Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de enero de 2014

Viernes 13

Mis amigos y yo salíamos de parranda a menudo, generalmente una vez a la semana. Nos gustaba ir a las cantinas y a los bares (no diré que nos gustaba ir a los antros porque en nuestro pueblo no existen tales establecimientos). Otras veces nos limitábamos a quedarnos en casa. Comprábamos las cervezas, el aguardiente y las drogas y nos reuníamos en la casa de alguno de los que nos apuntábamos a la parranda. Otras veces nos reuníamos en las esquinas y allí tomábamos, hacíamos escándalo y nos emborrachábamos hasta casi perder la cordura.
Escribo este relato para contarles un suceso que me ocurrió en una de éstas borracheras. Casualmente ocurrió un viernes 13, estaba borracho a más no poder y había consumido cocaína a raudales. Pensarán que lo supersticioso, lo borracho y lo drogado me hicieron delirar, pero yo no creo que todo haya sido producto de mi subconsciente. Pero no estoy escribiendo esto para convencerme a mí mismo, ni para convencerlos a ustedes de que lo que experimenté fue real, de manera que a partir de estas líneas me limitaré a referir lo acontecido.

Como mencioné atrás, era un viernes 13, sombrío y taciturno. Había acordado encontrarme con mis amigos en el bar de don Lucho, estábamos dispuestos a pasarla bien ese día.
Chente (o Vicente), se encontraba ya sentado a la mesa cuando yo llegué. Jugueteaba con una lata de cerveza cuando ocupé la silla frente a él. Me miró, sonrió alegremente, y pidió dos cervezas a una de las chicas. Minutos después apareció Tony, con sonrisa maliciosa nos informó que ya había conseguido un par de gramos de cocaína. Le palmeamos la espalda cual si hubiera anunciado que la selección había ganado el mundial de fútbol y, yo invité las siguientes cervezas.
Reunidos ya los tres nos dedicamos a tomar cerveza, ingerir droga y bailar con la primera chica que pasara cerca de nuestra mesa.
Tras la cuarta cerveza ocurrió la primera incidencia de que aquella noche, no sería una noche normal: una mujer de blanco, con el cabello alborotado y la piel tan pálida como el color de la leche se paró en la puerta del bar. Puesto que mi silla miraba directamente hacia la entrada (nunca me ha gustado sentarme de espaldas a la entrada), de mis amigos, fui el único que la vio. Y creo que también el único de todo el local. Instantáneamente se me erizaron los vellos de los brazos y un viento frío llegó hasta mí.
—¿Quién es esa? —pregunté a mis amigos señalando a la mujer.
Tony y Chente volvieron la vista hacia la entrada, pero la mujer ya no estaba.
—¿Quién? —preguntaron al unísono.
Sin responder a sus preguntas me incorporé de un salto y corrí hacia la entrada. Una curiosidad casi morbosa me impelía a averiguar quién era aquella extraña mujer. Sin embargo, cuando asomé la cabeza por la puerta, la mujer ya no estaba, había desaparecido. Desaparecida, era el único verbo que se me ocurría para explicar el hecho de que ya no estuviera a la vista, ya que consideraba harto improbable que corriera lo suficientemente rápido para doblar alguna de las esquinas, las cuales se encontraban a por lo menos cincuenta metros del bar, ya que este se encontraba a mitad de manzana.
Desconcertado y con un extraño temor en mi pecho, regresé con mis compañeros.
—¿Quién era? —preguntó Tony.
—Nadie —me limité a responder.
El resto de la velada la pasé meditabundo y sombrío. Como ya mencioné anteriormente, un extraño temor se había apoderado de mí. Este temor no me dejaba disfrutar, como de costumbre, a mis amigos, las cervezas y la droga. Con esto no quiero decir que no tomé ni ingerí droga, porque lo hice, por supuesto que lo hice, con igual o más ahínco que antes. Sin embargo, no participé de la algarabía normal del bar. La silueta de la mujer de blanco y rostro pálido no desalojaba mis pensamientos, lo que me mantenía apartado de casi todo suceso a mí alrededor, con excepción de la cerveza y la droga.
Lo más extraño y atemorizante de todo, antes de que mis amigos se levantaran de las sillas para marcharse a sus casas, fue que la extraña mujer volvió al bar en dos ocasiones más. Y digo extraño y atemorizante porque siempre sucedía lo mismo: la mujer se paraba en la puerta y cuando yo ponía sobre aviso a mis compañeros, ésta ya había desaparecido.
Hacia las once de la noche, Tony y Chente me pidieron que regresáramos a casa, pero yo me negué, aún quería tomarme un par de cervezas más. Así fue como me quedé sólo en la mesa, no sólo completamente porque aun había algunos clientes más en el bar.
Bebíame una cerveza, unos quince minutos después de la marcha de mis compañeros, cuando la extraña mujer volvió a aparecer en la puerta. La miré con ojos desorbitados, fijamente, apuré mi lata de cerveza y avancé con paso decidido hacia ella, esta vez no dejaría que desapareciera misteriosamente. Pero antes de que llegara hasta ella, la mujer se deslizó hacia la calle; se deslizó, porque en ningún momento vi mover sus piernas, daba la impresión de que flotaba. Sin perderla de vista ni un ápice me puse a perseguirla. Estaba decidido a averiguar quién era o qué buscaba.
La perseguí durante lo que me pareció una eternidad, por un sinfín de cuadras y calles, mientras gritaba a todo pulmón que se detuviera. Días después, amigos y conocidos me contarían que efectivamente yo corría como loco por las calles del pueblo gritándole a una mujer invisible, al parecer nadie vio a la mujer de blanco que corría quince o veinte metros delante de mí.
Cuando por fin la mujer se detuvo, lo hizo frente a la entrada del cementerio general. Me paré en seco en cuanto vi el arco que daba acceso al cementerio. Mi primera intención fue parar allí la persecución y regresar a la casa. No obstante, la mujer, como previniendo mis pensamiento, me llamó con la mano y desapareció tras el arco.
Una curiosidad, hasta ese momento insospechada en mí, me impelió a seguir los pasos de la extraña mujer.
Lo que allí vi aún me causa las más horrorosas pesadillas que la mente humana pueda concebir, me hace despertar en medio de gritos y jadeos a mitad de la noche y me ha convertido en un hombre huraño y nervioso que teme hasta de su misma sombra.
Tras cruzar el arco de la entrada, vi que la mujer se deslizaba hacia el centro mismo del cementerio. Mas yo (y doy gracias a Dios por ello), no tuve el valor de dar más que tres pasos. La silueta de la mujer se detuvo de pronto, se volvió hacia mí y me volvió a llamar. Uno, dos, tres pasos fui capaz de dar, no tenía el valor necesario para adentrarme más en aquel mundo de muertos, así que de allí no me moví, por más que la mujer me llamó.
En un momento dado, la mujer alzó los brazos y con voz carrasposa y siseante dijo:
—¡Levantaos! ¡Ya es hora!
Me es imposible describir con palabras el terror que aquellas escasas frases me causaron. Sin embargo, lo que de verdad sobrecogió mi corazón a tal punto de creer que moriría en aquel lugar, fue cuando los muertos empezaron a levantarse de sus tumbas. Nadie, se los aseguro, ha sufrido terror tan profundo como el que sentí en aquellos momentos. Sentí que el corazón se me detendría por la rapidez de sus palpitaciones, las rodillas me temblaron cual si fueran de gelatina y un sudor frío empezó a salir de mis poros. Gracias al Creador no me desmayé, sino todo lo contrario, transcurridos eternos segundos, recuperé algo de lucidez, mi cuerpo redujo sus temblores y me abalancé como jabalí rabioso hacia la salida de aquel maldito lugar.
Me salvé por muy poco. De no haber estado tan cerca de la salida creo que habría perecido. No sé que se proponían hacer conmigo aquellos muertos, ni me interesa averiguarlo. Sólo sé que pasé por una de las experiencias más aterradoras que alguien puede experimentar. El terror de esa noche aún me agobia día y noche, pero sobreviví y al día de hoy llevo una vida casi normal.
Cuando conté este suceso a mis amigos, no me creyeron y sólo unos pocos se mostraron escépticos. Pero yo creo que fue real. Si no, ¿cómo explican que todos los viernes 13 desaparezca un borracho sin dejar rastro ni explicación alguna?.   


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