Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de febrero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 5

En la Cabaña del Mago

—¿Usted vive por aquí? —preguntó Max mientras caminaban entre el sembradillo de girasoles.
—Sí —dijo el anciano—. Ya tengo varios años desde que me establecí en este lugar. Quise hacer negocio con semillas de girasoles —explicó—, pero esos cuervos nunca han dejado prosperar mi siembra. Era ese enorme cuervo el que más daño le hacía. Con mi magia fácilmente me hubiera deshecho de todos los demás, pero nunca pude vencer a ese cuervo, mis hechizos no funcionaban con él. Muchas veces era él quien había estado cerca de acabar con mi vida.
»En realidad él no quería solamente los girasoles, sino que quería todas mis tierras, quería dominarlas y hacer que todo lo que viviere por estos rumbos le obedeciera. Ya hacía varias semanas que no nos encontrábamos porque había salido de viaje, fui a investigar y a practicar un hechizo que funcionara con él, y lo encontré, fue él que usé hace rato. Tuve que optar por otro hechizo porque los demás rebotaban en él, como en un espejo, pero como ustedes se dieron cuenta, el hechizo que aprendí sí surtió efecto.
—¿Y qué era esa cosa? ¡Porque un cuervo común y corriente no lo era!
—Era un cuervo, un cuervo que se hacía llamar David, decía que David era el nombre de un antiguo rey del reino animal y que él lo reemplazaría en el trono.  No era un cuervo común y corriente porque en la piel se le incrustó por accidente un fragmento de un Diamante de Hezlem, el cual lo transformó en gigante y le transfirió muchas habilidades. Como se dieron cuenta una de sus habilidades era hablar la lengua de los humanos, también sus alas obtuvieron dedos. Incluso pienso que en un par de años más se hubiera parecido más a un humano que a un cuervo, y quizá un día llegaría a ser completamente humano, al menos en lo físico.
»Busqué en sus restos el fragmento del Diamante de Hezlem, pero creo que se consumió junto con la vida del cuervo, ya que no lo encontré.
—¿Entonces era eso lo que buscaba cuando revisaba su cuerpo?
—Correcto.
—Entiendo que las habilidades del cuervo se debían al poder del Diamante de Hezlem… pero ¿Qué es el Diamante de Hezlem? —preguntó Jennifer.
—Es un diamante mágico, muy poderoso. Pero ahora no quiero hablarles sobre él, quizá se los diga más tarde.
—Así que era ese misterioso diamante el que le transmitía sus habilidades al cuervo —meditó Jennifer—. Eso lo explica todo. Ya decía yo que no podía ser por causa natural.
—Tienes razón pequeña —dijo el anciano carcajeando—. Y ahora me siento feliz porque por fin pude acabar con él. Me hizo pasar por muchos problemas. Incluso en algunos momentos me pasó por la mente irme de este lugar, ya no resistía. Tenía que usar mis hechizos más poderosos para proteger mi cabaña, intenté hacer lo mismo con la siembra de girasoles, pero mi magia no es muy potente y el campo no resistía por mucho tiempo las embestidas de los cuervos, mucho menos cuando se trataba de David.
Después de unos momentos llegaron a una cabaña, cuando eso el sol ya se había ocultado. Sólo el resplandor rojizo del cielo en el horizonte oeste denotaba que aún no estaba lejos.
Max observó la cabaña, la cual era muy pequeña, pero para una persona debía de ser suficiente. La cabaña estaba al pie de un pequeño barranco. El paisaje que la rodeaba era hermoso, constituido por árboles de flores hermosas. El interior estaba dividido en dos habitaciones, una era la habitación del anciano, y la otra el comedor y la cocina. El comedor era una pequeña mesa para cuatro personas, con sus respectivas sillas finamente labradas, lo que le sorprendía verdaderamente a Max.
—Imagino que tienen hambre —observó el anciano. Dejó su bastón en una esquina, luego empezó  a dar vueltas por la cabaña en busca de alimentos.
—Sí, un poco —admitió Max.
—No se preocupen, veré que encuentro de comer para unos niños como ustedes. Porque unos niños como ustedes no pueden comer cualquier cosa, tienen que comer comida sana, para que crezcan fuertes y saludables.
—¿Vive solo? —preguntó Max, temiendo ser indiscreto.
—No. Realmente vivo con mi perro Samy, es mi  única compañía. Lamentablemente nunca pude construir mi vida al lado de una mujer, me casé en tres ocasiones, pero ninguna de mis esposas duró mucho tiempo conmigo.
—¡Oh, lo lamento! —dijo Max.
—No te preocupes, no es ninguna molestia. Es más, me río al acordarme de lo que pasé en esos años y de lo que les pasó a esas mujeres. Me río de las locuras que hice, estoy seguro que jamás volvería a hacer algo como aquello. A veces me río de lo que hice con ellas y algunas otras veces lloro, no sé qué hacer cuando me acuerdo de ellas —mientras hablaba no dejaba de dar vueltas por la cabaña.
—¿Qué les paso? —preguntó Jennifer.
—A la primera la maté, la segunda la desaparecí y la tercera la transformé en un águila, se molestó mucho y huyó. Aunque yo pienso que aún me viene a ver, porque hay veces que veo pasar un águila sobre mi cabaña —dijo el anciano.
—¡¿Usted hizo eso?! —preguntó Max con sorpresa.
—Sí, lo hice, pero no lo hice a propósito. Lloré como loco cuando supe que había matado a mi esposa. En ese entonces tenía veintitrés años, era un novato en el uso de la magia, aún era un aprendiz. En esa ocasión intentaba hacer un hechizo en el patio de la casa, lo lancé hacia un árbol, pero algo sucedió, como movido por una fuerza magnética mi bastón cambió de dirección, y mi esposa, que estaba muy cerca de mí, fue quien recibió el impacto del hechizo. Tardó otros días con vida, pero murió. Al final recibí mi castigo, aunque creo que no fue suficiente, el maestro me expulsó de la academia y tuve que aprender magia por mí mismo.
»Mi siguiente fracaso sucedió ocho años después. Ya tenía dos años de vivir con ella, incluso estaba embarazada de mi primer hijo. Yo practicaba un nuevo hechizo, ya lo había hecho varias veces. El hechizo era de desaparición, hacía desaparecer una cosa de un lado y luego aparecerla en otro. Incluso ya lo había hecho con mi perro, también había desaparecido a un par de árboles y muchas cosas más. Pero quería probarlo con un humano, mi esposa se ofreció de voluntaria. Me puse nervioso cuando lo iba a realizar, incluso transpiraba, pero no desistí. La escuché gritar que no realizara el hechizo, decía que yo estaba nervioso y que así no podría realizarlo, pero ya era demasiado tarde, la desaparecí. Cuando intenté regresarla ya no pude… era demasiado tarde, la había desaparecido para siempre. Dediqué muchos años de mi vida en buscarla, pero no la encontré… entonces me di por vencido.
»A los cuarenta años de edad me casé con mi tercera esposa, vivimos cinco años juntos, nunca tuvimos un hijo. Cuando sucedió la tragedia, nuevamente fue por un accidente, sin querer la transformé en un águila y no pude encontrar el hechizo para devolverle su forma original. Tardó dos meses más conmigo, esperando que le devolviera su forma humana, al no conseguirlo se fue, la busqué por varios años, pero tampoco la encontré. Entonces decidí no volverme a casar.
—¡Guau! Es increíble lo que usted nos cuenta. Y más increíble es que le hayan pasado tantas desgracias a una misma persona —dijo Max incrédulo.
—¡Sí, pero eso ya lo superé! —dijo el anciano—. Aquí hay algo para comer. Lo siento, pero no tengo nada más —dijo colocando dos platos de comida en la mesa.
La comida era una pequeña ensalada, acompañada de un pedazo de carne que Max no reconocía, pero igualmente se veía apetitosa. Hubiera preguntado de qué animal era la carne, pero no le pareció buena idea, además no sabía qué iba a obtener por respuesta, y no quería enterarse que era algo que después no quisiera probar. El anciano también sirvió para él.
—Y díganme niños ¿De qué aldea vienen? —preguntó el anciano mientras masticaba un pedazo de carne.
Aquella pregunta lo tomó por sorpresa. No sabía qué decir. Sabía que la aldea más próxima era una que estaba al lado oeste, pero Max no sabía su nombre. Y no podía decir que venían de Narlez, porque entonces quedaba completamente abolida la historia de que habían seguido a un venado, ya que nadie, por más perdido que estuviera, sería capaz de alejarse tanto. Narlez, según sus cálculos, estaba a unos treinta y cinco o cuarenta kilómetros hacia el norte.
—De la aldea que está aquí al lado —dijo Max intentando evadir la pregunta.
—¡Ah sí! Y por cierto ¿Cómo se llama esa aldea? Porque ya tengo varios años que no voy allí, ni siquiera me acuerdo de su nombre. Me parece que se llama Caday o es ¿Calay? no, no, no, no, más bien creo que es ¿Cader? sí, yo creo que empieza con cader, pero no me acuerdo del resto, parece que termina con…
—Es Caderlay —le interrumpió Jennifer.
—Oh sí, es cierto —dijo el anciano—. Pero es increíble que se hayan alejado tanto de su aldea. No es para que se lo tomen a mal, pero solo unos verdaderos tontos se alejarían tanto, mucho menos teniendo en cuenta que no saben cómo regresar a casa.
—¡Sí, realmente fuimos unos tontos, pero por suerte lo encontramos a usted! —dijo Max.
Por su puesto, Max no iba a permitir que los llevaran a esa aldea. Tenía pensado escaparse por la mañana de aquella cabaña. No iba a permitir la pérdida de tan preciado tiempo sabiendo que los días de su abuelo estaban contados.
—¡Niños! —dijo de súbito el anciano Sam, haciendo que los chicos se sobresaltaran—. Díganme lo que está pasando ¿Por qué andan por estos rumbos? Yo sé ver la verdad en los ojos de las demás personas, y sé que ustedes me están mintiendo —acusó el anciano clavando la mirada en los dos chicos.
Max y Jennifer se miraron, no sabían que responder, la acusación los tomó por sorpresa. El viejo Sam ya les había demostrado ser de confianza, al menos un poco, pero Max no creía conveniente contar el motivo de su viaje.
—¡Claro que sí nos perdimos… aunque no fue como se lo contamos…! —había empezado hablar Jennifer.
—Jennifer, está bien, hay que contarle la verdad —decidió de pronto Max.
—Bueno, es tú decisión —aceptó sumisa la niña.
—Haber niños, cuéntenme lo que hacen por aquí —dijo el anciano, aguzando sus oídos y adoptando una postura expectante.
—Bueno… lo que sucede es que mi abuelo se encuentra enfermo, fue picado por un escorpión de fuego…
—¿Y buscan la cura en el bosque? —inquirió Sam el anciano.
—Sí ¡Aunque en realidad buscamos al fénix dorado! —dijo Max.
El anciano no se inmutó para nada.
—Así que también tuvieron la fortuna de ver al fénix —dijo—. Pero no creo que lleguen muy pronto a las tierras en las que habita esa ave —dijo el anciano.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Jennifer.
—Yo también lo vi, me sorprendí muchísimo por cierto —confesó Sam—. Y voló muy lejos, hacia el sur, para ser más exacto.
—¡Y es allá a donde vamos! Y haremos todo lo posible para encontrarlo, luego le pediremos o le quitaremos los polvos mágicos que contiene en sus plumas, después volveremos a casa antes de que el abuelo muera —dijo Max, que parecía muy seguro de sí mismo.
—Tienes un gran espíritu, muchacho. Pero eso no será suficiente. Puede que tardes semanas o meses en llegar a los dominios del fénix dorado, y al no saber exactamente donde vive, será mayor el trabajo. Si a eso le sumas los peligros del bosque, se hace todo más difícil. No es que sea un aguafiestas, pero es casi imposible que finalices con éxito tú misión.
—¡No me importa! ¡Si no encuentro a ese fénix mi abuelo morirá! ¡Por eso tengo que hacer posible lo imposible! —dijo Max que no estaba dispuesto a dejarse amilanar.
El anciano de barba blanca sonrió, mientras se acariciaba la barbilla con gesto pensante.
—Sabes muchacho, creo que puedo ayudarte.
—¡Me puede ayudar! ¿En serio?
—Puedes preguntarle a los animales, seguramente ellos sabrán un poco más acerca del fénix.
«¡Este señor está loco!», pensó Max. Cómo se le ocurría decir que preguntándole a los animales podrían obtener información que les resultara útil. Quizá los animales si supiesen algo, pero no podían hablar con los animales.
—Pero para ello necesitarían de un hechizo muy poderoso —agregó el anciano ante las expresiones incrédulas de los chicos—. Hechizo que solo funciona con los Diamantes de Hezlem.
No sabía nada sobre aquellos misteriosos diamantes. Pero cuando habló de un hechizo, creyó que sí era posible hablar con los animales.
—¿Entonces usted tiene uno de esos diamantes? —preguntó Jennifer fascinada.
—Bueno… algo así —dijo el anciano.
—¿Qué quiere decir? —inquirió Jennifer.
—Bueno, sí tenía uno, pero me lo robaron.
—¡Qué lástima! —se quejó Max.
En aquellos momentos apareció un perro por la puerta de la cabaña, en el hocico llevaba un cuervo. Era un perro blanco con motas negras, robusto y fuerte.
—Samy, que bueno que regresaste —dijo el anciano. El perro entró y se echó en una esquina de la cabaña a comer el cuervo que llevaba en las fauces—. Imagino que ya sabes lo que sucedió con David ¿Cierto?
El perro ladró en señal de respuesta.
—Lo suponía.
—¡¿Puede hablar con los animales?! —preguntó Max incrédulo.
—Solo con algunos —respondió el anciano.
—¡Vaya! ¡Eso es fascinante! —agregó Jennifer.
—Retomando el tema ¿Quién le robó el diamante, señor Sam? —dijo Max.
—Bueno, eso sucedió hace unos dos meses. Me lo robó su anterior dueño, antes se lo había hurtado yo. Por desgracia me encontró y destruyó toda mi cabaña mientras buscaba el diamante, yo no pude hacer nada, más bien tuve que esconderme para salvar mi vida.
—¿Se trataba de otro mago?
—No. Lo que destruyó mi cabaña y se llevó el diamante fue un dragón.
—¿Un dragón? —preguntó Jennifer—. Pero se supone que los dragones no habitan por estas regiones
—Excepto éste.
—¿Y el diamante era del dragón? —preguntó Max.
—No sé donde lo encontró, pero sí, él lo tenía. Lo descubrí un día que pasé cerca de su cueva. Me llamó la atención que veía algo entre sus garras con los ojos desorbitados, inmediatamente supe que era algo muy valioso. Me escabullí una noche en la cueva para robarlo, aprovechando que se había ido de caza. Lo tuve en mi poder por pocos días, sin llegar a realizar todo lo que tenía planeado hacer con él. Como les dije, luego descubrió que yo lo había robado y a plena luz del día atacó mi cabaña, la destruyó casi toda. Intenté huir con el diamante pero no me dio oportunidad, mis hechizos no funcionaron con él. Al final me di por vencido y dejé que se llevara el diamante.
—¿Y cree que se puede recuperar? —preguntó Max, emocionado ante la posibilidad de poder hablar con los animales.
—Claro que sí. Yo no lo he vuelto a intentar porque no creo que me pueda ser de mucha utilidad. Pero viendo que servirá para algo bueno, estoy dispuesto a hurtarlo.
—Pero antes cuéntenos algo sobre los Diamantes de Hezlem, porque hace rato nos dejó con la duda —dijo Jennifer—. Yo nunca había escuchado sobre ellos.
—Y no me sorprende, ya que muy pocos saben de su existencia, son muy raros. Incluso algunos piensan que ya desaparecieron, pero aún quedan algunos. La leyenda cuenta que estos diamantes fueron hechos por Hezlem ¡El Rey-Dios más poderoso que jamás haya conocido el mundo! Imagino que si han escuchado sobre él ¿verdad?
—¡Por supuesto! —afirmó Max, incrédulo. Ya había oído hablar sobre Hezlem, pero era la primera vez que escuchaba que él había inventado unos diamantes poderosos.
—Como todo mundo sabe, Hezlem es una leyenda. En los años que él vivió siempre hubo paz, se encargó de gobernar al mundo con corazón, justicia y dedicación. Amaba al mundo y siempre se interesó en la posibilidad de que éste viviera en completa armonía por el resto de la eternidad. En base a esta ilusión, se interesó en que todo siguiera como estaba, entonces creó los diamantes. Los diamantes hacían poderosos a quien los poseyera, pero su efecto nunca era duradero, el efecto de los diamantes solo duraba unos mil años, más o menos. Por lo que creó muchos, para que duraran por toda la eternidad. Se los dio a su mejor amigo y consejero, le dijo que cuando él muriera debía de elegir al nuevo rey, éste debía ser de buen corazón y tenía que encargarse de mantener la armonía del mundo, el cual, con la ayuda de los diamantes se convertiría en un ser tan poderoso como lo era él. Ese era el propósito de los diamantes, dar gran poder al nuevo rey, para poder dominar al mundo y mantener la paz y la armonía.
»Cuando Hezlem murió, el consejero eligió al nuevo monarca, pero este aún era joven y una vez que salió del palacio, unos bandidos lo mataron y robaron los diamantes. Atraídos por su gran poder intentaron hacerlos funcionar pero no pudieron, ya que eran protegidos por un poderoso sello. Con el tiempo los diamantes pasaron a ser simples joyas. Hasta que tiempo después alguien descubrió las habilidades que poseían y logró romper los sellos mágicos. Fue entonces cuando se inició la búsqueda y cacería de los diamantes. Ahora se dice que ya todos fueron usados y destruidos. Aunque yo sé que aún quedan varios, quizá fueron recogidos por personas amantes de las piedras preciosas que los guardan en lo profundo de sus bodegas, o quizá fueron encontrados por animales y criaturas del bosque, que hicieron lo mismo.
—¿Pero por qué en las escuelas no cuentan esa leyenda? —preguntó Jennifer—. Supongo que sí es cierto que existen tales cosas no habría libro que no hablara de ellas.
—Es que no fue escrita en los libros. Decidieron evadir la historia. Incluso cambiaron el nombre a los diamantes ¿Han escuchado hablar sobre las Reliquias Arcoíris?
—Sí ¿Pero qué tiene que ver esto con lo otro?
—¿Y quién creó las Reliquias Arcoíris? —preguntó Sam.
—¡Pues… Hezlem! —respondió Jennifer, cayendo de pronto en la cuenta.
—¡Exacto! –Afirmó el viejo Sam—. Las Reliquias Arcoíris son lo mismo con los Diamantes de Hezlem. Simplemente cambiaron de nombre, para que aquel que escuchara sobre los Diamantes de Hezlem los viera como una simple fantasía, algo que no existió. En cambio si escuchan hablar sobre las Reliquias Arcoíris automáticamente pensarán en las diferentes armas que desarrolló Hezlem, pero también pensarán en que ya desaparecieron hace miles de años. Pero estas armas, en realidad no son armas, son diamantes y si se les ocurrió darles el nombre de Reliquias Arcoíris fue por los diferentes colores de los diamantes.
Max escuchó aquellas palabras con mucha atención, todo tenía relación ¿Por qué se llamaban Reliquias Arcoíris? ¿Por qué nunca se había hecho aquella pregunta? Los libros solo decían que las Reliquias Arcoíris eran poderosos artefactos creados por Hezlem para mantener la paz en el mundo, pero nunca mencionaban que tipo de artefactos eran.
—Entonces todo el tiempo hemos sabido sobre esos diamantes —dijo al final Jennifer.
—Entonces ya saben a lo que me refiero, al poder que tienen dichos diamantes.
—Sí. Pero siempre pensé que esas cosas habían desaparecido hace cinco mil años.
—Muchos piensan eso. Pero como pueden darse cuenta, no es del todo cierto. Hace rato frente al monstruoso cuervo presenciaron el poder de tales diamantes, sin mencionar que el cuervo sólo poseía un pequeño fragmento. Fragmento que una vez perteneció al diamante que ahora posee el dragón.
—¿Entonces esos diamantes tienen el poder de hacernos hablar como animales? —preguntó Max.
—¡No! —el viejo Sam sonrió— No los harán hablar como animales, sino simplemente les dará la habilidad de entender su lenguaje y de poder comunicarse con ellos. Y podría transmitirles otras habilidades, pero me encargaré de que nada de eso suceda, porque no creo que unos niños como ustedes puedan dominar semejantes poderes.
—Entonces ese diamante que usted ya tuvo en sus manos, ahora está en la cueva del dragón —afirmó más que preguntar Max.
—Estoy seguro de ello.
—Entonces debemos de ir en estos momentos a la cueva del dragón —dijo Max, decidido.
—Sí, así será. Pero ustedes no irán, lo haré yo —dijo el anciano.
—¡¿Qué?! —dijo Max— Usted no me puede prohibir acompañarlo. Además puede que necesite un poco de ayuda.
—No, conmigo será suficiente —dijo el anciano con tono cortante—. Yo solo me podré escabullir más fácilmente y podré recuperar el diamante con mucha más facilidad.
—No se puede poner en peligro por nuestra culpa, así que tendrá que permitir que yo vaya con usted —insistió Max.
—Eres testarudo muchacho. Pero bueno, si eso es lo que quieres, pues ven —aceptó el anciano—. Pero la niña no va, eh —sentenció.
—No, no, por mi no se preocupen, yo estaré muy bien aquí —dijo Jennifer mientras hacía un ademán en señal de no querer ir.
—Entonces debemos marcharnos ahora. Es probable que el dragón ya haya salido de caza —dijo el anciano, poniéndose de pie.
Max se colocó la espada en la espalda. Unos momentos después ya estaba listo para partir. Esperaba que aquel diamante valiera la pena. Tenía fe en que sí.
—¿Ya estás listo muchacho? —preguntó el anciano.
Max asintió, sintiéndose incómodo.
—Samy, te encargo la cabaña y también a Jennifer —dijo el anciano al perro.
El perro ladró en señal de entendimiento.
Cuando salieron al patio Max constató que la claridad era pobre, la noche ya se había apoderado del entorno. El cielo era adornado por unas pocas estrellas titilantes que aparecían y desaparecían a cada segundo.
Max no podía ver prácticamente nada, la poca claridad no era suficiente. Apenas distinguía la silueta del anciano y la de los árboles cercanos. Luego, de improvisto, algo pasó enfrente de su rostro, e increíblemente en unos momentos ya podía ver mejor. Comprendió que lo que le había pasado enfrente del rostro había sido el bastón del anciano. Ahora veía de una manera extraña, no se veía claro ni oscuro, todo lo que veía tenía tintes verdes, pero por lo menos podía ver de manera más o menos clara.
—¡Suerte, Max! —le deseó Jennifer desde la puerta.
—La tendremos —fue la respuesta de Max.
—Sígueme —le dijo el anciano.
Ambos, mago y niño, empezaron a caminar en la oscuridad, hacia lo que él creyó el este.

1 comentario:

  1. holas , ya estamos martes =) , porfa publica la continuacion del cuento plisssssss.

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