Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de enero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 1

Hola amigos. Hoy les traigo el primer capítulo de una novela de fantasía infantil que escribí hace ya algunos años. La verdad, he de admitirlo, no está ni mucho menos bien escrita, sin embargo, no cuento con el tiempo suficiente para editarla a mi manera. Así que estaré colgando los capítulos tal como están. Me propongo subir un capítulo por semana. Espero que os guste.

Capítulo 1
La Picadura del Escorpión de Fuego
El bosque era un paraíso natural de árboles de un verde vivo y alegre, además, algunos de ellos eran adornados por hermosas flores de variados colores. Los rayos del sol que penetraban como una cortina de luz verde, sumado al cantar de los pajarillos, conseguían que aquel bosque fuera realmente hermoso y lo hacían parecer un bosque mágico, como los que muchas veces describen en algunos cuentos.
Max avanzaba entre este bosque, con una carga de leña sobre sus hombros. Max era un muchacho de trece años, piel clara, cabello café, ojos verdosos y de complexión física normal. Él vivía en una aldea llamada Narlez, un lugar pequeño, pero lleno de paz.
Max vivía con su abuelo Tomás en una casa a las afueras de la aldea. Su abuelo era uno de los pocos habitantes que tenía una cabaña fuera de la aldea. La casa era pequeña, apenas dos habitaciones, una cocina que estaba conjunta con el comedor, una pequeña sala y un corredor.
«Me gusta el silencio y la paz que se respira en éste lugar», decía constantemente su abuelo cuando en el crepúsculo admiraba la belleza de la puesta del sol, o se sumergía en sus pensamientos, recostado en el tronco de un árbol.
Y era cierto, ya sea por estar retirado de la aldea o no, en su hogar siempre había paz, silencio y alegría. Bueno, silencio siempre había, porque en la casa solamente vivían él y su abuelo.
Su abuelo era una persona fuerte a pesar de que ya era bastante anciano, sesenta y cinco días del nombre había vivido. Su cabello y barba gris harían pensar a cualquier persona que se trataba de un viejo decrépito, pero en realidad era todo lo contrario, podía hacer cosas que cualquier joven haría, sólo algunas. Su abuelo era quien trabajaba para llevar el pan a la casa, pero muy pronto eso iba a cambiar.
Dentro de dos años cumpliría quince, entonces podría unirse al programa de entrenamiento de la guardia. Un año después, si se aplicaba de la forma correcta, podría trabajar en la guardia de la aldea y con ello podría ayudar en la economía de la casa, o al menos era la idea que él tenía en mente.
Max se había quedado sin padres hacía ya diez años. Su padre había muerto cuando él apenas se estaba formando en el vientre de su madre. Había sido presa de un dragón, sin duda alguna era una muerte terrible. Mientras que su madre había sido presa de una terrible enfermedad, que ni los curanderos más antiguos y expertos pudieron exterminar para devolverle la salud, eso cuando Max apenas tenía tres años. Su abuelo materno se lo había llevado con él, y desde entonces él era todo para Max y viceversa.
Max avanzaba despacio, jadeante y con el rostro congestionado por el esfuerzo que le suponía llevar sobre los hombros una carga de leña. En aquellos momentos ya estaba cerca de la cabaña de su abuelo. Menos mal, porque ya iba muy cansado.
«Cuando regrese espero que ya tengas listo el fogón para preparar la cena», le había dicho su abuelo.
En aquellos momentos su abuelo andaba trabajando en el campo. Trabajar en el campo era lo que hacía para llevar comida a la casa. Su abuelo trabajaba en la agricultura como todas las personas en Narlez. Los únicos que no trabajaban en el campo, eran los que tenían un poco más de dinero y pagaban a la gente como su abuelo para que trabajaran el campo que a ellos les pertenecía. Su abuelo también cosechaba sus propias tierras, pero eran muy pequeñas y no podía dedicarse solamente a ellas, necesitaba de otros ingresos.
Instantes después llegó a la cabaña de su abuelo.
Cuando sus padres aún vivían, Max había vivido con ellos en otra aldea y en una casa más grande, aunque apenas lo recordaba. La casa del abuelo estaba hecha de adobe y tejas y se ubicaba en el centro de un bosquecillo, mas el anciano se había encargado de que todos los árboles tuvieran como mínimo una distancia de treinta pasos en relación a la casa. Ésta era rodeada por un pequeño jardín con flores de vistosos colores que se encargaban de cuidar tanto él como su abuelo. Siempre habían compartido aquella obligación, aunque para Max era un placer hacerlo, ya que le encantaba que el jardín siempre estuviera a rebozar de flores.
En el pequeño corredor que había atrás de la casa, depositó la leña que cargaba sobre los hombros, y dio la vuelta para regresar a por más. Con aquella leña era suficiente, pero si hoy hacía doble trabajo, mañana tendría el día libre, y quién sabe, quizá incluso lograra convencer al abuelo para que lo dejara ir a visitar a su amiga Jennifer. Tenía varios días de que no iba a casa de la niña.
Mientras se internaba en el bosque, vio como una ardilla subía con rapidez por una de las ramas de un roble cercano a él. Max disfrutaba cuando cosas tan sencillas como aquellas acontecían frente a sus ojos, ya que era un admirador de la belleza natural. Aquellos interminables bosques escondían tanta vida que era difícil saber cuántas especies de animales podrían andar por allí, quizá incluso en aquellos momentos hubiera alguna criatura observándolo, esa idea en lugar de asustarlo lo hizo sentirse intrépido.
Max ya había tenido la oportunidad de observar a muchos animales de distintas especies en sus respectivos entornos salvajes, aunque tenía una cierta habilidad adquirida para esconderse de ellos, no quería tener que vérselas con un león o quizá un tigre, no parecía una buena idea.
La leña la iba a buscar a un lugar que quedaba a medio kilómetro de la cabaña, en ese lugar había varios árboles que habían sido derribados y desquebrajados por un fuerte viento que atacó hace casi un año la región, ahora esos árboles estaban en condiciones para usarse como leña. Lo único que tenía que hacer era llevar su alfanje, cortar la leña, amarrarla con una cuerda, depositarla sobre sus hombros y regresar. Quizá podía parecer una tarea fácil, pero llevar una carga de leña encima, por casi medio kilómetro de tramo, era un tanto costoso y cansado. Para llegar al lugar, había un pequeño camino que él mismo había realizado hace ya varios meses; desde que cayeron los árboles supo que un día iría a por ellos para usarlos como leña, y era justamente lo que estaba haciendo.
Aquel era un bosque casi virgen, por lo que no estaba de más andarse con cuidado. Ya en muchas ocasiones había muerto gente por picaduras de serpientes. Había quienes descuidadamente pisaban a éstas, y ni modo, ellas no se iban a dejar pisar sin hacer nada, por lo que se desquitaban clavando los colmillos en los pies de sus agresores. Inclusive en una ocasión Max encontró muerto a un venado, lo había encontrado a unos cien metros de un río que quedaba cerca de la aldea, él supuso que había sido una víbora quien lo había mordido, causándole la muerte, aunque no estaba del todo seguro.
Al llegar al lugar al que se dirigía, se apresuró a hacer la tarea; sacó su alfanje y empezó a talar las ramas que mejor le parecían y que eran más fáciles de cortar.
Estaba a punto de coger una rama, cuando a escasos cinco metros de su posición vio que se movilizaba una serpiente. La víbora avanzaba justo enfrente de él, pero no iba hacia él, sino que  simplemente cruzaba hacia el otro lado. Era obvio que la serpiente no lo iba atacar, pero era de inteligentes mantenerse a una distancia prudente, así que sólo tomó la rama y se alejó algunos metros más de la víbora. Ésta siguió arrastrándose hasta perderse de vista entre la hojarasca.
Momentos después ya tenía un buen poco de leña, así que amarró todo bien firme con la cuerda que llevaba y luego se la echó al hombro.
Apenas había dado un par de pasos, cuando enfrente de él, allá en el horizonte, muy lejos de la misma aldea, vio que algo volaba en dirección sur. Por la distancia era imposible saber qué era, pero claramente la silueta era de un color dorado y, mientras se alejaba, dejaba una estela de polvos brillantes, también dorados, tras ella.
Inmediatamente la imaginación de Max voló, aquella silueta era un ave, no parecía que fuera un dragón u otra cosa, aunque lo que imaginaba era igual de absurdo que lo primero: creía que aquella ave era un fénix dorado. Pero se suponía que tales criaturas ya no existían. Se decía que ya hacía varios siglos desde que los fénix dorados habían desaparecido por completo.
Sin darse cuenta la carga de leña se deslizó de sus hombros y cayó, pero eso ni lo inmutó, sino que continuó observando absorto aquella hermosa ave, hasta que se perdió de vista en el horizonte sur.
—¡Vaya! —exclamó Max— ¡Esa ave era muy hermosa!
Se quedó mirando un largo rato el punto en donde la silueta dorada se había perdido de vista. Estuvo un buen rato así, aunque quizá fueron solo algunos minutos, o quizá incluso una o varias horas, no sabría decirlo con exactitud, había perdido la noción del tiempo y fue hasta que un pájaro graznó de una forma horrible que volvió a la realidad.
Tenía que ser un fénix dorado, los había visto en libros e ilustraciones y a pesar de que no pudo examinar con detenimiento la silueta dorada, tenía la completa seguridad de que era igual a los fénix que había visto en los libros.
Se volvió a echar al hombro la carga de leña y continuó su camino de regreso a casa, pero sin dejar de pensar en la maravillosa imagen que hace unos momentos había observado.
La mitad del recorrido había realizado cuando alguien apareció frente a él. Eran dos chicos, y ya los conocía, eran las personas más odiosas que uno pueda imaginar. Eran dos años más grandes que él, y siempre que tenían la posibilidad lo molestaban hasta que se aburrían, incluso en varias ocasiones lo habían golpeado.
—¡Hola pequeño, Max! —dijo en tono socarrón el chico más musculoso de los dos.
—Hola —respondió Max con voz átona. No se molestó en levantar la vista para verles la cara a aquel par de tontos.
—¡Trabajando, eh! —exclamó el otro chico al tiempo que se acercaba a él y de un empujón le tiraba la leña al suelo.
—¿Qué haces? —dijo Max furioso.
—Perdón, mi intención era tirarte a ti.
Max sabía que no podía reclamarles nada. Estaba solo, sin nadie que lo ayudara, si se portaba bien quizá lo dejaran en paz. Lo pensó bien e incluso en la mente sonaba imposible que aquello sucediera; es decir, que lo dejaran en paz.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Max, aparentando una calma que no tenía.
—Sólo andamos de paso. Además te querría enseñar mi nueva mascota —dijo Carlos, el más musculoso de los dos.
Max observó las manos de éste y efectivamente tenía entre ellas un animal.
—¿Qué es? —preguntó Max sin ninguna curiosidad.
—Un roedor —respondió Carlos mostrando completamente al animal. 
Efectivamente aquello parecía un roedor, de color café y una estatura de unos quince centímetros, de largo medía el doble.
—¡Una rata gigante! ¡Qué gran mascota! —dijo Max con sarcasmo, sin darse cuenta de lo que había hecho.
—En efecto, es una rata —ratificó el mismo chico acariciando el pelaje del animal—. La tengo desde hace varios meses. Pero sabes, mi padre tiene un amigo que es un buen mago, el cual me dio una fórmula para hacer que mi rata crezca y me obedezca. Siempre hace lo que le ordeno.
—¡Gran cosa! —dijo Max con tono burlón. Se dio cuenta de lo que había hecho hasta después de terminar la frase.
Max vio como Carlos acercaba sus labios al oído del roedor y parecía decirle algo. Luego, de improvisto levantó las manos y el roedor voló hacia él. La rata iba justo hacia su rostro, pero logró sujetarla con las manos. La rata empezó a rasguñar los brazos de Max, éste para defenderse tomó la rata y la estrelló contra el suelo, aunque siempre cuidó que el golpe no fuera tan duro, para evitar la cólera de Carlos, aunque en realidad deseaba matarla. Luego la rata se levantó y un poco tambaleante corrió hacia los pies de Carlos, se metió en las mangas del pantalón, el bulto siguió subiendo, pasó por la playera, hasta que llegó a los hombros y allí se quedó.
—¡Mira lo que has hecho, ya la asustaste, y lo peor de todo es que la golpeaste! —dijo Carlos furioso, y de improviso lanzó un golpe al rostro de Max, éste no pudo hacer nada, un segundo después yacía en el suelo con sangre en la boca.
Max se puso de pie y retrocedió hasta quedar de espaldas contra un árbol. Se llevó una mano a la boca, la sangre le manaba de los labios. Carlos avanzó hacia él nuevamente, mientras el otro chico se divertía mirando la escena. Max no sabía qué hacer. Unos instantes después, tenía en su cuello las manos de Carlos.
—No…vuelvas…a tocar…mi mascota —jadeó muy cerca del rostro de Max, luego lo derribó.
Max intentó ponerse de pie, pero una patada en su estómago lo hizo volver a caer. Volvió a intentar ponerse de pie, pero unas manos lo tomaron por el pelo.
—Qué lástima que no esté el amigo de mi padre aquí… porque le pediría un favor y ese sería que te convirtiera en una maldita cucaracha —bufó Carlos mientras empujaba la cabeza de Max hacia el suelo, por suerte ésta no se impactó contra la tierra.
—Vámonos, Henry —le dijo a su amigo, acompañado de un movimiento de cabeza. Luego se internaron en el bosque, en dirección a la aldea. Todo parecía indicar que habían llegado allí, solamente para fastidiarlo.
Max se puso de pie. Que le pasara aquello no era nada raro, en realidad, hasta estaba empezando a acostumbrarse al trato recibido de parte de aquellos dos odiosos chicos. Desde hacía varios meses que no le comentaba nada de eso a su abuelo, no lo hacía porque la primera vez que le contó a su abuelo lo que sucedía, éste le dijo que no hiciera nada, que quizá solo pasaría una vez. Cuando se lo volvió a contar, éste le dijo lo mismo. Cuando se lo contó la tercera vez, su abuelo fue hablar con los padres de los dos chicos que lo molestaban, pero lo único que consiguió fue que lo regañaran y le dijeran de todo.
«Hay que dejar que los niños lo arreglen a su modo, y si hacerlo a golpes es la única forma, pues que lo hagan así», fue lo que le dijo el padre de Carlos, y no se lo había dicho de buena manera.
Desde entonces Max había evitado contar lo que sucedía a su abuelo, temía que la próxima vez que pusiera alguna queja, su abuelo podría salir mal parado de aquello.  
Después de recuperar el aliento y limpiarse la sangre de la boca, se volvió a echar el poco de leña sobre el hombro y como un acto reflejo miró al cielo, hacia el sur. Aún en su mente podía visualizar claramente la silueta de aquella hermosa ave, era una de las imágenes más hermosas que en su vida había visto, no se imaginaba lo que su abuelo diría cuando se lo contara.
Ya era bastante tarde, el sol se ponía por el oeste y la noche se aproximaba, cuando Max divisó la cabaña del abuelo Tomás. El abuelo ya debía de haber regresado, probablemente lo regañaría, se suponía que él debía de estar esperándolo con el fogón listo. Pero él no se había imaginado que se iba a encontrar con aquellos dos odiosos chicos en el camino, que además de molestarlo le hicieron perder tiempo. Además, seguramente había perdido otro buen puñado de minutos observando el ave que él creía era un fénix dorado.
Entrando en el corredor estaba cuando escuchó ruido en el interior de la cabaña, no era el ruido que haría un abuelo enojado por no encontrar a su nieto en casa, algo sucedía y él no sabía qué. El corredor en donde debía dejar la leña estaba junto a la cocina, ello era un obstáculo para escuchar con claridad las voces ya que éstas provenían de una de las habitaciones.
Bajó la leña y avanzó hacia el interior de la cabaña. De pronto tenía un mal presentimiento. Empezó por oír una respiración muy agitada y no era la de él. Después escuchó una voz que le era muy familiar, aunque no era la de su abuelo, estaba seguro que aquella voz ya la había escuchado varias veces, pero no llegaba a reconocerla. Conforme fue caminando, la voz se empezó a escuchar con mayor claridad, la voz era débil, casi un susurro con forma de súplica.
—¡Vamos, Tomás! tienes que hacerlo —escuchó que decía la voz—, tienes que beber esto, o todo acabará para ti en unos instantes.
Aquello no sonaba nada bien, un temor incontrolable inundó el ser de Max. En ese preciso instante aceleró sus pasos, entró por la cocina y corrió hacia el cuarto de su abuelo.
La escena que vio no era nada alentadora, allí, mientras estaba parado en la puerta, vio a su abuelo recostado en la cama. La apariencia de su abuelo era la de un viejo decrépito en el estertor de la muerte. Su cabello gris estaba maltrecho, su rostro arrugado se veía fantasmagórico y horripilante, sus ojos estaban salpicados de pequeñas motas rojas, color fuego.
Junto a su abuelo estaba alguien ya conocido para él, se trataba de Mynor, un mago muy amigo de su abuelo, y de él también, vestía su tradicional túnica violeta oscura, y su rostro barbudo estaba asustado y sudoroso. En sus manos tenía un pequeño recipiente, del cual daba de beber a su abuelo.
—¡Abuelo! ¿Qué tienes abuelo? —dijo Max acercándose a la cama e hincándose al lado del anciano. Éste sólo le devolvió una mirada perdida, intentó hablar, pero no fue capaz, lo único que salió de su boca fue un gemido.
—A tú abuelo le pasó algo muy grave —le notició Mynor, en su voz había compasión.
—¿Qué fue lo que pasó? —indagó Max con lagrimas en los ojos, sin poder apartar la vista del maltrecho cuerpo de su abuelo.
Su abuelo había partido esa mañana de muy buen humor y con el semblante de un hombre sano. Ahora parecía haber perdido mucho peso, la piel se le pegaba a los huesos y tenía un color moráceo.
—Es algo terrible —Mynor estaba apesadumbrado y por un instante Max creyó que se le quebraría la voz— ¡Fue mordido por un escorpión de fuego! —soltó Mynor con palabras amargas.
—¿Qué son esas cosas? —preguntó Max, estaba seguro que nunca había escuchado tal nombre. Las lágrimas no dejaban de salir de sus ojos.
—Es un escorpión, como su nombre lo indica, proveniente de las sombrías tierras de fuego. Nunca imaginé que pudiera haber uno aquí. Cuando un escorpión de fuego, o alguno de sus homónimos, pica… —dudó un instante— Es seguro que la víctima morirá. Puede morir al instante o días después, eso depende del nivel de veneno que el escorpión haya inyectado.
Max no comprendía del todo lo que estaba escuchando, pero lo principal lo había captado, un escalofrío gélido estremeció su cuerpo. Aquello no era verdad, era una simple pesadilla, a lo mejor se había dado un golpe mientras iba a traer leña y ahora estaba allá en el bosque, tirado y alucinando. No… no… aquello no podía ser verdad.
—¡No, no, eso no puede ser cierto! —se escuchó decir, tratando de convencer a su joven mente de que nada de aquello era real.
Su abuelo sólo miraba hacia el techo, perdido en sus pensamientos, si es que pensaba en algo.
—Ya hice mi diagnóstico. Tomás tiene una muy pequeña cantidad de veneno en sus venas.
Por un instante el rostro de Max se iluminó con un halito de esperanza.
Mynor, el mago, negó con la cabeza.
—Aún así, no hay muchas posibilidades de que logre sobrevivir —dijo— ¡Lo lamento, Max!
«¿Pero cómo?», se preguntaba Max en sus pensamientos «¿Cómo pudo suceder esto? Además, se supone que Mynor es mi amigo y también de mi abuelo ¿Cómo me puede decir que el abuelo va a morir?, ¿Acaso él no es un mago? ¿Por qué no hace algo?», sus pensamientos giraban en torno a la situación, seguía sin creer lo que sucedía, tampoco podía creer que Mynor le dijera que no había esperanza, aquello era casi imposible de asimilar.
—¿Entonces… no se va a curar? —quiso saber Max con voz sollozante.
Mynor movió la cabeza de lado a lado.
—¡Lo siento! —dijo después.
—No es su culpa —dijo Max, sin poder evitar que las lagrimas le escocieran los ojos.
—Si hubiera podido hacer algo lo hubiera evitado. Esos bichos se delatan fácilmente, pero cuando encontré a tu abuelo ya no estaba —Max pensaba que no tenía caso que Mynor se excusara de aquella manera, después de todo, él sólo era un amigo y nada había tenido que ver con la picadura del escorpión de fuego. De pronto se sentía resignado.
—¿En dónde estaba? —quiso saber Max.
—Lo encontré cerca de aquí, bajo el árbol de cedro que se encuentra por allá —informó señalando hacia un camino que conducía al corazón del bosque.
—¿Por qué le tuvo que suceder esto? ¿Por qué a él? ¿Por qué? —sollozaba Max.
—Lo siento, Max —Mynor lo tomó por los hombros intentando confortarlo—. Yo sé que mi diagnóstico señala que tu abuelo no vivirá, pero nada me gustaría más que estar equivocado, y no perdemos nada con intentar curarlo —agregó con una débil sonrisa que Max supuso fingida.
—Sí, hay que intentar hacer algo —aceptó Max tratando de limpiar sus lagrimas.
—Cuídalo mientras yo voy a casa a traer mis pociones, intentaremos hacer una cura. No perdamos por completo la esperanza —dijo Mynor poniéndose de pie y tomando su bastón.
Max lo siguió hasta afuera. En el patio de la casa Mynor se detuvo y empezó a recitar unas palabras ininteligibles, luego golpeó el suelo con el bastón, una pequeña corriente de aire barrió en ese momento el patio.
—Quizá tengas hambre, puedes hacer tú comida si así lo quieres, solo que debes estar pendiente de tu abuelo, si vez que empieza a toser, a sudar, a temblar, o algo que creas fuera de lo normal, haces que se tome un trago de la botella que dejé en la cabecera de la cama —le dijo el mago mientras afectuosamente le revolvía el cabello.
—Así haré —contestó Max, que ya había dejado de llorar.
En aquellos momentos un ave surcó el cielo. A pesar de que ya casi no había luz, el ave aún hacía galantería de sus vistosos colores. Aquello era una imagen que ya se había vuelto familiar a los ojos de Max. Era un águila de enorme tamaño, águila que estaba bajando al patio de su casa. Aquella águila había sido llamada por un hechizo que hace un momento había hecho Mynor. Aquellas aves eran el medio de transporte más común entre los magos, aunque algunos magos usaban otros animales.
—Por favor, Max, quiero que cuides muy bien de tu abuelo y también de ti —le pidió Mynor mientras se subía al águila, está sin esperar orden empezó a ascender hacia el cielo cada vez más oscuro—. Regresaré dentro de un par de horas —gritó el mago cuando ya volaba por los aires
 La enorme águila empezó a alejarse. Max calculó que algo apretujadas bien podían subir incluso unas tres personas sobre la espalda del ave. Aquella águila ya había llegado varias veces a la cabaña de su abuelo, siempre para ir a dejar o recoger al mago. Mynor los visitaba muy seguido.                  
Se quedó un momento en el patio viendo como el águila se perdía de vista en dirección norte. Después volvió al interior de la casa. Ahora era él quien tenía que estar al pendiente de su abuelo y no su abuelo de él, era la primera vez que tendría que cuidar a una persona mayor que él. Es más, hasta ahora lo único que había cuidado había sido un gato cuando era más pequeño y un perro hace un año, pero éstos dos animales habían muerto asesinados por algún depredador que siempre andaban cerca de allí. Max había llorado por ambos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario