Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

30 de enero de 2014

El Gato Negro

Masiro, quien trabajaba para una empresa cervecera, decidió ocupar sus veintidós días de vacaciones, yéndose a una casa a la orilla de la playa. Maribel (su esposa) y su hijo Daniel de siete años, se mostraron entusiasmados ante la perspectiva. De manera que empacaron lo necesario, subieron al coche mientras reían y condujeron hacia unas vacaciones maravillosas (o eso era lo que creían).
La casa que Masiro había alquilado para el lapso de tres semanas era maravillosa: era de dos plantas, tenía cuatro habitaciones (cada una con baño privado), una amplia cocina, una sala con televisión y anchos sillones, un comedor, estudio, biblioteca… en fin, era obvio que era una gran casa. Lo mejor de todo era que quedaba a escasos doscientos metros de la playa, por lo que era posible escuchar el oleaje desde la azotea y ver a los diferentes bañistas que visitaban el lugar.
Después de desempacar, toda la familia se vistió para bajar a la playa. A mitad de camino, Masiro recordó que debía llamar a su madre (le había prometido que le llamaría en cuanto llegara a su destino), así que regresó a la casa para llamar a la anciana.
Cuando subía las escaleras en busca de su celular, vio que sobre un cojín de la sala había un enorme gato negro, el cual lo miraba directamente a él. Masiro agitó la cabeza, era poco probable que un gato lo viera de aquella forma. Sin embargo allí estaba el gato, grande, negro, echado sobre un cojín, mirándolo directamente a él. En primer lugar, no tenía por qué haber un gato en la casa, y en segundo; no tenía por qué mirarlo de aquella forma, como si lo sopesara.

28 de enero de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 1

Hola amigos. Hoy les traigo el primer capítulo de una novela de fantasía infantil que escribí hace ya algunos años. La verdad, he de admitirlo, no está ni mucho menos bien escrita, sin embargo, no cuento con el tiempo suficiente para editarla a mi manera. Así que estaré colgando los capítulos tal como están. Me propongo subir un capítulo por semana. Espero que os guste.

Capítulo 1
La Picadura del Escorpión de Fuego
El bosque era un paraíso natural de árboles de un verde vivo y alegre, además, algunos de ellos eran adornados por hermosas flores de variados colores. Los rayos del sol que penetraban como una cortina de luz verde, sumado al cantar de los pajarillos, conseguían que aquel bosque fuera realmente hermoso y lo hacían parecer un bosque mágico, como los que muchas veces describen en algunos cuentos.
Max avanzaba entre este bosque, con una carga de leña sobre sus hombros. Max era un muchacho de trece años, piel clara, cabello café, ojos verdosos y de complexión física normal. Él vivía en una aldea llamada Narlez, un lugar pequeño, pero lleno de paz.
Max vivía con su abuelo Tomás en una casa a las afueras de la aldea. Su abuelo era uno de los pocos habitantes que tenía una cabaña fuera de la aldea. La casa era pequeña, apenas dos habitaciones, una cocina que estaba conjunta con el comedor, una pequeña sala y un corredor.
«Me gusta el silencio y la paz que se respira en éste lugar», decía constantemente su abuelo cuando en el crepúsculo admiraba la belleza de la puesta del sol, o se sumergía en sus pensamientos, recostado en el tronco de un árbol.

23 de enero de 2014

Viernes 13

Mis amigos y yo salíamos de parranda a menudo, generalmente una vez a la semana. Nos gustaba ir a las cantinas y a los bares (no diré que nos gustaba ir a los antros porque en nuestro pueblo no existen tales establecimientos). Otras veces nos limitábamos a quedarnos en casa. Comprábamos las cervezas, el aguardiente y las drogas y nos reuníamos en la casa de alguno de los que nos apuntábamos a la parranda. Otras veces nos reuníamos en las esquinas y allí tomábamos, hacíamos escándalo y nos emborrachábamos hasta casi perder la cordura.
Escribo este relato para contarles un suceso que me ocurrió en una de éstas borracheras. Casualmente ocurrió un viernes 13, estaba borracho a más no poder y había consumido cocaína a raudales. Pensarán que lo supersticioso, lo borracho y lo drogado me hicieron delirar, pero yo no creo que todo haya sido producto de mi subconsciente. Pero no estoy escribiendo esto para convencerme a mí mismo, ni para convencerlos a ustedes de que lo que experimenté fue real, de manera que a partir de estas líneas me limitaré a referir lo acontecido.

22 de enero de 2014

La Cita

Camilo amaba a su esposa. Se habían casado hacía diez años, cuando ambos eran bastante jóvenes aún. Tenían un hijo de cinco años que era un encanto. Adoraba a su esposa, pero ya no la encontraba sexualmente atractiva. El sexo con ella se había convertido en una monotonía sin remedio. Fue por ello que decidió buscar complacer sus apetitos carnales en otras mujeres.
Al principio buscó la compañía de prostitutas. Pero estas no tenían nada que envidiarle a su esposa. Así que desistió de esta alternativa.
Amigos y compañeros de trabajo le recomendaron una página web (la mayoría, esposos infieles igual que él) en la que podía conseguir citas con mujeres mucho mejores que cualquier prostituta. Al principio sintió temor, ya que lo veía como algo peligroso, pero al final terminó por ceder y consintió con encontrarse en un motel con una de las chicas de la página. La chica era joven, casi una adolescente (justo lo que su voracidad anhelaba), era rubia y tenía un cuerpo de diosa (sus fotografías en ropa interior y jeans, puestas en la página lo demostraban). Así que acordó hora, lugar y día con la aludida y cerró su laptop.
Mientras cerraba la computadora, una de las fotografías de la chica empezó a desfigurarse, como si se derritiera. Camilo no vio nada de aquello.

20 de enero de 2014

El Vecino y Su Perro

Cuando Peter se mudó a su nueva casa, lo que menos esperaba era un vecino misterioso y lleno de secretos. Sin embargo eso fue lo que encontró.
Desempleado durante casi un año (afortunadamente no tenía esposa e hijos que mantener, de lo contrario todos hubieran muerto de hambre) y con sus exiguos ahorros casi agotados, no tuvo más opción que aceptar un empleo del gobierno para dar clases en escuela del área rural. Su nuevo hogar (lo único que su salario mínimo le permitía pagar) era una casita de una sola planta y dos habitaciones: el dormitorio y otra que era a su vez cocina, comedor y que tendría que servir también de sala. 
El camión de mudanza llegó a su nueva casa durante el crepúsculo de un viernes sombrío. Cuando terminó de desempacar sus pertenencias ya era noche cerrada y un titilante foco eléctrico llenaba de amarillenta luz la cocina-comedor.
Cuando salía al patio para tirar algunas bolsas plásticas al cubo de basura, un perro completamente negro, de regular tamaño, cruzaba la calle en dirección a la casa contigua. Un frío helado recorrió el cuerpo de Peter al mirar al animal. El perro en sí no tenía nada en particular, sin duda había miles de perros como aquel alrededor del mundo. Lo que hizo que una expresión de asco y horror velara el rostro de Peter fue la mano que el perro llevaba entre sus mandíbulas. Era una mano humana, cortada hasta la muñeca, de la cual caían hilillos de sangre.

18 de enero de 2014

La Cacería de la Muerte

   
Quien me invitó a ir de cacería fue uno de mis mejores amigos. ¡Ay! ¡Cómo se me encoge el alma al recordar el destino del pobre desdichado!
Pero no era una cacería cualquiera. Cuando salimos del pueblo caminamos durante toda la jornada hasta que nos adentramos en las montañas heladas que se alzaban al norte. Se trataba de una cacería en tierras heladas y cubiertas de nieve. Antes de que anocheciera levantamos la tienda y nos dispusimos a pernoctar. La caminata había sido larga y cansada. Necesitábamos recuperar energías para emprender la cacería al siguiente día con nuevos bríos.
Mi amigo y compañero de cacería se llamaba Jared y ambos éramos de la misma edad. Sin embargo, él era alguien acostumbrado a las cacerías y a pasar la noche en diminutas tiendas de campaña. Yo no. Quizá fue por ello que él se durmió casi en el acto mientras yo me quedaba con los ojos abiertos, intranquilo y dando un sinfín de vueltas entre mis mantas. Ruidos extraños (como pisadas), ramitas rotas, hielo quebrándose y uno que otro aullido lejano hacían que en mi interior creciera un temor casi palpable.
Sólo diré que esa noche casi no dormí. Cuando le comenté a Jared sobre los ruidos extraños que había escuchado durante la noche, él se echó a reír, me dijo que no fuera tonto, que eso era normal en aquellos lugares. Yo no estaba tan seguro.

17 de enero de 2014

La Niña de Blanco

 
Esta historia me la contó un antiguo profesor, que a su vez le fue contada por su abuelo. Como supondrán, se trata de una historia antigua. El abuelo de mi antiguo profesor aseguraba que era una historia verídica. Yo no sé decirlo. Ustedes dirán.
Humberto Arroyo era un hombre de mediana edad, solitario, amargado y asqueado de la vida, quizá por ello la vida le jugaría tan mala pasada (así era como mi antiguo profesor iniciaba esta historia, cuando antes de iniciar la clase o después de terminarla, nos contaba la historia). Humberto Arroyo vivió y creció en la ciudad, pero nunca se sintió muy a gusto en ella. De manera que un día decidió mudarse a un pueblo.
Los habitantes de San José lo vieron llegar muy temprano al poblado, cuando el sol apenas despuntaba al alba. Se movilizaba en una carreta que traqueaba a cada giro de las ruedas. La mula que tiraba de su carreta era colorada, flaca y tenía la crin como pelambre. De dónde sacó la carreta y la mula, es algo que ni mi antiguo profesor, ni su abuelo, pudieron esclarecer. Humberto, ante el frío matinal, se resguardaba con un poncho viejo y raído, por la boca expulsaba vaho, mientras con un pequeño látigo animaba a la pobre mula a caminar más rápido.
La gente de San José lo saludó amigablemente, más no recibieron más que un silencio hosco. Humberto Arroyo no era de aquellos que levantara el brazo por algo que no valiera la pena. Y por saludar a gente desconocida no valía la pena abrir la boca o alzar el brazo, menos con aquel frío. Silencioso, con el único ruido del traqueteo de la carreta, se dirigió sobre el húmedo camino de barro hasta la casa del alcalde.