Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de diciembre de 2014

Una marcha nocturna


Al principio del viaje éramos siete. Todos trabajábamos para el Ministerio de Educación e íbamos a un pequeño poblado llamado El Amate para hacernos cargo de la nueva escuela de la localidad. El Amate era una aldeíta ubicada lejos de toda civilización y formada por poco más de un centenar de familias. Tras desviarse en un pueblo, cuyo nombre no recuerdo bien, había hasta El Amate medio centenar de kilómetros, todos solitarios y sombríos.
El Ministerio nos proporcionó una camioneta para que, los siete, pudiéramos trasladarnos a nuestro nuevo lugar de trabajo. Fue así como, la mañana antes del día que nos debíamos presentar en la nueva escuela, partimos en el vehículo que nos habían proporcionado. Tras echarlo a suertes fui yo el que salí designado como conductor.
De mis seis acompañantes sólo conocía a dos: a Cristian y a Anita. Los tres habíamos trabajado como profesores en una escuela de poco nombre en la ciudad, y tras haber sido consultados, fuimos designados para participar de aquella nueva tarea. Los otros cuatro eran unos completos extraños para mí; aunque Cristian decía conocer al tipo que se llamaba Alfredo. Los otros tres eran David, Walter y, la nada fea, Emilia.
Sucedió que poco antes de llegar al pueblo en el que debíamos desviarnos para llegar a El Amate, la camioneta ponchó una llanta. De modo que nos vimos forzados a llevar el vehículo a alguien que reparara el neumático. Afortunadamente la llanta aún retuvo el suficiente aire para llegar al taller. Puesto que ya era mediodía dejamos la camioneta en el taller, y tras pedir información a uno de los mecánicos, fuimos en busca de un lugar en el que almorzar.
Almorzamos en grupo, bastante silenciosos. Una hora más tarde regresamos por la camioneta, pero nos encontramos con que aún no habían reparado el neumático. Pues no habiendo más que hacer, a uno de mis compañeros, no recuerdo bien quién, se le ocurrió la grandiosa idea de ir a tomarnos una cerveza en una refrescaría que había a un par de manzanas del taller. Puesto que él se ofreció pagar la primera tanda, los demás nos encogimos de hombros y lo seguimos, incluidas las mujeres.
El punto de todo esto es que, puesto que yo tenía aún algo de dinero de mi última paga, me ofrecí a pagar las siguientes siete. Anita, quién lo iba a decir, siempre dulce y gentil, sacó un billete de esos grandes y pagó una tercera tanda. Y al final nos desenfrenamos un poco. Oímos música, nos conocimos, bailamos y… perdimos la noción del tiempo. Cuando alguien dijo que ya paráramos la mano o no llegaríamos a nuestro destino, todos nos miramos extrañados y un tanto ruborizados. Pero le dimos la razón y fuimos a por la camioneta. Para ese entonces ya el sol era un medio disco de cobre en el horizonte y estábamos bastante pasaditos de copa.
¡La gran idea fue mía! Compelido por mi cautela inherente, propuse al resto que fuéramos a un lugar a cenar y a esperar que la borrachera nos pasara un poco, porque, así como estábamos en aquellos momentos, un accidente de tráfico era lo que nos podíamos encontrar. Los demás estuvieron de acuerdo y fuimos a cenar. Después de todo, los cincuenta kilómetros que había hasta nuestro destino los podíamos recorrer en una o dos horas.
Fuimos a un pequeño restaurante, en el que tras cenar nos quedamos a ver un partido de fútbol que terminó hasta las diez de la noche. Para ese entonces yo ya me sentía más sobrio y así se los dije a mis compañeros. De modo que regresamos a la camioneta y nos pusimos en marcha.
La luna creciente asomaba entre negros nubarrones cuando abandonamos el pueblo, sumiéndonos a veces en una completa negrura y otras en una parca luz fantasmagórica. Un millar de estrellas adornaban la bóveda celeste, aunque en este caso era más bien negra, y enormes y antiguos árboles montaban guardia en el camino como gigantes medio dormidos.

10 de diciembre de 2014

Una noche alrededor de una hoguera

—¿Quién va primero? —preguntó José, el hijo del dueño de la casa.
Estábamos acomodados en torno a una hoguera, unos cien metros a espaldas de la casa, cerca de un pequeño manantial. Éramos cuatro amigos, José, Amílcar, Ramón y yo, César. Estábamos en noche de sábado y, por primera vez en muchos meses, en lugar de ir a parrandear a los bares y cantinas, decidimos pasar esa tarde y la noche en el campo, en una finca que pertenecía a la familia de José.
La casa era antigua, de ladrillos, enyesada y techo de tejas. Tenía tres plantas y se inclinaba un par de grados a la izquierda. Esa noche la teníamos para nosotros solos. Pero de qué nos servía si allí no había energía eléctrica, solo un motor mecánico, y la única televisión (que funcionaba con antena y luz solar) se había descompuesto pocas horas antes de nuestro arribo a la mencionada casa. Durante la tarde no extrañamos ni la televisión ni la energía eléctrica, puesto que nos fuimos a bañar al manantial y después jugamos pelota en el patio hasta que las últimas luces del día se esfumaron. Pero durante la noche fue diferente. El motor producía demasiado ruido para ser tan pequeño y las luces emitían una luz amarillenta, que hacía ver todo de forma fantasmagórica. Queríamos ver televisión y oír música, pero era igual que desear un concierto de Bryam Adams en el patio, imposible.
De manera que allí estábamos los cuatro amigos, en torno a una hoguera, lejos de la casa y del ruido del motor que allí llegaba sólo como un leve zumbido.
—¿Y bien? —insistió José.
—Es que… me siento un tanto bochornoso —dijo Ramón, pasándose una mano por la nuca.
Nuestro anfitrión había propuesto que nos sentáramos en torno a una fogata a azar salchichas y malvaviscos y a contar historias de miedo, como alguna vez hicimos cuando niños. Accedimos porque no había mucho de dónde elegir, excepto tal vez, irnos a dormir. Aunque también porque, además de salchichas y malvaviscos, teníamos una buena reserva de cervezas enlatadas.
—Venga, estamos entre amigos —alentó José al tiempo que nos pasaba una lata de cerveza.
—De acuerdo —accedió Ramón. Destapó la cerveza y le dio un buen trago. A continuación, se tragó una salchicha asada, y entonces sí, se puso a contar—: Esta historia me la contó mi abuelo —empezó—, según él es un hecho real que le ocurrió a un conocido hace casi cincuenta años. Pues bien, él me dijo que en cierta ocasión un tipo se mudó a la casa de al lado. El hombre era campesino por necesidad y borracho por devoción. —Más allá de lo que los demás sospechábamos, Ramón era un buen narrador. Y pronto nos encontramos repantigándonos de diferentes maneras para escucharlo mejor—. Lepo le decían en la aldea, era amigo de todos y de ninguno. Era de esos tipos que, si le hablan contesta y si no, pues no. Mi abuelo lo conocía muy poco, se saludaban cuando se encontraban y de vez en cuando se pedían uno que otro pequeño favor, pero sin llegar a intimar demasiado.
»Hasta que en cierta ocasión se encontraron en una cantina. Mi abuelo dice que no recuerda cómo, pero la cosa es que terminaron bebiendo juntos y hablando como si fueran grandes amigos. Cuenta que hacia las dos de la mañana el cantinero los echó porque ya era muy noche y tenía que ir a dormirse.
»—Amigo —le dijo Lepo a mi abuelo cuando se quedaron solos a las puertas de la cantina—, creo que es hora de regresar a casa.
»—Igual pienso yo —repuso mi abuelo.
»De modo que los nuevos amigos, abrazados, se pusieron a caminar de regreso a casa. Pero no habían avanzado ni una manzana cuando Lepo se detuvo, tomó de los hombros a mi abuelo y le hizo una confesión.
»—Sépase don Jeremías —así se llamaba mi abuelo— que yo le vendí mi alma al diablo. No se la vendí por oro ni por mujeres, sino para que me cuide en noches como esta, en las que de tan borracho a veces ya ni sé dónde estoy. Así que no se me vaya a asustar, don Jere, si ve que algo que no es de este mundo me cuida o me lleva mientras regresamos a casa.
»Mi abuelo dice que no se echó a reír simplemente porque estaba muy borracho y porque Lepo había dicho todo eso en tono muy serio. Dicho eso, Lepo se echó a caminar y mi abuelo no tuvo otra opción que pegar una carrerita y ponérsele a la par. No dijeron mayor cosa mientras regresaban, me contó mi abuelo.
»Pero cuando iban a mitad de camino, mi abuelo se percató de que un perrito los seguía. Me dijo que no le prestó atención hasta que de un momento a otro pegó un estirón de varios centímetros.
»Lepo, Lepo, tienes que ver eso —dijo a su amigo.
»Te dije que no te asustaras si veías algo que no era de este mundo —fue la escueta respuesta del aludido.

4 de diciembre de 2014

La cueva del monstruo

Edward se detuvo bajo la negra sombra de un sauce llorón. Eran las dos de la mañana y la luna menguante, que descendía hacia occidente, levantaba destellos plateados de la sucia agua de la laguna que había enfrente. Se apoyó en la corteza del árbol y escudriñó el rastro. Éste era inconfundible, hasta un ciego podría seguirlo. Apuntó el haz de luz de la lámpara a las huellas y las siguió.
Las huellas eran muy diferentes a cuántas él conocía, no es que conociera muchas, y a la vez tan parecidas. Eran marcas de pies, grandes, palmeados; uno de tres dedos y el otro de cuatro. Edward se preguntaba si su dueño lo había perdido en una de sus aventuras como la de esa noche. Ojalá hubiera perdido la cabeza. Además de los pies, en medio de éstos era posible apreciar un rastro más débil, como un pequeño surco; la cola seguramente.
Siguió las huellas durante al menos otro centenar de metros, cada vez más cerca de la laguna. Sujetaba la escopeta con fuerza, temeroso de que ya no fuera a ser necesaria, mientras el corazón le golpeaba el pecho como un tambor. Y de pronto, las huellas desaparecieron, perdiéndose en la laguna, justo como había temido.
Un grito de angustia brotó de su garganta y cayó de rodillas, llorando, desahuciado. ¡Se la había llevado! ¡Esa maldita cosa se la había llevado! Allí, con las rodillas y los puños en el lodo, sus lágrimas mezclándose con éste, rememoró con dolor, rabia y frustración lo que había ocurrido.
Primero su esposa, ahora su hija. ¿Por qué? Qué había hecho él para merecer tanto dolor. Erika, su esposa, había fallecido hacía tres años presa de una enfermedad que la tuvo en cama durante diez meses, pero la amaba tanto que el dolor era tan fuerte como el primer día. Y ahora Ariane, su dulce Ariane, que había heredado los castaños ojos de Erika, su cabello y sus facciones. Ahora ella, que con sus seis añitos apenas empezaba a ir a la escuela. No, no lo podía soportar. Y ese ser, ¿qué era esa cosa que se la había llevado?
Recordó que tenía un sueño intranquilo cuando el suave arrastrar de pies de la criatura lo despertó. Al principio no lograba ubicar aquel ruido, ni sabía qué lo producía, pero una especie de alarma se prendió en su interior. Recordaba haber saltado de la cama con el corazón acelerado, haberse puesto los pantalones y las botas sin encender la luz y salir corriendo.
Encontró la habitación de Ariane vacía. Enormes huellas de barro embadurnaban el piso y las sábanas estaban revueltas y sucias de tierra y algo que parecía ser musgo. Algo o alguien había entrado en la habitación y se había llevado a su pequeña. Y él no había escuchado los ruidos hasta ese momento. Qué tonto y descuidado.
Siguió las huellas hasta el exterior de la casa y a la luz de la luna vislumbró al secuestrador. Decir que se quedó mudo de sorpresa y espanto, sería quedarse algo lejos de la realidad. El horror que experimentó, sencillamente, es algo imposible de describir con palabras. El ser era alto, quizá más de dos metros, verde oscuro, de gruesas y fuertes patas y una cola que se arrastraba. Su andar era torpe, y su postura encorvada le dio a Edward la extraña certeza de que aquel ser había sido creado para caminar a cuatro patas, y no a dos como lo hacía en aquellos momentos.
Recordaba haber gritado el nombre de su hija después de que el terror inicial lo hubiese abandonado. El ser se volvió y gruñó. Y la vio. El ser acunaba a su pequeña en uno de sus brazos, gruesos como troncos, y con la otra mano le cubría la cara para que sus gritos no sobresalieran. El monstruo volvió a gruñir, le dio la espalda y se echó a correr de un modo bamboleante.
 Su reacción inicial había sido seguirlo. Pero se detuvo tras los primeros pasos. ¿Había visto bien? Pues claro que sí. Lo que significaba que, por el aspecto de esa cosa, no podía perseguirlo así como así, ciego de dolor y sin más armas que sus manos desnudas. De modo que volvió a la casa por la escopeta, munición y una lámpara de mano.
Lamentablemente perdió en ello unos valiosos minutos.

30 de noviembre de 2014

Los quince años de Arica


La mansión pertenecía a una acaudalada familia de ciudad. Estaba al cuidado de una pareja de criados de edad avanzada, y éstos la mantenían lo más limpia que podían. En los siglos pasados debió haber pertenecido a algún señor feudal o a alguien de la alta alcurnia. Pero de eso ya hacía mucho tiempo. Ahora sólo era una antigua casa, en lo alto de una colina y que muy a menudo despertaba la suspicacia de los vecinos. El caserón tenía tres plantas y techo de pizarra de cuatro aguas. A Arica le pareció perfecta para celebrar su cumpleaños decimoquinto.
De manera que dijo a su padre que allí era dónde quería realizar su fiesta de cumpleaños. Jaime, el padre de Arica, sabedor de que ella quería que ese día fuese muy especial, no escatimó esfuerzos y recursos hasta conseguir que los propietarios de la mansión se la cedieran. Sin mencionar que a él también le pareció perfecta. Mandaron a los viejos cuidadores con algunos de sus parientes, y se hicieron cargo de la casona.
El caserón se alzaba sobre una colina, a un kilómetro del pueblo. Desde éste se podía ver la antigua mansión, las luces en las ventanas cuando los criados las encendían, y el humo que salía de la vieja chimenea cuando el día era claro, pero nada más. Debía admitir que su hija tenía un talento innato para esas cosas.
Hacía menos de un año que la familia de Arica se había mudado al pueblo. De modo que además de que no conocían a mucha gente, también ignoraban la mayoría de leyendas y mitos locales, incluidos aquellos que hacían referencia a la vieja mansión, o al menos eso se suponía. Y entre los conocidos, y no conocidos, de la familia hubo muchos cuchicheos acerca de que era mala idea realizar un evento tan importante en la vida de una joven en un lugar del que no todos guardaban una opinión favorable.
Pero estos cuchicheos no llegaron a oídos de los Arren (así se apellidaba la familia de Arica), o hicieron caso omiso de ellos y la planeación del evento continuó.
No se emitieron muchas invitaciones, y todas fueron dirigidas a amigos de la joven. Incluida una para el joven Matías, un mozo gallardo que no cejaba en sus esfuerzos por conquistar a la cumpleañera. Y como la invitación que recibió Matías era diferente a las demás, su corazón se hinchó y sonrió con soberbia porque aquel detalle era prueba de que sus atenciones no pasaban desapercibidas.   
A pesar de las murmuraciones de los vecinos de que hacer la fiesta en la casona era mala idea, no pocos se sintieron ofendidos cuando sus hijos no fueron invitados. Esto porque los Arren habían dejado claro que sería una fiesta por completo para adolescentes. Inclusive la banda que tocaría era de sólo muchachos. Los adultos estaban prohibidos para esa fiesta.
Cuando el Señor Arren fue interrogado por un vecino acerca de si le parecía prudente dejar a su hija sola, en la vieja mansión, rodeada de jóvenes de los que no de todos se tenía buena opinión, éste contestó que era la fiesta de su hija y que se haría como ella quisiera. Y no hubo más preguntas al respecto.

26 de noviembre de 2014

El misterio del cráter


La explosión se produjo a la una de la madrugada.
Yo dormía plácidamente, soñando que Arelí Durán me decía que me amaba. Sabía que era un sueño, pero no por eso dejaba de ser algo lindo. El estruendo de la explosión hizo añicos mi ensoñación, haciéndome despertar aterrado y con el corazón a mil por minuto. La tierra tembló, como si fuera a resquebrajarse y se fue apagando paulatinamente. El eco de la explosión perduró en mis oídos unos minutos más.
¡Estaba aturdido! ¿Qué había ocurrido?
Cuando la tierra dejó de vibrar, oí ruidos de pasos en la casa y las luces empezaron a cobrar vida. También me levanté, encendí las luces de mi habitación y me vestí con prisas.
El sismo, sí es que lo era, no había provocado en casa mayor daño que unas bajillas rotas y una tiradera de objetos varios. En la sala se habían caído unos trofeos ganados hace tiempo y una de las bocinas del aparato de sonido se había roto al caer de los estantes.
El resto de la familia, mis padres, mi abuelo y tres hermanos, estaban fuera, conversando nerviosamente con los vecinos. Al parecer, todo el pueblo se había levantado. Y no los culpaba.
—…la casa de los Johnson se vino abajo —comentaba con visible temor el viejo Elías—. Y no fue la única. Al parecer el sismo fue más fuerte en el sur del pueblo. Hay muchos muertos y heridos.
No fueron pocas las mujeres que ahogaron una exclamación a la vez que se tapaban la boca con las manos. Y, a decir verdad, también hubo uno que otro hombre que las imitó, aunque al darse cuenta de lo que hacían rápidamente adoptaron una actitud más serena.
—Debemos ir a socorrer a todas esas personas —dijo mi madre.
—Es lo que les iba a decir —dijo el viejo Elías.
—Llevaré mi camioneta —anunció mi padre—. Habrá que llevar a los heridos a la ciudad.
Las siguientes horas se sucedieron en medio de un frenesí calmo e irreal. En un principio se temía una réplica del sismo, como suele suceder en estos casos, y los vecinos, incluido yo, entrabamos a las casas con temor reverencial. Y aunque no nos sentíamos cómodos penetrando en viviendas medio derruidas, era nuestro deber hacerlo, ya que no eran pocas las personas que atrapadas entre los escombros gemían de dolor o gritaban pidiendo auxilio. Cumplimos con nuestro deber, como buenos vecinos que éramos. Incluso llegué a entrever a la hermosa Arelí ayudando a una niña. ¡Qué hermosa era! Inclusive con el cabello enredado, la ropa sucia de hollín y el rostro tiznado y sudoroso. Descubrió que yo la observaba y me sonrió. Era lo más que obtendría de ella.
El alba nos encontró aún atareados. Los heridos de gravedad hacía horas que habían sido trasladados al hospital de la ciudad en varios camiones, pero aún teníamos con nosotros a muchos otros que no precisaban de un hospital pero que sin embargo no podíamos dejar sin atender. Además de ellos se hallaba el asunto de los cadáveres.
El recuento hasta esas horas era de veintisiete muertes: ancianos, adultos y niños, la catástrofe no había escogido. Y aún había varios desaparecidos, en las partes impenetrables de las construcciones imaginábamos, pero por ellos ya nada podíamos hacer nosotros. La policía, bomberos, equipos de rescatistas y científicos venían en camino. Ellos se encargarían de encontrarlos en cuanto llegaran.
A eso de las nueve de la mañana por fin nos pudimos dar un descanso. Casas de amigos y familiares hacían de albergues para los que habían quedado sin hogar, así como la parroquia y el salón social. Los cadáveres estaban siendo tratados en la morgue del pueblo y se había preparado un sepelio general. La ayuda venida de la ciudad recién había llegado y había relevado a los vecinos en los asuntos aún pendientes.
Con el descanso vino el tiempo para pensar. Y yo me encontré preguntándome qué había ocurrido realmente. Un terremoto, era lo más lógico, pero estaba el asunto de la explosión, una explosión demasiado fuerte para ser natural.

21 de noviembre de 2014

El extraño inquilino

—¿Tenemos un trato, caballero? —preguntó su madre.
—Me parece que sí, señora Patricia —confirmó el sujeto que hablaba con la señora de la casa.
Era un hombre alto y desgarbado, de rostro enjuto y ojos hundidos. Vestía ropas oscuras y como tal era su presencia. Daniel no lo había visto sonreír en los más de quince minutos que llevaba con su madre, y no parecía que fuera a hacerlo antes de irse. En un primer momento Daniel lo había tomado por uno de los amantes de su madre, aunque ella negaba tener alguno, pero al final resultó ser uno de los pocos interesados en la habitación que madre había decidido rentar en la planta de arriba.
Su madre y el nuevo inquilino se estrecharon la mano y el caballero se marchó, no sin antes avisar que regresaría el siguiente día para tomar posesión de su nueva habitación
—Me pareció un sujeto algo extraño —comentó Daniel saliendo de la cocina desde donde había presenciado el desarrollo de la entrevista.
—¿Otra vez espiando? —inquirió su madre con nota de desaprobación.
Daniel se encogió de hombros. Le daba igual lo que su madre pensara. Desde que le perdiera el miedo ya no le importaba lo que su madre le dijera.
Doña Patricia, como medio mundo la llamaba, era una señora que rondaba los cuarenta y tantos años, y era alta, de piel tersa y de un lustroso cabello negro que le colgaba a la altura de los glúteos. La mayoría de sus amigos se referían a ella como una mujer bien preservada, cuando no buena, pese a su edad. Y no pocos, a espaldas de él claro, habían intentado llevársela a la cama. Daniel no sabía el resultado de esas intentonas. Ni quería saberlo.
—Me parece un tipo sombrío —dijo Daniel.
—Trabaja en una funeraria —apuntó doña Patricia—, quizá se deba a eso. Además, mejor que sea así, de ese modo no se meterá mucho en nuestras vidas. ¿No es eso lo que te preocupa?
Daniel sintió la ira y la vergüenza rebullir en su interior.
Padre había muerto hacía casi siete años, al rodar por las escaleras desde el segundo piso. La aseguradora le había dado una importante suma de cinco cifras a madre, pero ésta la había despilfarrado en muebles, lujos y muchos tratamientos de belleza. En menos de un año se había acabado ese dinero y se había abocado a todo tipo de amantes para mantenerse a flote. Ahora, aseguraba, que había puesto su propio salón de belleza, más la renta del cuarto superior, dejaría esos andares para evitar hacer pasar más vergüenzas a su hijo. Daniel dudaba que dejara de hacerlo, había llegado a la conclusión de que ella se revolcaba por placer y no por dinero, y ese placer no se lo proporcionaría nunca un salón de belleza.
—Sabes que no me importa lo que hagas o dejes de hacer —le dijo con acritud. Se dio la espalda y se dirigió a las escaleras para llegar a su habitación—. Trabaja en una funeraria —comentó sin más a mitad de los escalones—, eso me recuerda a padre.
No volvió el rostro, pero estaba seguro que madre había torcido el gesto.
«Perfecto —pensó con rabia—, eso le agriará el día».
Y en efecto su padre trabajaba en una funeraria cuando murió. Don Francisco había sido un señor afable, siempre tenía una sonrisa pronta para cualquiera y un gran estómago producto de las ingentes cantidades de cerveza que consumía y del cual brotaban sonoras carcajadas como el retumbar de un tambor. Pensar en su padre hizo sentir nostalgia a Daniel, pero pronto esta se vio desbordada por la ira. No ira por su padre, sino por su madre. Ella era la culpable de que padre pasara la mitad del tiempo borracho, ella era la culpable de que él la golpeara de vez en cuando, ella era la culpable de su muerte, ella y sus continuas infidelidades.

17 de noviembre de 2014

Un sueño aterrador

El ser que no tenía nombre descendió de la cima de la montaña. Era un descenso abrupto y desigual, el aire era frío y cortante, pero su piel gruesa y sus extremidades terminadas en garras lo facilitaban todo. Allá abajo había una villa, no muy grande, pero que estaba repleta de carne, suculenta carne. ¡Esa noche tenía mucha hambre!
Descendió sobre la ladera sur de la alta montaña y llegó al pie de un pequeño bosquecillo que la luna llena iluminaba majestuosamente. Más adelante había granjas y más allá, el centro del pueblo. Se sumergió en el bosquecillo y corrió veloz. El olor a árboles mohosos, a agujas de pino, a animales muertos inundaba el aire. Mas no vio ningún ser vivo, a excepción de unas cuantas ratas. Todos los demás lo olían a él, y fuera lo que fuera que olieran, los hacía alejarse deprisa. A él no le importaba, esa noche no quería carne de animal. Esa noche quería algo más.
Siguió corriendo sobre el manto de hojas muertas del bosquecillo y llegó hasta una de esas cosas que los humanos llamaban “cercas”. ¿Cómo lo sabía? No tenía ni idea. A veces se sorprendía de todas las cosas humanas que identificaba y nombraba tras solo verlas. Incluso había ocasiones en que consideraba la posibilidad de tener un pasado humano. Lo cual era una tontería. Aunque la idea cobraba fuerza cuando trataba de recordar su pasado. Pero ahora eso no venía al caso.
Se paró en las patas traseras y posó las manos en la cerca. En el interior estaban echadas un montón de vacas. Eran deliciosas esas criaturas, pero lo eran más quienes las pastaban. El ganado debió percibir su efluvio porque todas se pusieron de pie y empezaron a balar y a moverse alocadamente. Un momento después los perros empezaron a ladrar. Adelante se vislumbraba la silueta de una casa, si había humanos allí, no tardarían en salir, alarmados y con un tubo escupe fuego en las manos. Para ese artefacto humano sí que no tenía nombre. Eran peligrosas esas cosas, quemaban allí donde golpeaban y si uno no se andaba con prisas, acababa muerto. Esa era la razón de que no se acercara a menudo a aquellos lugares atestados de gente. Pero esa noche sus deseos eran irresistibles, además de que tenía completa seguridad de que nada podría ir mal.
Los humanos no tardarían en salir. Ya sabía lo que harían. Esa noche los iba a sorprender. Se deslizó al interior de la cerca y se perdió en la noche.

8 de noviembre de 2014

Una Llamada a Medianoche (Continuación)

Barry se detuvo en el rellano superior de la escalera. En el barandal de la derecha había colgado un par de ligas, del mismo color rojo que el resto; eso significaba que debía girar hacia la derecha, hacia la habitación de su cuñada. Su miembro le presionó con más fuerza entre los calzones. Dobló a la derecha y avanzó, desalentado por una repentina intuición, un poco más lento y alerta.
A mitad de camino hizo un giro de ciento ochenta grados, espoleado por un repentino aguijonazo de terror. Escudriñó la oscuridad, atento a cualquier movimiento. Nada. Sin embargo, había oído en ruido leve, como suaves pisadas, pequeñas, sin duda alguna imperceptibles en cualquier otro momento, no así en la quietud que reinaba en la casa. ¿Será que lo estaba imaginando? Retomó su dirección inicial y vigiló hacia el otro lado. Nada. Sólo silencio y oscuridad. ¿Qué demonios le pasaba?
«Nada tonto. Sólo estás nervioso. Mejor ve con tu cachonda cuñada que te ha de estar esperando sin ropa». Esa idea lo hizo sentir mejor y logró que los labios se le atirantaran en un amago de sonrisa. «John, querido hermano, estés donde estés, por tú bien no mires para acá hasta dentro de un buen rato».
Restando toda la importancia, que su subconsciente le permitía, a aquel repentino miedo, Barry retomó el camino hacia la habitación de Jenny. Sin embargo no iba tranquilo, tenía la sensación de que algo lo vigilaba y que alguien lo seguía.
Se detuvo frente a la puerta, seguro de que era la habitación correcta. Colgando en el pomo de la manecilla había una tira de preservativos, o “juguetitos de látex”, como él solía llamarles. El interior de la habitación emitía un leve resplandor amarillento. Barry imaginó un enorme lecho perfumado y una docena de velas montando guardia en torno a éste.
Colocó su mano en la manecilla de la puerta, iba a girarla, pero se detuvo, indeciso por un momento. ¿Era correcto lo que iba a hacer? Después de todo, la persona que lo esperaba en el interior era la mujer de su hermano, de John, por muy muerto que éste estuviera. Además, estaba esa sensación de sentirse vigilado y tenía la casi certeza de que si se giraba con suficiente rapidez vería algo anómalo y oscuro plantado frente a él. ¿O es que esa sensación era la culpa? Porque que Barry supiera, era la primera vez que se acostaría con la esposa de alguien. Hasta ese momento sólo había tenido relaciones con mujeres solteras, al menos hasta donde él sabía. Sí, eso debía ser. Todo su miedo y nerviosismo debía ser por la culpa. De pronto tenía ganas de reír. Él preocupado cuando todo era por la maldita culpa. Mañana le preguntaría a uno de sus amigos si así se sentía cada vez que se acostaba con la mujer del jefe. Además ¿no decía la biblia que cuando un hermano fallecía el otro debía tomar a su mujer? ¿Acaso no era lo que él se proponía hacer? ¡Y vaya que la tomaría!
Con resolución giró la manecilla y abrió la puerta. Sí, todo era como se lo había imaginado. Jenny, vestida con una bata de satén traslúcida, estaba recostada en un enorme lecho. La etérea prenda dejaba ver su hermoso cuerpo. No llevaba nada puesto aparte de la bata.  

4 de noviembre de 2014

Una Llamada a Medianoche

Barry Donald soñaba con una joven universitaria que había conocido hacía poco. En el sueño la joven aceptaba sus coqueteos y respondía de manera insinuadora, cosa que no había ocurrido ni de cerca en la realidad, cuando la chica había acudido a una entrevista de trabajo. Se proponía invitarla a salir cuando el teléfono empezó a sonar. Levantó la bocina, pero no era el teléfono de la oficina, sino otro, un sonido que parecía venir de otra oficina o de un lugar ajeno al edificio. Parecía algo lejano, como algo que vibraba en la atmósfera, algo que lo llamaba, invitándolo a salir del cubículo en el que se hallaba.
Barry abrió los ojos. El sonido seguía repiqueteando en su cabeza. No, no era en su cabeza, el teléfono sobre la mesilla estaba sonando. Se pasó una mano sobre la cara intentando desperezarse un poco y cogió el teléfono. ¿Quién demonios llamaba a esa hora de la noche? Miró su reloj de pulsera antes de contestar: Eran las doce de la noche en punto. ¡Qué raro!
—¿Quién habla? —atendió.
—¡Barry! —la voz angustiada de Jenny, su cuñada, lo despabiló en un santiamén—. ¡Soy yo, Jenny?
—¿Qué sucede, querida?
Barry se sentó en el borde de la cama. Se sentía inquieto.
—Es Tommy, se encuentra mal.
—¿Quieres que llame a una ambulancia? —Que estúpida pregunta. Era obvio que su cuñada necesitaba de él, de su apoyo, no que le llamara una ambulancia, de haberla querido la habría llamado ella misma.
—Sí, bueno, no… Es que no sé qué hacer. Está como poseído, habla cosas sin sentido, y demoníacas, tengo miedo, ven por favor.
—Llego en media hora, no lo pierdas de vista.
—De acuerdo. Pero date prisa.
La conexión se cortó. Pero Barry aún oía la angustiada voz de su cuñada como un eco lejano: «Está como poseído, habla cosas sin sentido, y demoníacas, tengo miedo, ven por favor». Se puso de pie de un salto y empezó a vestirse con precipitación.
Tommy siempre había sino un crío débil y enfermizo. Era demasiado pequeño y menudo para su edad. El mes pasado había cumplido cinco años, pero parecía uno de tres, y mal alimentado, por cierto. Su estado había empeorado desde la muerte del hermano de Barry hacía un año. Padecía fiebres y calenturas a menudo y sufría convulsiones que se repetían cada vez con más frecuencia y de más duración. Pero eso de que hablara cosas incoherentes y demoníacas (a qué se refería Jenny con cosas demoníacas era algo que todavía debía preguntarle) era algo nuevo.
Después de vestirse con muchas prisas, cogió las llaves del coche y salió casi corriendo de la casa.
Jenny vivía al otro lado de la ciudad, un trayecto que siempre era largo, aún sin contar con demasiado tráfico. Su cuñada estaba asustada, aterrada diría Barry, de manera que debía darse prisa. Sacó el coche del garaje, puso en marcha el motor y aceleró a fondo, sin dejar que el motor calentara siquiera un par de segundos. Su cuñada estaba asustada y Tommy tenía problemas, era lo único que importaba.
Las calles estaban solitarias, iluminadas por la luz de las farolas públicas y por una luna llena que tenía tintes rojizos. Ver aquella luna estremeció a Barry. En una esquina vio a un indigente dormir amparado únicamente por unos cartones. Más adelante vio un par de perros rumiar en unos contenedores de basura y a un borracho que caminaba en zigzag. Aparte de él en las calles apenas había tráfico. Se topó con unos cuantos coches, de jóvenes que andaban en farra imaginó, y con algunos camiones y buses a los que no dirigió más que un vistazo. Mejor que mejor, entre menos tráfico, más luego llegaría con Jenny.

30 de octubre de 2014

La Ciénaga

La laguna que todos llaman La Ciénaga no se encuentra muy lejos de la aldea en la que yo vivía. A partir de la última casa (que pertenece a un señor que la mayoría llamamos Cheje, pero que realmente se llama Francisco) calculo habrá un máximo de un kilómetro hasta la mencionada laguna. Es una laguna muy grande, hay quienes dicen que es un lago pequeño, la verdad yo no sabría opinar al respecto porque no sé qué es una laguna o un lago. Lo que sí sé es que se trata de una gran cantidad de agua, un kilómetro de diámetro. Su agua es verde y parduzca, y se dice que su punto más profundo sobrepasa el centenar de metros. Está rodeada en su mayoría de bosquecillos y matorrales y aunque es hogar de vastas cantidades de peces, tortugas y lagartos, no todo mundo se siente cómodo acercándose a ella, y no es precisamente por miedo a los lagartos.
No. Se debe a algo más. Se cuentan ciertas historias alrededor de La Ciénaga. Algunas muy aterradoras.
Mi madre me contó que en una ocasión, cuando recién había venido de oriente para establecerse en ésta diminuta aldea y yo era un niño, fue a pescar a la laguna.
—Había buena pesca —me dijo, yo escuchaba sentado en el suelo, embelesado, como solo los pequeños pueden hacerlo—. Pero en una ocasión, cuando lancé el anzuelo, algo muy grande mordió la carnada. Me sobresalté, contenta pensando que algo muy grande había mordido. Jalé la cuerda con fuerza, temiendo que se rompiera por el gran pesor del que tiraba —ponía el rostro como si estuviera haciendo un gran esfuerzo mientras sus manos braceaban, imitando el tirar de la cuerda, yo oía y observaba con la boca abierta, tan silencioso como la nada—. Pero resistió, y yo jalé, jalé y jalé… cuando la presa asomó la cabeza por el borde del agua yo grité aterrada y dejé escapar la cuerda. ¡Fue algo horrible!
Se estremeció notoriamente al llegar a ésta parte.
—¿Qué habías pescado, mamá? —pregunté impaciente.
—No era un pez —me dijo—. No sé lo que era ni quiero saberlo… lo único que vi fue la cabeza de tú abuelo, muerto hace diez años. Por eso hijo, no quiero que te acerques a ese lugar
En ese entonces yo tenía nueve o diez años, no recuerdo bien, se me puso la carne de gallina y temí a la laguna más que a todos los monstruos de mis pesadillas.
Años más tarde, encontraron a una chica de nombre Alejandra medio muerta a las orillas de la laguna. No había perdido el conocimiento, pero temblaba alarmantemente y lo único que decía eran incoherencias. Un mes más tarde me contaría que buscaba ciertas plantas para prepararle un baño a su madre enferma.
—La cogí casi del tronco —me explicó, refiriéndose a la planta—, y tiré de ella. Normalmente son plantas de tallo suave, no requieren demasiado esfuerzo para arrancarlas. Pero ésta opuso mucha resistencia, y yo insistí, tirando con fuerza y con ambas manos. Estaba a punto de darme por vencida cuando cedió un poquito, me alegre y seguí tirando. Poco a poco las raíces fueron saliendo —aquí se cubrió con los brazos, tratando de alejar los temblores—, pero no eran raíces las que salieron al final, sino un rostro terroso, deforme, de mandíbula puntiaguda y grandes ojos, ojos blancos y escudriñadores… cuando abrió la boca y emitió un chillido agudo, me desmayé.

24 de octubre de 2014

¡Feliz Cumpleaños, cariño!

Michael abrió lentamente los ojos. El despertador de su teléfono celular reproducía una canción en la mesilla junto a la cama. Alargó la mano. Lo apagó. Una sonrisa asomaba a sus labios. Había soñado con Joanne, su novia. En el sueño hacían el amor en algún motel del pueblo. Sonreía porque era estúpido. Joanne jamás accedería a acostarse con él. Iba a la iglesia y aseguraba que no se acostaría con nadie hasta haberse casado. Michael no tenía intenciones de casarse con ella, al menos no de momento, lo que hacía preguntarse si no estaba siendo idiota al seguir con ella. Entonces recordaba cuán enamorado estaba de la joven.
Pero la sonrisa no era solamente por el sueño.
Era su cumpleaños número dieciocho. ¡Por fin era un adulto!
Llamaron a la puerta. Michael imaginaba quienes eran.
—Un momento —pidió.
Se vistió aprisa y quitó el cerrojo.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —gritaron al unísono su madre, su hermana y su hermanito. Todos con una sonrisa de oreja a oreja y sosteniendo un pequeño pastel entre los tres.
Era casi una tradición familiar aquel gesto. Acostumbraban llevar un pastel y un feliz cumpleaños a la habitación del cumpleañero. Con el tiempo había dejado de ser una sorpresa, pero no dejaba de ser un buen gesto.
Para culminar el ritual, Michael los invitó a pasar y comieron el pequeño pastel en su habitación. En su familia los cumpleaños no se celebraban con tromba. El pastel y el feliz cumpleaños era todo. A Michael no le desagradaba el método. No se hubiera sentido cómodo presidiendo una fiesta por su decimoctavo aniversario de vida.
Después del almuerzo, y tras darse un baño, Michael fue a buscar a su novia para ir a ver una película al cine y tomar un helado. Sabía que ese día, así como los anteriores, no conseguiría de su novia más que unos besos y unos abrazos, de modo que había apartado la tarde para ella y la noche para ir a tomar un par de cervezas con Kevin, su mejor amigo.
Aparcó el coche frente a la casa de los padres de Joanne, se bajó y llamó a la puerta.
—Hola, cumpleañero —saludó la madre de Joanne al abrir la puerta.
Michael sintió las mejillas encendérseles.
—Buenas tardes, señora —saludó a su vez, tratando de esconder el rubor—. ¿Se encuentra Joanne?
—Le diré que ya llegaste. Pero pasa, siéntate.
Como es típico en las mujeres, Michael esperó en la sala alrededor de media hora. ¿Por qué las mujeres tardan tanto en arreglarse? Mientras tanto se puso a jugar cartas con el hermanito menor de su novia. Era un chico muy simpático. Después de media hora tuvo que repetirse por enésima vez que la espera había valido la pena.
Joanne estaba radiante.
—Oye, pero si sólo vamos al cine, que yo sepa no nos han invitado a ninguna boda —bromeó.
—Me halagas —fue la tímida respuesta de Joanne.
La chica tenía dieciséis años, su cabello era lacio y castaño y sus ojos cafés. Ese día llevaba puesto un vestido celeste que resaltaba su esbelta figura pero sin ser muy ajustado. Se sujetaba el cabello con una diadema del mismo color y que hacía juego con sus aretes y un pequeño collar. Estaba realmente hermosa… y sexy. Michael apartó la mirada de su novia y se concentró un momento en las cartas que tenía en las manos. Se puso de pie hasta que la erección desapareció.

20 de octubre de 2014

El Sueño de Richard Kay

El sol crepuscular bañaba la tarde de naranja y oro, arrancaba destellos refulgentes de las fachadas de los edificios y provocaba el efecto de aureolas doradas en muchos de los transeúntes. Todo muy lindo. Sin embargo era lo único. Richard, con pantalones marrones y descocidos, y camisa a cuadros antiquísima, caminaba con las manos en los bolsillos y sintiéndose el hombre con peor fortuna en el mundo, y por ende el más desdichado. Hacía un año que no tenía un empleo de ningún tipo, seis meses atrás había muerto su padre dejándole todo a sus hijos más pequeños, y por si eso fuera poco, aún se encontraba en el velatorio de su progenitor cuando su mujer decidió fugarse con el que hasta entonces era su mejor amigo.
Si no era el tipo más desdichado del mundo, sin lugar a dudas entraba entre los finalistas.
«Y nuestro finalista número tres, de los tipos más desafortunados del mundo: Richard Kay. Un aplauso por favor». Casi oía la voz del presentador y el retumbar de los aplausos de un millar de personas, todas con más suerte que él. Maldijo por lo bajo y golpeó con fuerza una lata tirada en la acera.
Más adelante dobló hacia la izquierda y empezó a serpentear por un laberinto de calles en las que la mayoría de las personas se perderían. Llegó al edificio donde tenía una habitación, de la que, si no conseguía un trabajo, no tardarían en echarlo. Alcanzó su camastro, unas tablas podridas y un colchón mohoso lleno de pulgas, y se echó a dormir; en los últimos meses acostumbraba acostarse temprano para evitar el hambre de la cena.
Tardó un poco en conciliar el sueño, eran tantas sus desventuras que a menudo le quitaban el sueño, pero al final lo consiguió. Y de pronto se encontró junto a un enorme lecho, con sábanas de lino y bordados de oro, con postes que semejaban criaturas fantásticas y que sostenían cortinas traslúcidas. En el lecho había un anciano de aspecto moribundo, tenía bolsas en los ojos y tez amarillenta, presentaba un estado de delgadez terrible y cuando habló su voz era temblorosa y apenas inteligible:
—Acércate, hijo mío —dijo.
Richard no se movió durante un instante, hasta que comprendió que el anciano se refería a él. Una anciana junto a la cabecera de la cama, de alguna forma sabía que era su madre, le indicó con un gesto que hiciera lo que se le mandaba. Sintiéndose un poco tonto, Richard se acercó al anciano, y cada vez estaba más convencido de que el señor era su padre, cosa estúpida porque el decrepito anciano no se parecía en nada al borracho que había enterrado hacía seis meses.
—Aquí estoy, padre —dijo Richard tomando una mano del anciano, no sabía de dónde le había salido esa idea, pero de pronto estaba seguro de que era lo que tenía que decir y hacer.
—Mi vida se acaba —dijo el anciano, mirándole a los ojos—. Confío en que seas un buen Rey. Lamento que no pueda estar en tú boda, pero las fuerzas me faltan cada vez más…
Así fue como Richard descubrió que era Príncipe de un país llamado Sirnal y que se casaría con una princesa de nombre Myrella, hija del gran soberano de Benthar, país vecino y aliado de Sirnal. Además de la charla con su anciano padre, también conversó con su madre, el mayordomo, el capitán de la guardia y algunos de sus otros parientes. De pronto descubrió que el sitio le resultaba conocido, como si realmente hubiera vivido desde pequeño en palacio, y ahora le bastaba con ver a una persona para saber quién era y qué relación tenía con ella.

16 de octubre de 2014

El Fatídico Caso de Ronald Miller

Ronald Miller, mi compañero de cuarto en la universidad y mi amigo, mi queridísimo y amado amigo. ¿Cómo describir a Ronald antes de su fatal y espantoso final? Bueno, primero diré que era una persona afable, aunque había que tratarlo mucho para descubrir esta faceta de su carácter, ya que normalmente era reservado y poco platicador. Pero era afable, al menos a mí me lo parecía. No era guapo, aunque tampoco era feo. Sus cabellos eran negros y sus ojos azules, cual estanques en calma; aunque al final más bien parecían ríos turbulentos. Medía alrededor del metro setenta y hacía ejercicio de vez en cuando. Más que todo lo suyo eran los libros y soñar despierto.
¡Y vaya que le gustaba soñar despierto! Creo, fue esto lo que lo llevó a su muerte. Aún se me encogen las entrañas al recordar esa aciaga noche, y eso que fue hace muchísimo tiempo.
Hacía tiempo que quería escribir sobre el fatídico caso de Ronald Miller, pero siempre me faltaba el valor, todo me parecía demasiado reciente y demasiado aterrador. Ahora que ya han pasado más de dos décadas y pocos recuerdan su muerte, ahora que tengo esposa y tres preciosos hijos, por fin me he atrevido a coger papel y lápiz y transcribir tal cual percibí lo que ocurrió con mi amigo.
Como ya mencioné antes, a Ronald Miller le gustaba soñar despierto. Y en una de esas soñó que podría conquistar a Mary Roselli, la chica más hermosa que haya pisado jamás la tierra. Más hermosa incluso que Helena de Troya, se los juro. Incluso mi esposa, que también conoció a Mary, estuvo de acuerdo en que Mary era una beldad entre las beldades. No sin cierto resentimiento, claro. La señorita Roselli era de cabellos castaños y ondulados y sus ojos color avellana eran miel para quien se fijara en ellos. No solo eso, era esbelta, de hermosas y torneadas piernas, pechos pequeños y firmes y su piel era del color de un bronceado permanente. Y su sonrisa, su sonrisa amigos, basta decir que hacía que las piedras se derritieran. La mitad de los que la conocíamos estábamos enamorados de ella, la otra mitad eran mujeres, y éstas, más que amor, lo que profesaban a la pobre señorita eran celos y envidia. Aunque por supuesto ella no tenía la culpa de haber nacido anatómicamente tan perfecta. Es cierto que a veces se vestía con poca ropa para lucir sus atributos, pero vamos, es la moda, ella no tenía la culpa.
Pues bien, Ronald Miller soñó que podría tenerla. Y no lo culpo, yo también soñé con tenerla, sólo que después de un par de intentonas me resigné y traté de ver otros horizontes. Pero Ronald se había enamorado de ella, más que ningún otro. Y cuando supo que la señorita Miller se había comprometido con un tal John Vaughan, estudiante de último año y que se decía ya había recibido ofertas de empleo de una importante compañía transnacional, temí que se volvería loco.
Cuando se enteró de la boda de la señorita Miller llegó al cuarto hecho una fiera, se tiraba de los negros cabellos con demasiada fuerza que temí que se los arrancaría y golpeó con los puños y los pies al menos medio centenar de veces del ropero.

9 de octubre de 2014

La Pesadilla

El lugar era un sitio completamente desconocido. Inhóspito, yermo y carente de vida. Unos cactus aliviaban la monotonía de un paraje arenoso con suaves promontorios que más que colinas lo que asemejaban eran dunas formadas por el viento y la arena. Anderson jamás había visto un sitio así, quizá en alguna olvidada película del viejo oeste, aunque no estaba muy seguro. Se preguntaba qué demonios hacía allí.
Un cuervo apareció de la nada y se puso a volar en círculos veinte metros sobre su cabeza mientras chillaba de forma estridente. Anderson lo observó durante escasos segundos. Tenía la corazonada de que el pajarraco intentaba decirle algo. Pero desde luego eso era imposible. Desechó el pensamiento de inmediato.
Dejó de observar al pajarraco, con la firme intención de buscar una manera de salir de aquel lugar. ¡Lo que veía no podía ser cierto! ¡Los cactus se movían! Los troncos se habían dividido y la hacían de piernas. Avanzaban a trompicones… hacia él, comprendió con horror. Dio media vuelta para salir pitando, pero se topó con que estaba rodeado; decenas, cientos de cactus avanzaban hacia él por todos lados. Coordinados, por alguna macabra fuerza, todos alzaron unos brazos verdes llenos de púas y apuntaron hacia él. Anderson se dejó caer, cubriéndose la cabeza con las manos y gritando aterrado. Imaginó que mil púas lo alcanzarían en cualquier momento.
Pero pasó un minuto y no sintió dolor. Poco a poco, tembloroso, retiró el brazo que le cubría el rostro y observó: los cactus seguían con los brazos alzados, apuntando hacia él; arriba, el cuervo seguía girando en círculos sobre su cabeza. De pronto, los brazos de los cactus se alzaron aún más, apuntando hacia el cielo. «Hacia el cuervo», comprendió. Miles de espinas surcaron el cielo. Todas dieron en el cuello del ave. La cabeza cayó a los pies de Anderson. Sin embargo el pajarraco aún estaba arriba, revoloteando, negándose a caer, a morir. Un hilillo de sangre manaba de su cuello. El pajarraco seguía revoloteando. Anderson se encontraba consternado. ¿Cómo era posible que aún siguiera arriba, con vida? La sangre que manaba de su pescuezo formaba finas líneas rojas. Anderson las miró sin ver, hasta que cayó en la cuenta ¡La sangre estaba formando una palabra! Se levantó sobresaltado, aterrado hasta los huesos.

2 de octubre de 2014

La Sombra de los Muertos (Parte Final)

“El sótano”, dos palabras que de un modo escalofriante estremecieron el corazón de Wilson. El sótano les había parecido raro desde el primer momento, allí el aire se dejaba sentir más pesado y aciago, como si una nube oscura y maligna pendiera sobre él. En esos momentos había creído que se trataba por el exceso de humedad y polvo, ahora ya no estaba tan seguro.
“El sótano”, un lugar que su esposa había limpiado con más esmero que todo lo demás, el cual, a pesar de la lavada y las varias lámparas que se habían colocado en él, tenía un aura capaz de deprimir y hacer sentir funesta a cualquier persona. Si la anciana tenía razón debía ir allí, desmontar o romper las tablas del piso y escarbar hasta dar con los cuerpos de los dos niños. Tarea que no consideraba fácil, menos exenta de peligros.
—Voy a ir allí y buscaré los restos de los infantes —aseveró.
La anciana lo escrutó con ojos legañosos y Kate soltó un pequeño chillido.
—No, es peligroso —sentenció—. Creo que mejor deberíamos llamar a la policía.
Doña Rita soltó una pequeña risita. Una risa desdentada que provocó un pequeño escalofrío en Wilson. Era la primera vez que oía reír, aunque fuera de forma leve, a la anciana.
—¿Acaso creen que yo no he llamado a esos patanes para transmitirles mis sospechas? —dijo—. Lo único que he conseguido es que me tomen como la loca del barrio.
«Idea no tan descabellada», pensó Wilson.
—¿Entonces qué podemos hacer?
—¿Creen en Dios? —la anciana respondió una pregunta con otra pregunta.
—Sí —dijo Kate.
Wilson no estaba tan seguro. Aceptar como cierta la teoría de que existía un ser omnipotente, surgido quién sabe de dónde, con la capacidad de crear un mundo y millones de seres vivientes, no era algo que su mente pudiera asimilar así de fácil. Sin embargo, un mundo surgido de la nada, con un planeta situado casualmente en un lugar idóneo para que apareciese la vida, tampoco le parecía una hipótesis muy loable. Su opinión estaba dividida, aún así respondió que sí.
—Entonces encomiéndense a él —dijo la anciana—. Lleven una Biblia, un rosario y agua bendita de ser posible. No sé si las sombras de esos muertos son cosa del Diablo, pero desde luego no están allí por voluntad de Dios.

23 de septiembre de 2014

La Sombra de los Muertos (Parte IV)

Los escalones se le hundían en el estómago, le golpeaban los hombros, la espalda y la cabeza. Pensó que moriría. Pero no fue así. Haciendo uso de sus reflejos se tomó de una de las barras de la baranda y logró detenerse. Estaba a la mitad de las escaleras, con el cuerpo magullado y falto de aliento. La sombra negra, tocada con sombrero de copa, lo observaba desde arriba. Empezó a descender con calma y Wilson sintió miedo, mucho miedo. El ser irradiaba odio a raudales. Wilson jamás había creído que el odio podía percibirse u olerse como un aroma, o más bien como un hedor. Hasta esos momentos.
Se puso de pie lo más deprisa que su magullado cuerpo se lo permitió y sopesó sus opciones. No tenía muchas, y ninguna buena, a decir verdad. La sombra lo había tocado, empujándolo escaleras abajo, lo que significaba que era material, por más ilógico que aquello sonara a su confundida mente. Podía intentar ascender de nuevo a la segunda planta, pero lo más seguro era que la sombra se interpusiera en su camino y lo hiciera rodar el último tramo de los escalones. También podía bajar a la sala, pero allí había dos sombras más pequeñas, de aspecto infantil, pero eso no significaba que tuviesen fines menos macabros y perversos que su homónimo más grande. ¿Es que era su fin?
¿Y Kate?
Debía encontrarse en el pasillo. El grito desgarrador de su esposa aún resonaba en su mente, cómo no, si había sido hacía tan solo un segundo.
Tomó una decisión.
Antes de que la sombra lo alcanzase, bajó deprisa los últimos escalones y encendió las luces de la sala. Como suponía, no por ello las sombras desaparecieron, sino todo lo contrario, su negrura pareció acentuarse. Las pequeñas continuaban sobre el sofá, daba la impresión de que temblaban, sí es que una sombra puede temblar. La otra, seguía descendiendo por las escaleras muy lentamente, como si contara con todo el tiempo del mundo.
Wilson buscó con la vista desesperadamente algo que le sirviera para defenderse, si la cosa esa lo había tocado, se entendía que también podía ser tocada, haber que le parecían un par de buenos golpes. Para su desesperación no había nada en la maldita sala que pudiera servirle, excepto… sí, quizá eso sirviera. Corrió hacia la repisa del televisor, se encaramó en ella y descolgó la antigua escopeta que hacía varios decenios había pertenecido a su abuelo. No servía, desde luego, pero podría utilizarla como garrote.
Antes de que la alta sombra negra tocara la alfombra que recubría el piso de la sala, Wilson se lanzó al ataque, blandiendo la escopeta, cogida por el cañón, como si de un garrote se tratase. A lo lejos oyó gritar a su esposa, con voz horrorizada, algo así como que no lo hiciera, pero a Wilson no le importó. Lanzó un golpe con todas sus fuerzas a la cabeza de la criatura. «Dios mío», pensó, aunque no era religioso. La escopeta cruzó la cabeza de la sombra como si de humo se tratase, distorsionando la imagen momentáneamente. El golpe llevaba mucha fuerza, y al no encontrar algo en el cual descargarla, Wilson perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.
Dos manos heladas, negras, evitaron que se cayera y apretaron su garganta. ¿Cómo era posible? No lo había podido tocar, pero a él lo estaba estrangulando.

18 de septiembre de 2014

La Sombra de los Muertos (Parte III)

Wilson encontró a su esposa sentada en la acera. Al principio, cuando los faros del coche iluminaron su silueta, había pensado que se trataba de algún vagabundo, con los codos sobre las rodillas y el rostro reposando en las palmas de las manos. Aunque no tardó demasiado en reconocer a su esposa, que alzó el rostro y miró hacia él. Wilson rió como tonto. Su esposa lo extrañaba tanto que se había sentado en la acera a esperarlo. No era la primera vez que lo hacía.
Wilson detuvo el coche junto a Kate. Bajó y se acercó a ella sonriendo. Más su sonrisa se esfumó cuando al agacharse y tomar su rostro para besarle los labios, vio sus ojos vidriosos y anegados de lágrimas.
—Cariño, ¿qué sucede? —preguntó con ternura.
—No estoy segura —Kate rodeó su cuello con los brazos y sollozó sobre su hombro izquierdo—. No lo sé.
—¿Llamó algún pariente? ¿Están todos bien? ¿La abuela…?
—Nada de eso. Creo que sólo… te extrañaba —le sonrió y le dio un tímido beso.
—Bien. Me alegro que no sea algo más —Wilson le dio otro beso y la ayudó a ponerse de pie. Kate ni siquiera se había bañado. Llevaba puestos unos pantalones de gabacha llenos de tierra y olía a sudor.
Kate a veces era muy sentimental. No era la primera vez que lo esperaba en el jardín, en la acera o en el umbral de la puerta. Normalmente lo hacía cuando estaba deprimida o había recibido una mala noticia. Quedarse sola en aquella gran casa, sin más compañía que ella misma, debía haberla deprimido en esta ocasión. Ya se acostumbraría.
—Anda, ve a preparar algo de cenar —le dijo con suavidad—. Sólo entro el coche y estoy contigo.
Kate asintió.
Wilson volvió al coche. Pero antes de entrar, vio la silueta de una anciana en la casa vecina. La vieja, al parecer, sonrió y agitó la mano, como saludando. Wilson también agitó la mano. Se sintió estúpido.
Después de estacionar el coche en su sitio, Wilson encontró a Kate de pie en el umbral de la puerta. Si no la hubiera conocido, habría creído que temía entrar a la casa.
—Estás muy rara —fue lo que dijo. Alargó la mano para girar el pestillo y Kate soltó un gritito. Wilson le dirigió una mirada de indignación y entró—. ¿Es que no hay luz?
—Bien. Préndela —Kate aún seguía fuera de la casa.
Tanteando en la pared, Wilson accionó el apagador y la luz inundó la sala.
—Iré a ponerme algo más cómodo —informó a su esposa—. Prepara la cena mientras tanto.
El piso superior también estaba a oscuras. El pasillo le parecía a Wilson una caverna, con bultos obscuros por doquier, y donde de un momento a otro podía saltar una criatura pesadillesca. Solucionó el asunto prendiendo las lámparas suspendidas en el techo.