son más que eso —exclamó Tommy. Tommy era su hermanito menor, tenía once años, seis menos que él. Siempre veía al mundo de colores brillantes, por lo que casi todo le parecía interesante. Edd quizá había sido así de chico, aunque lo dudaba, he haber sido risueño como su hermano lo recordaría—. ¡Son caballeros!
—Es cierto que no se ven muchos caballeros por estos rumbos —reconoció Edd—, pero no es como para celebrar en volandas. Espero que madre no les regale la comida, ni el alojamiento —meditó mientras desmontaba—. Ocúpate de Cielo, iré a verlos en persona.
Era cierto, o al menos tenían el aspecto de caballeros. Eran tres y ocupaban la mesa más grande y mejor barnizada de la posada. A la mesa tenían lo mejor de la cocina de su madre: Pato asado con ciruelas y salsa picante, chuletas de cerdo ahumadas, nabos, guisantes, zanahorias y cebollas cocidas al rescoldo, y una jarra del mejor vino de La Rueda del Molino. Esperaba que su madre tuviese el sentido común de no estar agasajándoles gratuitamente. Su progenitora tenía la costumbre de festejar, sin motivo aparente, a los caballeros que pasaban por allí. Y si no les ofrecía algo más, era porque la muerte de su esposo aún no quedaba muy lejana.

11 de marzo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 7

La Habilidad de Hablar con los Animales

—¿Por qué explotó el dragón? —preguntó Max, después de caminar por un largo rato.
—No lo sé —contestó el anciano—. Procura guardar silencio, aún estamos en el bosque y no sabemos qué criaturas podamos encontrar.
—Lo siento —se disculpó Max. De pronto se sentía agotadísimo.
Tardaron más de una hora (o al menos fue lo que calculó Max) en regresar a la cabaña. Durante ese tiempo trató por todos los medios quitarse de encima los desechos que le habían caído cuando explotó el dragón, pero solo había logrado quitarse, a lo mucho, la mitad. Mientras que Sam, que también se había embarrado, ni siquiera lo había intentado.
Mientras caminaban en silencio, Max meditaba sobre lo sucedido. Le dio mil vueltas al asunto en su cabeza, pero no se explicaba cómo había sido capaz de hacer volar en mil pedazos a un dragón. No encontró respuesta. Lo único que se pudo responder fue que no había sido él, sino que el dragón había explotado por causas ajenas a él, muy extrañas por cierto.
Por fin llegaron a la cabaña. Recostada en el marco de la puerta estaba Jennifer.
—¡Volvieron! —exclamó al verlos aparecer.
—Sí, así parece —dijo Max.
—Puaj, qué asco ¿Qué es lo que traen encima?
—Restos de dragón —respondió Max.
—¿En serio?
Max asintió.
Entraron en la cabaña. Unas velas iluminaban el pequeño recinto.
—Voy a tomarme un baño —les gritó Sam desde afuera.
—¿Consiguieron el diamante? —preguntó Jennifer a Max.
—¿Tú qué crees? —dijo Max con una sonrisa.
—No sé.
—¡Claro que sí! —sonrió Max—. Por poco nos cuesta la vida, pero lo conseguimos. Espero nos sirva para encontrar al fénix dorado.
—¿Lo tienes allí?
—No. Lo tiene Sam.
Después siguió una larga conversación en la que Max contó todo lo que había sucedido, desde que partieron de la cabaña, hasta que el dragón explotó. Jennifer escuchaba maravillada, bastante incrédula ante la asombrosa aventura que Max relataba.

10 de marzo de 2014

La Sombra de la Muerte

El mundo está lleno de eventos cuya única explicación atribuible es lo de sobrenatural, misterioso o cosa del más allá. Esto sucede porque simple y llanamente nuestra mente no logra vislumbrar una explicación lógica aplicable a tales acontecimientos. Ahora mismo podría narraros una serie de hechos que el mundo ha calificado como sobrenaturales, y que en efecto parecen serlo. Sin embargo, en esta ocasión me limitaré a contarles algo que me llamó mucho la atención, que durante muchos años ha dado vueltas en mi cabeza, y que he llegado a clasificar como uno de esos eventos sobrenaturales.
Sentado aquí en mi escritorio, mientras mi dulce esposa me prepara un café en la otra habitación, he decidido trascribir esta historia al papel.
Ahora lo acontecido:
Encontrábame recién casado con mi esposa, Jessica, cuando recibí una nota de un muy querido amigo. Este amigo no era otro que el Sr. Rómulo, un adinerado caballero de la ciudad. Rómulo era de mi misma edad, más sin embargo se las ingeniaba para parecer mucho mayor que yo, y siempre irradiaba una gran fuerza, absoluta confianza y seguridad, y no era por su dinero, de eso estoy seguro. Creo más bien que era algo intrínseco e inherente en él.
La nota era de su puño y letra, en la cual me pedía de favor que fuese a visitarlo a su casa. Últimamente se encontraba sumido en una profunda melancolía y creía que yo podría ayudarle a superarla. También me encomendaba que llevase a mi esposa para que hiciese compañía a la suya.
No era la primera vez que Rómulo me invitaba a pasar unos días en su mansión, por lo que no hallé nada raro en la nota. Lo único que me llamó la atención fue la mención de una “profunda melancolía”, mi amigo nunca había sido melancólico. De todas formas deseché esa parte al tomarla como otra de sus bromas y como un aliciente para que yo me apresurara a visitarlo.

7 de marzo de 2014

Tarde de Carnaval

Valentina lucía esa tarde un precioso disfraz de enfermera ¡Y qué disfraz! Su juvenil cuerpo, de tan sólo trece años, era tocado por un ajustado y provocativo vestido blanco, muy por encima de la rodilla y bastante escotado, dejando a la vista el inicio de sus pequeños y lechosos pechos. La cofia en forma de boina, con una cruz roja al frente, y un estetoscopio falso completaban el disfraz.
Estaban allí la mitad de los habitantes del pueblo. El desfile de disfraces, celebrando el día del carnaval, era un acontecimiento que sacaba de sus casas a medio mundo. Muchos se acercaban para ver qué novedades habría ese día: que tan originales serían los atuendos; quién se volaría la barda y sacaría un ingenioso disfraz; o quiénes llevarían más de lo mismo. Muchos otros, hombres y jóvenes lambiscones, se asomaban con la intención de deleitar su lascivia con muchachitas disfrazadas como ella. Y había muchas como ella. Jovencitas con atuendos de policía, muy provocativos por cierto, vaqueras, ejecutivas, atletas, de esas que usan minifaldas, gitanas y árabes… en fin, había mucho donde posar los ojos.
Por supuesto, las muchachitas sin recato eran minoría. Los héroes de televisión, monstruos de terror, payasos, emparedados, frutas y verduras era lo más común. Un chico disfrazado de hamburguesa pasó a su lado ¡Qué horror! Ella se habría muerto de vergüenza si usara algo como eso. Bueno, otros también pensaban lo mismo del suyo, pero era por envidia.
Se encontraba en la plaza del pueblo. Todas las escuelas se habían dado cita. Recorrerían las principales calzadas de la localidad, bajo aquel ardiente sol, para luego regresar al punto de inicio. Después, en el escenario se llevarían a cabo bailes y todo tipo de actos, siempre ejecutados por disfrazados, para entretener a la población.

4 de marzo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 6

En la Cueva del Dragón

El interior del bosque estaba aún más oscuro, pero gracias al hechizo del viejo Sam, Max podía avanzar sin demasiadas dificultades. El bullicio de las aves nocturnas buscando su comida se le hacía tenebroso, los roedores se escabullían a sus pasos y siempre había una brisa helada que le acariciaba el rostro y agitaba sus cabellos. Enfrente avanzaba Sam, el mago anciano. El anciano avanzaba siempre sigiloso, rápido pero silencioso.
Max temía que de un momento a otro apareciera alguna criatura extraña justo en frente de él, una fiera, un felino hambriento o una serpiente tan grande como la que se habían encontrado aquel día, o quizá alguna otra cosa que jamás hubiera visto, porque se creía que no había nadie que conociera todas las clases de criaturas que habitaban el mundo. Y mucho menos él.
—No te quedes atrás, muchacho —susurró el anciano media hora después de salir de la cabaña.
Max no contestó, sino solamente se limitó a apresurar el paso. A aquellas alturas ya se sentía un poco más tranquilo. A su alrededor, monstruosos árboles se alzaban imponentes. Pequeños ojillos los miraban pasar para luego desaparecer tan súbitamente como aparecían. En silencio, prosiguieron la marcha sin detenerse ni un momento.
Así caminaron largo rato, en completo silencio. Max llegó a perder el sentido del tiempo y a impacientarse, parecía que no llegarían nunca a la cueva del dragón. Hasta que por fin habló el mago.
—Ya estamos cerca, Max —dijo.
—¿En serio?
—¿Vez aquella colina? —dijo el anciano señalando una colina que se alzaba enfrente de ellos.
—Sí —respondió Max.
—Allí tiene su cueva el dragón. Venga, vamos. Y hay que rezar para que el dragón no se encuentre en casa.
—¿Es grande?
—No, no mucho, pero es peligroso, muy peligroso.
Nuevamente guardaron silencio. No cruzaron más palabras mientras recorrían el trecho que los separaba de la colina.