Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de febrero de 2014

La Camioneta de la Muerte

¿Alguno de vosotros sabe lo qué es el miedo? Supongo que sí ¿Lo han experimentado? Es posible que por lo menos en una ocasión. Pero, ¿Lo habéis vivido en su más álgida expresión?, ¿lo habéis experimentado de tal manera que te cambie la vida para siempre? En vuestro caso no lo sé. En el mío sí. Fue sólo un minuto, quizá un segundo, no estoy completamente seguro, sólo sé que el momento duró menos de lo que una persona puede aguantar la respiración. Lo sé porque cuando ocurrió mi experiencia yo contuvo la respiración, no a propósito, sino por el hondo y petrificador miedo que se apoderó de mí. Cuando me acordé de respirar, la vista se me apagó y…
Bueno, antes de llegar al final creo que debo empezar.
Antes que nada me presentaré. Mi nombre es José Mejía, actualmente tengo treinta años y vivo con mi esposa y dos hijos en una pequeña aldea del departamento de Jalapa, a más de cien kilómetros de la cabecera departamental.
El momento que aún me aterra en mis sueños y me causa intranquilidad durante la vigilia ocurrió hace dos años, una madrugada de un día de febrero. El día anterior había decidido viajar al pueblo, a la cabecera departamental concretamente. Ahora bien, para llegar a buena hora a mi lugar de destino debía levantarme muy temprano y salir a esperar la camioneta que pasaba a las cuatro de la madrugada.
Pues bien, habiendo decidido que saldría muy temprano al siguiente día, me acosté a dormir muy temprano. No sé si por cosa del destino o por azar, pero me dormí tan profundamente que cuando desperté mi reloj señalaba las cuatro de la mañana con diez minutos. Me puse de pie de un salto, molesto conmigo mismo, y con mi esposa ya que ni ella se había despertado.

26 de febrero de 2014

La Venganza del Demonio

Brandon jugaba a las canicas con sus amiguitos en el callejón junto a su casa cuando vio la sombra negra. Era una sombra etérea, desigual. El infante alzó la vista al cielo para descubrir al causante de la silueta, debía de ser un ave muy grande y rara, pero en el cielo no había nada, ni siquiera nubes. No obstante, la sombra seguía allí, al pie del muro que rodeaba la propiedad de su padre. Dos ojillos de pupilas rojas sobresalieron de la sombra y le devolvieron la mirada. Brandon dio un respingo. La sombra atravesó el muro y se perdió de vista.
Ninguno de sus amigos la había visto, de eso estaba seguro. De manera que ignoró el episodio y siguió jugando.
El juego terminó cuando sus amigos así lo quisieron, alegando que ya era tarde y que sus madres los estaban esperando. Pero Brandon sabía que se iban porque ya les había ganado demasiado ese día, tenía los bolsillos repletos de canicas. Una tarde inusualmente fructífera aquella.
Sus amigos se marcharon mientras él recogía las últimas ganancias. Y allí estaba la sombra, negra, sin forma lógica.
—Hola, Brandon —saludó la cabeza que empezó a emerger de la sombra. Era una cabeza inhumana, amarillenta, rugosa y de ojillos rojos sangre. Su voz era un susurro gélido.
Brandon gritó, o al menos lo intentó.
El monstruo que había sustituido a la sombra se cernió sobre él.

٭٭٭٭٭٭٭
La melodía del teléfono le arrancó un susto tremendo. El mismo susto le hizo pisar con fuerza el freno, el auto derrapó un instante y por poco se sale de la carretera.
—¿Qué sucede, cariño? —preguntó Jared después de estabilizar el coche y recuperar la compostura.
—¡Nuestro hijo, Jared! ¡Por todos los dioses! ¡Mi querido Brandon! —la voz de Annie sonaba histérica al otro lado de la línea.
—¿Qué sucede con Brandon? —preguntó Jared.
—¡Está muerto!

25 de febrero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 5

En la Cabaña del Mago

—¿Usted vive por aquí? —preguntó Max mientras caminaban entre el sembradillo de girasoles.
—Sí —dijo el anciano—. Ya tengo varios años desde que me establecí en este lugar. Quise hacer negocio con semillas de girasoles —explicó—, pero esos cuervos nunca han dejado prosperar mi siembra. Era ese enorme cuervo el que más daño le hacía. Con mi magia fácilmente me hubiera deshecho de todos los demás, pero nunca pude vencer a ese cuervo, mis hechizos no funcionaban con él. Muchas veces era él quien había estado cerca de acabar con mi vida.
»En realidad él no quería solamente los girasoles, sino que quería todas mis tierras, quería dominarlas y hacer que todo lo que viviere por estos rumbos le obedeciera. Ya hacía varias semanas que no nos encontrábamos porque había salido de viaje, fui a investigar y a practicar un hechizo que funcionara con él, y lo encontré, fue él que usé hace rato. Tuve que optar por otro hechizo porque los demás rebotaban en él, como en un espejo, pero como ustedes se dieron cuenta, el hechizo que aprendí sí surtió efecto.
—¿Y qué era esa cosa? ¡Porque un cuervo común y corriente no lo era!
—Era un cuervo, un cuervo que se hacía llamar David, decía que David era el nombre de un antiguo rey del reino animal y que él lo reemplazaría en el trono.  No era un cuervo común y corriente porque en la piel se le incrustó por accidente un fragmento de un Diamante de Hezlem, el cual lo transformó en gigante y le transfirió muchas habilidades. Como se dieron cuenta una de sus habilidades era hablar la lengua de los humanos, también sus alas obtuvieron dedos. Incluso pienso que en un par de años más se hubiera parecido más a un humano que a un cuervo, y quizá un día llegaría a ser completamente humano, al menos en lo físico.
»Busqué en sus restos el fragmento del Diamante de Hezlem, pero creo que se consumió junto con la vida del cuervo, ya que no lo encontré.
—¿Entonces era eso lo que buscaba cuando revisaba su cuerpo?
—Correcto.
—Entiendo que las habilidades del cuervo se debían al poder del Diamante de Hezlem… pero ¿Qué es el Diamante de Hezlem? —preguntó Jennifer.
—Es un diamante mágico, muy poderoso. Pero ahora no quiero hablarles sobre él, quizá se los diga más tarde.
—Así que era ese misterioso diamante el que le transmitía sus habilidades al cuervo —meditó Jennifer—. Eso lo explica todo. Ya decía yo que no podía ser por causa natural.
—Tienes razón pequeña —dijo el anciano carcajeando—. Y ahora me siento feliz porque por fin pude acabar con él. Me hizo pasar por muchos problemas. Incluso en algunos momentos me pasó por la mente irme de este lugar, ya no resistía. Tenía que usar mis hechizos más poderosos para proteger mi cabaña, intenté hacer lo mismo con la siembra de girasoles, pero mi magia no es muy potente y el campo no resistía por mucho tiempo las embestidas de los cuervos, mucho menos cuando se trataba de David.

24 de febrero de 2014

Hombres Grises

El invierno había sido especialmente duro ese año. Tan al sur era prácticamente imposible que nevara. Para algunos, la nieve no era más que un mito. Pero no era un mito, toda la isla la había visto y sufrido. Al principio fue toda una novedad, motas de hielo cayendo del cielo ¡Increíble pero cierto! Pero la nieve no vino sola, traía consigo frío, y con el frío, muerte.
La gente murió por miles.
La nieve fue sólo el comienzo. Después vinieron torrenciales lluvias y por último los huracanes. En toda la isla no quedó una sola casa en pie, se perdieron las cosechas y las embarcaciones se despedazaron o se las llevó el mar.
Indudablemente morirían todos, hasta que Lord Byron, señor de Isla Darcis, acudió en su ayuda. Cuarenta y siete naves llegaron a Mesandia de las cincuenta que habían partido de la Base Naval Macario Darcis, más que suficientes para evacuar a los lugareños que aún no habían sucumbido al frío o al hambre.
Pero no todos quisieron abandonar su hogar. Algunos por demasiado apego a su tierra, otros porque temían a las embarcaciones y al mar embravecido, y otros porque vieron una gran oportunidad en quedarse solos en un lugar tan vasto como Mesandia.
Tod, junto a su familia, fue uno de los que se negó a abandonar la isla. Hacía cincuenta años que vivía allí, por nada del mundo abandonaría su hogar. Además, lo peor del invierno ya había pasado, decía él. Pronto las tormentas cesarían, la nieve desaparecía y podría volver a sembrar; mientras, se podía vivir de la pesca y de la caza, aunque estas escaseaban como todo.
Arropado por su mujer, la robusta Anabel, dos hijos, dos nueras y cinco nietos, observó desde un altozano, un kilómetro tierra adentro, la partida de la flota de Lord Byron. Los barcos eran diminutos debido a la distancia, sin embargo era posible apreciar cientos de cabezas sobresaliendo en la cubierta. Tod no sabía mucho de embarcaciones, lo suyo era la agricultura y la caza, raramente pescaba, pero era de la opinión de que las naves iban sobrecargadas. Si alguien le hubiese dicho que apostasen, Tod se habría jugado la vida a que no todos los barcos llegarían a su destino, no con aquel invierno.

22 de febrero de 2014

El Hijo del Demonio

La mansión estaba embrujada, todo el mundo lo decía.
Antaño había sido la residencia de los Monroy. Pero de los Monroy ya no  quedaba ni un descendiente, eso era un hecho consabido. El último de tan distinguido linaje, el duque Mason Monroy, había muerto antes de cumplir la treintena de años, hacía cincuenta años. Aunque para entonces, una serie de sucesos inexplicables, como la locura de muchos de sus integrantes, había conseguido que el magno linaje ya no fuese tan excelso.
La tradición popular recordaba al último de los Monroy como un joven apuesto y gallardo, afable en el trato hacia a los demás y aficionado a todas esas actividades que sólo un noble podría permitirse. Precisamente fueron estas actividades lo que lo llevaron a la tumba antes de casarse y dejar descendientes. Fueron las fiestas, las orgías, las cacerías, el juego, el alcohol… Fue una mezcla de todo lo que lo llevó a la locura y al suicidio. Pero los que piensan esto son minoría. La mayoría de las personas con las que Jared había hablado sobre ese tema en particular, eran de la opinión de que un monstruo había asesinado al joven y amigable noble.
Desde la muerte del duque habían transcurrido cincuenta años, por lo que la versión original de la historia es posible que se haya perdido en el tiempo. No obstante, los descendientes de los adultos de cincuenta años atrás, aseguran haber escuchado la misma historia: El duque había muerto una noche en su mansión, torturado por un demonio.
La versión más escalofriante y estrafalaria se la había relatado don Matías, un anciano desdentado y desgarbado que estaba más cerca de los ochenta años que de los setenta. Don Matías, hacía cincuenta años un mozalbete, aseguraba haber escuchado los gritos provenientes de la mansión.
—Eran escalofriantes… terroríficos —le había dicho a Jared—. El pobre duque, que tan bueno era con toda la villa, murió tras una larga y sanguinaria tortura. Algo así no se lo deseo ni al más acérrimo de mis enemigos.

20 de febrero de 2014

Señor Calamidad

Nació bajo el seno de una familia de escasos recursos en una pequeña aldea del municipio de San Andrés. Su padre, un joven de veintiún años, campesino de profesión, se casó a los dieciocho años con María, una hermosa jovencita que al momento de dar a luz contaba con apenas dieciocho años de vida. Gerardo, que así se llamaba el joven padre, había luchado de una y mil maneras para casarse con María. Trabajó hasta el extremo de sus fuerzas, ahorró al máximo de sus capacidades y no dejó de insistir a la joven, y a los padres de ésta, hasta que logró su objetivo: Casarse.
Él tenía dieciocho años, y ella quince, muy jóvenes pensarán algunos, pero en las familias de clase baja esto es común. La boda se celebró en el patio de la casa de los padres de la novia. Fue una boda sencilla, pero amena y divertida, en la que estuvieron presentes los familiares de los novios y sus amigos más allegados. Al caer la noche la pareja se trasladó a su nueva residencia, una casita de una sola habitación, que Gerardo había logrado construir con el sudor de su frente, cosa por lo que estaba muy orgulloso.
Tras el paso de los dos primeros años, el joven matrimonio era tan resistente como una roca y tan feliz como un niño con su juguete nuevo. Todo marchaba como lo habían soñado, hasta que María quedó Embarazada.
Los jóvenes esposos saltaron de alegría cuando se enteraron de que pronto tendrían un pequeño retoño. Es lo normal, ¿quién no se alegra ante la sapiencia de que pronto será padre? Pero tras los primeros tres meses de embarazo, María empezó a experimentar raros síntomas: Nauseas continuas, espasmos repentinos, fiebres, flacidez en las rodillas… Gerardo estaba muy preocupado, temía por la vida de ella y por la de su hijo, de manera que acudió a cuanto curandero conocía, pero ni siquiera las hierbas y ungüentos de doña Toña, la mejor curandera de la región, lograron reponer del todo a María.

18 de febrero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 4

El Robo de los Cuervos
Ya faltaban pocas horas para que anocheciera. Los chicos aún continuaban su caminata, algo más repuestos del susto que habían llevado mientras almorzaban. Por suerte era un día soleado y no había muchas probabilidades de que lloviera. Aunque, probablemente para el siguiente día sí iban a necesitar de la lluvia, ya que el agua se les estaba escaseando a gran velocidad. Por el momento no habían tenido más dificultades y ningún otro animal los había querido comer, por decirlo así, pero estaban casi seguros de que aquella serpiente no sería el único animal que encontrarían en su camino. Seguramente habría más animales a los que les parecerían un platillo suculento.
Momentos más tarde, mientras pasaban un claro de varias decenas de metros, vislumbraron unas montañas al sur, pero estaban bastante alejadas, tardarían por lo menos un día para llegar a ellas, a menos que fueran pequeñas y no estuvieran tan lejos como parecía.
Cuando ya faltaba poco para el crepúsculo se encontraron frente a un pequeño sembradillo. Fue una total sorpresa para los dos, significaba que por allí vivía alguien. Pero mayor fue su sorpresa al constatar que el sembradillo era de girasoles. La siembra no era muy grande, probablemente unos cincuenta metros cuadrados.
Los girasoles se encontraban en muy mal estado. Pronto se dio cuenta de la causa de aquello, en unos árboles no muy lejanos, había una población de cuervos. Seguramente ellos eran la causa de la mala condición de los girasoles
Uno de los cuervos los miró, y dando un graznido se elevó por los aires, hizo unas piruetas y se dejó ir en picada. Max lo observó maravillado, hasta que a pocos metros del suelo, el cuervo dobló la dirección hacia donde ellos estaban. Ambos chicos se tiraron al suelo para evitar ser embestidos por el cuervo. Luego, de manera extraña, muchos más cuervos imitaron al primero, lanzándose sobre los chicos con los picos apuntando a sus carnes.
No hubo tiempo para correr.

Cuentos de Terror

Se reunieron en el patio trasero de la casa de Miguel, ese día no estaban sus padres. El patio trasero de una vieja casa no es el mejor lugar para hacer una fogata, pero Miguel y sus dos amigos así lo hicieron. Llevaron salchichas, cervezas y se dispusieron a pasar una velada memorable.
El primero en contar un cuento fue Agustín:
—Esto es algo que le sucedió a mi abuelo —empezó, dando un sorbo a su lata de cerveza—. Mi abuelo, amigos, era un hombre avezado, valiente he intrépido. Nada ni nadie lo asustaba. Cazaba en los bosques más lejanos y recónditos, pescaba en los ríos más caudalosos y profundos; peleó contra leones y cocodrilos, pisoteó serpientes de gran envergadura, comió gusanos y bichos cuando, era eso o morir de hambre… No ahondaré más. Imagino que ya os quedó claro que mi abuelo no temía a nada.
»Hasta que lo vio a él, al hombre sin rostro, o, de los mil rostros, porque puede adoptar como suyo el rostro de cualquier persona. Él mismo me lo contó, en los días posteriores a su desaparición. La primera vez que lo vio fue al regresar de cacería, había tenido mala suerte, por lo que no traía siquiera una liebre. Al principio lo tomó como a una persona cualquiera, quizá también era un cazador como él, aunque no portaba ningún arma. Al rato de haberse encontrado en el camino al pueblo ya charlaban y reían como dos mejores amigos. El rostro con que se le presentó, era el rostro de un hombre curtido por el sol, de bigotes negros y ojos vivaces.

16 de febrero de 2014

El Loco

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Pero no, no estoy loco, al menos no lo estaba esos días. Ahora quizá sí. Estas cuatro paredes acolchadas, la prenda elástica con que me sujetan cuando la cojo contra los médicos, la soledad de mí cubículo, el lento transcurrir de los días, el ansia de libertad que oprime mi pecho, eso sí que es para volverse loco. Pero no, no estoy loco.
¿Qué querían que hiciera? ¿Quedarme de brazos cruzados mientras mi esposa me jugaba la vuelta? No ¿verdad?, por supuesto que no.
Habíame casado con mi infiel esposa siendo ambos aún muy jóvenes. En ese entonces ella aún no me había fallado, o al menos eso creo. Era la esposa perfecta, la amorosa, amable, atenta, oficiosa. Y me quería, vaya que me quería. Tendrían que pasar varios años para que ella mostrara sus garras.
Primero fueron los pleitos. No le gustaba que me fuera a tomar con mis amigos, no quería que me reuniera con ellos para jugar al póker. Ahora me pregunto ¿por qué?, y me hace dudar de su culpabilidad, ya que de haberlo sido, esas noches eran los momentos precisos para reunirse con su amante. Pero luego vuelvo a la carga, ella era culpable, lo sé. Es increíble que después de tantos años aún me atormente de manera tan atroz.  

14 de febrero de 2014

Febrero 14

Su nombre era Nicolás. Tenía quince años, y podría decirse que era el cerebrito de la clase; siempre tenía notas sobresalientes. Vivía a las afueras del pueblo, en una casa antigua y colonial. Raras veces se le veía en el pueblo, excepto cuando iba al colegio. Nadie lo consideraba un chico atractivo, mucho menos divertido. Era bajito, delgado, de tez morena y cabello negro rizado, tan ridículamente rizado que se le pegaba al cuero cabelludo haciéndolo parecer pelo de borrego. Además de poco atractivo, era retraído y huraño.
Por eso cuando Elizabeth, la chica más hermosa de la clase, mostró interés amoroso en Nicolás, medio mundo se llevó una gran sorpresa. Elizabeth era alta, esbelta, de cabello castaño rojizo, un rostro que opacaba la luna llena y una sonrisa más brillante y seductora que un diamante. Y él; bueno, ya les conté lo que era él.
La efímera relación duró apenas quince días. ¿Lo pueden creer? ¿Quince días solamente? Yo me tomo más tiempo entre un baño y otro, no, es broma. Volviendo al tema. Durante quince días formaron una de las parejas más atípicas que se hayan visto en aquel pueblito. Ella era alta, él, chaparro; ella era una beldad, él, bueno, diré que era feo; ella sonreía todo el tiempo y a todo el mundo, él, ni a sus padres; ella era popular, él, puede que ni toda su familia lo conociera… Bueno, bueno, creo que ya estoy divagando.

12 de febrero de 2014

El Amigo de Charlie

Charlie era un niño como cualquier otro. Era pequeño, y cómo no si sólo contaba con ocho años de edad, iba a la escuela como todos los demás, tenía muchos amiguitos con los cuales le encantaba jugar, y por qué no, también hacía una que otra travesura de vez en cuando.
El pueblo en el que Charlie vivía era pequeño, acogedor, colorido y vivaz. Era un pueblo en el que rara vez sucedía algún acontecimiento digno de mención. Por eso cuando los Ramírez Hernández se mudaron al pueblo fue toda una novedad. Fue algo que se comentó durante varios días en los hogares del pueblito. Muchos vecinos ni siquiera dieron tiempo a los nuevos inquilinos a que desempacaran cuando ya tocaban a las puertas de la casa para darles la bienvenida; unos les llevaban dulces, otros frutas, otros pastelillos, incluso hubo una familia que llevó un pavo horneado. Los Ramírez Hernández recibieron todo con cálidas sonrisas y efusivas gracias. Parecían una familia cualquiera, sin duda no desentonarían en el pueblo.
Los Ramírez Hernández tenían un hijo. Edwin era un muchachito flaco, amigable y morenito. Tenía doce años, aunque si alguno de vosotros lo hubiera visto juraría que a lo sumo tendría diez.

11 de febrero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 3

Max buscó la mochila que llevaba a la escuela y sacó todo lo que había dentro, lo único que dejó fue una pluma, un frasquito de tinta y un trozo de pergamino, por si lo llegaba a necesitar. Luego guardó en la mochila una mudada de ropa. Después buscó alimentos que podría llevar, pero para su decepción no encontró mucho, sólo unas frutas viejas. También guardó un pedernal para encender una fogata.
Durante el resto del día hubo que darle dos veces la poción al abuelo para que se tranquilizara. Mientras, él lamentaba no estar en el bosque, rumbo al sur, en busca del fénix dorado. Incluso hubo momentos en los que sintió la necesidad de partir, de irse en aquellos momentos, pero por una u otra razón siempre terminaba pensando que sin Jennifer no podría sobrevivir en el bosque. Y es que no podían tomar un camino, porque éstos simplemente comunicaban aldeas con aldeas, y ni uno llevaba directamente hacia el sur. Él no sabía en donde vivía el fénix dorado, por lo que no tenía más remedio que ir hacia el sur, en medio del bosque, puesto que no había ni un camino con un letrero que dijera: fénix dorado, hacia allá.
Aquella tarde la puesta de sol fue hermosa. El cielo estuvo por varios minutos de un color rojizo, Max siempre se maravillaba con la belleza de la naturaleza. Como le hubiera gustado que su abuelo mirara aquello. Siempre que miraba algo hermoso, la mayoría de las veces tenía a su abuelo junto a él.
Desde que él tenía memoria, nunca había visto a su abuelo postrado en cama, enfermo, y mucho menos en peligro de muerte. Incluso había pensado que su abuelo tenía algo de inmortal, o las enfermedades le huían, pero ahora estaba comprobado que no.
Sentado, observando la puesta del sol se quedó allí largo rato. Sin darse cuenta perdió el sentido del tiempo. Cuando vino a percatarse de algo, el sol ya se había ocultado por completo. Los ojos rojos y anaranjados se veían amenazadores a su alrededor. Sabía que eran pájaros pacíficos, pero le entró pánico, sintió una corriente de aire frío, se puso de pie de un salto y se metió a la casa a paso ligero. Habría jurado que esa anoche había algo allá afuera y él no estaba dispuesto a corroborarlo.

10 de febrero de 2014

La Fuga

Mariana estaba decididamente enamorada de Francisco. Francisco era guapo, alto, de hermoso cabello y muy galante. Su único defecto discurría en su pobreza. Pero eso a Mariana no le importaba, ella lo amaba, era lo único que contaba. Sus padres no estaban de acuerdo con tal noviazgo. ¿Y cómo estarlo? En opinión de doña Esther, la madre de Mariana, Francisco era un don nadie, un pandillero, un muchacho sin presente ni futuro, y hasta era feo. No entendía que le veía su hija a ese bueno para nada. Además, su hija apenas tenía quince años, a esa edad las mujeres no deberían pensar en tales tonterías, cosa que siempre le recordaba ella.
Puesto que ambos jóvenes querían estar juntos, decidieron fugarse. Hicieron planes y concluyeron que les iría bien. Él seguiría trabajando en el taller de don Gonzalo y ella estudiaría. Así que ¿qué podría salir mal? Definitivamente la perspectiva del fracaso no aparecía ni en el más lejano horizonte. Se pusieron de acuerdo, marcaron el día en el calendario y esperaron pacientes la llegada de la gran fecha, el día que por fin estarían juntos, cosa que nada ni nadie podría evitar.
Por fin llegó el día esperado. Mariana estaba nerviosa, muy nerviosa, pero ya le había dado su palabra a Francisco, no le quedaría mal. Esperó a que todos estuviesen dormidos para salir a hurtadillas de la casa. En una mano una linterna para alumbrar las escaleras y en la otra, la maleta con algo de ropa.

8 de febrero de 2014

El Cazador

Jon Davis era conocido en todo el pueblo por ser el más intrépido cazador que alguna vez haya hollado la región. Muchos incluso aseveraban que era el más grande cazador de todo el país, que ya eran palabras mayores. Jon Davis se dedicaba a la caza desde que era un mozuelo. Su primera presa fue un conejo, un conejo dulce y tierno que a veces jugaba con él, era el conejo de los vecinos. Pero eso no impidió que un día Jon le reventara la cabeza con una piedra lanzada desde su honda fabricada por su hermano mayor. A partir de ese momento Jon Davis se empecinó con la caza.
A sus cincuenta y tres años, edad avanzada para algunos, para Jon Davis no, aún se atrevía a ir de cacería. La mayoría de las ocasiones prefería ir sólo, siempre había sido así, y no le gustaba compartir los secretos que con tanto esfuerzo había descubierto a lo largo de su vida como cazador.
En una ocasión partió de caza junto al mejor de sus perros. Montó en su ruano y cabalgó hasta el bosque. Allí, dejo a la caballería en el lugar de costumbre y se adentró junto a su fiel compañero en las entrañas de una selva casi virgen.
Al medio día aún no había visto nada. Muchas veces había que pasar días enteros en el bosque para lograr encontrar una presa, ya que éstas empezaban a escasear, pero no ver si quiera un pájaro era algo completamente fuera de lo normal. Aquello no estaba bien. De pronto un extraño temor agitó su corazón.

6 de febrero de 2014

Amor de un Año

La conocí en el parque. Encontrábame recostado en una de las banquetas, con vista al precioso lago Itzá, cuando la mujer de mis sueños apareció en mi ángulo de visión. Caminaba junto a una amiga, con la cual charlaba y reía (y que linda era su sonrisa), mientras los rayos del sol del atardecer le bañaban sus tersas mejillas y arrancaba destellos a su broncíneo cabello.
Tomaron asiento en una banqueta no muy lejos de mí. De manera que las oía conversar y reír. Hubo momentos en los que quise levantarme e irme de allí, su risa me volvía loco. Quería que charlara y riera conmigo, no con su amiga. No obstante, me quedé quieto sobre mi asiento, aún quería escuchar su risa un momento más.
De repente, hacia el crepúsculo, su amiga (que era morena y también muy guapa) contestó el teléfono y habló entre susurros un minuto. Segundos después se despedía de su amiga con un beso en la mejilla, dejándola sola en la banca.
No recuerdo cómo lo hice, sólo sé que cuando vine a percatarme ya me encontraba frente a ella, y entre tartamudeos la saludé.
—Hola —le dije.
Al principio ella pareció sorprendida, no obstante, respondió a mi saludo.
—Hola —me dijo.
¡Qué hermosa era! Era bastante joven. Su cabello, de un color rojizo, le caía sobre los hombros como una cascada. Su rostro, más hermoso que el alba, redondo y de pómulos altos. Sus ojos eran castaños y tenían una chispa de coquetería que me encandiló de inmediato. Hasta ese momento no creía en el amor a primera vista, pero esa tarde tal creencia se desplomó.

4 de febrero de 2014

El Guardián del Parque

Marcelo, Carlos y yo parecíamos unos jóvenes normales. Íbamos a la escuela todos los días, jugábamos fútbol, de vez en cuando nos acercábamos a una iglesia (he de admitir que casi siempre para ver a las chicas) e incluso no teníamos malas notas. Pero todo era una fachada.
Por las noches nos cambiábamos los rostros y salíamos a hacer lo que más nos gustaba: fumar marihuana e inhalar cocaína. Pero como sabrán, todo eso cuesta dinero. Puesto que era obvio que nuestros padres no nos darían dinero para conseguir las drogas, teníamos que buscarlo mediante otros medios, medios fáciles por supuesto. ¿Y qué medio es más fácil que robar? Sí, robar. Robábamos una o dos veces por semana. Nos metíamos a los negocios, a las casas y de vez en cuando asaltábamos a los peatones. Siempre buscábamos dinero y joyas, pero cuando no encontrábamos ni lo uno ni lo otro, nos teníamos que conformar con electrodomésticos, piezas de artesanía, pinturas, mobiliario de oficina y todo aquello que fuera posible robar.
Con dinero en mano nos dirigíamos a nuestro proveedor de drogas, un señor propietario de un bar al que llamaban Chancho. Por supuesto, don Chancho sabía que nosotros éramos los ladrones de la comunidad, pero como él también se veía beneficiado nunca nos delató.

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 2

Polvos de Fénix Dorado 
Max no quería separarse de su abuelo, pero el hambre lo estaba torturando. Media hora después de que Mynor se hubiera marchado se alejó de la cama de su abuelo para ir a preparar algo de comer. Primero hizo crepitar el fuego en la cocina, luego tomó dos huevos que había sobre la mesa, un poco de manteca que había en un recipiente y preparó los huevos de forma rústica, en menos de media hora ya había cenado. Deseó darle algo de comer a su abuelo, pero no podía, ya que éste apenas se había tomado la medicina que Mynor le había dado hace rato
Después de cenar regresó al lado de su abuelo. Estuvo largo rato sentado en una silla lo más cerca que pudo del anciano. Se llevó un gran susto cuando éste empezó a temblar y a sudar a chorros entre gemidos de dolor. Después empezó a mover los labios de forma incongruente, produciendo sonidos de los cuales no se entendía nada, Max creyó que quería hablar, pero no pudo entender nada de lo que su abuelo trataba de decir.
¿Abuelo? ¿Cómo te sientes abuelo? —preguntó Max con la esperanza de que su abuelo hablara. Pero no obtuvo por respuesta más que gruñidos.
Luego comprendió lo que tenía que hacer, ya que su abuelo había empezado a sudar a chorros y los ojos se le ponían más rojos y hundidos de lo que los había tenido hace unos momentos, tenía que darle la medicina. Tomó el recipiente con la medicina, le costó un gran esfuerzo abrir la boca de su abuelo para introducir el líquido en ella, pero por fin lo logró, echó un poco de medicina a la boca del abuelo y lo detuvo boca arriba hasta que la medicina se fue hacia el interior de su vientre.
Con aquel líquido su abuelo empezó a regresar al estado en el que se encontraba antes, provocando que las lagrimas se volvieran a derramar por las mejías del chico ¡Era tan espantoso ver a su abuelo con aquel aspecto! Siempre pensó que su abuelo viviría por muchos años, nunca se imaginó que probablemente se quedaría sin ningún familiar a tan corta edad. «¿Qué será de mi si el abuelo muere?», pensó. Entonces empezó a imaginarse pidiendo limosnas en las calles de la aldea, o quizá tendría que trabajar como animal para poder conseguir algo de comer. Seguramente si su abuelo moría, más de alguna de las familias de la aldea iban a pelear por tomar posesión de las propiedades de su abuelo, ya que no había otro familiar que pudiera reclamar las tierras y la casa, excepto él, y no estaba seguro si dejarían que conservara las propiedades de su abuelo.

2 de febrero de 2014

La Visita de la Muerte

Esta historia me la contó mi amigo Estuardo. Algunas veces he dudado de su veracidad, algunas otras me inclino a darla como un hecho. Dejo a ustedes la última palabra.
Estuardo, entonces un muchacho de quince años, vivía con su madre, su padre, dos hermanos y una hermana. Era una familia como cualquier otra. También vivía con ellos el padre de su madre, un anciano próximo a cumplir los ochenta años, y un perro llamado Bobby.
Don Tomás, el abuelo de Estuardo, era un anciano cuyos últimos meces los pasaba las mas de las veces en la cama. El reuma, la artritis y un cáncer que le consumía los pulmones (por fumar mucho en su juventud), le permitían abandonar el lecho muy pocas, y eso con ayuda de alguno de sus nietos o de una caminadora fabricada de caoba por el propio padre de Estuardo.
Nadie en aquella tranquila casa soñaba con que el anciano viviera muchos años más. Es más, casi todos dudaban que llegara siquiera a su octogésimo cumpleaños. Pero eso no les impedía soñar, y todos soñaban con que el abuelo viviera muchos años más.