Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

4 de febrero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 2

Polvos de Fénix Dorado 
Max no quería separarse de su abuelo, pero el hambre lo estaba torturando. Media hora después de que Mynor se hubiera marchado se alejó de la cama de su abuelo para ir a preparar algo de comer. Primero hizo crepitar el fuego en la cocina, luego tomó dos huevos que había sobre la mesa, un poco de manteca que había en un recipiente y preparó los huevos de forma rústica, en menos de media hora ya había cenado. Deseó darle algo de comer a su abuelo, pero no podía, ya que éste apenas se había tomado la medicina que Mynor le había dado hace rato
Después de cenar regresó al lado de su abuelo. Estuvo largo rato sentado en una silla lo más cerca que pudo del anciano. Se llevó un gran susto cuando éste empezó a temblar y a sudar a chorros entre gemidos de dolor. Después empezó a mover los labios de forma incongruente, produciendo sonidos de los cuales no se entendía nada, Max creyó que quería hablar, pero no pudo entender nada de lo que su abuelo trataba de decir.
¿Abuelo? ¿Cómo te sientes abuelo? —preguntó Max con la esperanza de que su abuelo hablara. Pero no obtuvo por respuesta más que gruñidos.
Luego comprendió lo que tenía que hacer, ya que su abuelo había empezado a sudar a chorros y los ojos se le ponían más rojos y hundidos de lo que los había tenido hace unos momentos, tenía que darle la medicina. Tomó el recipiente con la medicina, le costó un gran esfuerzo abrir la boca de su abuelo para introducir el líquido en ella, pero por fin lo logró, echó un poco de medicina a la boca del abuelo y lo detuvo boca arriba hasta que la medicina se fue hacia el interior de su vientre.
Con aquel líquido su abuelo empezó a regresar al estado en el que se encontraba antes, provocando que las lagrimas se volvieran a derramar por las mejías del chico ¡Era tan espantoso ver a su abuelo con aquel aspecto! Siempre pensó que su abuelo viviría por muchos años, nunca se imaginó que probablemente se quedaría sin ningún familiar a tan corta edad. «¿Qué será de mi si el abuelo muere?», pensó. Entonces empezó a imaginarse pidiendo limosnas en las calles de la aldea, o quizá tendría que trabajar como animal para poder conseguir algo de comer. Seguramente si su abuelo moría, más de alguna de las familias de la aldea iban a pelear por tomar posesión de las propiedades de su abuelo, ya que no había otro familiar que pudiera reclamar las tierras y la casa, excepto él, y no estaba seguro si dejarían que conservara las propiedades de su abuelo.
Sacudió la cabeza para alejar aquellas ideas tontas de su mente, tenía que tener fe en que su abuelo se iba a reponer, tenía que tener fe en las habilidades de Mynor, y si existía un Dios, tenía que tener fe en él para que nada malo sucediese con el único familiar que le quedaba con vida. Se quedó allí, acurrucado al lado de la cama mientras la tristeza, y a ratos la esperanza, invadía todo su ser.
Su abuelo estaba petrificado, no tenía ninguna clase de movimiento, sus ojos miraban hacia el techo de la casa, desorbitados, sin mirar hacia ninguna otra dirección. La última vez que había visto algo tan terrible había sido con su madre, que casi había estado en la misma situación. Aunque de eso, los recuerdos eran vagos, ya que él no tenía más de tres años.
Con lágrimas en los ojos y los pensamientos difusos, Max se quedó dormido.
Soñó que caminaba entre el bosque, éste era oscuro y tenebroso. Max tenía miedo, aunque no sabía de qué o por qué. Pero luego lo supo, en la corteza de un árbol un escorpión rojo agitaba amenazadoramente dos pequeñas tenazas, mientras que un aguijón en su cola apuntaba a Max. Era un escorpión de fuego. Max giró sobre sus pies para huir, pero cuando se volvió, una plaga de estas criaturas avanzaba hacia él. Pronto estuvo rodeado por los maléficos bichos. Uno de ellos saltó de una rama y cayó sobre los hombros de Max y empezó a aguijonearlo. Max empezó a gritar.
—Despierta, Max —dijo una voz, al tiempo que alguien le palmeaba el hombro.
—¿Abuelo? —se sorprendió preguntándose así mismo.
—No, Max, soy Mynor. Te quedaste dormido, creo que tenías una pesadilla —le informó.
Max se sintió muy mal, no sabía cuando tiempo se había dormido, bien pudo haber muerto su abuelo y él ni cuenta se hubiera dado. Además, tenía miedo, había sido una pesadilla muy vívida. De pronto le dieron ganas de llorar nuevamente.
—Si tienes sueño vete a dormir, yo me encargaré de tu abuelo —le dijo Mynor. 
—Quiero quedarme un rato más —dijo Max, acurrucado al lado de la cama. Las lágrimas habían vuelto a hacer acto de presencia.
—Toma —le dijo Mynor entregándole una vela—, ve a dormir. Mientras, yo intentaré hacer una cura para tú abuelo. O si no has comido vete a preparar algo para que cenes.
—Ya cené —le informó Max.
—Me alegro, pero será mejor que vayas a dormir, ya que mañana probablemente tengas que estar todo el día pendiente de Tomás.
—Está bien —dijo Max, nada convencido.
Con la luz de la vela alumbrando su camino, Max se alejó a su habitación. Sabía que dejaba la vida de su abuelo en manos de Mynor, si de otro mago se tratara seguramente no hubiera dejado que le diera pociones a su abuelo, o al menos no muchas, pero en Mynor tenía plena confianza, a éste lo conocía desde pequeño. Mynor siempre había hecho algunos trucos para que él se divirtiera, y en aquellos momentos aciagos lo hacía sentir mejor saber que contaba con él. Si el mago no hubiera estado allí, era muy probable que su abuelo aún no hubiera aparecido y seguramente ya estaría muerto. Entonces, con total confianza iba a dejar que Mynor le diera cualquier cosa a su abuelo, sabía que Mynor quería ayudar, sabía perfectamente que le iba a dar algo que ayudara y si no ayudaba, seguramente no haría más daño, dejaba la vida de su abuelo en manos de Mynor.
Entró a su habitación, se dirigió a la mesilla y colocó en ella la vela con la que alumbraba la estancia. Observó por la ventana, esperando ver algo, pero no vio nada. La luna ni siquiera se asomó aquella noche, todo estaba completamente oscuro, el cielo era el único que se mostraba claro gracias a la iluminación que le brindaban unas pocas estrellas. Aunque también se podían ver las siluetas de las copas de los árboles vecinos, que también eran iluminadas por la luz de las estrellas.
En noches como aquellas, cuando no había luna, era normal ver algunos ojos anaranjados o rojos entre los árboles, aquella noche no era la excepción. Otra persona que viviera en la ciudad, o no visitara el campo, seguramente hubiera salido huyendo a ocultarse debajo de la cama, pero Max ya sabía de qué animales se trataba: eran unos hermosos pájaros que dormían casi siempre muy cerca de la casa del abuelo, nunca hacían daño, en realidad eran pájaros muy lindos, lo único desagradable en ellos era el color de sus ojos. En el día desaparecían, pero por las noches siempre estaban allí.
Corrió las cortinas de la ventana y aún invadido por la tristeza y lágrimas que le escocían los ojos, se tumbó en su cama.
Durante la noche tuvo más pesadillas. En una de ellas soñó que todo estaba oscuro, era de noche, él caminaba en el interior de la cabaña y escuchaba golpes provenientes del cuarto de su abuelo, el pánico lo atacó. Después se escuchó un fuerte golpe en la puerta del mismo cuarto, como si le hubieran dado un mazazo. Max se acercó corriendo, temía que algo le sucediese al abuelo, pero luego se escuchó un golpe más fuerte aún y la puerta, desprendiéndose de los goznes, cayó y junto a ella cayó el cuerpo de Mynor, con la cabeza cubierta de sangre y el resto del cuerpo desgarrado. En la habitación vio a una criatura, supo que era su abuelo por la vestimenta, de rostro verdaderamente feo y de un color apenas notable, lo que sí se notaba eran los enormes colmillos, las enormes garras que relumbraban y unas orejas puntiagudas. La criatura lanzó un fuerte chillido y brincó sobre Max, éste temió lo peor, pero para su fortuna en aquellos instantes despertó agitado.
En otra de sus pesadillas, Max soñó que nuevamente todo estaba oscuro, la puerta del cuarto de su abuelo estaba abierta, en el interior de la habitación vio como Mynor trataba de controlar a su abuelo, intentaba mantenerlo en la cama, pero su abuelo daba gritos de dolor y de delirio, la piel se le estaba cayendo y se le ponía cada vez más negra. Fue la escena más horrible que Max en su vida había visto, no pudo evitar que las lágrimas rodasen por sus mejillas, no terminó de ver en qué acaba aquello porque despertó otra vez agitado.
Durante su agitado sueño, tuvo varias pesadillas más, y todas ellas guardaban relación con lo que le estaba sucediendo a su abuelo, pero por la mañana ya no las recordaba. Pero entre tantas pesadillas tuvo un sueño fantástico. Soñó con un día soleado, él sabía que su abuelo estaba enfermo, pero tenía una profunda tranquilidad y jugaba feliz en el patio de la casa, sin explicar aquella felicidad. Luego supo por qué era tan feliz, en el cielo apareció aquella ave dorada, la misma ave que había visto por la tarde. El fénix planeó sobre la casa de Max y con un enorme aleteo hizo salir polvos brillantes de sus alas, que rodearon la cabaña como una fina lluvia. Cuando desaparecieron los polvos, su abuelo salió completamente sano del interior de la casa. Max miró maravillado al fénix dorado, pero éste ya se alejaba en dirección sur. Y con éste hermoso sueño despertó a la luz del alba, y supo que las pesadillas habían sido simples pesadillas y el sueño un simple sueño.
Se puso de pie de un salto y corrió al cuarto del abuelo, a pesar de saber que habían sido simples pesadillas, no pudo sacar el temor que invadía su ser.
La puerta del cuarto estaba cerrada, Max la abrió de golpe. Recostado en la cama vio a su abuelo, justo como estaba ayer, a simple vista; ni mejor ni peor. Significaba que las pociones y hechizos de Mynor no habían funcionado, sintió una gran decepción, pero ya Mynor le había advertido que la enfermedad de su abuelo no tenía cura. A pesar de saber que su abuelo no se repondría, no pudo evitar sentir una gran decepción cuando lo vio en el mismo estado en el que se encontraba ayer.
—¿No han funcionado las pociones? —preguntó. La respuesta era obvia.
—Me temo que no, Max —respondió Mynor verdaderamente triste—. Pero aún tengo varias pociones y hechizos que podrían funcionar.
—No lo sé. Quizá sí tenía razón cuando dijo que el abuelo no se repondría —Dijo Max, casi rendido, pero después de un par de segundos ni él mismo se podía creer lo que había dicho. ¿Cómo podía tener tan poca fe?
—Yo sé que te dije eso, y te lo dije para que no tuvieras muchas esperanzas, pero no te lo dije para que las perdieras todas. Así que ten fe y reza para que las siguientes pociones tengan un efecto positivo y así tu abuelo pueda recuperar su salud —las palabras de Mynor lo animaron un poco, pero aún se sentía apesadumbrado, aún no lograba aceptar la situación.
Max fue a lavarse el rostro, luego volvió a la habitación de su abuelo. En aquellos momentos Mynor le estaba dando un trago de una sustancia verde. Instantes después su abuelo empezó a cambiar de colores y a respirar con mayor dificultad. Max se preocupó e incluso estuvo a punto de salir corriendo al lado de su abuelo, si no lo hizo fue porque Mynor le hizo una seña con la mano para que se quedara en donde estaba.
—Son efectos secundarios —informó—, siempre pasa eso cuando la uso ¡Y normalmente cuando eso sucede es porque la poción está surtiendo efecto! —dijo con una sonrisita en su rostro.
Max sintió un  ligero cosquilleo de alegría, tal vez la poción surtiera efecto, logrando que su abuelo recobrara la salud. Incluso se sorprendió así mismo sonriendo.
Pero su momento de alegría fue efímero, porque inmediatamente después, su abuelo Tomás empezó a echar espuma por la boca.
—¡Oh, por Dios! —exclamó Mynor. Tomó un trapo y empezó a limpiar la boca del abuelo.
Max veía como su abuelo se retorcía, quién sabe qué estaría sintiendo, dolor, furia, tristeza, incapacidad, quizá una mezcla de todo. Corrió junto a él para ayudar en lo que pudiera, pero Mynor lo mantuvo alejado.
Por fin su abuelo se calmó, la espuma dejó de brotarle de la boca y volvió al estado que antes había tenido: un rostro marchito y la vista clavada en el cielo.
—No funcionó —afirmó Max, más que preguntar.
El mago se lo confirmó con un movimiento de cabeza.
Max salió corriendo al patio con lágrimas en los ojos.
Mynor quizá había tenido razón desde el primer momento, aquel curioso estado adquirido por el abuelo a causa del veneno del escorpión de fuego no tenía cura, de ser así, entonces su abuelo estaba condenado a la muerte. Solo pensar aquello le erizaba el vello «¿Por qué le tuvo que haber pasado eso a él?», se preguntó. ¿Cómo fue que nunca había oído hablar de un animal tan peligroso, como lo era aquel escorpión de fuego? quizá incluso anduviera rondando por allí. Esa idea le hizo sentir un fuerte escalofrío.
Estando en el patio, captó su atención el camino que llevaba a la aldea, alguien venía, podía escuchar las pisadas, entonces vio aparecer una niña ante él. Aunque tenía nublados los ojos de tantas lagrimas, pudo distinguir a su amiga Jennifer, iba con el uniforme de la escuela. Aquello hizo percatarse a Max que ni siquiera en eso había pensado, ni siquiera se había acordado de que tenía que ir a la escuela. Pero era raro que Jennifer lo fuera a traer a su casa para ir a la escuela, normalmente era él quien tenía que pasar por la casa de ésta.
Jennifer era su mejor amiga, tenía doce años y era verdaderamente linda. Era una niña rubiecita, de ojos azules, rostro fino y hermoso. Max siempre había pensado que Jennifer tenía una sonrisa encantadora.
—¿Sucede algo, Max? —preguntó Jennifer preocupada cuando lo vio con lágrimas en los ojos.
—Mi abuelo…
—¿Qué tiene tu abuelo?
—Es…está al borde de la muerte —informó Max tratando de secar sus lágrimas con el dorso de la mano.
—¡¿Qué?!
—Lo que oíste, está enfermo y no hay nada que se pueda hacer para curarlo.
—¡Pero si el abuelo… ayer… estaba bien! ¿Qué fue lo que le pasó? —Jennifer se estaba alterando. Max la tomó de una mano y la obligó a sentarse a su lado, hasta que ambos se calmaron habló.
—Lo picó un escorpión de fuego, no sé que sea eso, pero parece que es un animal mortífero.
—¡¿Un escorpión de fuego?! —Jennifer anonadada se llevó las manos a la boca.
—Sí.
—¡Pero eso es terrible!
—¿Sabes qué son? —preguntó Max extrañado.
—¡Claro que se que son! Son insectos, pero son de las criaturas con el veneno más mortífero de todo el mundo.
—Entonces ya sabes lo que debe de estar pasando mi abuelo.
—¿Pero por qué dices eso? ¿Acaso tú lo viste…? me refiero al insecto —preguntó Jennifer
—No, pero Mynor ya lo examinó y descubrió veneno de esos animales en la sangre de mi abuelo.
—¡Quiero ir a verlo! —Jennifer se puso de pie de un salto y se encaminó hacia el interior de la vivienda. Max la siguió.
Jennifer era hija de una de las familias más ricas de la aldea, pero por suerte todos ellos eran muy amigos de su abuelo Tomás. Él podía ir a casa de Jennifer cuantas veces quisiera y lo mismo podía hacer ella.
Jennifer entró en la habitación del abuelo Tomás, Max se quedó recostado en el marco de la misma. En la mesita de la habitación estaba Mynor, preparando alguna poción. Postrado en la cama seguía su abuelo, un viejo irreconocible. Era increíble pensar que ese anciano era su abuelo Tomás, realmente no se parecía nada al anciano que ayer por la mañana le había revuelto el cabello antes de irse a trabajar.
Jennifer miraba horrorizada al anciano tendido en la cama, todo decrépito y con la mirada perdida, probablemente el abuelo no podía ver nada de lo que sucedía en la habitación. Las lágrimas empezaron a deslizarse por las delicadas y juveniles mejillas de la niña. Ella se acurrucó junto al anciano. Max se acercó a ella, abrazados lloraron un rato.
—Creo que deberías irte a la escuela, pequeña —dijo Mynor, observando con angustia a la niña—. No te hará ningún bien quedarte a observar.
—Sí. Creo que será lo mejor. No puedo soportar ver al abuelo en esta situación —dijo Jennifer tomando la mochila que había colocado en el suelo antes de abrazar a Max.
La niña tenía por costumbre llamar abuelo al anciano, pero sólo era por cariño.
—Prometo que regresaré cuando salga de clases, porque me imagino que tú no irás ¿verdad?
Max contestó con un movimiento de cabeza de lado a lado.
—Lo entiendo. Le diré al profesor que tu abuelo está enfermo y que por eso no pudiste ir.
—Gracias —dijo Max.
—Bueno… me voy —dijo Jennifer, antes de abalanzarse a los brazos de Max—. De verdad lo siento, Max —masculló entre lágrimas.
—Lo sé… pero no tienes por qué preocuparte —le contestó él.
Jennifer lo soltó, y se encaminó a la cama del abuelo.
—No lo hagas pequeña, no es recomendable —le advirtió Mynor, adivinando lo que iba hacer Jennifer.
—¿Es contagiosa la enfermedad?
—No. Pero de todas formas no creo que sea buena idea.
—Entonces me voy.
—Está bien —le dijo Max, aún con los ojos vidriosos.
Después de dar un último abrazo a Max, Jennifer se marchó.
En aquellos momentos, Mynor terminó de hacer una poción, e inmediatamente la suministró al abuelo. Esta vez no sucedió nada.
Max empezaba a perder las esperanzas. Veía como un imposible que su abuelo se pudiera curar, quizá ya estaba todo dicho y su abuelo no tenía posibilidades de seguir con vida. Aquella situación deprimiría hasta el más valiente, y mucho más a él que apenas tenía trece años, aún era un niño. Nunca en su vida había imaginado pasar aquella situación tan espantosa y desalentadora. Un cúmulo de sentimientos encontrados se agolpaba en su interior.
Después de un rato, durante el cual estuvo cabizbajo en uno de los rincones de la habitación, se dio cuenta de que empezaba a tener hambre. Seguramente Mynor también estaría hambriento, ya que por lo que él sabía, Mynor no había descansado ni comido nada desde hacía más de doce horas. Lo menos que podía hacer era preparar algo para comer.
Se puso de pie y se dirigió a la cocina. No había muchas cosas para hacer una buena comida, además de que no era muy buen cocinero, siempre era el abuelo quien preparaba los alimentos. Tampoco tenía ánimos de hacer nada, pero era casi una obligación, así que, aunque sin ganas, logró hacer una rica comida, o al menos fue lo que le pareció a él cuando la probó. Ojalá y le gustara también a Mynor.
—Le traje algo para comer —dijo Max ofreciendo el plato de comida a Mynor.
—Gracias, Max —dijo Mynor con un asentimiento de cabeza. Colocó el plato en la mesa y prosiguió en la tarea que estaba realizando.
Max por su parte regresó a la cocina a terminar su desayuno. Después de unos bocados la comida perdió su sabor, así que si se la comió toda fue sólo por obligación, porque el abuelo le había dicho que el desayuno era la comida más importante del día.
Sería medio día cuando Mynor se dio por vencido. Max lo encontró con las manos en la cabeza, decepcionado, cabizbajo, convencido de no poder hacer nada para salvar al anciano abuelo de Max.
—Lo siento, Max —dijo—. Pero ya lo he intentado todo, y no parece que algo haya funcionado. Creo que no queda más que desistir —dijo.
Max sintió como si le echaran un balde de agua fría. Sabía que su abuelo no tenía cura, pero no soportaba la idea de que su abuelo muriera. Una sensación de impotencia le empezó a recorrer todo el cuerpo, luego sintió la necesidad de hacer algo ¿Pero qué podía hacer él?
—¿Pero qué tonterías está diciendo? —empezó a decir atropelladamente—. Se supone que usted es un mago, algo debe de saber hacer, invente una poción, haga algo, no puede dejar que mi abuelo muera —Max empezó a sollozar, sin darse cuenta había tomado a Mynor por la túnica—. ¿Luego que hago yo? —preguntó llorando mientras soltaba la túnica de Mynor—. Sabe qué, yo mismo haré la poción —decidió Max, corrió a la mesa en donde estaban todos los ingredientes para hacer pociones, tomó un vaso, echó agua, echó unas hojas, echó líquidos de todos los colores, estaba echando todo lo que encontraba a su alcance…
—Tranquilo, pequeño —dijo Mynor con una voz no exenta de cariño, mientras le tomaba la mano—. Debes entender lo que está pasando. Yo también lo siento en el alma, pero no se puede hacer nada. Debemos aceptar la realidad, para tu abuelo ya todo ha acabado.
Max empezó a recuperar la cordura segundo a segundo. Luego fue entendiendo que lo que hacía era producto del dolor y la frustración que sentía por no poder hacer nada. Se abrazó al viejo mago. Max lloraba y el mago le susurraba palabras de aliento. Así permanecieron largo rato.
Horas después, Jennifer encontró al niño y al mago cabizbajos y en silencio sepulcral.
—¿Qué pasó? —preguntó entrando a la habitación.
—Nada, eso es lo que pasó —respondió Max—. No pasó absolutamente nada, nada funcionó. Mi abuelo sigue como al principio. No se pudo hallar algo que lo pueda curar, está condenado, el abuelo no va a vivir —le informó Max con furia contenida.
—¡Lo siente tanto, Max! —dijo Jennifer—. Pero no me sorprende, ya que en el instante que tú me dijiste que tú abuelo fue picado por un escorpión de fuego supe que el abuelo no tenía muchas posibilidades de sobrevivir. Pero igual, es en extremo doloroso —agregó comprensiva.
—Antes existió una cura —dijo Mynor de improvisto.
—¡¿En serio?! —inquirió Max mirando a los ojos de Mynor.
—Sí. Pero eso fue hace siglos, ahora ya no hay nada que contenga esos polvos mágicos.
—¿De qué habla? —preguntó Jennifer.
—Eran unos polvos mágicos que al rociarlos en el cuerpo de un enfermo, éste recobraba la salud instantáneamente, sin importar que tan grave fuese la enfermedad.
—¿De qué eran esos polvos? —preguntó Max—. A lo mejor podemos conseguir un poco.
—No, eso es imposible. Estos polvos son llamados los Polvos de Fénix, y como su nombre lo indica, sólo se encuentran en los fénix…
—Pero si los fénix aún existen ¿Verdad?
—No éste fénix. El fénix que posee estos polvos ya no existe.
—¿De qué fénix se trata? —quiso saber Jennifer.
 Al escuchar aquello, Max recordó lo que había visto ayer por la tarde, la hermosa ave dorada, estaba seguro que aquella ave era un fénix. Y además estaba el sueño, el sueño en que un fénix dorado rociaba de polvos dorados la cabaña del abuelo. Una extraña idea quería cobrar forma en su mente.
—Solamente los tienen los fénix dorados.
—¡¿Fénix Dorado?! —exclamó más que preguntar la chiquilla.
—Sí. Pero lamentablemente estas asombrosas criaturas desaparecieron hace siglos, y no hay posibilidades de encontrar una en todo el mundo.
—¡Pero si ayer por la tarde yo vi uno! —exclamó Jennifer.
—No pequeña, estás equivocada. Ahora ya no existen tan maravillosas criaturas.
—Jennifer tiene razón —apuntó Max—. Ayer por la tarde un fénix dorado cruzó el cielo, estoy seguro de ello.
Si en algún momento había dudado que aquella ave no era un fénix dorado, la confirmación de Jennifer lo había cambiado todo. Ahora estaba seguro de ello.
—Sí están seguros ¿Por qué no me lo describen? —dijo Mynor ya con un atisbo de duda en la voz.
—Yo lo haré —dijo Jennifer al ver la impotencia que tenía él para describir a aquella criatura—. Era grande y hermoso, tenía una larga cola compuesta por unas pocas plumas; cada pluma tenía más de un metro de largo. Era de color dorado e iba volando a gran velocidad. Mientras volaba dejaba una estela de polvos brillantes también dorados.
Max lo trató de recordar, él apenas recordaba haber visto una mancha dorada en el cielo, pero al ver la duda en el semblante del mago, decidió no decir nada.
Observó detenidamente la expresión en el rostro de Mynor. Seguramente pensaba en la descripción que recién había escuchado. Había sido simple, pero para alguien con conocimientos sobre aquella extraña ave, sería más que suficiente.
—¿Estás segura de lo que dices, pequeña? —preguntó Mynor confundido.
—Claro que sí —corroboró Jennifer.
—Si aún vive un fénix dorado, entonces hay posibilidades de curar a mi amigo, Tomás —empezó a decir Mynor emocionado, pero luego su expresión de alegría volvió a tomar tintes de tristeza—. Pero será imposible encontrar a ese fénix que ustedes vieron.
—Yo sé que iba hacia el sur —apuntó Max.
—Me animaría ir a buscar esa ave, pero no puedo dejar sólo a Tomás —dijo Mynor—. No viviría mucho tiempo si lo dejo solo.
—Yo lo puedo cuidar —se ofreció Max.
—No, Max. No puedes, porque la medicina hay que prepararla cada veinticuatro horas y es algo que tú no puedes hacer ni aprender en un rato. Además, los fénix de ese tipo nunca tienen tratos con magos, por lo que nunca podría llegar a un acuerdo con él, me rechazaría rotundamente.
—Entonces iré yo —dijo Max de golpe, de repente se había decidido en ir tras el fénix dorado para salvar la vida de su abuelo.
—No digas tonterías, Max. Es cierto que de alguna forma quieres ayudar a tú abuelo, pero yendo hacia el suicidio no es la forma de hacerlo. Además, aunque vayas en busca de ese fénix dudo mucho que lo encuentres. No creo que tengas grandes posibilidades de sobrevivir en un bosque si decides buscarlo por allí, y aún si lo encontraras, no veo muy factible que le puedas pedir lo que de él deseas.
No lo podía creer, Mynor, un amigo de su abuelo, había encontrado tantos inconvenientes para que él no intentara buscar aquella ave, sino lo conociera diría que tenía pensado dejar que su abuelo muriera.
—Claro que puedo —dijo Max con convicción—, sé que los fénix dorados viven en montañas altas. Así que buscaré en todas las montañas altas para encontrarlo, y si el fénix no entiende lo que quiero, le quitaré las plumas a la fuerza… o lo sacudiré para sacar esos polvos mágicos que servirán para que mi abuelo recupere su salud.
Mynor meditó un instante.
—Bueno, si tú quieres es porque debes. Sólo que hay un inconveniente: tú abuelo no vivirá más de doce días, aún bajo mi cuidado, por lo tanto te tendrás que dar mucha prisa muchacho.
—Eso será suficiente —dijo Max con optimismo, mientras miraba hacia fuera, con la vista fija en los bosques, queriendo ver alguna montaña, pero no vio más que árboles.
—Yo puedo ir contigo —se ofreció Jennifer de sopetón.
—No —se negó Max— ¡Mira las tonterías que estás diciendo!
—¡Pero yo también quiero ayudar al abuelo!
—Aunque quieras... no podrás… tú familia nunca dejará que vengas. Seguramente pensarán que estás loca.
—Pero puedes necesitar ayuda. Yo puedo ser útil en algo, quizá te pueda ayudar en…
—Tus padres no te dejarán venir conmigo —la interrumpió Max—. Y yo tampoco quiero que vengas, puede ser peligroso, mejor dicho ¡va a ser peligroso!
—No tienen por qué enterarse —dijo Jennifer con una sonrisa picara.
—Tú tienes padres y no es bueno que les hagas algo así, se morirían de la angustia. No estoy de acuerdo.
—Seguramente se preocuparán… pero no creo que se algo del otro mundo.
—¿Qué? ¿Qué no es algo del otro mundo? —protestó Max airado—. Arriesgaremos nuestras vidas buscando un ave legendaria ¿Y dices qué no es algo del otro mundo?
Jennifer no dijo nada, simplemente miró al chico con aquellos hermosos ojos azules que poseía. Max se perdió un rato en ellos. Cuando volvió en sí, supo que ya era imposible hacer que Jennifer cambiara de opinión, es que era terca. Miró a Mynor para saber que pensaba él de es a locura.
—Si es su voluntad ayudar al viejo Tomás, háganlo y que Dios los acompañe. Aunque admito que yo no estoy de acuerdo, pero no me opondré, son la última oportunidad de mi viejo amigo.
Max sonrió para sí mismo. Decía que Jennifer no lo acompañara, pero en realidad quería a alguien de compañía y de alguna u otra forma se encontraba feliz de que fuera Jennifer.
Los chicos salieron al patio. Max se sentía extrañamente aliviado con aquella decisión que habían tomado. No sabía que peligros iba a correr, e increíblemente se iba a llevar con él a Jennifer. Ojalá no encontraran nada malo en el camino, no quería poner a Jennifer en peligro. Pero aún así un sentimiento de paz lo invadía.
—Partiremos mañana, ya que necesito ir a casa para llevar algunas cosas —dijo Jennifer, cuando ya estaban sentados en el césped del patio.
—¿Mañana? —se sorprendió Max— ¿No estás escuchando que el abuelo tiene contados sus días de vida?
—Pero no puedo irme así, mírame, no estoy bien vestida —señaló Jennifer.
—¡Pero es que si perdemos más tiempo…! ¡El tiempo de vida del abuelo se acaba! —dijo Max, que ya había pensado en salir esa misma tarde.
—No te preocupes, el abuelo es fuerte. Encontraremos al fénix dorado en un pequeño periodo de tiempo, ya lo verás, te lo prometo —dijo Jennifer depositando un cálido beso en la mejilla de Max.
—Está bien —accedió Max, ya vencido.
—Bueno, tengo que irme. Pero nos veremos mañana. Así que prepara tus cosas, que cuando yo regrese será para partir —dijo Jennifer ya de pie.
—Así será —dijo Max.
Jennifer dio media vuelta y partió hacia su casa, Max la vio desaparecer por una curva del camino.
Esperaba que de verdad regresara mañana.

3 comentarios:

  1. publica la continuacion de este cuento plissssssss!!!!!!!!!!!! esta interesantisimo =)

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    1. Guau. No me lo esperaba: que te interesara. Pero por si no te has dado cuenta, hay un capítulo 1, y también un capítulo 3. Es una novela de fantasía. Estaré publicando un capítulo por semana. Hoy martes toca el cuatro. Léelos en orden para no perder el hilo. Gracias por comentar Marilú.

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    2. si ya lei los demas capitulos x eso t pedi la continuacion del 3. =)

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