Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

12 de diciembre de 2017

Perseguido - Cuento corto

Estaba asustado, aterrado y aterido por el frío. ¿Quién diablos me manda ir hacia el norte? Debí haber tomado dirección sur, seguro por esos lares hasta los zombis eran menos agresivos. Quizá ahora mismo estuvieran asoleándose en alguna playa. Pero claro, tenía que ir hacia el norte, cruzando el país en busca de mi esposa. La muy zorra seguro estaba ahora a salvo en algún lugar cálido, en la cama de algún oficial de la Salvación, o quizá bien muerta. Pues que se pudra. Maldigo mi estrella.

Estoy en los límites septentrionales del país, acosado, perseguido. Iba en busca de un refugio en algún pueblo cercano. El día anterior empezó a nevar, y la capa blanca ya alcanza varios centímetros de grosor. Sé que si paso otra noche a la intemperie voy a morir. Hoy, hace algunas horas, tres zombis surgieron de la nada y empezaron a perseguirme. Y yo que creí que en este erial gélido no encontraría a ninguno de los muertos-vivos.

Llevan persiguiéndome largas horas. Es tarde, casi de noche, estoy agotado, pero no puedo dejarlos atrás. Son tres, y los tres se mueven rápido. Creo que están evolucionando (es la palabra que viene a mi mente), pues recuerdo que cuando empezaron eran lentos como tortugas, ahora en cambio, tienen la agilidad de una persona normal.

Me he detenido contra un árbol para recuperar el aliento. A pesar del esfuerzo físico, todavía siento el frío y el viento que me quema la piel. Miró atrás, entre los árboles deshojados del bosque; miro las huellas marcadas en la nieve y comprendo que los zombis me siguen guiándose por ellas. Dios, ¿en qué se están convirtiendo?

11 de diciembre de 2017

Historia por WhastApp 39) Reality del miedo (VI)




10 de diciembre de 2017

El Mago Desterrado (Capítulo 23)

Lee el capítulo anterior: CAPÍTULO 22
Frente a las playas de Variae
Cinco días después del desembarco de Marcial en Puerto Real, llegó el ejército de lord Byron Darcis. Para entonces lord Byron se encontraba de muy mal humor y refunfuñaba por todo. A sus lores y oficiales los regañó a voz en grito, Marcial nunca lo había visto tan molesto, y como castigo ordenó a todo el ejército mantenerse de pie una jornada completa bajo el ardiente sol.

—¿A qué no es tan difícil? —les gritó antes de dejarlos descansar—. ¿Qué os costaba sacrificaros un poco más durante la marcha?

Con los seis mil hombres de Isla Darcis se completaba el ejército de Brenfer. Eran cerca de cuarenta y cinco mil soldados; cuarenta mil de a pie y cinco mil jinetes, la décima parte de éstos eran caballeros.

Los cinco días que esperaron a los hombres de lord Byron, fueron tensos en extremo. Algunos señores eran partidarios de iniciar la invasión inmediatamente, sin contar con el pleno de las fuerzas, mientras que otros deseaban contar con todo el poderío para echarse a la mar. Marcial sólo quería regresar a la Base.

—No cometamos el mismo error que cometieron los afirenses —declaró lord Benson Imeck, señor de Puerto Imeck, la noche que el rey Crasio celebró un banquete para todos sus lores y almirantes, justo el día que Marcial desembarcó en Puerto Real—. No los subestimemos.

—Pues yo creo que deberíamos atacar ya —apuntó lord Alendrae Sambar, señor de Pueblo Viejo—. La derrota que los afirenses sufrieron fue a mano de los darganianos, quienes precisamente se encuentran ocupados pensando qué van a hacer con el resto del ejército afirense encerrado en su propio campamento. Me atrevo a asegurar que Darmón y Variae se encuentran indefensas. Tomaremos ambas islas antes de que el ejército en Dargan se de cuenta.

—Se oye muy bonito como lo dices —dijo con sarcasmo lord Benson—. Pero dudo que sea así.

—¿Y por qué no iba ser así?, ¿es que crees que Tres Minas tiene poderosos ejércitos guardando cada isla? —inquirió lord Alendrae, haciendo caso omiso al sarcasmo.

—Poderosos ejércitos, tal vez no, pero creo que quien ha infringido tal derrota al muy capaz ejército de Afiran, no dejaría sin protección parte de su patria.

La discusión había proseguido durante buena parte de la velada. Hasta que se llegó a un punto muerto. Fue el rey quien tuvo la última palabra en ese caso. Y Crasio Villareal hacía mucho que había dejado la audacia a un lado. 

8 de diciembre de 2017

Mascota - Cuento corto

La mascota de Emanuel era una perrita pitbull. Apenas era una cachorra. No tendría más de cuatro meses de edad, bueno, tal vez cinco. Él la había criado no para que fuera un guardián para su casa, sino para que sirviera de compañía a su solitaria vida. Y así fue desde que un amigo se la regaló.

Emanuel vivía sólo. Él era escritor por correo de una revista no muy popular del país, jamás le sobró dinero, pero tampoco le faltó qué llevar a la boca. La perrita, a quien llamó Ema, estaba siempre con él. A donde él iba, ella le seguía, y cómo no, si era la única consentida.

Emanuel, por lo general, se juntaba con algunos amigos los fines de semana, por lo general eran Edwin y Daniel. Los sábados era seguro que los tenía en la casa, para tomar unas cervezas, bueno, varias. Ema siempre estaba allí. Era la mascota querida de Emanuel, de manera que nunca la encadenaba o la encerraba en alguna sección de la casa. Ella siempre estaba allí.

El punto es que Edwin y Daniel no la soportaban. Era muy juguetona. Les llevaba los zapatos al patio, destrozaba sus calcetines, y no dejaba de mordisquear sus manos y pies, juguetona claro, pero ellos lo detestaban.

5 de diciembre de 2017

Extraña inquietud - Cuento corto

Soñé que discutía con mi esposa porque tenía un amante. Eso me enfureció y arremetí contra ambos cuando los descubrí. ¡En mi propia habitación! ¡Habíase visto tal desfachatez!

Vi todo por la rendija de la puerta entreabierta. Con furia bajé por la vieja espada que reposaba sobre la repisa de la chimenea, comprobé que seguía conservando el filo y fui a por ellos.

Entré a la habitación como un vendaval. La puerta, abierta de manera abrupta, chocó contra la pared y los amantes dieron un salto y un grito. ¡Cómo no! Se suponía que volvía de mi viaje hasta el siguiente día.

No les di tiempo para que reaccionaran. Creo que no llegaron a decir palabra. Arremetí con fiereza. Corté sábanas, colchón y carne sin distinción. Por último, les corté las cabezas, que sangrantes, rodaron en la alfombra. Una gran mancha roja se expandió allí donde se detuvieron.

Entonces miré a la puerta y vi a mis dos hijos, de cinco y siete años. Estaban aterrados, aún sujetaban sus ositos de peluche. Miré sus cabellos rojizos, más parecidos a los de la cabeza masculina sobre la alfombra que a los míos o los de la infiel. La ira ciega me embargó en esos instantes y me abalancé sobre ellos.