Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de febrero de 2014

Amor de un Año

La conocí en el parque. Encontrábame recostado en una de las banquetas, con vista al precioso lago Itzá, cuando la mujer de mis sueños apareció en mi ángulo de visión. Caminaba junto a una amiga, con la cual charlaba y reía (y que linda era su sonrisa), mientras los rayos del sol del atardecer le bañaban sus tersas mejillas y arrancaba destellos a su broncíneo cabello.
Tomaron asiento en una banqueta no muy lejos de mí. De manera que las oía conversar y reír. Hubo momentos en los que quise levantarme e irme de allí, su risa me volvía loco. Quería que charlara y riera conmigo, no con su amiga. No obstante, me quedé quieto sobre mi asiento, aún quería escuchar su risa un momento más.
De repente, hacia el crepúsculo, su amiga (que era morena y también muy guapa) contestó el teléfono y habló entre susurros un minuto. Segundos después se despedía de su amiga con un beso en la mejilla, dejándola sola en la banca.
No recuerdo cómo lo hice, sólo sé que cuando vine a percatarme ya me encontraba frente a ella, y entre tartamudeos la saludé.
—Hola —le dije.
Al principio ella pareció sorprendida, no obstante, respondió a mi saludo.
—Hola —me dijo.
¡Qué hermosa era! Era bastante joven. Su cabello, de un color rojizo, le caía sobre los hombros como una cascada. Su rostro, más hermoso que el alba, redondo y de pómulos altos. Sus ojos eran castaños y tenían una chispa de coquetería que me encandiló de inmediato. Hasta ese momento no creía en el amor a primera vista, pero esa tarde tal creencia se desplomó.
—¿Puedo sentarme?
—No veo ningún inconveniente.
Quiero que este relato sea corto y escueto, de manera que me limitaré a relatar las partes que considero más importantes, ya que si plasmara todos mis sentimientos, emociones, sucesos, besos, caricias, palabras de amor… creo, en mi humilde opinión, que es material suficiente para escribir una novela, cuando no una serie.
Nos enamoramos, o al menos fue lo que creí en un principio. Ella, con esa sonrisa mágica y su mirada encantadora, me atrapó de inmediato. Yo, siempre decía que le gustaba todo de mí, así que realmente no sé lo que de mí le atrajo a ella.
Mis días junto a ella han sido los más dichosos de mi vida. Nos veíamos todas las semanas, sábados o domingos, en ocasiones ambos días. ¿Por qué no nos veíamos todos los días? La razón es simple, además de que ambos trabajábamos, ella vivía en el municipio de Santa Ana y yo en San Francisco. Santa Elena, Flores, San Benito, nuestros puntos de reunión predilectos, nos quedaban a mitad de camino. Ahora que recuerdo estos detalles, me doy cuenta que nunca sospeché nada ante su renuencia a que la visitara a su casa. Fueron los días más dichosos, pero también los más aciagos
¡Oh el amor! ¡Cómo tan noble sentimiento es capaz de elevarnos hasta el cielo y a la vez agobiarnos tan profundamente!
Era el hombre más feliz del mundo cuando estaba con ella, cuando chateábamos por el celular o por internet, cuando a través de una llamada telefónica oía su risa y su voz, cuando a través de la videocámara veía su rostro sin mácula radiante de donosura. Pero todo esto era minoría. Las más de las veces me las pasaba en el trabajo, dónde me era imposible chatear o hablar con ella. Después del trabajo me iba a casa, le enviaba mil mensajes y ella no respondía, le llamaba otras tantas y sucedía lo mismo, me conectaba y estaba offline. ¿Qué hacer en momentos así? Y era allí donde empezaba el dolor, la rabia, la frustración, las sospechas… ¿Qué hará que no contesta? ¿Con quién estará? ¿Quién disfrutará de su mágica sonrisa en mí lugar? ¿Estará bien? ¿Le habrá sucedido algo?
Me encogía en la cama y lloraba silenciosamente. El no saber de ella me carcomía las entrañas. Sentía ganas de gritar, golpear cosas y me ponía de un humor de perros. Lo peor de todo es que muchas veces pasaban días enteros sin que ella se dignara a reportarse. Me duele admitir que no fueron pocas las veces en las que busqué en el alcohol la cura a mi dolor. Pero tampoco esto funcionaba, el dolor seguía allí, medio dormido a veces, pero siempre presente.
Entonces, sin previo aviso, recibía su llamada. Si alguno de ustedes ha pasado por una situación similar, sabrá que no miento cuando digo que esa llamada hace que el corazón de un vuelco. Se multiplican las palpitaciones de dicho órgano, la respiración se entrecorta y uno sólo tiene deseos de responder esa llamada. A pesar de mis irrefrenables deseos por contestar su llamada, una especie de manía me impedía responder inmediatamente. Dejaba que entrara al buzón de voz al menos dos veces antes de responderle. Quería saber si en verdad me quería, si así era, llamaría las veces que fueran necesarias hasta que yo atendiera su llamada. ¡Cuán largos se me hacían esos segundos! Esos segundos entre una llamada y otra. Pensando en si volvería a marcar mí número o se rendiría fácilmente. Pero siempre marcaba nuevamente y cuando por fin contestaba, su risa y su dulce voz me arrancaban de raíz todas las dudas y temores y me encontraba deseando estar a su lado.
Y así pasó un año. Un año en el que lo único que contaba para mí era ella. Un año lleno de felicidad, pero también plagado de incertidumbre y dolor. Ahora que rememoro ese tiempo, me sorprende que haya podido soportarlo. Creo que sólo un corazón joven y rebosante de salud como el mío lo habría hecho. Un año que fue para mí como una montaña rusa, en el que en determinado momento me encontraba en la cima, y al instante siguiente, no sin una sensación de vértigo que no deja de tener cierta similitud al experimentado en una montaña rusa, me encontraba en el suelo. Al final no sé cómo describir ese año, me limitaré a señalar que ha sido el año más atípico de mi vida.
Al principio solo nos veíamos para charlar, tomar un helado o ver una película. Un mes después, reuní el coraje suficiente para tomarle la mano, ella no protestó, sino que respondió con un leve apretoncito. Una semana después, le pedí que fuera mi novia, ella aceptó. Besarla era como tocar el cielo, si es que eso es posible. Las caricias que nos prodigábamos eran caricias cargadas de amor, dulzura y pasión. Dudo mucho que haya más parejas que se entregaran al amor con tanta devoción como nosotros. Tres meses después, cuando por fin consintió en acostarse conmigo, mi dicha se vio completada. Era ya el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Quizá este amor que nos prodigábamos cuando estábamos juntos, y la indiferencia que mostraba en los días que no nos veíamos era lo que me traía siempre tan aturdido y huraño con mis allegados.
Solíamos tomarnos de la mano y pasear por los centros comerciales, por los parques y por la isla de Flores. Sentíame dichoso en aquellos momentos. Sabía que muchas personas nos miraban, y me envidiaban, porque no todos podían pasear de la mano con un ángel. Solíamos sentarnos en una banqueta, muchas veces en aquella donde nos conocimos, y mirar la puesta del sol. Sólo alguien que haya experimentado algo igual sabrá que, momentos como esos son los que más vienen a la memoria y los que más dolor causan cuando de la persona amada no queda más que recuerdos.
Pero toda esta felicidad se esfumaba en cuanto ella se marchaba. Mientras la veía alejarse, una profunda melancolía me embargaba. Todo esto se veía acentuado cuando en los días posteriores no lograba contactarla. El dolor causado por la lejanía, por la imposibilidad de saber de ella, estuvo a punto de volverme loco. La añoranza que sobrecogía a mi corazón esos días me es imposible describirla. Sin embargo, el dolor, las dudas y la melancolía desaparecían en cuanto me llamaba y concertábamos una próxima cita.  
Nunca peleamos. Si algunos lectores habían llegado a esa conclusión, permítanme decirles que estaban equivocados. Jamás entre nosotros hubo discusión alguna, ni palabras malsonantes, ni siquiera alusiones a ellas. El dolor provocado por su ausencia y acrecentado por mi desconfianza era mío y sólo mío. Jamás lo compartí con ella ni con nadie. Y, ahora que lo pienso, ella parecía conforme con nuestra relación.
¿Entonces qué fallo? ¿Por qué se fue todo a la basura?
Pues bien, para no alargar más la historia, iré a la conclusión de la misma.
Sucedió cuando el dolor provocado por su ausencia estuvo a punto de volverme loco. Fueron las dos semanas más largas y aciagas de mi vida. Dos semanas en las que no supe nada de ella. No hubo mensajes, ni llamadas, ni chat. Era como si simplemente se hubiese olvidado de mí. Por supuesto que yo intenté como loco contactarme con ella, mas me fue imposible. Esos días me volví retraído, intratable, melancólico y cliente más que frecuente de las cantinas. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué no se comunicaba conmigo?
Entonces tomé mi decisión. Tomé mi coche y conduje hasta Santa Ana, quisiera o no, la encontraría y le pediría, incluso le rogaría, que se fugara conmigo, que nos fuéramos lejos e iniciáramos una vida juntos. Fantaseé todo el trayecto con la vida que llevaríamos. Me la imaginaba a mi lado, tomados de la mano, paseando por las callejuelas de un lugar desconocido mientras los rayos del sol acentuaban su belleza. Imaginé nuestros hijos, Tommy y Jennifer, jugueteando en el patio de la casa. Imaginé cómo seríamos de ancianos, con los rostros arrugados, pero con los ojos vivaces y felices por la hermosa vida ya transcurrida. Yo sabía que me amaba y yo a ella, así que no podría decir que no, no se negaría a fugarse conmigo. Esa misma noche me encontraría conduciendo, con ella en el asiento de al lado, hacia un lugar que aún no había definido.
Llegué a Santa Ana a eso de las tres de la tarde. Le llamé pero su teléfono sonaba fuera de servicio. Pero la encontraría, de allí no me iba hasta que la encontrara. De manera que empecé a recorrer todas las calles del municipio, de una en una. Entraba la noche y yo aún no la encontraba. Decidí detenerme frente a una tienda para comprar algo de tomar.
Entonces la vi. Fue el momento más doloroso de toda mi vida. Ver a la mujer amada del brazo de otro hombre tiene que ser, a fuerza, el momento más aciago que pueda experimentar el ser humano. Y yo lo experimenté en ese momento. Salieron de una intersección de calles en el momento que yo destapaba mi lata de cerveza. Creí morirme, deseé morirme, y hablo en serio. La punzada que mi corazón sintió no es comparable con nada. Muchas dudas se despejaron en ese momento.
—¿Conoce a esa pareja? —pregunté al señor de la tienda, tratando de darle un timbre normal a mi voz.
—Están recién casados —dijo el tendero, sin imaginar el dolor que aquella frase provocó en mi alma ya sobrecogida—. Se casaron hace dos semanas —continuó—. El es un reconocido abogado y ella…
—Muchas gracias —dije, brusco.
Cuando subía a mi coche, la pareja pasó a mi lado. Estoy seguro que se percató de mi presencia, pero por la forma en que me ignoró, cualquiera habría aseverado lo contrario.
¡Oh, el amor! Sentimiento noble y dulce, que sin embargo, a mí parecer, y quizá a raíz de esta experiencia, es capaz de causar en el ser humano tanto dolor como la muerte, las guerras o los desastres naturales. Debería haber una ley que prohíba jugar con los sentimientos de otras personas. No lo sé, quizá es porque aún estoy dolido.
Por supuesto, un amor perdido no es el fin de la vida, ni mucho menos. Pero deja un vacío, una profunda marca, que de alguna manera influye en tus acciones futuras. La pérdida de un amor, más aún cuando crees que se trata del amor de tu vida, es algo muy difícil de superar, en algunos casos, no se supera del todo. Yo al menos, y eso que ya pasaron varios años desde esta experiencia, aún no lo he superado.
Tal es mi historia.

4 comentarios:

  1. esta historia realment es tuya

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    1. Si te refieres a que si es una experiencia personal, no, la respuesta es no. Es una historia salida de mi imaginación. Espero que haya aclarado tus dudas. Éxitos.

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  2. Me encantó esta historia!!
    Sos buenísimo en esto que haces!! Mil éxitos!!

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    1. Gracias. Me alegro que te haya gustado. Es lo que busco cada vez que que escribo. También para vo éxitos...

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