Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de febrero de 2014

Cuentos de Terror

Se reunieron en el patio trasero de la casa de Miguel, ese día no estaban sus padres. El patio trasero de una vieja casa no es el mejor lugar para hacer una fogata, pero Miguel y sus dos amigos así lo hicieron. Llevaron salchichas, cervezas y se dispusieron a pasar una velada memorable.
El primero en contar un cuento fue Agustín:
—Esto es algo que le sucedió a mi abuelo —empezó, dando un sorbo a su lata de cerveza—. Mi abuelo, amigos, era un hombre avezado, valiente he intrépido. Nada ni nadie lo asustaba. Cazaba en los bosques más lejanos y recónditos, pescaba en los ríos más caudalosos y profundos; peleó contra leones y cocodrilos, pisoteó serpientes de gran envergadura, comió gusanos y bichos cuando, era eso o morir de hambre… No ahondaré más. Imagino que ya os quedó claro que mi abuelo no temía a nada.
»Hasta que lo vio a él, al hombre sin rostro, o, de los mil rostros, porque puede adoptar como suyo el rostro de cualquier persona. Él mismo me lo contó, en los días posteriores a su desaparición. La primera vez que lo vio fue al regresar de cacería, había tenido mala suerte, por lo que no traía siquiera una liebre. Al principio lo tomó como a una persona cualquiera, quizá también era un cazador como él, aunque no portaba ningún arma. Al rato de haberse encontrado en el camino al pueblo ya charlaban y reían como dos mejores amigos. El rostro con que se le presentó, era el rostro de un hombre curtido por el sol, de bigotes negros y ojos vivaces.
»Mi abuelo me contó que su más grande error fue hacerle una promesa. Sin saber quién ni de dónde era aquel sujeto, dejó que le sonsacara la promesa de que un día iría a su casa para cazar en los más fantásticos parajes y pescar en los ríos más fabulosos. Cuando llegaban al pueblo, el acompañante de mi abuelo se detuvo y dijo que en aquella ocasión se quedaría allí, pero que recordara su promesa. Cuando mi abuelo le tendió la mano para despedirse, el rostro de bigotes negros ya no estaba, su lugar lo ocupaba una oquedad negrísima. Mi abuelo se quedó sin respiración. Mientras luchaba para recuperar el aliento, el hombre sin rostro se esfumó, no sin antes dejar en el aire unas aterradoras palabras: “Recuerda tú promesa”.
»A partir de ese día mi abuelo dejó de ser el hombre valiente y sagaz que era. Lo más escalofriante de todo, es que una vez al año, mi abuelo escuchaba claramente en el viento la terrorífica frase “recuerda tú promesa”. Al final, el hombre sin rostro vino y se lo llevó. Recuerden que mi abuelo desapareció de su habitación sin dejar rastro alguno —concluyó Agustín.
Los otros dos chicos sabían que tenía razón. El abuelo de Agustín había desaparecido misteriosamente hacía un par de años. Pero no sabían cómo ni por qué. Ahora sí.
Los tres se sobresaltaron cuando alguien llamó a la puerta de la casa de Miguel.
—Chicos soy yo —gritó alguien al otro lado de la casa. Era una voz harta familiar—. Abridme, soy Mario.
Miguel se puso de pie y volvió al cabo de un minuto con Mario.
—¿Qué paso? —preguntó Jonathan— Creíamos que habías viajado con tu padre a la ciudad.
Mario se encogió de hombros.
—El coche se descompuso, así que se pospuso el viaje.
—Mejor para nosotros —aplaudió Miguel—. Anda, toma una cerveza y una salchicha. Es tú turno Jonathan.
—Bien —asintió Jonathan—. ¿Han escuchado decir que en mi casa asustan? —inquirió. Los otros tres chicos asintieron—. Es verdad. Les contaré cómo en una ocasión casi muero de un susto. Sucedió hace casi un año, en una noche cualquiera. Desperté en medio de la oscuridad, con una sed terrible. De manera que bajé a la cocina por un vaso con agua. Prendí la luz y me serví el agua. Tomábame el vaso con agua cuando escuché las pisadas. Pero no eran pisadas cualquieras, sino fuertes, poderosas, enormes, como las de un monstruo. Mi corazón se desbocó, más aún cuando recordé que en esa casa asustaban. Y entonces vi la sombra, grande, negra, horrorosa. El vaso cayó al suelo y se hizo añicos cuando lo dejé caer al correr como alma que lleva el diablo a mi habitación. Mientras subía las escaleras oía las pisadas tras de mí. Créanme, es inexplicable el horror que se siente cuando en medio de la oscuridad oyes que algo grotesco te persigue. Es... es… sencillamente aterrador.  Llegué a mi habitación y me refugié en las sábanas, hasta que dejé de oír las terribles pisadas. Cuando me atreví a ver, a mí alrededor no había nada, el reloj de la mesilla señalaba las doce y cinco minutos. Me había levantado en plena media noche. Jamás he sentido tanto miedo como el que sentí en esa ocasión, se los juro. Y jamás he vuelto a bajar por un vaso con agua.
Después de un minuto de silencio, intervino Miguel.
—Lo que os voy a contar le sucedió a mi tío. Mi tío era borracho y mentiroso, señores, pero en lo que respecta a este relato, creo firmemente que decía la verdad —empezó Miguel—. Para llegar a su casa, mi tío tenía que pasar cerca de un cementerio. En ocasiones, como en esta que os voy a contar, mi tío atravesaba el cementerio y así evitaba dar un rodeo a todo el predio. Normalmente esto lo hacía cuando iba muy borracho, que es cuando más valientes se vuelven algunos hombres.
»En una ocasión entre las ocasiones, cuando había luna llena, mi tío iba para su casa después de una borrachera con sus amigos. Como iba bien borracho, así lo decía él mismo, y para ahorrar camino, se atrevió a cruzar el cementerio en plena media noche. Apenas cruzó el perímetro del cementerio, sintió un aire gélido y como que algo lo observaba, algo maligno, burlón y húmedo. Pero mi tío no sintió miedo, señores, no, él continuó. Empezó a sentir miedo cuando escuchó un ruido tras él. Pero no era un ruido casual o repentino, sino que era ascendente. Cuando mi tío, ya con cierto miedo, volvía la vista para vislumbrar la fuente de aquel ruido, el ruido cesaba y a la vista no había nada, más que sepulcros, silenciosos. Me contó mi tío que el ruido era bastante peculiar, no lo describió con exactitud, pero dijo que era bastante parecido al de tirar de un objeto plástico sobre piedras. De pequeños todos hemos tirado de algo plástico ya sea en el patio o en la calle, así que imagino que debéis tener una idea.
»Mi tío empezaba a sentir miedo, señores, de verdad. El cementerio parecía no terminar jamás y aquel extraño ruido lo perseguía como un perrito a su amo. Y siempre que volvía la vista no había nada. Extraño ¿no les parece?, más teniendo en cuenta que era noche de luna llena y que todo el cementerio estaba magistralmente iluminado. Pero, además de tumbas, no había nada, absolutamente nada.
»Al final, mi tío corrió más que caminó. Pero el ruido seguía allí, y ahora que corría, más estruendoso que antes. Hasta que por fin salió, desbocado y sin aliento, pero salió. Pero antes de salir, el extraño ruido cedió paso a una risa aguda y diabólica. Una risa que aún lo hace tener pesadillas. Como imaginarán, mi tío jamás volvió a aventurarse por aquel cementerio, ni de día ni de noche.
Entonces llegó el turno de Mario.
—Mi historia es bastante más reciente —dijo Mario, saboreando una salchicha gigante y pasándosela con cerveza—. Esto les sucedió a unos muchachos, tres muchachos para ser preciso. Se reunieron una noche para contarse cuentos de terror, beber cerveza, comer algo y divertirse. Si los pobres hubieran sabido lo que sucedería, seguro no hubieran hecho nada de eso —los otros tres amigos oían expectantemente, más aún porque la voz de Mario se había vuelto seductora y modulada, no le conocían aquella faceta—. Los amigos empezaron a contarse cuentos de terror. Entonces se les unió una cuarta persona, era un desconocido para los amigos, pero como dijo que él también sabía muchas historias de miedo, lo dejaron sentarse junto a su fogata y le ofrecieron de su hospitalidad.
»Los amigos contaron sus historias, una cada uno. Pero cuando llegó el turno del desconocido, éste se convirtió en lo que en realidad era: el hombre sin rostro.
—¿El hombre sin rostro? —interrumpió Agustín— Es justo sobre quien conté mi historia.
Mario asintió, como pidiendo que lo dejaran continuar.
—Como decía —continuó—, el desconocido había cedido su lugar a un hombre cuyo rostro era negrura absoluta. Los amigos se asustaron y quisieron huir. Pero no pudieron, el hombre sin rostro ya los había elegido para que lo acompañaran a su morada, para contarse cuentos de terror por toda la eternidad. Y así sucedió, los tres amigos desaparecieron misteriosamente para nunca jamás ser vistos nuevamente.
Miguel, Agustín y Jonathan guardaban respetuosamente silencio ante el relato de Mario.
—¿Queréis que os diga que día ocurrió eso? —preguntó Mario.
Los chicos asintieron.
—18 de febrero de 2014.
Helados de miedo, los tres amigos recordaron que 18 de febrero era justo esa noche.
Cuando alzaron la vista, Mario ya no estaba. Su lugar lo ocupaba un hombre cuyo rostro era una oquedad negra, oscura y tenebrosa. 

2 comentarios:

  1. uuy q horror imaginate tal cosa jajaha muy buen relato me gusto el final no me esperaba tal cosa att kary

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    1. Jaja. Siempre estoy intentando sorprender. Que bueno que te gustó Kary. Gracias por leerme.

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