Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

24 de febrero de 2014

Hombres Grises

El invierno había sido especialmente duro ese año. Tan al sur era prácticamente imposible que nevara. Para algunos, la nieve no era más que un mito. Pero no era un mito, toda la isla la había visto y sufrido. Al principio fue toda una novedad, motas de hielo cayendo del cielo ¡Increíble pero cierto! Pero la nieve no vino sola, traía consigo frío, y con el frío, muerte.
La gente murió por miles.
La nieve fue sólo el comienzo. Después vinieron torrenciales lluvias y por último los huracanes. En toda la isla no quedó una sola casa en pie, se perdieron las cosechas y las embarcaciones se despedazaron o se las llevó el mar.
Indudablemente morirían todos, hasta que Lord Byron, señor de Isla Darcis, acudió en su ayuda. Cuarenta y siete naves llegaron a Mesandia de las cincuenta que habían partido de la Base Naval Macario Darcis, más que suficientes para evacuar a los lugareños que aún no habían sucumbido al frío o al hambre.
Pero no todos quisieron abandonar su hogar. Algunos por demasiado apego a su tierra, otros porque temían a las embarcaciones y al mar embravecido, y otros porque vieron una gran oportunidad en quedarse solos en un lugar tan vasto como Mesandia.
Tod, junto a su familia, fue uno de los que se negó a abandonar la isla. Hacía cincuenta años que vivía allí, por nada del mundo abandonaría su hogar. Además, lo peor del invierno ya había pasado, decía él. Pronto las tormentas cesarían, la nieve desaparecía y podría volver a sembrar; mientras, se podía vivir de la pesca y de la caza, aunque estas escaseaban como todo.
Arropado por su mujer, la robusta Anabel, dos hijos, dos nueras y cinco nietos, observó desde un altozano, un kilómetro tierra adentro, la partida de la flota de Lord Byron. Los barcos eran diminutos debido a la distancia, sin embargo era posible apreciar cientos de cabezas sobresaliendo en la cubierta. Tod no sabía mucho de embarcaciones, lo suyo era la agricultura y la caza, raramente pescaba, pero era de la opinión de que las naves iban sobrecargadas. Si alguien le hubiese dicho que apostasen, Tod se habría jugado la vida a que no todos los barcos llegarían a su destino, no con aquel invierno.
La siguiente semana la pasaron bajo los escombros de una vieja casa. Las tormentas se habían convertido en lloviznas y de las nieves ya no había ni señales. De manera que Tod se puso manos a la obra para reconstruir su vieja casa. En siete días la tuvieron lista, no era la misma de siempre, esta vez la habían tenido que levantar con los restos de las casas vecinas, pero era habitable y era eso lo más importante.
Una semana después, las lluvias habían cesado por completo. El suelo empezó a secar y las hierbas empezaron a recobrar su vigor.
Tod estaba exultante:
—Se los dije —señaló una mañana mientras los rayos del sol le bañaban el rostro—. Les dije que no ganaríamos nada huyendo al continente. Ahora véanlo ustedes mismos. Sembraremos y cosecharemos como siempre lo hemos hecho, como si nada hubiese pasado. Cuando los demás vuelvan y nos vean gordos y felices tendrán que arrepentirse de haber huido.
Nadie disintió.
Al siguiente día ya se encontraban limpiando el terreno para volver a sembrar. Menos de la mitad de las semillas que guardaba se habían salvado, pero con lo que tenía sería suficiente para empezar de nuevo.
El hijo de los Morales, otra de las familias que habían decidido quedarse, llegó corriendo hasta donde ellos estaban. Su rostro era una mezcla de terror y cansancio.
—Hay monstruos en la playa —dijo, entre jadeos—. Mi padre me envía para preveniros…
—¿Monstruos? —repitió Tod—. ¿Estás seguro, chico? En Mesandia nunca ha habido monstruos —el resto de la familia empezó a acercarse en cuanto vieron llegar al joven Morales.
—Sí —aseveró el joven—. Mi padre dice que lo mejor es huir a las montañas.
—¿Huir? ¿Por qué deberíamos huir? —preguntó su esposa que llegó justo a tiempo para escuchar al muchacho.
—No lo sé —respondió Tod—. Dejemos que el hijo de nuestro compadre nos lo diga.
—Padre cree que son hombres grises —toda la familia de Tod soltó un respingo, inclusive los más chicos—. Dice que llegaron en tres barcos de velas negras y cascos sin nombre, hace menos de treinta minutos. El tío Bull bajó a la playa creyendo que se trataban de más naves de lord Byron, pero fue abatido inmediatamente. Mi padre lo vio todo y corrió a esparcir la noticia. Las demás familias que se quedaron huyen ahora mismo hacia las montañas.
—Ya oyeron al chico —anunció a voz en grito—. Hacia las montañas.
No se dijo más. Sin más que los azadones y machetes que habían llevado, y unas cantimploras con agua, pusieron rumbo a las montañas que se alzaban hacia occidente. El chico de los Morales quiso regresar con sus padres pero Tod no se lo permitió. Si era cierto que había hombres grises en el pueblo, no iba permitir que un muchacho deambulara por allí como si nada ocurriera.
Después de un rato de marcha, Tod se detuvo en la cima de un altozano, desde allí gobernaba kilómetros a la redonda.
Era cierto.
En el pequeño puerto había tres naves de velas negras. Al menos dos centenares de hombres con vestimentas negras patrullaban el poblado y asesinaban a todo aquel que encontraban a su paso. Era una carnicería. Decenas de familias huían aterradas hacia la seguridad de las montañas. Otros tantos grupos de hombres grises los perseguían.
—Corred, corred —gritó Tod desesperado.
Y corrieron.
Pero todo fue en vano. Una hora después ya estaban agotados hasta desfallecer. Las montañas aún estaban distantes cuando los alcanzaron. Eran monstruos de piel gris y rugosa, orejas puntiagudas, colmillos enormes, nariz fina y puntiaguda y ojillos diminutos, rojos como la sangre. Vestían de negro, incluso la cota de mallas y el yelmo eran negros.
Eran Myeros, hombres grises. Habitantes de Isla Oscura, el único lugar que los humanos les permitieron habitar después de perder la guerra de razas hacía mil años. Pero ahora estaban allí, en Mesandia. Habían vuelto a sus andaduras.
Tod empuñó con fuerzas su azada y se preparó para luchar. Moriría combatiendo, no como una gallina asustadiza.
Uno de los Myeros, que le sacaba más de un palmo de estatura, percibió su osadía y se plantó frente a él. El resto hizo una carnicería de su familia.
El primer golpe del enorme mandoble del monstruo lo detuvo, no sin dificultad. El segundo también lo esquivó. El tercero partió en dos el cabo de la azada y le rasgó su camisa.
El monstruo rió, y sus compañeros le hicieron coro.
De la familia de Tod sólo él quedaba con vida. Sus hijos y nueras yacían muertos a su alrededor. A los nietos los habían descuartizado. Su esposa, su adorada Anabel, yacía sin cabeza muy cerca de él.
Tod no sintió dolor. La espada que le cortó la cabeza estaba muy bien afilada, como si la hubiesen afilado durante días seguidos esperando aquella ocasión. Su cuerpo se desplomó en un charco de sangre, mientras la cabeza rodó casi un metro antes de detenerse.
El hombre gris río de nuevo, una risa grave y carrasposa.
Los hombres grises volvían. Volvían para recuperar lo que les pertenecía.

4 comentarios:

  1. Muy bueno Manuel, me gusta el tono de esta narración. Lo mejor es que puede terminar aquí, o tener su continuación. Un abrazo.

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    1. Gracias por comentar Mauro. Una observación: aunque parezca de terror, yo lo considero un cuento de fantasía épica, ya que ocurre en un mundo ficticio inventado por mi persona. A menudo publicaré cuentos ocurridos en este mundo, aunque no necesariamente serán sobre hombres grises. Abrazo recibido y se sintió bien. Te mando otro.

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  2. manuel me gustoo mucho tu cuento yo pense q era de terror jajaja solo q me hubiera gustado un poco mas de suspenso antes de llegar al final att kari

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    1. Sé que parece de terror, después de todo los hombres grises son monstruos, así que es válida la confusión... Y lo de más suspenso antes de terminarlo, quizá se me agotó la imaginación en ese momento. Jaja. Gracias por comentar Kari.

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