Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de octubre de 2017

El espejo - Cuento corto

El espejo era de cuerpo entero, de un metro y medio de altura y medio de anchura máxima. Era ovalado, incrustado en un marco de madera bronceada con vetas oscuras; las patas del marco semejaban zarpas de algún raro predador, bien podían ser de un felino como de una alguna arpía.

Mariana (que ese mes cumpliría los once) pensó que las patas eran lo único feo del espejo, que por lo demás parecía muy bonito, a no ser por la capa de polvo acumulada. Aunque no era para menos, llevaba abandonado en aquella habitación de objetos inutilizados más de tres años, casi desde el día que lo compraron.

Dejó la puerta entreabierta y se acercó un poco más. Su doble en el espejo creció con cada paso; la puerta, la pared, una cómoda con una sola pata y algunas sillas, por el contrario, se encogieron al quedar atrás. Escudriñó el espejo con reverencia. El cuarto estaba en penumbras, pero era capaz de mirarse con claridad en el espejo, casi como si tuviera luz propia. Entre el polvo miró las marcas de unos dedos en el marco. «Las del comerciante que vino a verlo», pensó.

Madre había llamado a un regordete señor, al que quería venderle el espejo. Le dijo que no era un espejo normal, que a veces mostraba cosas que no había frente a él; otras, que el reflejo a veces se movía estando uno quieto o te guiñaba un ojo. Le aseguró que una vez había consumido la luz de su habitación y que por eso lo había relegado al cuarto de cacharros. María había escuchado desde el escondite de otra habitación.

El Mago Desterrado (Capítulo 18)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 17
Puerto Real
La flota de cuarenta naves se deslizaba sobre la ondulante superficie del Estrecho de dos Reinos, impulsada únicamente por el viento, como libélulas pasivas. Los remeros habían contado con suerte los últimos tres días, el viento soplaba del sur y habían malgastado el tiempo jugando a las cartas y a los dados.

Marcial, meditabundo, dejaba que los rayos del sol bañaran su rostro y que la cálida brisa meciera sus negros cabellos con hebras plateadas mientras escudriñaba el horizonte.

Era un día cálido, el mar estaba en calma, enormes nubes níveas ocultaban el sol durante largos lapsos y el viento empujaba las naves siempre hacia el norte. Los últimos días Quartón se mostraba benigno con ellos, y quizá también Marcadav, el padre de todos los dioses, dios supremo y dios de la guerra. Y Marcial estaba agradecido por ello. Suficiente malo era hacer un viaje que no quería como para que las tormentas lo hiciesen más insufrible.

Se dirigía con la casi totalidad de la flota de Isla Darcis a Puerto Real, la ciudad y puerto más grandes del reino, localizada en la costa este del reino, a pocos cientos de millas de Tres Minas. Iba allí contra su voluntad, por orden del rey, nada más. Incluso lord Byron se había mostrado reacio a que su flota dejara Isla Darcis, no con los myarams campando a sus anchas en Mesandia. Pero al parecer, para el rey Crasio, conquistar Tres Minas era más importante que defender sus propios territorios. Después de todo, Mesandia no tenía enormes yacimientos de metales preciosos… ¿Pero y si los myarams no iban solo a por Mesandia?

Su único consuelo lo constituían diez naves que habían quedado como guarnición, así como todos los marinos de cubierta, al mando de Pablo. Las cuarenta naves con la Lord Darcis XXI en el centro, sólo contaban de tripulación con remeros, los oficiales y los sargentos. De sufrir un ataque, tendrían que ser los remeros quienes tomaran las armas y lucharan, lo cual no auguraba un desenlace feliz de llegar a suceder. Se necesitaba el mayor espacio posible para transportar el ejército brenferino a Tres Minas, de modo que desde las grandes esferas habían ordenado que se prescindiera de los marineros de cubierta, que sólo serían un estorbo. Marcial se sentía un poco expuesto así, pero le consolaba que Isla Darcis contaría con hombres de armas en el caso de un ataque de hombres grises.

«Los myarams», el almirante sonrió con amargura y negó con la cabeza de manera inconsciente al pensar en aquellas criaturas; o más bien en lo que el rey Crasio había hecho al enterarse de lo sucedido en Mesandia: Nada.

Hacía veinte días que había recibido un mensajero proveniente de Brenfer, con un mensaje del puño y letra de Lord Byron Darcis: Le ordenaba tomar cuarenta naves y sus respectivos remeros y partir de inmediato a Puerto Real, en el otro extremo del reino. Marcial había tardado cinco segundos en comprender la gravedad de la orden: ¡Los Myarams! La misiva no explicaba mucho más, sólo decía que los leales consejeros del rey habían convencido a su alteza de que olvidara Mesandia de momento y concentraran todas sus fuerzas en la conquista de Tres Minas.

La orden estaba dada, así que Marcial no tuvo más opción que acatarla como todo buen servidor. Dictó las órdenes oportunas, relegó mandos y responsabilidades durante su ausencia, gritó a los flojos, alabó a los laboriosos, anduvo de aquí para allá, subió a aquel barco, revisó esta bodega, aconsejó a este oficial, felicitó a aquél y regañó al otro, hasta que todo estuvo listo. De manera que, al siguiente día, el primer día del quinto mes del año, cuarenta de las cincuenta naves de la flota de Isla Darcis zarpaban de la Base Naval Macario Darcis, en medio de los vítores no muy entusiastas de los que se quedaban.

«¡Dioses! Que los hombres grises no invadan mi tierra», rezó en silencio mientras la Lord Darcis XXI se alejaba de los muelles.

19 de octubre de 2017

Sobre la cómoda - Cuento corto

La mujer era endiabladamente atractiva. Cruzaba las piernas con elegancia y fumaba un pitillo cuyo humo se elevaba en una diminuta voluta. El caballero, que se llamaba Osmand, llevaba largo rato observándola desde su lugar en la barra. A la bella dama la habían abordado varios clientes, hombres distinguidos a juzgar por sus modales y vestiduras, pero la mujer los había despedido con elegancia.

Tras mucho rato animándose a sí mismo, Osmand decidió probar suerte. Se acercó y la saludó con buenas maneras, a lo que la dama replicó con idéntica educación. Se llamaba Helen, según le dijo, y él se ofreció a pagar su siguiente trago. Pensó que lo despediría como había hecho con los anteriores caballeros, excusándose que estaba esperando a alguien más; por el contrario, le sonrió y aceptó encantada.

A ese trago le siguió un segundo, y a este un tercero. Charlaron sobre cosas vanas al principio, dejando caer un gesto, una mirada, un roce de manos de vez en cuando para que constara que eso no moriría en una simple charla y unos tragos. Cuando circuló el séptimo trago, sabían que habría algo más.

―Tengo que regresar a casa, pero mi cochero se ha retrasado ―dijo Helen.

Osmand percibió su sonrisa incitadora, y supo que no existía tal cochero. Pero la promesa que la sonrisa velaba, esa, vaya que sí era real.

―Mi honor me obliga a no dejarla marchar sola. Tendré que acompañarla.

―Será un honor, aunque no quisiera causar molestias.

17 de octubre de 2017

Desconcierto - Cuento corto

Para llegar a la puerta de la casa, había que subir dos escalones de tosco cemento. En el primero, la mancha roja no era más grande que su pequeño puño; en el segundo, la mancha roja alcanzaba las dimensiones del balón con el que jugaba su hermanito menor. Hasta ese momento aún estaba medio dormida, pero la sangre la despertó con súbito terror. El Sr. Tuff (su osito de peluche) tembló en su mano, se lo llevó al pecho y lo abrazó con fuerza, para que alejara los terrores de la noche, como hacía cada que tenía miedo.

Pero esta vez, el miedo continuó allí. Tenía miedo de la sangre en los escalones, tenía miedo de la gran luna que alumbraba todo con brillo argénteo, tenía miedo por su papito y su hermanito en su habitación, dentro de la casa. Tenía miedo por ella, porque no sabía qué hacía allí, cómo había llegado, ni por qué. Tenía un miedo sobrecogedor. Tenía la horrible certeza de que cuando entrara en la casa se iba a topar con algo desagradable. Muy desagradable.

El frío afuera mordía como cuchillo. Había una fina capa de nieve por todo el patio, y si uno aguzaba la vista, podía ver que, siguiendo una línea de pequeñas marcas (¿eran pies?), parte de la nieve se había puesto rosa al fundirse con goterones de sangre. Y ella sólo llevaba puesto un pequeño camisón blanco, el frío la atería con dientes de hielo.

¿Blanco? No, no era blanco, lo miró y su miedo alcanzó grados inhumanos. Estaba manchado de sangre. ¡Su linda bata estaba manchada de sangre! ¡Por la Santa Virgen! ¿Por qué ella tenía sangre en su linda bata? Pero no era sólo la bata, también sus manos, hasta el Sr. Tuff, allí donde lo había manchado al abrazarlo.

14 de octubre de 2017

El sótano - Cuento corto

Estaba de pie ante las escaleras, justo en la boca del agujero. Sentía gotas de sudor en la frente y en las sienes; el miedo se le enroscaba como una serpiente. No era de noche, es más, afuera el sol brillaba con fuerza, pero hacia abajo sólo se veía negrura. No iba a bajar, no podía. El monstruo del sótano lo atraparía si descendía. Y si lo atrapaba, sólo Dios sabía lo que le haría.

―¿Qué esperas? ―gritó su madre desde la cocina―. Date prisa o no hay trato.

Lo había mandado a buscar un frasco de cola, que estaba en un estante al pie de las escaleras, según le dijo. Lo quería para pegar un jarrón que él mismo había tirado por accidente hacía no mucho rato. Sabía de su miedo al sótano. Por eso lo había enviado. Si bajaba, le dijo, no lo castigaría por lo del jarrón, es más, lo premiaría con una salida al cine.

Eran un buen trato. No obstante, hacer la parte que le tocaba a él, esa era la parte difícil. La boca del sótano continuaba allí, invariable en su lúgubre y ominoso aspecto. Abajo, allá donde la luz de arriba ya no alcanzaba, parecía que se movía algo. «¡El monstruo!» Y él sin luz para mirar desde allí. Su madre no lo había permitido. Tenía que llegar hasta el apagador de abajo para tener luz.

―¿Ya bajaste?

El Mago Desterrado (Capítulo 17)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 16
Atardecer agitado
Esa mañana desayunaron todos juntos, en el pequeño salón de la fortaleza. En él, apenas si cabrían unos cien hombres, apretujados, pero para sólo cuatro personas era un lugar espacioso. Lord Peter, su sobrino de diez años, estaba sentado a la cabecera de la mesa. Lady Marian, cada día más hermosa, a pesar de que su vientre parecía haber crecido el doble en el último mes, se sentaba a la derecha del joven señor junto con la pequeña Liliana. Ser Rodny había ocupado un banco a la izquierda.

El desayunó se constituía por unos cuantos huevos pasados en agua, panceta, pescado en salazón, queso amarillo y pan moreno. Lo acompañaban con limonada, y para Rodny, cerveza.

Desde que había contratado media docena de guardias extra, habían retomado la costumbre de comer juntos al menos una vez al día. «Como una familia».

—Tío, ¿es cierto lo que dice Alicia? —preguntó Peter.

—No sé qué te habrá dicho nuestra querida Alicia —dijo Rodny, pero intuía a qué se refería su sobrino.

—Que los hombres grises han vuelto. Que saquearon una isla de Brenfer y se comieron a sus habitantes.

Alicia era la hija de Sara, la cocinera. Se encargaba de tender las camas, fregar los pisos, servir la mesa, calentar el lecho de algún guardia y esparcir rumores como si le pagaran por ello. Los últimos días los había ocupado en esparcir el rumor de que los hombres grises habían vuelto y arrasaban feudos de Brenfer. Y cada vez le añadía un detalle más picante a la historia.

Hacía tres noches Rodny la había mandado llamar y le había preguntado de dónde había sacado toda esa sarta de tonterías.

—Me lo dijo un buhonero —había explicado la chica—. Venía de Pueblo Browny y me contó que ser Bride Brown había recibido un mensaje en el que lo enteraban que los hombres grises habían arrasado no sé qué isla de Brenfer y se preparaban para seguir atacando y conquistando.

—¿Y desde cuándo un buhonero lee los mensajes de los señores? —inquirió Rodny muy serio—. Nunca. En todo caso no es algo que nos preocupe.

Luego le había pedido a la chica que dejara de esparcir ese rumor, o que al menos se cuidara de que no llegara a los oídos de los niños. Pero en un lugar tan pequeño era pedir demasiado. Cuando la despidió esa noche, Alicia le preguntó si quería que le calentara el lecho esa noche, Rodny la rechazó. Hacía dos meses que no estaba con ninguna mujer. «¿Por qué?».

—No lo sé, Peter —respondió Rodny—. Y en caso de que fuera cierto, no tenemos de qué preocuparnos. Hay por lo menos quinientas leguas de distancia entre ellos y nosotros.

—Yo no me preocupo —replicó el pequeño—. Ni tengo miedo. Sólo me preguntaba si un día podré ver uno.

—Los dioses no lo permitan —intervino Marian.
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