Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

2 de febrero de 2014

La Visita de la Muerte

Esta historia me la contó mi amigo Estuardo. Algunas veces he dudado de su veracidad, algunas otras me inclino a darla como un hecho. Dejo a ustedes la última palabra.
Estuardo, entonces un muchacho de quince años, vivía con su madre, su padre, dos hermanos y una hermana. Era una familia como cualquier otra. También vivía con ellos el padre de su madre, un anciano próximo a cumplir los ochenta años, y un perro llamado Bobby.
Don Tomás, el abuelo de Estuardo, era un anciano cuyos últimos meces los pasaba las mas de las veces en la cama. El reuma, la artritis y un cáncer que le consumía los pulmones (por fumar mucho en su juventud), le permitían abandonar el lecho muy pocas, y eso con ayuda de alguno de sus nietos o de una caminadora fabricada de caoba por el propio padre de Estuardo.
Nadie en aquella tranquila casa soñaba con que el anciano viviera muchos años más. Es más, casi todos dudaban que llegara siquiera a su octogésimo cumpleaños. Pero eso no les impedía soñar, y todos soñaban con que el abuelo viviera muchos años más.
Junto al lecho de don Tomás siempre había uno de sus nietos, si no la hija o el yerno. En la casa tenían un horario establecido, de tal manera que todos tenían que cuidar al abuelo durante algunas horas. Éste también acorde a las actividades que los padres y los hijos desempeñaran durante el día. Por las noches se turnaban para dormir en el cuarto del convaleciente, para administrarle los medicamentos, llevar un sorbo de agua a sus labios o llevarlo al baño. Bobby por su parte, no se separaba del lecho del anciano en ningún momento, lo cual era algo que aún tenía sorprendidos a los moradores de aquella casa.
Una noche en que le tocó a Estuardo quedarse a pasar la noche en el cuarto del abuelo, sucedieron cosas extrañas, cosas que le pusieron los pelos de punta. Primero fue un acceso de tos por parte del anciano. Estuardo se puso de pie de un salto, prendió la luz y acudió en ayuda de su abuelo. Lo acunó en sus brazos mientras le daba a beber pequeños tragos de agua. Lo tuvo entre sus brazos hasta que la toz cesó y el abuelo volvió a quedarse dormido.
Cuando se disponía a apagar la luz para volver a acostarse, Bobby se puso de pie y empezó a gemir. Era un gemido lastimero.
—¿Qué sucede Bobby? —preguntó Estuardo.
Mas el perro pareció no escucharlo. Siguió gimiendo y empezó a andar por toda la habitación. Tenía el rabo entre las piernas y parecía perdido.
—¿Quieres ir el baño? —preguntó nuevamente.
El perro no le hizo caso y continuó en lo suyo.
El golpeteo repentino en la puerta le produjo un sobresalto.
—¿Quién es? —preguntó. Al otro lado no hubo respuesta—. ¿Eres tú, papá?
Al otro lado el silencio era sepulcral.
—Todavía no —la débil y forzada voz de su abuelo Tomás arrancó a Estuardo un brinco—. Dadme un día más —suplicó.
—¿A quién hablas, abuelo?
—A la muerte.
—Mejor duerme, abuelo —dijo Estuardo acercándose a don Tomás—. Necesitas descansar.
—Por favor —dijo su abuelo—. Aún no me he despedido de mi familia.
—Necesitas dormir, abuelo —dijo Estuardo acomodando los almohadones—. Dormir te hará bien.
—Está bien —la voz gélida y carrasposa del otro lado de la puerta provocó un escalofrío en Estuardo, incluso Bobby se hizo un ovillo y gimió como si estuviesen a punto de matarlo—. Te concedo un día más, Tomás.
—Gracias —dijo don Tomás y se volvió a recostar sobre los almohadones con gesto plácido.
Estuardo, aturdido y sin saber qué pensar, tardó un segundo en coger valor para averiguar quién estaba a la puerta. Cuando la abrió, el pasillo estaba desierto, excepto por un aire frío impropio de aquella región del país.
—No te preocupes, hijo —dijo su abuelo—. Duerme.
A pesar del extraño temor que acosaba su corazón, Estuardo durmió esa noche como un bebé. Su abuelo también durmió apaciblemente y, además de la única vez que el despertador lo hizo ponerse de pie para suministrar un par de pastillas al anciano, no le molestó en toda la noche.
Por la mañana todo lo ocurrido durante la noche parecía algo lejano, como si hubiera sucedido hacía años o en otra vida. De manera que Estuardo tuvo un día normal; desayunó, fue a la escuela y jugó futbol con sus compañeros de clase en la cancha del parque. Incluso le dio un beso a su novia.
Por la tarde, el abuelo pidió que se reuniera toda la familia en la sala. Extrañamente el abuelo no parecía el mismo. Parecía más jovial, más joven e incluso llegó hasta la sala sin ayuda de nadie, ni siquiera de su rústica andadora hecha en casa. Toda la familia se emocionó. Excepto Estuardo, a quien en aquellos momentos volvieron a su mente los extraños sucesos de la noche anterior. Muy a su pesar sintió un escalofrío.
—¡Abuelo —exclamó Bertha, hermana menor de Estuardo— ya estás bien!
Todos, excepto Estuardo y el propio Tomás, secundaron aquello noción.  
—¡Tonterías! —bufó el anciano—. Son los últimos restos de mí. Temo que mañana ya no estaré con ustedes.
—¡Esas sí que son tonterías! —dijo su hija—. Pero si ya estás mejor, eso es algo que todos percibimos.
—Presiento que no pasaré de esta noche —apuntó el abuelo.
«No lo presiente —pensó Estuardo—. Lo sabe». Y por primera vez en todo el día supo que lo acontecido la noche anterior había sido real.
La alegría inicial fue cediendo popo a poco a un ambiente casi ominoso. El abuelo Tomás se despidió de cada uno de sus parientes. Sus palabras fueron elocuentes, con una mezcla de melancolía y resignación, que hizo que las lágrimas de todos los presentes se derramasen. Incluso tuvo palabras de despedida para Bobby, quien durante varios años había sido su amigo inseparable. Y lo seguía siendo. El perro gimió y lamió la mano del anciano mientras éste le hablaba. Parecía que también lloraba.
—No morirás esta noche, papá —sollozó su madre echando los brazos al cuello del anciano. Pero sus palabras carecían de firmeza, parecían débil cristal a punto de resquebrajarse. Todos habían tomado, aunque quizá inconscientemente, como cierta la aseveración de que el abuelo no llegaría a ver la luz del siguiente día.
Por la noche, toda la familia había formado un semicírculo alrededor de la cama del abuelo. Cada uno había traído su silla y se sentaban con aspecto lánguido y sombrío. Bobby, como siempre, yacía junto al lecho del anciano. Nadie quería irse a dormir y despertar con la noticia de que el anciano ya no vivía.
Las horas transcurrieron lenta y pesadamente. Los párpados de todos se volvieron más pesados que el plomo, pero nadie cedió ante el sueño, todos resistieron como valientes guerreros. El abuelo fue el único que se entregó a un manso sueño.
—Despertaré antes de morir —dijo.
Llegaron las diez… las once… las doce… Y el abuelo seguía durmiendo como si fuera el hombre más feliz del mundo. Bobby, su fiel amigo, también dormía. Estuardo sin embargo, como un presentimiento oneroso, temía que de un momento a otro alguien llamara a la puerta. Y sabía, aunque no a ciencia cierta, que quien llamara a la puerta sería el recolector de almas, el que llevaría a su abuelo al sueño eterno.
La una… las dos… las tres… los párpados de la familia luchaban por cerrarse cual pesadas cortinas, pero nadie cedía, ni siquiera ante un enemigo tan persistente como el sueño. Si el sueño era persistente, ellos lo eran aún más. Y sin embargo, el pecho del abuelo subía y bajaba a un ritmo cadencioso, que permitía inclusive contar las respiraciones por minuto.  
Las cuatro… las cinco… las seis… Nadie llamó a la puerta esa noche.
Con la luz asomándose por la ventana, el abuelo abrió los ojos. Todos se alegraron, a pesar de pasar la noche en vela. Todos saludaron efusivamente al abuelo y le dieron la enhorabuena por seguir con vida. ¡Qué pesada broma les había jugado!
—No entiendo —dijo más tarde Estuardo cuando se encontraba solo con el abuelo.
—Yo tampoco —respondió éste—. Pero alguna idea tengo —y no se explicó más.
Era día sábado, por lo que después de tomar un frugal desayuno, Estuardo se acostó para reponer algunas horas de sueño. Durante esas horas soñó lo de dos noches atrás: soñó que a mitad de la noche alguien llamaba a la puerta del abuelo y con voz carrasposa cedía un día más de vida al anciano. Cuando despertó, ya pasado de medio día, lo hizo con una extraña premonición.
Esa noche le tocaba a Bertha cuidar al abuelo. Sus padres habían decidido que se retomaría la rutina. Lo de la noche pasada había sido un caso aparte, una broma bastante pesada por parte del abuelo, sin embargo todos se alegraban de que siguiera con vida. Estuardo se ofreció voluntario para cuidar a don Tomás esa noche.
—Luego me suples cuando me toque a mí —dijo a su hermana. Pero aquella extraña premonición con la que había despertado le hacía sentir en lo más hondo de su ser que no habría una próxima vez.
—Otra vez solos tú y yo, muchacho —dijo su abuelo con una media sonrisa.
—No olvides a Bobby.
—Creo que esta noche si vendrá.
—¿Lo crees? —inquirió Estuardo, sabía a quién se refería su abuelo—. Y si es así ¿por qué no vino anoche?
Su abuelo meditó un instante.
—Creo que no todos estamos listos para ver la muerte.
Cerca de la media noche Estuardo fue despertado por el lastimero llanto de Bobby. Su corazón se vio envuelto por un temor sobrecogedor, sabía lo que eso significaba. Se puso de pie de un salto y corrió al prendedor de luz.
Clic.
La luz no encendió.
Clic. Clic. Clic.
Nada. Seguramente se había ido la luz. La única claridad existente en la habitación era la proyectada por los débiles rayos de la luna que se colaban por la ventana.
El abuelo se removió en la cama y alzó la cabeza. Bobby deambulaba en la habitación con el rabo entre las piernas y un llanto conmovedor.
Toc. Toc. Toc.
Llamaron a la puerta.
Por un instante Estuardo creyó que se le pararía el corazón. Sintió que las piernas se le doblaron y tuvo que sujetarse a la pared para no caer.
Toc. Toc. Toc. Volvieron a llamar.
—Adelante —dijo su abuelo, con voz calma y decidida—. ¡Estoy Listo!
La puerta se abrió lentamente hasta quedar de par en par. Una oleada de aire gélido inundo la habitación.
Una figura alta, flaca, encapuchada, entró en la habitación. Sus manos, lo poco que sobresalía de las largas y acampanadas mangas, eran oscuras, más oscuras que la noche y en una de ellas sujetaba un especie de cimitarra, curva, enorme, que refulgía como el ónice. Su rostro, si es que tenía, era invisible bajo la capucha. Allí, donde tenía que estar el rostro sólo se veía negrura.
—Te esperaba anoche —dijo su abuelo, como si aquella negra figura fuera un viejo conocido.
—No todos están listos para ver la muerte —dijo la alta figura, con aquella voz carrasposa capaz de ponerle los pelos de punta al más valiente de los valientes, clavando aquella negrura que era su rostro en Estuardo. Palabras casi idénticas a las que había dicho su abuelo.
La negra figura caminó hasta el lecho del anciano. Mientras, Bobby chillaba y se retorcía entre las piernas de Estuardo como si lo estuviesen torturando. Cuando estuvo junto al anciano, alzó su extraña cimitarra y la clavó en el pecho de su abuelo. No manó ninguna sangre cuando la cimitarra hendió la carne. Los ojos del anciano se cerraron y su pecho no se movió más.
El abuelo había muerto.
La muerte caminó hacia la puerta.
—Un día vendré por ti —dijo a Estuardo—. Estad preparado —Y se marchó.

6 comentarios:

  1. WoO , muy buena historia!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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  2. Me alegra que te haya gustado y entretenido. Es lo que busco cada vez que abro word para escribir una historia.

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  3. super, super te felicito!!!!!

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    1. Súper! Que bien que te haya gustado. Espero los demás también sean de tu agrado.

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