Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

20 de febrero de 2014

Señor Calamidad

Nació bajo el seno de una familia de escasos recursos en una pequeña aldea del municipio de San Andrés. Su padre, un joven de veintiún años, campesino de profesión, se casó a los dieciocho años con María, una hermosa jovencita que al momento de dar a luz contaba con apenas dieciocho años de vida. Gerardo, que así se llamaba el joven padre, había luchado de una y mil maneras para casarse con María. Trabajó hasta el extremo de sus fuerzas, ahorró al máximo de sus capacidades y no dejó de insistir a la joven, y a los padres de ésta, hasta que logró su objetivo: Casarse.
Él tenía dieciocho años, y ella quince, muy jóvenes pensarán algunos, pero en las familias de clase baja esto es común. La boda se celebró en el patio de la casa de los padres de la novia. Fue una boda sencilla, pero amena y divertida, en la que estuvieron presentes los familiares de los novios y sus amigos más allegados. Al caer la noche la pareja se trasladó a su nueva residencia, una casita de una sola habitación, que Gerardo había logrado construir con el sudor de su frente, cosa por lo que estaba muy orgulloso.
Tras el paso de los dos primeros años, el joven matrimonio era tan resistente como una roca y tan feliz como un niño con su juguete nuevo. Todo marchaba como lo habían soñado, hasta que María quedó Embarazada.
Los jóvenes esposos saltaron de alegría cuando se enteraron de que pronto tendrían un pequeño retoño. Es lo normal, ¿quién no se alegra ante la sapiencia de que pronto será padre? Pero tras los primeros tres meses de embarazo, María empezó a experimentar raros síntomas: Nauseas continuas, espasmos repentinos, fiebres, flacidez en las rodillas… Gerardo estaba muy preocupado, temía por la vida de ella y por la de su hijo, de manera que acudió a cuanto curandero conocía, pero ni siquiera las hierbas y ungüentos de doña Toña, la mejor curandera de la región, lograron reponer del todo a María.
Cuando se cumplieron los nueve meses de embarazo, la joven esposa estaba flaca, pálida, macilenta y casi no podía salir de la cama. Tenía más parecido a un esqueleto que a una persona viva. La comadrona que la atendía, la misma señora que la había recibido a ella, temía que María no sobreviviera al parto.
Y así fue.
Después de una hora de pujar, el bebé, una cosa rosadita, flacucha y, extrañamente silencioso, logró nacer. Pero la madre ya no vivía. La comadrona ni siquiera podía asegurar si la joven aún respiraba cuando el niño salió de su vientre. El mutismo del niño fue tomado, por las personas más supersticiosas, como señal de luto por la muerte de su madre.
Esa fue la primera incidencia mortal en la que el pequeño Freddy se vería inmiscuido. Mas no sería la única.
El pequeño Freddy creció mas que todo al lado de su abuela paterna. Los abuelos maternos no querían saber nada de la criatura que había arrebatado la vida a su adorada hija, así lo decían, no es que yo lo haya inventado. En su niñez, amor no le faltó, al menos por parte de la abuela. Algunos dicen que quien no lo quería era el padre, quien trabajaba como burro, en parte para mantener el hijo, y en parte, para no pensar en demasía en su adorada María.
Tres años después de la muerte de María, murió el padre. Colgó una soga en una rama de un árbol y se ahorcó con ella. Para algunos fue algo comprensible, el pobre hombre no soportaba estar sin su María.
El pequeño Freddy siguió viviendo con la abuela ¿quién más lo podría querer? Eso hasta que a los siete años de haber nacido, la abuela tropezó con una piedra y en la caída se rompió el cuello. Pobre anciana, había tenido mala suerte. Sólo los más suspicaces empezaron a sospechar que aquel pequeño huérfano traía mala suerte.
Muertos sus padres y su abuela, el abuelo hacía muchos años que había muerto, el pequeño Freddy fue recibido por una hermana de la difunta María. Teresa era el nombre de esta bondadosa mujer, que casada con un profesor de primaria, recogió a Freddy.
Pasaron los años y el pequeño Freddy creció, no mucho, pero creció. Era un muchachito huraño y melancólico. Casi nunca salía de casa y en la escuela tenía pocos amigos. Y si alguien lo vio sonreír, me gustaría conocerlo, porque nunca supe como sonreía Freddy de niño.
A la edad de once años Freddy, junto a sus compañeros de salón, fue a una excursión a una de las playas de San José, un municipio cercano. Al regresar, una de las ruedas del bus explotó y éste se precipitó por una ladera de más de veinte metros de altura. En el accidente murieron todos los niños, excepto Freddy, que sorpresivamente libró el percance casi ileso.
¡Aquello sí que era extraño! No fueron pocos los que empezaron a creer que aquel chico tenía algo oscuro y maligno que traía tragedia, muerte y dolor a todos aquellos que lo rodeaban. Y que ese mismo ente maligno lo protegía, para que pudiera seguir siendo portador de muerte.
El Boom fue cuando se incendió la casa de Teresa, donde falleció el matrimonio y sus dos hijos. Freddy, para su fortuna, o mala fortuna, ese día se encontraba en el patio de la casa por lo que pudo escapar de la fatalidad.
A los trece años se había quedado completamente huérfano. Nadie de la aldea quiso hacerse cargo de él, es más, huían cada vez que el chico pasaba cerca de ellos. Sin un hogar al que ir, el pequeño Freddy pasaba las noches bajo los árboles o en alguna casa abandonada. Sus alimentos eran frutas de la región, basura y todo aquello que pudiera robar. Sabed que el pequeño Freddy no era ladrón, pero a veces la necesidad es tan extrema que no queda otra alternativa. Intentó conseguir trabajo, fuese lo que fuese, pero nadie osó contratarlo ni como porquerizo. Darle trabajo a un chico que traía desgracias consigo ¡ni locos!
Fue en esos días que empezaron a referirse a él como Señor Calamidad.
Si don Chente no hubiese llegado a la aldea con la intención de comprarse un terreno, lo más seguro es que el pequeño Freddy hubiese muerto. Pero don Chente, un anciano de cabello y barba tan blancos como la nieve, al saber la historia del chico sintió compasión. Ya no compró el terreno que pensaba comprar, sino que habló con el muchacho y al atardecer de ese mismo día partieron hacia su casa, en el municipio de San Francisco.
Don Chente tenía una tienda de abarrotes y una pequeña finca con unas cuantas cabezas de ganado. Ayudando al anciano con el negocio y el ganado fue que Freddy dejó de ser “el pequeño”. Con don Chente, Freddy conoció un lado de la vida que no conocía, aprendió a sonreír, aunque no tan a menudo como lo hacemos nosotros, y lo mejor de todo, es que dicen que el chico se veía feliz.
Don Chente no creía en supersticiones, como tampoco creía que Freddy fuera culpable de los infortunios en los que por causa del destino se vio involucrado. Por eso fue que seguía llamando a Freddy Señor Calamidad. Pronto el sobrenombre se hizo conocido en todo el municipio, ya que creían que el nombre era por el rostro adusto y solemne del chico. En un principio Freddy se mostró reacio a que lo llamaran así, pero al ver que lo decían con cariño y en modo de chanzas, llegó a dejar de importarle y empezó a creer que el pasado atrás quedaba y que estaba ante la posibilidad de empezar una nueva vida.
¡Que un rayo mate al que está sentado a tú lado, y uno salga indemne es algo de no creer! Pues eso fue lo que le sucedió a Freddy a la edad de diecisiete años. Percance que hizo recordar todo su pasado y plantearse si en realidad él era portador de calamidades.   
El asunto del rayo no fue noticia solo en el municipio, sino también en el departamento y en el país, así como lo había sido el del accidente del bus. Los periódicos que recogieron la historia decían que un joven había muerto al ser alcanzado por un rayo y que otro joven que estaba al lado, al que identificaron como Freddy, Señor Calamidad, había resultado ileso.
Durante los días posteriores Freddy estuvo como un poseso. No se atrevía siquiera a salir de la habitación. Todo su pasado había vuelto de golpe al presente y él no sabía qué hacer, ni siquiera qué pensar. No pocas veces sopesó la posibilidad de suicidarse.
Pero don Chente, hombre incrédulo hasta los huesos, no se dejó impresionar por el acontecimiento, por lo que fue el pilar para recuperar a Freddy. Después de horas y horas de charlas, logró que Freddy volviera a salir. Semanas después, Freddy ya trabajaba con don Chente como siempre. Pero ya no era igual, dejó de sonreír, su gesto melancólico volvió y rehuía a las miradas de los demás. Lo peor de todo fue que, de alguna manera los habitantes de San Francisco se habían enterado de su pasado, y ahora lo miraban con desconfianza, casi con temor, rehuían sus encuentros y cuando lo llamaban Señor Calamidad, ya no lo hacían con cariño sino con miedo.
Fue entonces que Freddy buscó a Dios. Ya no quería sufrir, ni que lo vieran como a un monstruo. De rodillas en la iglesia, pidió a Dios de todo corazón que si algo estaba mal en él, lo cambiara. Poco a poco Freddy, Señor Calamidad, fue recuperando su confianza, un año después, ya era el joven de antes, el que había sido antes del percance del rayo. Y por fin creyó que podría vivir en Paz.
En la iglesia conoció a Isabella, una encantadora muchachita de dieciséis años que poco a poco conquistó su corazón. Aún había muchos que le rehuían o lo trataban con desconfianza por creerlo portador de mala suerte y calamidad, pero entre esas personas no se encontraba ni Isabella ni los padres de ésta. Es más, los padres de la joven lo veían como un muchacho ejemplar, trabajador, centrado, honrado y de corazón noble, incluso lo compadecían por lo que había tenido que pasar a tan corta edad.
Se iban a casar. Don Chente, se alegró más que nadie por la noticia y le dio la enhorabuena. Pero no sólo eso, también le regaló un predio de terreno y dinero para que construyera una casita aceptable. Además le aseguró que con él tendría trabajo hasta que muriera, y que cuando eso sucediera, le legaría alguno de sus bienes. Él había sido como un hijo para el anciano y no lo desampararía. Los jóvenes estaban exultantes.
Un mes antes de la boda murió don Chente. Un hondo temor inundó el ser de Freddy, que creyó que nada había acabado, que aún seguía siendo portador de mala suerte. Pero ésta vez tenía a Isabella, a los padres de ésta, a los hermanos y al pastor de la congregación, fueron todos ellos los que no lo dejaron caer en un hoyo profundo. Después de todo, le habían dicho, don Chente ya era una persona anciana, más temprano que tarde iba a morir.
Aunque no faltaron los mal intencionados que corrieron los rumores de que el Señor Calamidad había agregado otra víctima a su largo historial. Pero Freddy no estaba sólo, tras él había un gran número de personas respaldándole. De manea que llegó entero a la boda.
Se casaron en la iglesia, ante los ojos de la congregación y de Dios. El matrimonio fue muy comentado en el municipio, muchos no creían en la buena fortuna de aquellos pobres.
Mientras duró el matrimonio fueron felices. Hasta que, apenas un mes después de la boda, la novia cayó enferma. Nunca nadie había visto a una persona enfermar tan deprisa. La joven perdió peso a ojos vista, la piel se le resecó y pegó a los huesos tomando un tono moráceo, sus ojos se hundieron como hierro en un pantano y su voz, cuando era capaz de hablar, era un  susurro sibilante cargado de sufrimiento. Ningún curandero pudo hacer algo para recupera la salud de Isabella. Entonces, murió, apenas una semana después de caer en cama.
Esa vez sí que ya no hubo dudas: Freddy, Señor Calamidad, era portador de mala suerte, desgracias, calamidades, dolor y todos los epítetos que se puedan aplicar.
Desahuciado por la muerte de Isabella, Freddy hizo lo que debía haber hecho hacía mucho tiempo, antes de causar tantas desgracias en sus seres queridos. Cogió una cuerda, la ató a la viga del techo y se ahorcó con ella. Mientras moría entre los espasmos causados por el ahorcamiento, Freddy vio una sombra negra salir de su cuerpo. La sombra atravesó la ventana y se escondió en el vientre abultado de una mujer que en aquellos momentos señalaba hacia la ventana y gritaba aterrada que un hombre se había colgado con una soga.
Aquel fue el final de Freddy, Señor Calamidad.

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