Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de febrero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 4

El Robo de los Cuervos
Ya faltaban pocas horas para que anocheciera. Los chicos aún continuaban su caminata, algo más repuestos del susto que habían llevado mientras almorzaban. Por suerte era un día soleado y no había muchas probabilidades de que lloviera. Aunque, probablemente para el siguiente día sí iban a necesitar de la lluvia, ya que el agua se les estaba escaseando a gran velocidad. Por el momento no habían tenido más dificultades y ningún otro animal los había querido comer, por decirlo así, pero estaban casi seguros de que aquella serpiente no sería el único animal que encontrarían en su camino. Seguramente habría más animales a los que les parecerían un platillo suculento.
Momentos más tarde, mientras pasaban un claro de varias decenas de metros, vislumbraron unas montañas al sur, pero estaban bastante alejadas, tardarían por lo menos un día para llegar a ellas, a menos que fueran pequeñas y no estuvieran tan lejos como parecía.
Cuando ya faltaba poco para el crepúsculo se encontraron frente a un pequeño sembradillo. Fue una total sorpresa para los dos, significaba que por allí vivía alguien. Pero mayor fue su sorpresa al constatar que el sembradillo era de girasoles. La siembra no era muy grande, probablemente unos cincuenta metros cuadrados.
Los girasoles se encontraban en muy mal estado. Pronto se dio cuenta de la causa de aquello, en unos árboles no muy lejanos, había una población de cuervos. Seguramente ellos eran la causa de la mala condición de los girasoles
Uno de los cuervos los miró, y dando un graznido se elevó por los aires, hizo unas piruetas y se dejó ir en picada. Max lo observó maravillado, hasta que a pocos metros del suelo, el cuervo dobló la dirección hacia donde ellos estaban. Ambos chicos se tiraron al suelo para evitar ser embestidos por el cuervo. Luego, de manera extraña, muchos más cuervos imitaron al primero, lanzándose sobre los chicos con los picos apuntando a sus carnes.
No hubo tiempo para correr.
—¡Aléjense! —gritó, agitando las manos y golpeando a unos, pero no era nada comparado con los picotazos que recibía.
Jennifer también gritaba y se debatía con los cuervos.
—Max, ayúdame —gritaba la niña. Pero el chico era incapaz de ayudarse incluso a sí mismo.
Sabía que tenía que hacer algo pronto, o si no, no pasaría mucho tiempo para que les empezaran a quitar los pedazos de piel.
Trataba de pensar en algo, mientras se agitaba e intentaba alejar a los cuervos, pero aquello era inútil. Los picotazos de los cuervos se hacían cada vez más dolorosos, hubiera jurado que empezaba a sangrar.
Intentaron correr o hacerse hacia un lado, pero los cuervos los seguían hacia donde ellos iban. Tampoco podían mantener los ojos abiertos porque los negros pájaros amenazaban con arrancárselos.
Mientras la impotencia y el pánico se apoderaban del chico, recordó lo que llevaba en la espalda. Se llevó la mano al mango de su espada, pero cuando la logró sacar sintió un fuerte picotazo en la mano y la espada cayó al suelo. Con los ojos cerrados buscó a tientas la espada, pero fue incapaz de encontrarla. Cuando logró abrir los ojos descubrió que la espada no se encontraba en el suelo. Gran sorpresa se llevó cuando vio que en los aires un cuervo se alejaba con la espada en sus garras. Instantáneamente otro cuervo se acercó para ayudar a su compañero con el peso de la espada.
—¡Mi espada! —gritó desesperado.
En esos instantes recordó que había prometido no perder la espada. En su afán por intentar recuperarla, se desprendió de su mochila para correr tras el cuervo que llevaba la espada. Pero algo igual de extraño sucedió: dos cuervos descendieron sobre la mochila, y sujetándola con sus garras se la llevaron consigo.
—No, déjenla —gritó el niño. Pero lógicamente los cuervos no le hicieron caso.        
Los cuervos no podían cargar la mochila solamente entre dos, así que otro par de cuervos se les unieron.
A pesar de todo lo que estaba pasando, Max, no pudo evitar sentir gran admiración. El resto de los cuervos que aún los atacaban, dejaron de hacerlo y se alejaron en pos de sus compañeros.
—¡Oigan, no se vayan, regresen con mi mochila! —pero fue inútil.
Max se dispuso a correr detrás de los cuervos, que se dirigían hacia el este. Pero pronto se perdieron entre los árboles.  Max, al menos de momento, decidió desistir en su persecución.
Se sentía como un tonto. Había sido despojado de sus cosas por unos cuervos. Estaba con la mente perdida en que se habían llevado sus pertenencias que ni  siquiera se había percatado de que tenía varios picotazos y arañazos en los brazos, además de que le habían dejado gran parte de la ropa rasgada. Su rostro se había librado de los cuervos de milagro.
Jennifer estaba sentada en el suelo y parecía a punto de llorar, también estaba arañada y tenía la ropa rota. Por suerte ella aún conservaba sus cosas. Max no veía ninguna lógica en lo que había pasado.
—Creí que nos matarían —confesó la chica con la voz quebrada.
—Tranquila —dijo Max, tomándola de los hombros y acariciándole la mejilla—. Ya pasó.
—¿Qué vamos hacer, Max?
—No lo sé. Pero tengo que hacer algo para recuperar por lo menos mi espada, no puedo permitirme el lujo de perderla —hubo una larga pausa—. Quizá sea la hora de que uses tu arco y me ayudes a encontrar mi espada y mi mochila.
—Pero si yo nunca he usado un arco —se quejó Jennifer.
—Prueba un par de tiros. Después de todo no creo que sea tan difícil.
—Lo intentaré —dijo Jennifer de mal genio—. Será mejor que te escondas detrás de un árbol, porque no sé qué dirección pueda tomar la flecha.
Max estaba seguro que Jennifer llevaba el arco solo por compromiso, y se atrevía a apostar que por la mente de la niña en ningún momento se había cruzado la idea de que iba a llegar a necesitar el arco.
Pero antes de probar puntería con el arco, Jennifer sacó un trapo con el cual limpió la sangre del cuerpo de Max, éste se lo agradeció. Luego él hizo lo mismo con ella. Se limpiaron la sangre lo mejor que pudieron, aunque los arañazos siguieron allí.
Cosa muy extraña era lo que había sucedido. Unos cuervos los habían atacado, luego se habían marchado llevándose consigo la espada y la mochila de Max. Se le viera por donde se le viera, Max no le veía ni pies ni cabeza a aquello.
Después de limpiarse lo mejor que pudieron, Jennifer tomó en sus manos el arco y sacó de la mochila una flecha. Jennifer, según sabía Max, nunca había usado un arco. Pero ella había visto a algunos de sus parientes hacerlo y pensó que por lo menos debía saber cómo se hacía.
Jennifer colocó una flecha en el arco, apuntó al centro de un árbol, luego disparó ¡Qué sorpresa!, la flecha ni siquiera dio en el árbol.
—Vuelve intentarlo —le animó Max—. Yo voy por la flecha que disparaste.
Mientras Jennifer volvía a cargar el arco, Max fue por la flecha disparada, que por suerte no había llegado muy lejos. Jennifer volvió a disparar y esta vez faltó poco para que diera en el centro del árbol, la flecha quedó sembrada en una orilla del mismo.
—¡Bien hecho! —la felicitó Max mientras quitaba la segunda flecha de donde había quedado sembrada—. ¡Ya ves que no es tan difícil!
Jennifer le dedicó una sonrisa.
Diez veces intentó Jennifer dar en el centro del árbol. De los diez intentos, el último fue el mejor, el cual pegó justo en el centro del árbol.
—¡Sí, lo hice! —dijo Jennifer emocionada.
—¡Felicidades!
De los otros nueve tiros, solamente el primero y el cuarto no habían dado en el árbol.
—Suficiente de práctica —le dijo Max después del décimo tiro—. Hay que buscar esos cuervos.
Tenía muy claro que debía de buscar a esos cuervos en aquellos momentos, antes de que el sol se ocultara y se quedaran en completa oscuridad.
—De acuerdo —aceptó Jennifer aún emocionada porque había dado en el blanco con su última flecha. Luego guardó las flechas en la mochila, dejando una lista para usar—. ¿Qué es lo que tienes pensado hacer, Max? Supongo que no querrás que practique tiro al blanco con todos esos pájaros ¿Verdad? —inquirió.
—Con todos no, quizá solamente con algunos. A menos que los demás no huyan y tengamos que acabar con todos para recuperar mis cosas —dijo Max con una sonrisa.
—Entonces a por ellos.
Antes, Max cogió un pedazo de madera que pensaba usar para luchar con los cuervos, no iba a ser tan tonto como para buscarlos e intentar enfrentarlos sin nada que defenderse, mucho menos ahora que ya sabía de lo que eran capaz.
Mientras caminaban iban atentos a cualquier movimiento, bien pudiera ser que los cuervos estuvieran en los árboles vecinos, o quizá incluso en aquellos momentos podrían estar justo arriba de ellos. Max había visto desaparecer los cuervos muy cerca, pero tuvieron que caminar más de lo imaginado para encontrar a las infames criaturas. Max los vio y se escondió de golpe junto a Jennifer en un arbusto.
 El lugar en el que estaban reunidos los cuervos estaba conformado por un amplio círculo de muchas cosas, había armas, instrumentos de música, ropa, utensilios de cocina, bolsas, en fin, un montón de cosas. Max sospechó que no era el primero a quien robaban aquellas aves del demonio.
Su mochila y su espada eran el centro de atención de muchos de aquellos pajarracos.
—Prepara el arco, Jennifer —indicó Max en un susurro—. Apuntas a uno de los cuervos que están cerca de mis cosas. Cuando huyan yo correré a por la mochila. También te preparas para correr.
—Lo intentaré —dijo Jennifer. Estaba a punto de disparar cuando de súbito se detuvo.
Max miró absorto la causa por la que Jennifer ya no disparó, y la comprendió. De entre unos árboles apareció un cuervo, pero no era un cuervo normal, era el cuervo más gigantesco que en su vida habían visto, casi del tamaño de una persona, similar al águila de Mynor.
—¡¿Qué rayos es eso!?
—Un cuervo gigante ¿Tú qué piensas? —dijo Jennifer con una mota de sarcasmo.
Max sonrió nervioso.
—¿Qué han traído hoy? —preguntó con voz gutural el gigantesco cuervo.
—¡Puede hablar! —susurró Jennifer completamente sorprendida.
Por lo menos solo el cuervo gigante era el que podía hablar la lengua humana, los demás cuervos se comunicaron con el gigante a través de graznidos y chillidos.
—Oh, ya veo —dijo el cuervo gigante—. Ojalá haya valido la pena.
El cuervo gigante avanzó hacia la mochila con la intención de registrarla. Max estaba seguro que el cuervo no iba a poder registrar su mochila, no tenía dedos para mover el cierre, a menos que la destrozara. El cuervo se acercó a la mochila y para sorpresa de Max ésta se abrió. El cuervo solamente había movido un ala sobre el cierre de la mochila, como por arte de magia ésta se había abierto.
—Tienes que disparar ahora Jennifer. Trata de darle al grande —decidió apremiado Max.
Jennifer asintió. Buscó un claro entre el arbusto, luego apuntó. Max vio que la flecha apuntaba directo al pecho del cuervo, aunque no estaba seguro que la niña fuera a tener éxito.
Las manos de Jennifer temblaban. Sin duda el cuervo gigante la intimidaba.
Entonces un cuervo que estaba en una rama justo atrás de ellos lanzó un graznido horrible. Esto sobresaltó a Jennifer que soltó la flecha. Max no supo si por causa del ruido hecho por el cuervo, o por puntería de Jennifer, pero la verdad era que la flecha no había dado en el blanco, yendo a quedar sembrada en un árbol que estaba atrás del monstruoso cuervo.
—¡Rayos! —se quejó Max sabiendo que ya los habían descubierto.
 Empuñó con fuerza el garrote que tenía en las manos y empezó a defenderse del ataque de los cuervos que ya se les habían lanzado encima.
—¡Alto! —graznó la voz del cuervo gigante—. No quiero que los lastimen ¡Esos niños se ven apetitosos! Ya saben que a mí me encanta la carne humana.
Max sintió pánico. Los cuervos se alejaron un poco y él retrocedió un par de pasos. Justo enfrente de él avanzaba el cuervo gigante, con los ojos bien abiertos y llenos de delirio «¿Comernos? ¡Si los cuervos ni siquiera tienen dientes!» pensó Max.
Jennifer buscaba a tientas una flecha en la mochila, por fin la encontró y la puso en el arco —¡Esta vez no fallaré! —le advirtió al cuervo.
—Devuélvannos nuestras cosas y nos iremos sin lastimar a nadie —dijo Max con voz temblorosa. Aunque en su mente sabía muy bien que no había muchas posibilidades de que le obedecieran.
—¿Pero prometes que no lastimarás a nadie? —dijo con sarcasmo el cuervo gigante que cada segundo estaba más cerca de ellos.
A Jennifer le temblaban las manos, aunque aún así trataba de mantener firme el arco siempre apuntando al pecho del cuervo.
Max tenía muy claro en qué posición estaban. Pero sorpresivamente no sentía tanto miedo, ya que la imagen que se movía enfrente de ellos era maravillosa ¡aterradora, sí, pero maravillosa!
Cuando menos se lo esperaban, un cuervo voló sobre Jennifer y le arañó los brazos. Ésta en un instinto por defenderse soltó el arco, antes de que éste tocara el suelo, otro cuervo pasó volando y lo cogió con sus patas. Lo único que le había quedado en las manos había sido la flecha
—¡Ahora ya no tienes nada, chiquilla tonta! —dijo el cuervo colocándose justo en frente de ella.
Max tenía la vista fija en el cuervo gigante ¿Qué sería capaz de hacerles?        
El gran cuervo levantó una de sus alas y golpeó el rostro de Jennifer. Jennifer contestó al golpe con un pequeño quejido. Pero el cuervo no se detuvo allí, sino que caminó hacia Max e hizo lo mismo, agitó una de sus alas y lo golpeó en el rostro.
Max sintió furia, apretó el palo que tenía en las manos y lanzó un golpe a la cabeza del cuervo. Para su sorpresa, y por muy extraño que pareciera, el cuervo lo interceptó con una de sus alas y lo tomó con toda naturalidad. Tomó el trozo de madera como si tuviera dedos en las alas.
El cuervo agitó un momento el palo entre sus alas con dedos, mientras miraba con aires de superioridad al chico. Luego, con fuerza desmedida, utilizó el mismo palo para golpear al chico en el estómago.
—¡Ah! —se quejó Max. El dolor era insoportable y cayó al suelo, boca abajo, con las manos en el estómago.
—Nunca creyeron que un cuervo pudiera hacer esto ¿Verdad? —dijo el cuervo que parecía sonreír.
Max se incorporó con mucho esfuerzo. No sabía qué era lo que iba a pasar. Quizá después de todo sí terminaría siendo comida para los cuervos. Si aquel cuervo podía coger cosas con sus alas, probablemente también tenía dientes para poder comerlos.
El cuervo se acercó a Jennifer, la tomó por el cuello de la blusa y con un ala empezó a tocar su piel.
—¡Ah! ¡Qué carne tan suave y deliciosa! ¿No sé cómo fue que llegó tan deliciosa comida por estos lugares? A lo mejor son familiares de ese viejo loco —la última oración la dijo con disgusto.
Max ya se había puesto de pie, el dolor se le estaba quitando de a poco, pero no tenía idea de lo que iba suceder a continuación. Apenas era el primer día de viaje ¡Y pensar que eran presas de unos cuervos de lo más extraño! Había imaginado encontrar muchos animales raros ¿Pero un cuervo gigante y que habla?, aquello hasta parecía ridículo.
El cuervo se giró sobre sus patas y fue a tomar la espada de Max. La cogió y la observó con detenimiento, pasó un ala en el filo de la espada, como palpando el filo. El poco sol que había hacía brillar la hoja. Con la espada en alto empezó a avanzar nuevamente hacia ellos.
«¿Qué piensa hacer?», pensó aterrado Max.
—¡Adiós… pequeño! —dijo el cuervo levantando amenazadoramente la espada sobre la cabeza de Max.
Un profundo miedo invadió las entrañas de Max, que sintió vomitar. Aquel cuervo no estaba bromeando, estaba alzando la espada para darle fin a su vida. El terror que sintió en aquellos momentos era indescriptible. Su vida iba a terminar… los ojos del cuervo relampagueaban… la espada se levantaba por el aire y brillaba a la escasa luz del sol… el corazón le latía el doble de rápido… estaba inmovilizado… sin saber qué hacer…
Pero algo pasó, algo que lo dejó sin voz y con los ojos desorbitados. Una pequeña bola de fuego morado pasó por sobre su cabeza y golpeó las alas-manos del cuervo. La espada voló un par de metros y fue a caer a espaldas del cuervo.
Las cosas extrañas parecían no tener fin aquel día.
Max volvió la vista para ver quién o qué había causado aquella extraña bola de fuego. A pocos metros atrás de él, había un anciano, en su mano tenía un bastón de cabeza muy ancha y color café. El anciano tenía una barba blanca muy larga, el cabello también era blanco y aún más largo, vestía una túnica oscura.
Pasó la vista del anciano al cuervo. En los ojos de éste se veía terror o quizá furia, o incluso una mezcla de ambas cosas.
—¡Maldito anciano! ¿Por qué tuviste que aparecer? Ahora acabaré contigo —gritó el cuervo, pero su voz sonaba nerviosa.
Inmediatamente éste voló unos centímetros por sobre el suelo y se lanzó sobre el anciano. Max vio que el anciano movió el bastón y el cuervo se estrelló en una especie de campo invisible.
Max no supo si el cuervo voló o corrió, pero lo cierto fue que en menos de un segundo llegó al lugar en el que había caído la espada, la cogió y nuevamente se dirigió hacia el anciano, con los pequeños ojos negros centelleantes de furia. Nuevamente chocó contra una especie de campo invisible. Lo intentó una y otra vez, pero el campo no lo dejó pasar.
Mientras el gran cuervo intentaba cruzar el campo, los otros cuervos empezaron la retirada, lanzando graznidos de alerta para que los demás también se marcharan.
Max no tenía idea de lo que estaba sucediendo. Pero era claro que el anciano iba a vencer al cuervo ¿Pero el anciano sería amigo o enemigo?
Jennifer aprovechó la oportunidad para correr y coger su arco, le colocó una flecha y apuntó al cuervo. Max notó que ya no estaba nerviosa. Antes de que Jennifer pudiera disparar, el campo que evitaba que el cuervo llegara al anciano se rompió. Una oleada de pánico entró en Max. El cuervo corrió hacia el anciano, llevaba la espada en una de sus alas-manos, pero antes que el cuervo pudiera llegar al anciano, éste movió el bastón e hizo que de éste saliera una especie de llama morada, ahora la llama era más grande que la anterior. La llama impactó de lleno en el pecho del cuervo, el cual salió disparado hacia atrás, justo hacia donde se encontraba Jennifer.
—Jennifer, apártate —le gritó él.
Jennifer, increíblemente no se apartó, sino que tomó su arco, apuntó y disparó. La flecha penetró en la piel del cuervo. Ahora sí se hizo a un lado la niña, justo a tiempo. El cuervo fue a chocar contra un árbol, de tal forma que la flecha le penetró aún más hondo.
El anciano de barba blanca sonreía mientras avanzaba hacia el cuervo. Max cauteloso también empezó a acercarse al cuervo, pero sin dejar de ver al anciano. Aunque éste se veía apacible, se había percatado con aquella acción que podría cocinarlos muy fácilmente y era prudente no confiarse.
Jennifer ya se había puesto de pie y también caminaba hacia el cuervo.
Max se detuvo a menos de un metro del cuervo, lo examinó: había quedado hecho trizas, la piel estaba toda cortada y chamuscada, la parte del pecho estaba completamente sin plumas y carbonizada, en el vientre se asomaba la punta de una flecha. Era una escena horrible.
—Tienes buena puntería, pequeña —alabó el anciano a Jennifer.
—Suerte… creo que fue suerte —respondió Jennifer sonrojada.
—Yo no le llamaría suerte…
—¿Quién es usted? —preguntó Max.
—Soy Sam —dijo el anciano—. Pero creo que soy yo quien debería preguntar quiénes son ustedes.
—Mi nombre es Max y ella es Jennifer.
—¿Qué hacen unos niños tan pequeños por aquí? —preguntó el anciano con una pequeña sonrisa— Por lo que yo sé, la aldea más próxima se encuentra a muchos kilómetros de este lugar.
—Eh… nos perdimos —dijo Max precipitado, al ver que Jennifer abría la boca, probablemente para decir la verdad. No tenía confianza en aquel anciano como para contarle lo que andaban haciendo.
—¿Se perdieron? —repitió el anciano incrédulo— ¿Tan lejos de casa?
—Es que… estábamos… —empezó a decir Max pero no lograba que su mente pensara en una buena historia para contar al anciano.
—Es que andábamos realizando una tarea en la parcela de nuestros padres. Allí vimos un venado pequeño… sí, era uno pequeño… lo seguimos por mucho rato. Yo intentaba darle con mis flechas, pero no pude. El pequeño ciervo nos hizo dar muchas vueltas, hasta que lo perdimos de vista, para entonces ya no sabíamos por dónde quedaba la aldea. Entonces caminamos por esta dirección, y fue cuando nos encontramos con esos cuervos que nos atacaron. Además, vimos la pequeña siembra de girasoles, por eso creímos que era nuestra aldea y corrimos para acá —dijo Jennifer relatando la mejor historia que se le ocurrió.
—Entonces acompáñenme a mi cabaña. Se quedarán en ella esta noche. Mañana los ayudaré a volver a su aldea —dijo el anciano mientras revisaba de pies a cabeza al cuervo, parecía buscar algo—. Cuando estemos en mi cabaña les contaré sobre este cuervo, porque supongo que querrán saber sobre él ¿O estoy equivocado? —preguntó el anciano.
—Sin duda será una historia interesante —dijo Max, que ya empezaba a confiar en aquel anciano.
El anciano siguió revisando al cuervo, tardó varios minutos en aquella tarea. Ningún chico dijo nada. Por fin se puso de pie, parecía algo desilusionado.
—¡Nada! —dijo, más para sí que para los chicos— Bueno, vámonos —agregó.
Max cogió su mochila, metió la espada en su estuche y siguió junto a Jennifer al anciano que les había salvado la vida. Anciano que ahora los guiaba hacia su cabaña.
—Gracias por habernos ayudado —dijo Jennifer al anciano mientras se acomodaba el arco en su espalda.
—No fue nada, pequeños —dijo el anciano—. Es más, yo debería ser el agradecido, porque sin su ayuda nunca habría acabado con ese cuervo.
Max sabía que era mentira, ya que ellos no habían hecho nada para vencer al cuervo, pero no replicó.

2 comentarios:

  1. muy bueno , muy interesante , me keda esperar el proximo martes para leer el sig capitulo!!!! en verdad esta interesantisimo q no puedo esperar a seguir leyendo !!!!

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    1. Jaja. Me alegra que te haya gustado. Pero ni modo, a esperar...
      Y respecto a tu comentario anterior, creí que sólo habías leído el dos, pero ya veo que no... Besos.

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