Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

19 de enero de 2018

El llanto de una niña - Cuento corto

Sólo eran las once de la noche. Jacobo regresaba de la feria. Su intención había sido emborracharse, pero perdió su billete de doscientos quetzales con el que pensaba costearse. Le quedó pura calderilla; unas cuantas cervezas y ya no tenía nada. Se habían ofrecido invitarlo, pero se sentía un estorbo sin un quinto en la bolsa.

Como imaginarán, no regresaba muy contento. Salió de la feria sin mirar a nadie, la vista fija en el camino de terracería. Chocó de hombros con algún tipo, pero ni siquiera aminoró su paso para disculparse. En casa tenía una botella de ron del más barato, se la tomaría de un par de tragos y se echaría a dormir semiinconsciente; mañana agradecería despertar sin el fuerte dolor de cabeza que era la firma de la resaca. Mañana, esa noche no.

Unas ocho manzanas más adelante, mientras pasaba por unos predios solitarios, escuchó los sollozos de alguien. Jacobo sintió el escalofrío nacer en la base de la columna hasta expandirse al resto del cuerpo. El llanto, en una zona inhabitada, a las once de la noche, tenía una cualidad ominosa que le heló el corazón.

Antes de que empezara a imaginar orígenes sobrenaturales para el llanto, vio a la niña al otro lado de la calle. Lloraba con una mano en el rostro, la otra laxa; tenía un vestido amarillento, que algún tiempo atrás debió haber sido blanco; la cabellera, lisa y negra, le caía muy por debajo de la línea de la cintura.

18 de enero de 2018

Historia por WhatsApp 45) Secreto (V)




16 de enero de 2018

Mala suerte - Cuento corto

Aníbal tuvo la impresión de que algo iba mal desde que aparcó el coche junto al garaje. Nada resaltaba como anormal en el frente de la casa en una primera impresión. El auto de su esposa estaba aparcado en el lado izquierdo de la entrada al garaje; el césped estaba cortado y cuidado; las flores del pequeño jardín se mecían al compás de la brisa, la puerta estaba cerrada; las cortinas de las ventanas también estaban cerradas.

«Eso es pensó con recelo. Rosario siempre corre las cortinas cuando está en casa. Pero es que ella está en casa».

Se acercó a la puerta llevando su portafolios en la mano derecha. Además de las cortinas, otro detalle que le llamó la atención fue el silencio: ni el ruido de la tv, ni el de la radio, ni de la olla hirviendo en la estufa o el cuchillo picando verdura… «¿Estará indispuesta?»

Al entrar a la casa, lo primero que vio fue la zapatilla medio oculta en el sofá de la sala. El corazón le dio un vuelco. Rosario no era así de desordenada. «Esa zapatilla era la que traía puesta esta mañana».

Rosario, amor llamó.

13 de enero de 2018

Historia por WhatsApp 45) Secreto (II)




El Mago Desterrado (Capítulo 24)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 23

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La estancia en su nuevo hogar distaba mucho de ser lo que había imaginado.

Su esposo casi no le prestaba atención, excepto cuando la visitaba por las noches para meterse en sus sábanas y entre sus piernas para usarla cuándo y cómo le complacía. Dariana apenas si sentía placer en esas ocasiones y esperaba con temor la entrada de la noche.

La segunda noche después de su boda, lord Daniel quiso ponerla a cuatro patas y tomarla por atrás. Dariana no sabía mucho al respecto, pero había oído comentar que cosas así sólo las hacían las prostitutas. De modo que se opuso, como era lo lógico, ya que ella no pertenecía a tal estirpe. Pataleó, gritó, arañó y hasta lloró, más su marido se mostró inflexible y la golpeó varias veces en el rostro hasta que logró lo que se proponía. A partir de ese momento, el resto de las noches pasaron a convertirse en pesadillas.

La mañana que siguió a esa noche tenía moretones en un ojo y en ambas mejillas.

—El Rey se va a enterar de esto —le advirtió a su esposo mientras se vestía y Daniel se calzaba las botas.

Fue como pisarle la cola a una serpiente.

Apenas advirtió el movimiento. En un momento su esposo se ponía las botas ayudado por los criados y al instante siguiente le apretaba el cuello con ambas manos y la miraba con ojos de animal enfurecido. El vestido de seda que se ponía se le deslizó y cayó al piso. El criado seguía junto a la cama, la vista clavada al enlosado.

—Tú no vas a contar nada de esto a nadie —balbució, la ira hacía que sus palabras salieran entrecortadas—. Ahora tú eres mi mujer y yo hago contigo lo que sea. —La soltó de golpe y le dio un brusco empujón.

Dariana se sostuvo del armario entre accesos de toz mientras irreflexivamente se llevaba una mano a la garganta. Durante unos instantes había creído que moriría.

—Pero… soy la princesa… —balbució.

La respuesta de su esposo fue una fría carcajada, cargada con sarcasmo.

—Eras una princesa —le aclaró, ocupado nuevamente en calzarse las botas—. Ahora eres Lady Madison, la esposa de Lord Madison. ¿Supongo que sabes lo que eso significa verdad? —de pronto lo tenía de nuevo encima y le sujetaba el rostro con fuerza para que le viera a la cara—. Eres la esposa del señor más poderoso del reino, más te valdría no indisponer al Rey contra él. Así que deja de ser una cría y comportarte como la mujer que ya eres.

12 de enero de 2018

El fogón - Cuento corto

Hacía un año que mi madre no utilizaba el fogón (o poyetón como le llamamos nosotros) que estaba en la cocina. En su lugar utilizaba sólo la estufa, con la consecuencia de que el gasto en gas era elevado. Verán, nosotros vivíamos en un área rural, muy cerca de bosques donde conseguir leña era fácil y barato. He allí el por qué no comprendía la reciente aversión de mi progenitora por un objeto tan útil.

Cuando se lo pregunté, la noté nerviosa. Era de mañana y estábamos solos, tanto padre como mis hermanos andaban trabajando en el campo.

Es porque en ese poyetón empezó a aparecerse el demonio me dijo. Yo tenía siete años por lo que me asusté muchísimo. Eres el único que no lo sabía, porque te consideramos pequeño. Pero te lo digo para que no vayas a hacer ninguna tontería.

¿El demonio? ¿Cómo? insistí.

No tienes por qué saber detalles. No sabemos cómo vino a parar allí, pero no es algo que desee que mires. Por eso prométeme que no harás ninguna tontería.

Se lo prometí, como era de esperar. Pero una semana después madre se fue de compras al pueblo, y me quedé solo en casa.

9 de enero de 2018

Camino fantasma - Cuento corto

Juan estaba borracho como una cuba. No borracho como otras tantas veces, sino borracho de veras. En otras ocasiones, al llegar a la encrucijada, habría sabido elegir el camino correcto. En esa ocasión eligió el Camino Fantasma, como todo mundo le llamaba, un camino que bordeaba el exterior del cementerio, colindando con tierras de nadie. En ese camino la gente sólo pasaba de día, nunca tras la puesta del sol. Sencillamente, allí había fantasmas y cosas peores.

En su fuero interior había tomado el camino correcto, de la misma manera que imaginaba caminar derecho cuando en realidad iba en zigzag. Era la una de la mañana y la luna era una rendija en el manto negro del cielo. La oscuridad que lo rodeaba debió haber sido indicio de que se había equivocado de sendero, pues el otro estaba iluminado por farolas. Si la oscuridad no era suficiente evidencia, tendría que haberla sido las risas que de donde en donde se escuchaban y las sombras que se escurrían por el rabillo del ojo.

De haberse percatado de su error en esos momentos, cuando todavía no se internaba demasiado en el Camino Fantasma, puede que todavía hubiese tenido tiempo de dar la vuelta y enmendar su error. Estaba muy pasado de copas, así que no se dio cuenta.

El cementerio, que pertenecía a una pequeña aldea, sólo estaba cercado con postes rústicos y alambre de púas. Algunos de los postes estaban podridos y sólo los detenía el alambre oxidado. En esa noche casi negra, no se miraban los postes; tampoco el alambre. Juan no lo vio, pero, trotando entre dos panteones, una pequeña figura negra cruzó bajo el alambre y lo acompañó en su andar.