Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

11 de febrero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 3

Max buscó la mochila que llevaba a la escuela y sacó todo lo que había dentro, lo único que dejó fue una pluma, un frasquito de tinta y un trozo de pergamino, por si lo llegaba a necesitar. Luego guardó en la mochila una mudada de ropa. Después buscó alimentos que podría llevar, pero para su decepción no encontró mucho, sólo unas frutas viejas. También guardó un pedernal para encender una fogata.
Durante el resto del día hubo que darle dos veces la poción al abuelo para que se tranquilizara. Mientras, él lamentaba no estar en el bosque, rumbo al sur, en busca del fénix dorado. Incluso hubo momentos en los que sintió la necesidad de partir, de irse en aquellos momentos, pero por una u otra razón siempre terminaba pensando que sin Jennifer no podría sobrevivir en el bosque. Y es que no podían tomar un camino, porque éstos simplemente comunicaban aldeas con aldeas, y ni uno llevaba directamente hacia el sur. Él no sabía en donde vivía el fénix dorado, por lo que no tenía más remedio que ir hacia el sur, en medio del bosque, puesto que no había ni un camino con un letrero que dijera: fénix dorado, hacia allá.
Aquella tarde la puesta de sol fue hermosa. El cielo estuvo por varios minutos de un color rojizo, Max siempre se maravillaba con la belleza de la naturaleza. Como le hubiera gustado que su abuelo mirara aquello. Siempre que miraba algo hermoso, la mayoría de las veces tenía a su abuelo junto a él.
Desde que él tenía memoria, nunca había visto a su abuelo postrado en cama, enfermo, y mucho menos en peligro de muerte. Incluso había pensado que su abuelo tenía algo de inmortal, o las enfermedades le huían, pero ahora estaba comprobado que no.
Sentado, observando la puesta del sol se quedó allí largo rato. Sin darse cuenta perdió el sentido del tiempo. Cuando vino a percatarse de algo, el sol ya se había ocultado por completo. Los ojos rojos y anaranjados se veían amenazadores a su alrededor. Sabía que eran pájaros pacíficos, pero le entró pánico, sintió una corriente de aire frío, se puso de pie de un salto y se metió a la casa a paso ligero. Habría jurado que esa anoche había algo allá afuera y él no estaba dispuesto a corroborarlo.
De pronto se dio cuenta que tenía un hambre voraz. Solamente había desayunado y no lo había hecho a la hora acostumbrada. Aquella situación que estaba pasando hacía que se olvidara de todo, incluso que se olvidara de que necesitaba alimentarse. Preparó comida tanto para él como para Mynor, ésta vez Mynor sí comió con apetito, ya que la comida del desayuno había terminado arrojándola por la ventana.
Después de cenar, se mantuvieron largo rato en silencio, sentados alrededor de la pequeña mesa.
Más tarde, Mynor se puso de pie y tomando su báculo, pronunció algunas palabras ininteligibles en voz baja, luego, con un movimiento de su bastón, hizo que en el centro de la mesa apareciera algo, primero apareció una luz brillante. Max se llevó las manos a los ojos para evitar la ceguera que aquel resplandor le provocaba. Después, conforme la luz resplandeciente fue desapareciendo, empezó a distinguir una espada, la espada era pequeña y angosta, el mango de color rojo con oscilaciones negras. Junto a la espada apareció una vaina para la misma.
—Quizá la llegues a necesitar —dijo Mynor entregándole la espada.
—¡Oh gracias! —exclamó Max sopesándola. Era la primera vez que tenía una espada en la mano. Le pareció exquisita.
Observó la espada, maravillado. Era hermosa, pequeña, parecía hecha especialmente para él. Era liviana, pero se veía resistente. Y tenía un color plateado resplandeciente.
—Es una gran espada, muy poderosa —comentó Mynor—. Ha pertenecido a mi familia por varias generaciones. Ahora de la obsequio a ti, pequeño Max.
—¿De verdad? ¡Muchas gracias!, le prometo que la voy a cuidar bien.
—Se que lo harás —dijo Mynor—. Ahora es tuya, pero me gustaría que la trajeras de vuelta. No estoy diciendo que me la tienes que regresar, pero no me gustaría que la dejaras perdida.
—No se preocupe, señor Mynor. Prometo que la traeré de vuelta, junto con los polvos de fénix.
Aquella noche Max se fue a dormir temprano. Estando en la cama no podía conciliar el sueño. En su mente revoloteaban muchas preguntas. ¿Qué sería de él en un bosque en donde habitaban muchas clases de criaturas? ¿Qué haría él para encontrar al fénix dorado? ¿Qué haría para obtener los polvos mágicos del fénix?
Aquella noche también fue azotado por varias pesadillas, pero por suerte, cuando despertó no se acordaba de ninguna de ellas. Se puso de pie de un salto. Afuera el sol apenas empezaba a asomarse por el este. Aún estaba medio dormido, pero al recordar la aventura que iniciaría esa misma mañana, la mente se le despejó de golpe.
Primero se fue a lavar el rostro. Luego revisó la mochila, viendo que no faltara nada, y lo que faltaba lo guardó antes de que se le olvidara. Mientras revisaba la mochila en la cama, vio en la mesita la espada que la noche anterior le había dado Mynor. Dejó la mochila y con la vista fija en la espada caminó hacia ella, la tomó, observó la vaina, y luego con mucha cautela empezó a sacar la espada, ésta brillaba esplendorosamente con los rayos del sol que se colaban por la ventana. Max no sabía mucho sobre los materiales con que se fabricaban las espadas, pero supuso que la que tenía en la mano estaba hecha de algo de gran valía. Cuando Mynor le dijo que aquella espada había estado en su familia desde hace varias generaciones, Max supo que se trataba de una espada muy especial. Ni por un solo segundo había dudado de las palabras de Mynor, si él decía que aquella espada había estado en su familia por muchas generaciones, pues era cierto, y él lo creía. La espada quizá se veía pequeña, pero para Max iba perfecta.
Se colocó la espada en la espalda, luego buscó una cantimplora para llevar agua, ya que no podría ir a un viaje sin ni siquiera llevar agua. Luego regresó a su habitación y por la ventana empezó a ver impaciente el camino, esperando que Jennifer apareciera.
Estuvo largo rato esperando divisar a Jennifer por el camino. El sol se estaba levantando y ella no aparecía. Max empezaba a impacientarse, después de todo quizás Jennifer no llegaría, y usando la lógica era de suponer que no lo haría, porque ¿Qué chica querría irse con él a un viaje por el bosque?, quizás había sido un tonto al creer que Jennifer de verdad lo acompañaría. De pronto tomó una decisión, solo esperaría otro rato, si no llegaba se iría, porque él no tenía todo el día para quedarse esperándola.
Minutos más tarde, cuando la desesperación empezaba a apoderarse del chico, por la curva del camino vio que alguien se asomaba, no era nadie más que Jennifer. Ahora se sentía estúpido por dudar de su amiga. Esperaba ver a Jennifer con el uniforme de la escuela, pero ésta llevaba vaqueros, una pequeña mochila y una cantimplora.
Max tomó la mochila, pero antes de irse fue a despedirse de su abuelo. Ojalá pudiera escucharlo. Mynor estaba sentado en una silla, con los brazos cruzados, en una esquina de la habitación.
—Abuelo —dijo Max, ya acurrucado al lado de la cama—, no sé si me puedas escuchar… pero si lo haces, te pido que tengas fe en mí y en Jennifer. Ambos iremos por la cura para ti. Me gustaría que cuando vuelva tú aún estés con vida. ¡Por favor, se fuerte y resiste hasta el final… si tus días están contados, resiste el doble de esos días! Nosotros trataremos de volver lo más pronto posible. No te digo cuando, pero te prometo que volveré con lo que te curará, para que tú vuelvas a recuperar la salud y el vigor de antes —las lagrimas volvían a rodar por las mejillas del chico.
No estaba seguro si su abuelo lo había escuchado, y si lo hizo, no sabía si lo estaba haciendo sufrir más, al preocuparse por él.
La piel de su abuelo ahora se veía más negra que antes. Viéndolo en aquel estado no sabía si su abuelo resistiría los doce días que Mynor le había dicho, bueno, once, porque ya había transcurrido uno. Levantó la vista y en la puerta estaba Jennifer, con su carita triste y una expresión de comprensión dirigida hacia Max.
—¿Estás listo? —preguntó Jennifer con voz melancólica.
Max asintió, limpiándose las lagrimas con el dorso de la mano.
Se despidieron de Mynor. Antes de irse, Max le suplicó que mantuviera con vida a su abuelo hasta que él volviera. Los dos chicos salieron al patio, listos para partir. Max observó nuevamente su casa y sus alrededores, no estaba seguro si volvería.
—Esperen —dijo Mynor alcanzando a los chicos en el patio—. Tengo algo para ti, pequeña.
Max vio como Mynor volvía a pronunciar algunas palabras en voz baja, luego hizo un movimiento con su bastón y en seguida aparecieron flotando en el aire, en medio de una luz brillante, un arco y varias flechas, luego tomó los instrumentos y se los entregó a Jennifer.
—Pero yo no sé utilizar esto —se quejó Jennifer.
—En el camino aprenderás.
Jennifer nunca había usado un arco, aunque sabía más o menos como usarlo. El arco era de color rojizo, y la cuerda se veía tan resistente que Max dudaba que un día se pudiera romper. Doce flechas le entregó el mago, todas de madera color rojiza igual que el arco, la punta de las flechas eran de metal brillante.
—También deben llevar esto —dijo Mynor mientras buscaba algo en su túnica, de los bolsillos de ésta sacó un pequeño frasco de vidrio—. Sé que encontrarán al fénix dorado… confío en que lo harán, y supongo que podrán echar los polvos mágicos en este recipiente.
Max tomó el recipiente, éste era del color del cielo en días despejados y de forma ovalada, más bien parecía un jarroncito. Por último lo guardo en la mochila, entre su ropa.
—¡Suerte pequeños! —les deseó Mynor.
—¡La tendremos! —aseguró Max que desde hace rato había secado sus lagrimas.
—Recuerden que deben volver lo antes posible. Seguramente los padres de esta pequeña le van a dar vuelta a la aldea para encontrar a su hija. Si apareciesen por aquí, yo les diré la verdad. Espero que sean comprensivos y no se la tomen conmigo.
—Quizá lo hagan. Aunque ya dejé una nota en la que les explico sólo lo necesario para que no se preocupen tanto —dijo Jennifer.
—Eso ayudará… supongo —dijo Mynor, nada convencido.
—Bueno…  entonces…  nos tenemos que ir —dijo Max tendiéndole la mano a Mynor, éste le apartó la mano y le dio un fuerte abrazo.
—Te tienes que cuidar, Max —dijo Mynor—. Si estás en peligro, recuerda usar la espada.
Enseguida Mynor abrazó también a Jennifer.
—Eres muy valiente pequeña. Práctica con el arco, pueden llegar a necesitarlo —le dijo a Jennifer—. ¡Ahora váyanse!
Max fue el primero en dar un paso en dirección sur. Por suerte, la casa del abuelo quedaba en esa dirección, por lo que no tenían que rodear la aldea para seguir hacia el sur.
Un tramo más adelante se encontraron con una bifurcación. A aquellas alturas quizá los padres de Jennifer ya supieran que su hija se había fugado a una misteriosa aventura, por lo que no se arriesgarían a caminar por los senderos. Así que, como ya lo había supuesto, tendrían que avanzar bosque adentro.
Según sabía, los fénix dorados acostumbraban a vivir en cuevas, en lo alto de las montañas, excepto algunos que hacían nidos en árboles, siempre antiguos y gigantes. Con la vista en el horizonte sur, Max intentó vislumbrar alguna montaña, pero hasta donde su vista abarcaba no se veía más que cielo arriba y árboles abajo. Excepto tres colinas que quedaban al este de la aldea, pero eran demasiado pequeñas como para interesarse en ellas, además de que no quedaban al sur, era poco probable que un fénix viviera allí.
El plan consistía en internarse por el bosque e ir dirección sur, mantenerse alerta y buscar las montañas más grandes. Aunque no vendría mal que aquel fénix pasara volando nuevamente cerca de ellos para que les indicara el camino que debían seguir. ¡Gran plan tenía él, andar de montaña en montaña buscando al fénix dorado! Empezaba a darse cuenta que no sería tan sencillo como en un principio había pensado.
Los árboles eran grandes y gruesos, y sus copas se juntaban de tal modo que los rayos del sol apenas alcanzaban el suelo, como resultado no había mucha vegetación en el suelo y los chicos podrían avanzar sin mayor contratiempo. La comida probablemente no sería un problema, pensaba Max, pero el agua bien podía que sí, aunque deseaba que no fuera como lo pensaba. En todo el tiempo que llevaba viviendo allí no conocía más que dos pequeños arroyos, aunque uno casi era río, pero esperaba que en el camino pudieran encontrar asiduamente algún riachuelo en el cual reabastecerse.  
—¿Estás lista? —preguntó a la niña.
—Sí —contestó Jennifer, aunque su semblante denotaba lo contrario.
Ambos niños respiraron profundo antes de internarse en el bosque. Sin saberlo, iniciaban la más grande aventura de sus vidas.
Caminaron durante un buen rato sin pronunciar palabra. Sabían muy bien que aún estaban cerca de la aldea y no querían que por casualidad los encontraran o los escucharan, porque sería un verdadero problema, así que trataron de no hablar mientras estuvieran cerca de la aldea.
Un rato después de iniciada la marcha encontraron un árbol de manzanas, los manzanos abundaban alrededor de la aldea. Sin pensarlo mucho Max trepó al árbol y cortó muchas de ellas, abajo Jennifer las acumulaba. Por último echaron todas las que pudieron dentro de sus mochilas. Las manzanas no eran las mejores del mundo, estaban un poco podridas y picoteadas por las aves, pero se podían comer. Probablemente llegaran a necesitarlas más adelante.
Mientras marchaban constantemente escuchaban ruidos de algunos roedores que salían a esconderse tras su paso. Max notó que Jennifer se sobresaltaba con estos ruidos, al principio de manera muy marcada, pero conforme fue transcurriendo el día empezó a habituarse más a ello. Por su parte él ya sabía de qué se trataba, pero igual no podía evitar sentirse nervioso.
—¿En realidad crees que encontremos al fénix dorado? —preguntó Jennifer con voz dudosa cuando ya casi era  medio día.
—No lo sé —contestó él con sinceridad—. Pero por el abuelo soy capaz de todo, y si eso implica poner en riesgo mi vida para encontrar a ese fénix, lo haré sin dudarlo un momento.
—Tienes un gran corazón, Max —dijo Jennifer dedicándole una dulce sonrisa—. Ojalá lo encontremos y podamos regresar a tiempo —agregó.
—Lo haremos, confío en que lo haremos —hubo una larga pausa—. Viajar por los bosques es peligroso ¿Qué les dirás a tus padres cuando volvamos? Bueno… si es que volvemos —esto último lo dijo en un susurro y estaba seguro que Jennifer no lo había escuchado.
—Supongo que les explicaré lo que sucedió con tu abuelo, ellos saben que yo lo quiero como si también fuera el mío. Además, deberán entender que si no se los dije desde el principio fue porque sabía que no me dejarían hacer este viaje. Y confío que cuando me vean se alegrarán tanto que olvidarán castigarme —terminó con una sonrisa pícara.
—Gracias por acompañarme.
—De nada.
Continuaron la marcha en silencio por largo rato.
Max pensaba en las posibilidades que habían de que pudieran encontrar al fénix dorado, que en realidad eran pocas. El sur era inmenso, y quizá necesitarían todo un año para poder recorrerlo todo, y su abuelo solo tenía doce días. La única posibilidad que tenían de volver a tiempo, era que el fénix dorado viviera cerca, y eso ya era pedir mucho.
En algunos instantes llegaba a dudar de la misma existencia del fénix dorado. Tal vez había sido solamente un ave la que habían visto hace un par de días. Pero luego se preguntaba ¿Cuántas aves doradas existían, que además dejaran una estela de polvos brillantes?, que él conociera, ninguna. Entonces se convencía nuevamente de que sí iban en busca de algo real.
Ya era mediodía cuando se detuvieron para comer. Se recostaron bajo un gran árbol, el más grande y grueso que había por allí cerca. Ya habían comido manzanas hasta saciarse hace tan solo un par de horas, pero Jennifer llevaba comida, y si la dejaban otro rato dentro de la mochila se iba echar a perder. Max no opuso resistencia cuando Jennifer dijo que se detuvieran para comerla.
A mitad de la comida se encontraban cuando Max sintió el movimiento de algo. De pronto sintió un gran pánico, algo se movilizaba por sobre su cabeza. Dejó de comer y con marcado temor volvió la vista hacia arriba, lo que vio fueron dos hileras de colmillos y una gran boca que se acercaban hacia él a velocidad pausada. Tiró la comida y se apartó del árbol lo más rápido que pudo, llevándose a Jennifer consigo.
Sólo escuchó el ruido de las mandíbulas cerrándose en el aire. Lo que había en el árbol era la más grande serpiente que Max en su vida había visto, calculó que medía más de cinco metros de largo y era casi tan gruesa como él. Si la dejaban se tragaría sin mucho esfuerzo a cualquiera de los dos.
Max no tenía pensado quedarse observando a la serpiente, con cautela recogió las dos mochilas. Tomó la suya y le dio la otra a Jennifer. La serpiente se mantenía en el árbol.
—Tenemos que irnos —dijo a Jennifer, quien veía con la boca abierta a aquella gran serpiente.
Sin pensarlo dos veces se alejaron corriendo de aquel lugar. Por suerte ni él ni Jennifer se habían quitado sus armas de la espalda, y solo habían tenido que recuperar las mochilas.     
—¿Qué rayos era eso? —preguntó Max lleno de pánico jadeante.
—¡Una serpiente! Y una muy grande por cierto —fue la respuesta de Jennifer. Por supuesto, aquello no aclaró las dudas de Max.
—La próxima vez que nos sentemos a comer, tendremos que hacerlo uno en frente del otro para vigilar nuestras espaldas —dijo Max.
Jennifer solamente asintió. Ahora ya no tenían comida. La única que llevaban la habían dejado tirada. Aunque aún llevaban varias manzanas de las que habían cortado hace rato. Tales frutas, hasta el momento, era lo único que tenían de comer.

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